lunes, 4 de febrero de 2013

Suzanne Lenglen: con ella llegó el escándalo

Fue la primera gran celebridad del tenis femenino, cuyo circuito dominó con autoridad en los años veinte. Pero si por algo destacó la francesa Suzanne Lenglen fue por su arrolladora personalidad, por su atrevida vestimenta en las pistas, o por costumbres inauditas para la época como dar algún traguito de coñac durante los partidos. Siempre rodeada de polémica, La Divina vivió intensamente, se retiró joven y murió de forma prematura. Esta es la historia de una de las más grandes pioneras del deporte femenino.

Entre 1919 y 1926 resultó prácticamente invencible con una raqueta en las manos. En estos años gana seis veces Wimbledon y en otras seis ocasiones el Campeonato de Francia (actual Roland Garros). En total, 81 títulos individuales, 73 de dobles y ocho de dobles mixtos, además de colgarse tres medallas olímpicas (dos de oro) y de firmar una serie histórica de 171 victorias consecutivas. Pero más allá de sus éxitos deportivos y su elegante estilo de juego, se convierte en toda una celebridad por su glamour, su vida privada y unas costumbres revolucionarias para la época. Su influencia fue mucho más allá del mundo del deporte, convirtiéndose en referente para muchas mujeres.

En 1919 pasó por el torneo de Wimbledon como un auténtico ciclón. El público del All England Tennis Club -tradicional y conservador en su mayoría- se mostró entre sorprendido y escandalizado cuando en su primer partido la vio aparecer con una cinta de tul en la cabeza y un vestido que dejaba al descubierto sus antebrazos y pantorrillas. Lo hacía, según explicaba ella misma, por comodidad y estética, pero la sociedad no estaba aún preparada para aquella vestimenta tan “atrevida”. Por entonces, las tenistas llevaban el recato hasta el extremo, jugando con vestidos que cubrían casi todo el cuerpo.

Por si esto fuera poco, tenía la insólita costumbre de tomar un traguito de coñac entre set y set. Su vida privada –trufada de continuos romances y aventuras- terminó por configurar su imagen de femme fatal, convirtiéndola en toda una celebridad y centro de numerosos comentarios. Suzanne Lenglen era un volcán, una personalidad arrolladora que vivió su vida con valentía y revolucionó el tenis femenino y muchas de sus costumbres. Quien lo hubiera dicho cuando, en su infancia, era una niña frágil y enfermiza, permanentemente pálida, que sufría continuas crisis respiratorias a causa del asma.

Nació el 24 de mayo de 1899 en Compiègne, pequeña localidad situada 65 kilómetros al norte de París. Su padre, Charles Lenglen, propietario de una compañía de transportes, pensó que sería bueno que su hija practicara algún deporte para fortalecer su organismo y se decantó por el tenis, al que era aficionado. Como el dinero no era problema para él, ordenó construir una pista de tierra en la finca familiar de Marest-sur Matz, pueblo cercano a Compiègne, donde Suzanne dio sus primeros raquetazos.



De niña enfermiza a gran campeona

Viendo que la pequeña disfrutaba con este deporte, y que no se le daba nada mal, Charles decidió entrenarla personalmente, ideando varios juegos con la raqueta con los que fue aumentando su precisión y mejorando su rapidez y pegada. Uno de ellos consistía en extender pañuelos en diferentes zonas de la pista, que debía alcanzar con las pelotas de tenis. Perfeccionista hasta el límite, Suzanne no dejaba de progresar, tanto que su padre decide apuntarla al Tenis Club de Niza, donde pronto destaca como una figura en ciernes de este deporte.

Con tan sólo 15 años alcanza la final del Campeonato de Francia (antecesor del Abierto de Francia, más conocido como Roland Garros) y gana el Clay Copurt Championship, una especie de Campeonato del Mundo de Tierra Batida. Era un talento precoz, y aquellos resultados le auparon a lo más alto del tenis internacional. Sin embargo, el comienzo de la Primera Guerra Mundial provoca la suspensión de las grandes competiciones y su prometedora carrera queda paralizada. Suzanne sigue entrenando y espera tiempos mejores.

Sería tras la finalización de la contienda bélica cuando comienza su leyenda. El primer torneo del calendario era Wimbledon´1919, donde se presentó pese a no haber jugado antes torneo alguno en hierba. Daba igual; su estreno en la superficie fue un éxito, llegando a una final en la que se vería las caras con la siete veces ganadora Dorothea Douglass Chambers. En un partido legendario (resuelto por 9-7 en el tercer set), y bajo la atenta mirada de los reyes Jorge V y Mary, la joven tenista francesa derrotó a la veterana campeona, causando sensación por la velocidad, precisión y elegancia de su juego… y por su atrevida vestimenta, glamour y desempeño fuera de las pistas.

Aquel torneo le catapultó a la condición de gran estrella del deporte, la primera que tuvo el tenis femenino. En las pistas, fluía como una mariposa, haciendo buenos sus estudios de ballet para moverse ligera, rápida y elegante. Según los cronistas de la época, parecía jugar flotando. A este éxito le siguieron otros en el Campeonato de Francia, los Juegos Olímpicos de Amberes´1920, de nuevo Wimbledon… No paró de ganar durante ocho años, y la prensa francesa le puso el sobrenombre de La Divina por el interés que generaba fuera de las pistas. Se convirtió en un ídolo nacional e incluso llegó a tener una línea de zapatillas con su nombre.



El primer revés de La Divina

Suzanne Lenglen llevó al tenis femenino a otra dimensión. Antes de su irrupción, los partidos entre mujeres tenían muy poco interés para el público, pero con La Divina esto cambió. Llenó las gradas de un público deseoso de admirar su juego y glamour, y gracias a ella se vivió el inaudito fenómeno de espectadores haciendo largas colas para conseguir entradas.

Pero en una carrera deportiva llena de éxitos también suele haber espacio para los sinsabores y fracasos. En 1921, siendo ya una celebridad, sufre su primer revés considerable. Con el objeto de conseguir fondos para la reconstrucción de diversas regiones de Francia devastadas durante la Primera Guerra Mundial, acepta viajar a Estados Unidos para jugar algunos partidos de exhibición contra la norteamericana Molla Bjurstedt-Mallory, una de las mejores tenistas del momento. Lo hace en contra de la opinión de su padre, quien considera que debe quedarse en Francia descansando, y evitar el largo y pesado viaje. Finalmente, todo acabó torciéndose.

Suzanne enfermó durante el viaje, y una vez en Nueva York se enteró de que la organización del Abierto de Estados Unidos había anunciado su participación en dicho torneo. Aunque en un principio se negó a jugar por sus problemas físicos, la presión pública fue tan grande que acabó aceptando. Por entonces no había cabezas de serie, y quiso la casualidad que le tocara jugar el primer partido contra Bjurstedt-Mallory, vigente campeona y una de las favoritas.

Debilitada físicamente, perdió el primer set por 6-2 y en el segundo, ahogada entre toses y viéndose incapaz de continuar, se retiró llorando sin consuelo. Fue abucheada por el público y la prensa norteamericana la criticó con dureza, presentándola como una deportista caprichosa y consentida. Y la cosa empeoró cuando, bajo prescripción médica, canceló todos sus partidos de exhibición. Hundida y entre un mar de críticas, abandona los Estados Unidos para retornar a su hogar. Tardaría unos meses en recuperarse físicamente y en volver a ser invencible tanto en la tierra de París como sobre la hierba de Londres. Y así un año tras otro.



Una amarga despedida

Pero aún tendría que vivir otro extraño y penoso episodio, que afectaría de nuevo a su reputación y forzaría su retirada como jugadora amateur. Ocurrió en 1926. Aquel año, Suzanne gana de forma contundente el Abierto de Francia antes de presentarse en Wimbledon, donde parecía lanzada hacia su séptimo título. Sin embargo, por un despiste nunca del todo aclarado (se dijo que le informaron mal de la hora de inicio), se presentó una hora tarde a uno de sus primeros partidos, con la Reina Mary esperándola en el palco, ansiosa por verla jugar. Cuando fue consciente de su error, la tenista francesa se desmayó. Estaba eliminada del torneo y además le llovieron las críticas, ya que aquel retraso fue visto como un insulto a la monarquía británica.

Tras este incidente, Suzanne se convierte en tenista profesional con la idea de ganar más dinero, aunque eso le impidiera competir en los principales torneos del circuito, como Wimbledon o el Abierto de Francia. En 1927 realizó una larga gira por los Estados Unidos –jugando innumerables encuentros de exhibición- por la que se embolsó 75.000 dólares. Exhausta tras los continuos viajes y partidos, decide regresar a casa y tomarse un periodo de descanso. Pero aquellos excesos habían castigado aún más su delicada salud. Entonces, toma la decisión de retirarse de la competición y abrir una escuela de tenis en París, que pronto resultó ser un éxito.

Durante una década, la mujer de la que tanto se había hablado y escrito vivió en el más absoluto de los anonimatos, dedicada a su escuela y a escribir libros sobre este deporte. Casi nada se supo de ella hasta que a principios de 1938 los periódicos anunciaron que se le había diagnosticado una leucemia, consecuencia de la cual quedó ciega pocos meses después. Suzanne Lenglen tuvo un final dramático y fulminante, sin haber cumplido siquiera los 40. El 4 de julio de aquel año, fallecía esta mujer libre, todo un carácter, una pionera que contribuyó como pocas a impulsar el deporte femenino. En su honor, la pista número 2 del Estadio de Roland Garros lleva su nombre, y cada año se disputa una competición llamada Copa Suzanne Lenglen para mujeres de más de 35 años. Era incomparable. Era La Divina.


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