domingo, 27 de octubre de 2013

Honor, maratón y muerte

Una mañana más, como una rutina, bajaron a desayunar al comedor del centro de entrenamiento. De entre el grupo de atletas japoneses -concentrados para preparar los Juegos Olímpicos que nueve meses más tarde se disputarían en México D.F.-, alguien echó en falta a uno de sus compañeros, el maratoniano Kokichi Tsuburaya. Extrañados por el retraso fueron a buscarle a su habitación. Lo que encontraron al abrir la puerta lo recordarían el resto de sus vidas: sangre y muerte… y una nota manuscrita: “No puedo correr más”. Era un héroe nacional y representaba como nadie los valores de honor, orgullo y dignidad tan importantes para el pueblo japonés. Valores que le conducirían a un dramático final.


Japón se encontraba todavía cicatrizando las profundas heridas que había dejado la II Guerra Mundial cuando el Comité Olímpico Internacional designó a Tokio como sede de los Juegos Olímpicos de 1964. Desde aquel momento, los mejores deportistas japoneses empezaron a prepararse a conciencia para honrar a su país en los Juegos “de casa”. También nuestro protagonista, Kokichi Tsubaraya, nacido el 13 de mayo de 1940 en Sukagawa, en la región de Fukushima, miembro de la Fuerza Militar de Autodefensa, y consagrado ya por aquel entonces –pese a su juventud- como uno de los mejores fondistas del país del sol naciente.

Para Japón, aquel evento era mucho más que un desafío deportivo; era una oportunidad ideal para demostrar al mundo entero que podían organizar los mejores Juegos de la historia, y además, que sus deportistas serían capaces de competir de tú a tú con los mejores del planeta. Era, más que un objetivo, una cuestión de honor y de dignidad, valores sobre los que se ha cimentado, una y mil veces, la fortaleza del pueblo japonés.

Japón no lograba una medalla olímpica en atletismo desde Amsterdam´1928, y el joven Tsuburaya estaba dispuesto a romper esa maldición. Participaría en el 10.000 y el maratón, aunque tenía todas las esperanzas depositadas en esta última prueba. El 10.000 lo utilizó como entrenamiento y banco de pruebas para el maratón; pese a ello, terminó en un muy honroso sexto lugar en una carrera ganada por el sioux norteamericano Billy Mills. En la prueba reina del programa atlético los grandes favoritos eran, a priori, Abebe Bikila -el etíope que cuatro años antes pasara a la historia ganando, descalzo, el maratón en los Juegos de Roma´1960-, y el británico Basil Heatley, plusmarquista mundial en ejercicio. Esta vez Bikila correría calzado con unas impolutas zapatillas blancas y con el hándicap de haber sufrido una operación de apendicitis 40 días antes de la prueba.

Pero el etíope hizo buenos los pronósticos y ganó con autoridad, con un tiempo de 2h 12:11, que suponía además un nuevo récord del mundo. Casi cuatro minutos después, hacía su aparición por el túnel de acceso al estadio Olímpico el segundo clasificado, el atleta local Kokichi Tsuburaya. Los 75.000 espectadores que abarrotaban el estadio estallaron en un impresionante grito de júbilo. Sin embargo, la alegría duró poco; apenas unos segundos después entraba el británico Heatley quien, en la vuela final, alcanza y sobrepasa al japonés, completamente reventado, al límite de sus fuerzas. Tsuburaya se retiró de la pista envuelto en una manta, desconsolado, con la sensación de haber sido humillado, mientras el público le aclamaba como a un héroe. 28 años después, Japón conquistaba una nueva presea olímpica en atletismo.

La medalla de bronce llenó de orgullo al pueblo nipón… pero no a nuestro protagonista, profundamente decepcionado por su actuación en los últimos kilómetros de la carrera. En el podio de medallistas, apareció con la mirada perdida, como ausente. "He cometido un error imperdonable ante todo el país, me he confiado demasiado, y sólo obtendré el perdón si gano el oro en México´68", confesaría esa misma noche a su compañero de habitación, el atleta Kenji Kimihara.



Del triunfo a la tragedia

La medalla de bronce en el maratón había disparado además el optimismo en las autoridades japonesas, convencidas de que Tsuburaya podía ser campeón olímpico en México´68. Con este objetivo, la Junta de la Fuerza Militar de Autodefensa, a la cual pertenecía, le diseñan un espartano plan de entrenamiento de cuatro años de duración que, entre otros muchos sacrificios, le obligaba a dejar de ver a su novia durante todo aquel tiempo y le apartó de su familia y amigos. Con disciplina militar, obedeció ciegamente aquella orden superior. Entrenamiento y sólo entrenamiento; viviría aquellos cuatro años por y para una carrera. Además, desde el mismo instante en que el británico Heatley le superara en la recta de meta, el sueño del oro olímpico se había convertido en una obsesión para él. Más incluso que en una obsesión, en una cuestión de honor.

Todo transcurrió según lo previsto hasta el otoño de 1967, apenas un año antes de la cita olímpica. Entonces, debido al impresionante volumen de trabajo realizado, sufrió varias lesiones y enfermedades (entre otras, una lumbalgia aguda) que le llevaron a permanecer ingresado tres meses. Pero cuando dejó el hospital y reanudó los entrenamientos se dio cuenta que su cuerpo ya no era el mismo; sus piernas no asimilaban las duras sesiones, los dolores no cesaban… Intentó recuperar el tiempo perdido, pero todo resultó en vano. Pronto comprendió que ganar el maratón de México era un imposible. Tenía una misión de sus superiores y los japoneses confiaban ciegamente en él; era el símbolo de todo un pueblo, pero él sentía que no podía responder. Y entonces se derrumbó.

En el antiguo Japón, los guerreros samuráis recurrían al harakiri antes de ver su vida deshonrada por un delito o una falta. Para ellos, mejor la muerte que el deshonor. De igual manera pensó Tsuburaya. Aquella mañana del 9 de enero de 1968, al abrir la puerta de su habitación, sus compañeros le encontraron muerto, rodeado de un charco de sangre. Se había seccionado la arteria carótida con la cuchilla de afeitar. En la otra mano sujetaba la medalla de bronce que ganara en los Juegos Olímpicos de Tokio, ante su público, aquella medalla de la que tanto se avergonzó durante largos meses. Y sobre la mesa, una escueta nota manuscrita: “No puedo correr más”. Tenía 27 años. Desde aquel mismo momento, pasó de ser héroe a leyenda. Japón no le olvida. Honor y orgullo llevados hasta las últimas consecuencias. Honor, maratón y muerte.




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sábado, 21 de septiembre de 2013

Ringo Bonavena: sin miedo a nada

Excéntrico, sincero, bromista, fanfarrón, carismático, un tanto infantil… Marcó una época en el mundo del boxeo con un estilo acorde a su personalidad: valiente, rotundo, sin dar nunca un paso atrás. Tenía ansia de gloria y eso le llevó a enfrentarse en 1970, con el título mundial en juego, al más grande entre los grandes, Muhammad Ali, en un combate ya histórico. Cinco años después, moría acribillado por el sicario de un mafioso en las inmediaciones de un prostíbulo en Reno (Nevada). Esta es la historia de la ascensión y caída de Oscar Ringo Bonavena, el hombre que no conocía la palabra miedo.


La pelea se presentaba desigual. David contra Goliat; el púgil más grande de la historia contra el entusiasta aspirante; Cassius Clay -conocido como Muhammad Ali tras su conversión al islamismo- contra Oscar Ringo Bonavena. Aquella noche del 7 de diciembre de 1970, el gélido ambiente exterior contrastaba con el calor que se vivía dentro del Madison Square Garden de Nueva York, el más majestuoso escenario que se podía imaginar para un combate que ponía en juego el título mundial de los pesos pesados. El argentino, fiel a su estilo, no dudó en provocar a su rival los días previos, retándole de manera descarada (“I Kill you!”), y llamándole gallina por no ir a la guerra (“Chicken, chicken, Vietnam”, le decía, pendenciero).

Con las apuestas 10 a 1 en su contra, Bonavena, todo pundonor, llegó a tumbar a Alí y soportó estoicamente 14 rounds en pie antes de ceder en el decimoquinto tras “una muestra de coraje pocas veces vista”, como admitiría, casi sin aliento, el más grande boxeador de todos los tiempos. Ringo le llevó al límite. Todavía se habla de aquel combate en el mundo del boxeo, un combate que paralizó el país argentino. Fue el momento cumbre de la carrera de nuestro protagonista, quien sin llegar a ser nunca campeón del mundo (le tocó enfrentarse a algunos de los más grandes de la historia en los pesos pesados: Muhammad Ali, Joe Frazier, Floyd Patterson, Jimmy Ellis…) dejó una profunda huella por su coraje, su peculiar personalidad, sus ocurrencias y excentricidades.

Su figura trascendió ampliamente el mundo del pugilismo, especialmente en su Argentina natal, donde era mucho más que un ídolo. Porque hay que tener mucha personalidad para ponerse el apodo a sí mismo; un buen día decidió que se haría llamar Ringo, como su admirado Ringo Star. Su trayectoria como boxeador profesional se saldó con 58 peleas ganadas (44 de ellas por KO), 9 perdidas (casi todas contra campeones o ex campeones mundiales norteamericanos) y un empate. Pese a que no pudo derrotarles, siempre plantó cara a los más grandes a base de coraje, pundonor y temeridad, sin miedo a nada. Sería una constante en su vida… y también en su muerte.



Los golpes de la pobreza

Oscar Natalio Bonavena nació el 25 de septiembre de 1942 en el barrio de Boedo (Buenos Aires), robusto, rotundo –más de cuatro kilos de peso-, anunciando ya el poderío que iba a mostrar a lo largo de toda su vida. Fue el octavo hijo de los nueve que tuvieron Vicente Bonavena y Dominga Grillo, cabezas de una familia muy humilde que en ocasiones rozó la pobreza. “Una vez tiré de la cadena y se cayó el depósito, de puro podrido”, recordaría el púgil años después.

Fue un niño “callejero y peleador”, según sus propias palabras. Curiosos fueron sus primeros contactos con el mundo del boxeo, vía Carnaval, siendo todavía un chaval. La pobreza, en este caso, le pudo mostrar el camino: “Siempre me disfrazaban de boxeador porque era lo más barato; desnudo, con un pantaloncito y un par de guantes prestados por un vecino”. Siendo un adolescente su familia se trasladó de barrio, llegando a Parque Patricios, donde se convirtió en un incondicional del Club Atlético Huracán. Dejó pronto la escuela, en sexto grado, y realizó diversos trabajos para ganar algo de dinero: repartidor de pizzas, ayudante en una carnicería, picapedrero…

A los 16 años ya había decidido que su destino estaría en el ring; en 1959, con 17 recién cumplidos, se proclamó campeón amateur de Argentina. A principios de los 60 se inició como boxeador profesional y –tras una derrota en su primer combate- pronto cosechó los primeros éxitos, logrados con un estilo valiente y agresivo, voraz como una fiera. El mismo estilo agresivo, en definitiva, que le jugó una mala pasada en 1963, durante los Juegos Panamericanos, y que a punto estuvo de costarle su carrera profesional. Furioso por la paliza que le estaba propinando el norteamericano Lee Carr, le mordió el pecho en pleno combate.

Fue descalificado y duramente castigado por la Federación Argentina. “Pero yo no era tipo de rendirme –recordaría años después-, y me fui adonde estaban la guita y la gloria, a Estados Unidos”. Viajó casi con lo puesto, acompañado de su hermano José, con unos pocos dólares en el bolsillo y una carta de recomendación del representante Tino Porzio. Pronto destacó en Nueva York por su pegada y capacidad para asimilar golpes, puro coraje. Así fue como cautivó a todos los amantes del boxeo y como consiguió hacer fortuna en este duro deporte. En esta época ya se hacía llamar Ringo.



De la nada a la leyenda

La vida le cambió la noche del 4 de septiembre de 1965, en Buenos Aires, cuando pasó en apenas unos minutos “de la nada a la leyenda”. Se enfrentaba al campeón argentino de los pesos pesados y gran ídolo local, Gregorio Goyo Peralta, quien años atrás había protagonizado un gesto de desprecio hacia un entonces desconocido Bonavena. Herido en su orgullo, se dedicó las semanas previas al combate a provocar a su rival: “Qué me traigan a Peralta, que le arranco la cabeza”, decía quien ya gozaba de una bien merecida fama de fanfarrón. La expectación era máxima en todo el país y el ambiente se caldeó hasta límites insospechados. 25.236 personas abarrotaron el Luna Park; otros muchos se quedaron fuera, sin entrada.

Bonavena subió al ring entre una gran pitada (la mayora del público se había puesto del lado del entonces campeón), y lo abandonó 18 minutos después de comenzado el combate entre una colosal ovación, tras haber derrotado por KO, con un golpe seco y poderoso de izquierda, a Peralta. “No te tomes en serio mis insultos, fueron para promocionar la pelea”, le dijo el nuevo campeón nacional cuando se encontraron en los vestuarios. “Lo único que te pido –le dijo el derrotado- es que seas un campeón en serio, arriba y abajo del ring”.

Como escribió entonces el periodista deportivo Ulises Barrera, autor de numerosas crónicas pugilísticas, “en dieciocho minutos y con un solo golpe, ese boxeador tosco, desmañado, sin técnica, con esos pies planos que le obligan a un andar de oso, pero a puro coraje, pasó del odio al amor, y de la nada a la leyenda”. Días después de su victoria, fue al estadio de Huracán a recibir un homenaje de la hinchada del club de sus amores, con vuelta al campo olímpico incluida. Aquel día nació la famosa copla que le recordaría para siempre: “Somos del barrio / del barrio de La Quema / Somos los hinchas / de Ringo Bonavena.

Bonavena siguió boxeando con éxito en el país de las barras y estrellas, lo que le llevó a verse las caras con frecuencia contra los mejores. Venció al campeón canadiense George Chuvalo, al alemán Mildenberger, y combatió dos veces contra el gran Joe Frazier. En la primera de ellas, en septiembre de 1966, le tumbó en dos ocasiones; sin embargo en la segunda, dos años después, con la corona de los pesos pesados de la World Boxing Association en juego, no tuvo opción alguna. Pero su combate más importante, como ya hemos recordado, tuvo lugar en diciembre de 1970, en el Madison Square Garden de Nueva York, cuando puso en jaque al mito Muhammad Ali.

Desde que empezó su exitosa carrera como boxeador, el dinero entró a borbotones en su cuenta corriente. Tras años de pobreza y privaciones, empezó a desarrollar un gusto irrefrenable por el lujo: una mansión, los coches más exclusivos, suites en los mejores hoteles, relojes de marca, joyas y objetos de oro, una inmensa colección de trajes a medida, puros habanos, los más caros perfumes… Por aquel entonces, Ringo ya estaba casado con Dora Raffo, y tenía dos hijos. Su popularidad era tal que llegó a actuar en tres películas (Los chantas, Pasión dominguera y Muchachos impacientes), e incluso se atrevió a grabar –con entusiasmo infantil, pese a su voz aflautada- una canción de ínfima calidad pero que se convirtió en todo un éxito popular: Pío, Pío, Pá. Era un auténtico ídolo de masas, también fuera del ring. Carismático como ningún otro deportista de la época, supo ganarse el corazón de los argentinos.



Contactos con la mafia

Sincero hasta el extremo, despreocupado, demasiado inocente en ocasiones, su franqueza desmedida -tal como lo pensaba lo decía-, le jugó malas pasadas en la vida, especialmente por denunciar amaños en las peleas. En 1969 dijo haber participado en algunos combates con resultado previamente convenido, y por esas declaraciones (que no eran en absoluto una sorpresa en aquella época) fue boicoteado por una gran mayoría de empresarios de este deporte.

En más de una ocasión criticó duramente al establishment del boxeo, especialmente a algunos organizadores de combates con pocos escrúpulos. “En este último match con Frazier me hicieron saber que iban a sobornar a los jurados para beneficiarme –escribía en 1969 tras pelear con el norteamericano-. Sólo querían que el combate durara los quince rounds para beneficio de los organizadores por las tandas publicitarias de la televisión. Detrás de todo esto se mueve un mundo de apostadores que buscan contactos no muy limpios que les permitan asegurar inversiones”.

Tras haber alcanzado la cúspide en el combate con Muhammad Ali, la carrera de Bonavena pareció entrar en una cuesta abajo, convirtiéndose en un trotamundos del boxeo. A principios de febrero de 1976 -tras una temporada boxeando en su Argentina natal, en Hawai, y en Italia-, regresa a Estados Unidos, en concreto a Nevada, donde tenía firmadas varias peleas con el promotor puertorriqueño José Montano. Pero entonces se cruza en su camino una persona que marcaría de manera decisiva los últimos meses de su vida.

Quiso el destino que Montano vendiera el contrato de Ringo a un hombre de Las Vegas de 53 años, de origen siciliano, relacionado con la mafia, los casinos y la prostitución. Joe Conforte regentaba junto a su esposa Sally el lujoso burdel Mustang Ranch en Reno, Nevada. En aquel insólito lugar disputaría Bonavena su último combate, en febrero de ese año, ante el mediocre boxeador Billy Joiner, al que sólo pudo derrotar por puntos. Aquella pelea dejó muy mal sabor de boca al campeón argentino: “Nunca me sentí tan mal en la vida –le contó entonces a su esposa Dora-. La gente cenaba, se reía y nosotros nos peleábamos; parecía el circo romano. Yo no quiero esto, quiero una pelea grande, en serio, no sé qué carajo hago acá”.



Los últimos días de Bonavena

Llegó a Reno acompañado de un manager, pero pronto rompió con él por desavenencias profesionales. Entonces, firma un nuevo contrasto profesional con Sally Conforte, quien pasaría a ser su manager oficial (su marido no podía serlo al haber estado cinco años en prisión). Ella rondaba los 60 años, tenía sobrepeso y una cojera que le había dejado un accidente automovilístico. Firmaron un contrato por dos años por el que Bonavena recibía 7.000 dólares y se comprometía a pagar el 10% de su bolsa a Conforte; además, Sally le regaló 3.000 dólares de su propio bolsillo. En esos meses le hablaron de pelear contra Muhammed Ali en Guatemala, contra el español Urtain, contra Ken Northon en Las Vegas… pero al final, por un motivo o por otro, ninguno de estos combates llegó a concretarse.

Ringo y Sally se llevaron bien desde el primer día. Pasaban mucho tiempo juntos, se hicieron muy amigos –demasiado, según el boca a boca de la ciudad-, y eso disparó todo tipo de rumores y la ira del mafioso. Y entonces empezaron los problemas. Posiblemente Ringo, el hombre que a nada temía, no calculara bien el riesgo en esta ocasión. Una vez, con motivo de una gran fiesta en el Mustang, le dijo a varios invitados: “Bienvenidos, espero que les guste mi lugar”. Cuando Joe se enteró fue directo hacia él: “Con mi mujer haz lo que quieras, pero no te metas en mi negocio”. Y no hablaba en broma.

Entre el 15 y el 20 de mayo se producen varios incidentes y amenazas entre Ringo y los guardaespaldas de Joe Conforte que ya hacían presagiar lo peor. El boxeador decide regresar a su país y llama a su mujer para anunciarle que el domingo 23 volaría de vuelta a Buenos Aires; “pero me dijo que antes tenía una cosa que arreglar y que no avisara a nadie”. Según reconocería después Dora Raffo, “se le notaba muy preocupado y me rogó para que rezara por él”. Lo que Bonavena quería recuperar era la copia de su contrato.

Con esa finalidad, y tras recibir una llamada al casino donde solía ir a jugar unos dólares, volvió la madrugada del sábado 22 al Mustang Ranch, donde ya tenía prohibida la entrada. Hacia las 6:15 de la mañana caía abatido en las inmediaciones del prostíbulo por los disparos de un fusil que empuñaba Williard Ross Brymer, guardaespaldas y hombre de confianza de Joe Conforte. Una bala le había destrozado el corazón. Brymer –quien tenía un ojo de cristal- solo pasó 15 meses en prisión por este asesinato ya que le condenaron por homicidio involuntario (en el juicio alegó que no tuvo intención de matarle y que sólo pretendía ahuyentarle).

Sea como fuere aquella bala ponía punto y final, a los 33 años, a la vida de Oscar Ringo Bonavena. Días después sería sepultado en el cementerio de Chacarita, en Buenos Aires, entre continuos llantos y muestras de dolor de una multitud. 150.000 personas acompañaron su cuerpo y cubrieron el féretro de claveles rojos. En Argentina sigue siendo todo un mito. La tribuna local del Club Atlético Huracán y una calle de Buenos Aires llevan su nombre como homenaje; además, una estatua de tres metros de altura le recuerda en Parque Patricios, lugar que le vio nacer y soñar. “Somos del barrio / del barrio de La Quema / Somos los hinchas / de Ringo Bonavena”. 37 años después de su muerte, cuando gana Huracán, sigue sonando este cántico en las calles de Parque Patricios.



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lunes, 26 de agosto de 2013

La masacre de Munich

Aquellas horas de septiembre de 1972 marcaron para siempre los Juegos de Munich y la historia del olimpismo. El secuestro y posterior asesinato de once deportistas israelíes a manos de un comando de terroristas palestinos ha sido uno de los episodios más terribles que haya vivido jamás el mundo del deporte. Lo que sigue es el relato de unos hechos que conmocionaron al mundo y que propiciaron una espiral de violencia y dolor que duró años.


La decisión se había tomado en la primavera de 1966: Munich organizaría los Juegos Olímpicos de verano de 1972 tras derrotar con claridad en la votación final a Detroit, Montreal y Madrid. 36 años después de que Berlín fuera sede de unos Juegos instrumentalizados por el régimen nazi, el movimiento olímpico volvía a Alemania. El sábado 26 de agosto tuvo lugar la ceremonia de inauguración en el espectacular estadio olímpico -cubierto en sus dos terceras partes por una cúpula transparente de entramado metálico-, uno de los grandes atractivos de aquellos Juegos y el máximo exponente de la capacidad organizativa de los alemanes. Aquella edición de 1972 iba a batir el récord de participación olímpica: 7.134 deportistas –de ellos, 1.059 mujeres- representando a 121 países.

Los primeros días de competición transcurrieron con normalidad y sin sobresaltos extradeportivos. Fueron días marcados por el vibrante triunfo del finlandés Lasse Viren en los 10.000 metros de atletismo (ganó y batió el récord del mundo, pese a haber quedado descolgado a mitad de carrera por una caída), pero sobre todo por la impresionante exhibición de Mark Spitz, quien conquistaría siete medallas de oro. Precisamente, al día siguiente de que el nadador norteamericano lograra su séptima y última presea, sucedieron los hechos que conmocionaron al mundo entero.

La noche del 4 de septiembre los deportistas israelíes habían disfrutado de una salida por Munich. Fueron al teatro y a dar un paseo por la ciudad antes de regresar a la Villa Olímpica. Unas horas después, hacia las 4:30 de la madrugada, mientras todo el equipo israelita dormía, ocho miembros de la organización terrorista palestina Septiembre negro escalan la verja que rodea la Villa Olímpica. Iban vestidos con chándal -simulando ser deportistas-, y llevaban bolsas de deporte en las que escondieron pistolas y granadas. Luego se supo que, casualidades del destino, fueron ayudados a saltar la verja por componentes del equipo estadounidense, quienes pensaban que eran otros deportistas que, al igual que ellos, querían acceder furtivamente a sus apartamentos tras una noche de juerga.



Asalto a la Villa Olímpica

Inmediatamente se dirigieron hacia el pabellón 31 donde se alojaban -en dos habitaciones del segundo piso- los deportistas y entrenadores de Israel. El primero en percatarse de que algo extraño ocurría fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha libre, quien oyó un ruido tras la puerta de una de las habitaciones. Al observar que alguien armado la abría ligeramente se abalanzó sobre la misma, dando un grito de alerta, mientras intentaba cerrarla forcejeando con los terroristas. Su valerosa acción permitió que nueve de sus compañeros tuvieran tiempo de despertarse y escapar por las ventanas. Gracias a él salvaron la vida. Weinberg murió acribillado, como también murió el halterófilo Yossef Romano, quien plantó cara a uno de los terroristas con un cuchillo de cocina. Los otros nueve integrantes de la delegación israelí fueron tomados como rehenes. Todo ocurrió en unos pocos minutos de locura.

A las cinco de la mañana del día 5 la policía alemana ya estaba apostada en las afueras del edificio de la Villa Olímpica y recibía de primera mano las demandas de los secuestradores, quienes exigían la liberación de 234 palestinos presos en cárceles de Israel así como un avión que les trasladara a algún lugar seguro de Oriente Próximo. Además, impusieron un plazo: si en tres horas no se satisfacían sus demandas, ejecutarían a los rehenes. La respuesta del gobierno de Israel fue inmediata y contundente: no habría negociación.

Poco después se sabría que los ocho secuestradores eran fedayines palestinos de los campos de refugiados del Libano, Siria y Jordania. El jefe del comando era Luttif Afif, destacado miembro de la organización Septiembre Negro, dos de cuyos hermanos, pertenecientes también a este grupo terrorista, se encontraban en prisiones israelíes. Amanecía en Munich y el mundo entero se encontraba ya conmocionado por la noticia del secuestro de estos deportistas. Rápidamente se formó un gabinete de crisis en el gobierno alemán, bajo la dirección del canciller Willy Brandt y el ministro del Interior Hans-Dietrich Genscher, quienes rechazaron el inmediato ofrecimiento por parte de Israel de enviar un grupo de fuerzas especiales de su país.

Los secuestradores ampliaron, de tres a cinco horas, el plazo para ejecutar a los rehenes. Mientras tanto, se intensificaron las negociaciones con las autoridades germanas, quienes ofrecieron una cantidad ilimitada de dinero a cambio de su libertad. Pero aquellos seguían firmes en sus pretensiones: exigían la liberación de los compatriotas encarcelados en Israel. Tras doce horas de tensión y de continuas negociaciones frustradas, empezaron a darse cuenta de que sus peticiones no iban a ser satisfechas. Entonces pidieron dos aviones para volar con los rehenes hacia El Cairo (Egipto), esperando que allí se escucharan sus demandas. Las autoridades alemanas fingieron aceptar el acuerdo con la intención de tenderles una emboscada en el aeropuerto: allí les esperaría un avión que no podría volar y un grupo de francotiradores camuflados. Pero, después se supo, estos francotiradores fueron elegidos de manera precipitada y sin tener la experiencia que la ocasión requería.



El fallido rescate

A las 22:10 de la noche dos helicópteros transportaban a los terroristas y a sus rehenes a una base aérea próxima a Fürstenfeldbruck. Aterrizaron a las 22:30 en el aeródromo, en penumbra, donde un Boeing 727 de Lufthansa les esperaba en la pista de despegue. Tras más de medio hora de extrema tensión, a las 23:03 horas dos terroristas bajan del helicóptero y caminan hacia el avión llevando como escudos humanos a dos de los rehenes. Al verlo vacío, sin tripulación, comprenden que se trata de una trampa, regresando precipitadamente hacia los helicópteros. Entonces, se encendieron todos los focos del aeropuerto y se dio la orden de abrir fuego contra los secuestradores.

De manera sorprendente, los cinco tiradores carecían de rifles de precisión, así como de sistemas de comunicación para coordinar el fuego. Se inició un caótico intercambio de tiros que acabó con la vida de dos de los terroristas y de un policía situado en la torre de control. El piloto de uno de los dos helicópteros logró escapar, pero no así los rehenes que permanecían en el interior de los aparatos, atados, brazos en alto, al techo. Al quedarse sin munición los tiradores, la situación se calmó durante unos minutos; minutos de tensa espera que terminaron en cuanto la policía alemana logró rearmarse. Entonces se volvió a exigir a los secuestradores la rendición. En ese momento –cerca ya de la medianoche- comprendieron que era el fin… y decidieron morir matando.

Uno de los secuestradores saltó del primer helicóptero lanzando una granada a su interior, donde permanecían cuatro deportistas israelíes y el piloto. Todos murieron en el acto. Otro, en el segundo helicóptero, usó su metralleta para acribillar a los cinco rehenes que estaban con él. En el tiroteo posterior, la policía abatió a tres terroristas palestinos y capturó a los otros tres que sobrevivieron. Era el punto y final a veinte horas de terror que dejaban como balance la muerte de once deportistas y entrenadores israelíes, cinco de los ocho secuestradores, un oficial de la Policía alemana y uno de los pilotos de los helicópteros. La tragedia, seguida en todo el mundo a través de la televisión, tendría graves consecuencias futuras.

De manera sorprendente, y a pesar de las numerosas voces que pidieron su suspensión, la competición olímpica siguió su curso casi con normalidad. Tan sólo las pruebas del 5 de septiembre –el día en que todo ocurrió- fueron aplazadas. Además, el destino quiso que los Juegos se reanudaran con las pruebas de halterofilia, entre cuyos participantes deberían haber estado tres de los asesinados.



La venganza de Israel

El Comité Olímpico Internacional (COI), con su presidente, el norteamericano Avery Brundage, al frente, argumentaron que los terroristas no podían condicionar la celebración de los Juegos. Al día siguiente se celebró en el estadio olímpico de Munich un memorial por los fallecidos al que asistieron 80.000 espectadores y 3.000 atletas. Durante su discurso, Brundage elogió la fuerza del movimiento olímpico pero no hizo ninguna referencia a los deportistas asesinados, lo que enojó a los israelíes y a otros muchos espectadores. El ataque fue ampliamente condenado en todo el mundo, con la única excepción de algunos países árabes, que también se negaron a que sus banderas hondearan a media asta en señal de duelo.

Los deportistas israelíes que lograron salvar la vida abandonaron inmediatamente Alemania, fuertemente protegidos por las fuerzas de seguridad. Egipto, Siria y Kuwait también retiraron a sus deportistas en señal de protesta por la masacre desatada por la policía alemana. Pero los ecos de lo acaecido en Munich no se apagaron con el final de los Juegos Olímpicos. Muy al contrario, en los días, semanas y meses posteriores se generó una espiral de violencia de gravísimas consecuencias. Para empezar, tan sólo cuatro días después de la masacre, la fuerza aérea israelí bombardeó las bases de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Siria y Líbano, ataque que fue reprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Además, la primera ministra de Israel, Golda Meir, y el Comité de Defensa Israelí dieron órdenes al servicio secreto de aquel país, el Mossad, de matar dondequiera que se encontrasen a todos los responsables de planificar y organizar el ataque contra sus deportistas. Con esta finalidad, cinco de sus mejores agentes serían enviados a Europa a seguir su pista. “Acuérdese de este día. Lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia judía”, le dice Meir a uno de estos agentes. La orden: no regresar hasta haber cumplido el objetivo. “Deben ser precisos; no dejar víctimas inocentes –se les advierte-. Nuestros enemigos deben pensar que están indefensos y que los podemos alcanzar cuando queramos”. Esta misión sería conocida como “Operación Colera de Dios” y se tradujo, entre octubre de 1972 y junio de 1973, en el asesinato de una decena de destacados dirigentes palestinos.

El 29 de octubre de 1972, en medio de la contundente respuesta de Israel, otro comando de Septiembre Negro había secuestrado un avión de Lufthansa, amenazando con volarlo si no se liberaba a los tres terroristas presos en las cárceles germanas. Las autoridades de este país, aterradas ante otra posible masacre, atendieron sus reivindicaciones. De esta manera, los tres secuestradores supervivientes del ataque de Munich quedaron en libertad.



Operación Cólera de Dios

Tras comprar e intercambiar información con otros servicios de inteligencia europeos, los agentes del Mossad encuentra su primer objetivo: Wael´Aadel Zwaiter, el encargado de reclutar al comando terrorista para el ataque. El 16 de octubre dos hombres le abordan en las calles de Roma y le acribillan de catorce disparos. En diciembre, localizan en Francia a Mahammad Hamshari, representante de la OLP en aquel país. Va permanentemente protegido por cuatro guardaespaldas, por lo que deben idear otra táctica. Interfieren su teléfono y mandan a un agente para “repararlo”; este coloca bajo su escritorio una bomba que se activaría por control remoto. Herido de extrema gravedad en la explosión, moriría pocos días después.

En enero de 1973 tienen conocimiento de que otro de los cabecillas del atentado se aloja en un hotel de Nicosia (Chipre). Seis explosivos colocados bajo su cama, y activados por presión, destrozan su cuerpo. Y también caen en los meses siguientes un responsable de armamento del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP) -tiroteado en las calles de París-, y otros dos destacados representantes de la OLP.

Las cosas se complican en abril cuando localizan en Beirut (Líbano) a otros tres importantes dirigentes de la OLP relacionados con la masacre de Munich; están protegidos por más de 50 fedayines de la FPLP. Pero eso tampoco detiene los agentes del Mossad quienes, ayudados por otros comandos israelíes, asestan un golpe contundente y salvaje, acabando con la vida de sus tres objetivos y, de paso, de cuatro civiles libaneses, tres turistas sirios y uno italiano, además de provocar 29 heridos. A continuación, explotaron el cuartel general del FPLP en la ciudad y un depósito de explosivos del grupo Al Fatah.

El encargado de las operaciones de Septiembre Negro en Europa, Mohammad Boudia, consigue escapar del ataque; dos meses después, un artefacto explosivo colocado bajo su vehículo acaba con su vida. En represalia a todos estos ataques, los palestinos se lanzan igualmente a una campaña de atentados contra intereses israelíes. La espiral de odio, venganza y muerte no deja de crecer por ambos bandos. Tres de los agentes del Mossad fallecen en esos ataques contra líderes palestinos, y el primer grupo de agentes es relevado por un segundo equipo, que cometería un error imperdonable.



Política y deporte

Confundiéndole con el terrorista Ali Hassan Salameh –destacado dirigente de Septiembre Negro-, asesinan en Lillehammer (Noruega) a un ciudadano marroquí que nada tenía que ver con los hechos de Munich. Los cinco agentes responsables de esta acción -entre ellos, dos mujeres-, son detenidos por las autoridades noruegas, juzgados y encarcelados, aunque posteriormente serían repatriados a Israel. En enero de 1979, el Mossad da finalmente con el paradero de Salameh, asesinándole con un coche bomba en Beirut. La planificación de todas estas acciones fue llevada al cine en 2005 por Steven Spielberg en una película, Munich, aplaudida por la crítica y los expertos cinematográficos (obtuvo cinco nominaciones a los Oscars), pero que no gustó ni a israelíes ni a palestinos.

Hay quien piensa que aquella masacre inauguró la era moderna del terrorismo. Lo que está claro es que lo ocurrido aquel día de septiembre en Munich cambió para siempre la idea de la seguridad en unos Juegos Olímpicos y, a la vez, multiplicó el odio entre dos pueblos, con fatales consecuencias. En aquellos años, sólo un hombre consiguió salir indemne de la persecución israelí en busca de venganza: Abu Dauoud, de quien se dice que fue el verdadero cerebro del ataque contra los deportistas. Abu Daoud sobrevivió a un tiroteo en Varsovia, y nada más se supo de él durante años. El 3 de julio de 2010 -38 años después de la acción terrorista- fallecía en el Hospital Al-Andalus de Damasco (Siria) por una insuficiencia renal.

En la actualidad, una placa en el mismo lugar del Parque Olímpico de Munich en el que todo comenzó, conmemora la tragedia. “El equipo del Estado de Israel permaneció en este edificio durante los 20º Juegos Olímpicos de Verano del 21 de agosto al 5 de septiembre de 1972. El 5 de septiembre Moshe Weinberg, Yossef Romano, Ze'ev Friedman, David Berger, Yakov Springer, Eliezer Halfin, Yossef Gutfreund, Kehat Shorr, Mark Slavin, Andre Spitzer y Amitzur Shapira fallecieron de muerte violenta. Honor a su memoria”, reza la inscripción, en alemán y hebreo. Aquella placa recuerda una de las mayores tragedias vividas jamás por el mundo del deporte, un mundo tan a menudo ejemplo de valores admirables. Una vez más, el deporte fue utilizado como arma política. Y las consecuencias, bañadas de sangre, fueron devastadoras.



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miércoles, 21 de agosto de 2013

La misteriosa muerte de Ottavio Bottecchia

En 1924 se convirtió en el primer italiano en ganar el Tour de Francia, y tan sólo tres años después encontraba la muerte de manera trágica. Sobre aquel suceso circularon muy diversas teorías y todavía, a día de hoy, no se conoce la verdad. Una muerte prematura, una causa desconocida, versiones contradictorias, un silencio sospechoso… Esta es la historia del misterioso final de Ottavio Bottecchia.

Terrible destino, terrible final, el de este humilde ciclista, hijo del hambre, que emigró a Francia en busca de gloria y murió en un hospital doce días después de haber sido encontrado tirado, inconsciente, al borde un viñedo, con el cráneo destrozado y varios huesos rotos. Se habló de accidente, de su oposición al régimen de Mussolini, de que un campesino creyó que le estaba robando sus uvas, incluso de un crimen pasional. Ocho décadas después, el misterio de su muerte sigue abierto.

De carácter reservado, introvertido, taciturno, casi podríamos decir que tan misterioso como el final que tuvo, Ottavio Bottecchia fue el primer gran campeón del ciclismo italiano, precursor de ídolos inolvidables como Gino Bartali o Fausto Coppi. Para su desgracia, la situación política que vivía el país transalpino en la década de 1920 –en clara contraposición con sus ideas izquierdistas- le impidió ser profeta en su tierra, logrando casi todos sus triunfos en la vecina Francia.

No pudieron ser más humildes los orígenes de Ottavio Bottecchia, nacido el 1 de agosto de 1894 en San Martino di Colle Umberto, un pequeño pueblo de la región italiana de Friuli, en el seno de una familia de nueve hijos. Criado en la pobreza, tuvo que ponerse a trabajar muy pronto para ganarse el pan, por lo que apenas pudo ir dos años a la escuela. Casi sin saber leer ni escribir, empezó a trabajar de albañil siendo todavía un niño. Aprendió a montar en bicicleta durante la Primera Guerra Mundial, en la que participó en el frente austro-italiano, formando parte de los Bersaglieri, cuerpo de infantería que se desplazaba en bicicleta para transmitir los mensajes al Estado Mayor. Poco antes de finalizar la Guerra fue hecho prisionero, pero escapó.

Medalla de bronce al valor, una vez finalizado el conflicto bélico Bottecchia (ya con 27 años) se dedicó de manera profesional a este deporte, y pronto llegaron los primeros éxitos. En 1922 sus buenas actuaciones le valieron para ser reclamado por el francés Henri Pélissier –la mayor figura ciclista del momento-, quien le pidió que se uniera a su equipo, el Automoto-Hutchinson. Bottecchia aprendió a leer siendo ya un profesional del ciclismo, gracias a las enseñanzas de su amigo y compañero de entrenamiento Alfonso Piccin. Juntos leían las columnas del diario deportivo La Gazzeta dello Sport y folletos antifascistas. Sus ideas le jugarían una mala pasada en su país, donde fue vetado del Giro por su firme oposición al régimen de Mussolini. Por eso, sólo pudo participar en una edición (la de 1923) de la gran carrera italiana.

Tras acabar quinto en el Giro de Italia de aquel año, se presenta sin grandes pretensiones al Tour, formando parte del Automoto, para ayudar a sus compañeros de equipo Henri Pélissier y el belga Lucien Buysse. Sin embargo, en la segunda etapa se hace con el triunfo y con el liderato. Lo perdió en las etapas siguientes, lo volvió a recuperar en los Pirineros, y lo perdió definitivamente en los Alpes en favor de Pélissier, quien se llevaría la general con media hora de ventaja sobre Bottecchia. El italiano fue la gran sensación del Tour, mostrándose como un ciclista completo: buen rodador, buen esprinter, mejor escalador, y con una dureza y resistencia excepcionales, forjadas a sangre y fuego durante su miserable infancia. Era, en definitiva, un adelantado a su época. “Bottecchia me sucederá el próximo año”, dijo entonces Pélissier. Y no falló en su pronóstico el campeón francés.



Primer italiano ganador del Tour

Enjuto, de piel bronceada, con la mirada siempre perdida, nariz aguileña y orejas puntiagudas (Henri Desgrange, el director del Tour de Francia, se refería a él como “mariposa” por este motivo), Bottecchia se presentó en la línea de salida de la Grande Boucle de 1924 con la etiqueta de principal favorito, condición que demostró con creces. Ganó la primera etapa y ya no soltó el jersey de líder en toda la carrera, convirtiéndose en el primer italiano en conquistar el Tour. Ganaría un total de cuatro etapas y ejerció un dominio incontestable sobre todos sus rivales.

Se vio favorecido, además, por la retirada de los combativos hermanos Pélissier (Henri y Francis), en constante disputa con Desgrange. Una sanción a Henri por vestir dos maillots -para combatir el frío- y despojarse en carrera de uno de ellos, propició la marcha de la prueba de los dos hermanos y unas declaraciones incendiarias al periodista Albert Londres que dieron lugar a la gran metáfora del Tour: los forzados de la ruta. “Antes que ser corredores, somos hombres libres”, dijo encolerizado el mayor de los Pélissier.

En la etapa reina de los Pirineos (Bayona-Luchon, 326 kilómetros atravesando todos los colosos pirenaicos), Bottecchia dio una exhibición sublime. Dada su condición de líder, sólo necesitaba controlar a sus rivales (Nicolas Frantz y Lucien Buysse principalmente) pero desde los primeros repechos del primer gran puerto ataca como un poseso. En la cima del Aubisque aventaja a su primer perseguidor en 2 minutos 40 segundos, en el Tourmalet en 10:52, 16 minutos en el Aspin, 18 y medio en el Peyresourde… Llega a la meta de Luchon con una ventaja de 27 minutos y 58 segundos, sentenciando la carrera. “Hay que ver la facilidad que tiene para pedalear, su estilo, la perfección de su impulso. No le he visto incorporarse en su bicicleta ni una sola vez”, declararía admirado Desgrange. También vencería en la siguiente etapa pirenaica (Luchon-Perpignan) y en la etapa final en París.

En 1925 se repite la historia, y de qué manera, en el Tour de Francia. De nuevo Bottecchia vence en la primera y la última etapa; de nuevo logra cuatro triunfos parciales; de nuevo se muestra muy superior a todos sus rivales; de nuevo llega a París con una diferencia abismal respecto a sus perseguidores (54 minutos a Buysse, 56 a su compatriota Bartolomeo Aymo…). Con sus adversarios a una distancia inalcanzable, empezó a escuchar críticas que le tachaban de conservador. Enfurecido, Ottavio las rebatió la última etapa entrando en solitario en el velódromo del Parque de los Príncipes, donde más de 20.000 espectadores se rindieron a su talento y su coraje. Estos triunfos en el Tour le convirtieron en un verdadero ídolo. Pese a ello, no perdía la humildad: “Soy un obrero de la bicicleta”, declararía entonces.

En 1926 no pudo repetir éxitos y se retiró del Tour “llorando como un niño”. En los Pirineos, durante la etapa Bayona-Luchon, se vio obligado a abandonar enfermo, exhausto, destrozado por dentro y por fuera, en medio de un escenario que los allí presentes describieron como “apocalíptico” a causa del frío y la torrencial lluvia. Para continuar con las desgracias, ese mismo invierno perdió a su hermano pequeño, Umberto, atropellado por un coche. Y poco después, el misterio.



Una muerte sin aclarar

El 3 de junio de 1927 un agricultor de Peonis, localidad cercana al pueblo de residencia de nuestro protagonista, encontró un cuerpo agonizando en la cuneta de la carretera; tenía el cráneo roto, al igual que una clavícula y otros huesos. Pronto se confirmó que era Ottavio Bottecchia; le llevaron a un bar y, sobre una mesa, el cura le dio la extremaunción. De allí fue llevado inmediatamente al hospital de Gemona de Friuli, donde falleció 12 días más tarde sin haber llegado a recobrar el conocimiento. Tenía 33 años.

Oficialmente se trató de un accidente sufrido cuando entrenaba. La primera teoría hablaba de que una insolación le hizo caer al suelo, golpeándose la cabeza. Sin embargo, su bicicleta se encontró bastantes metros más allá, apoyada contra un árbol, y no había sido robada ni dañada. Tampoco había marcas de neumáticos que pudieran sugerir que algún coche le hubiera forzado fuera de la carretera o que hubiera perdido el control de su bicicleta.

Se supo que aquella mañana Bottecchia se levantó al alba y pedaleó hasta la casa de su gran amigo Alfonso Piccin para ir a entrenar juntos. Pero Piccin decidió no salir aquel día y Ottavio partió sólo. A partir de aquí, lo que ocurrió es una incógnita. Incógnita y misterio. Algunos sugirieron una pelea, pero no se encontró indicio alguno de ella; otros apuntaron a la participación en los hechos de una cuadrilla de camisas negras, como represalia por las ideas comunistas de Bottecchia y su abierta oposición al régimen de Mussolini. La investigación oficial se cerró dando por buena la teoría del accidente y la familia del ciclista, que recibió una suculenta indemnización por su muerte, tampoco mostró interés en saber más.

Pero en los años siguientes, para añadir aún más confusión a la historia, dos personas se autoinculparon de su muerte. Primero fue un emigrante italiano en Estados Unidos quien, tras ser herido y detenido en una reyerta con navajas en un muelle de Nueva York, acabó declarando haber asesinado a Ottavio y a su hermano Umberto por encargo de un dirigente fascista. Más tarde, dos décadas después del fatal suceso, el campesino propietario de la viña donde se encontró a Bottecchia confesó, en su lecho de muerte, haber asesinado de manera accidental al ciclista: “Vi a un hombre comiendo mis uvas. Le tiré una piedra para asustarle, pero le golpeó. Corrí hacia él y me di cuenta de quien era. Me asusté, le arrastré hasta la orilla del camino y allí lo dejé. Dios me perdone”.

Muchos vieron lagunas en esta explicación: por un lado, junio no es temporada de uvas (no maduran hasta finales de verano); por otro, para romper el cráneo a alguien con una piedra tendría que ser tan grande que le obligaría a estar muy cerca, con lo que parece inverosímil la explicación del agricultor. Bottecchia era un héroe local, y estando tan cerca habría sido fácilmente reconocible. En la investigación policial que se reabrió entonces se concluyó que ambos, campesino y ciclista, se conocían, y que podía tratarse de un crimen pasional. ¿Accidente, robo, motivos políticos, crimen pasional...? Ocho décadas después, las causas de la muerte del peculiar ciclista italiano siguen envueltas –como su personalidad- en un halo de misterio. Casi con toda seguridad seguirán siéndolo por los siglos de los siglos.



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sábado, 30 de marzo de 2013

Lasse Viren: obsesionado con la gloria olímpica

Lasse Viren fue un atleta peculiar y desconcertante. Uno de los más grandes de la historia de los Juegos (doble campeón olímpico de 5.000 y 10.000 en Munich´72 y Montreal´76), pasaba largos periodos de tiempo -años incluso-, sin lograr un resultado destacado. Podría decirse que sólo le interesaban las citas olímpicas, donde se consagró como uno de los mejores fondistas de todos los tiempos. Introvertido y reservado, despertaba tanta admiración como recelos y suspicacias.

Atleta frío, sobrio y de estilo elegante, Viren ha pasado a la historia como el único capaz de lograr en dos ocasiones el doblete olímpico en 5.000 y 10.000 metros, algo que consiguió en Munich´72 y Montreal´76. Otros grandes campeones, como Hannes Kolehmainen en 1912, Emil Zatopek en 1952, Vladimir Kuts en 1956 o Kenenisa Bekele en 2008, han conseguido este mismo doblete en unos Juegos, pero ninguno de ellos lo ha podido repetir. Después de conocer este dato, sorprende echar un vistazo a su palmarés, en el que “sólo” encontramos estas cuatro medallas de oro olímpicas…. y una medalla de bronce en los Campeonatos de Europa de 1974. Sin duda, un caso excepcional.

Lasse Viren era un chico de campo con raíces fuertemente asentadas en Myrskylä, un pequeño pueblo de Finlandia rodeado de bosques, lagos, extensas praderas y empinadas colinas, donde nació el 22 de julio de 1949, donde creció y donde ha residido toda su vida. De pequeño practicaba esquí de fondo (llegó a ganar varias carreras infantiles), pero pronto se decantó por el atletismo, deporte por el que lo dejó todo. Siendo un adolescente abandonó sus estudios de mecánica para entrenar más, y ya por aquel entonces daba muestras de una fuerza de voluntad y una disciplina inquebrantables. Desde el principio se decantó por las pruebas de fondo, distinguiéndose por sus extraordinarios finales de carrera.

Su primer gran éxito en el mundo del atletismo lo consiguió en 1969, cuando se proclamó campeón Juvenil de Finlandia. Pocos meses después lograba el título absoluto de 5.000 metros, y batía el récord junior de Escandinavia con una marca estratosférica para la categoría (13:55). En sólo un año había mejorado su marca personal en la distancia de 14:59 a los referidos 13:55; de ser un desconocido había pasado a ser la gran esperanza del atletismo finlandés.

Su ascenso a la élite fue meteórico. En 1971 disputa su primer gran campeonato absoluto, acabando 7º en los 5.000 metros del Europeo de Helsinki; sólo un año después, escribiría una de las páginas más brillantes del atletismo olímpico. Apenas 20 días antes de los Juegos de Munich ya maravilló a todos logrando en Estocolmo su primer récord del mundo, en la distancia de las dos millas (8:14.0). Era el primer aviso de lo que estaba a punto de lograr.



Triunfos olímpicos

El 3 de septiembre de 1972, los espectadores que abarrotan el estadio Olímpico de Munich asisten a una de las grandes gestas de la historia del olimpismo. La final de los 10.000 metros transcurría desbocada, a ritmo de récord del mundo, cuando en la vuelta 12, poco antes de su ecuador, Viren y Mohamed Gammoudi tropezaron, perdieron el equilibrio y se fueron al suelo. El tunecino tuvo que abandonar la prueba dolorido; la carrera peligraba para nuestro protagonista… Sin embargo, se levantó con rabia y reanudó la marcha. En una demostración de fuerza, recuperó en poco más de una vuelta los 30 metros que había perdido respecto a los hombres de cabeza, entre los que se encontraba el español Mariano Haro.

En las últimas vueltas, Viren y el belga Emiel Puttemans firman un duelo apasionante, corriendo el último kilómetro en 2:29.2. El finlandés se impuso al sprint, con un tiempo de 27:38.4, que suponía un nuevo récord del mundo. La carrera tuvo un nivel descomunal como demuestra que, además de la plusmarca mundial del vencedor, los tiempos de Puttemans (segundo; 27:39.6), el etíope Mirus Yifter (tercero; 27:41.0), y Mariano Haro (cuarto; 27:48.2), pasaron a ser la segunda, cuarta y sexta mejor marca mundial de la historia.

Una semana más tarde Viren repetiría medalla de oro en la final de los 5.000 metros derrotando a Gammoudi –campeón en México´68- con un tiempo de 13:23.4, nuevo récord olímpico. Así, emulaba medio siglo después a los “finlandeses voladores“ (Kolehmainen, Paavo Nurmi o Ville Ritola), grandes dominadores de las pruebas de fondo en los años 20. Pocas semanas después de los Juegos, establece en Helsinki un nuevo récord mundial en los 5.000 (13:16.4)… y a partir de aquí su nivel baja de manera espectacular.

Pensando casi exclusivamente en los Juegos, se olvidó de sus marcas y su palmarés durante el periodo olímpico, en el que se centró en hacer entrenamientos en altitud (una innovación por aquel entonces) en las montañas de Colombia y Kenia. Entre 1973 y 1976 encadenó una decepción tras otra. En los Campeonatos de Europa de Roma (1974) tan sólo pudo ser 3º en los 5.000 metros y 7º en la prueba del 10.000; además, terminó 5º en la Copa de Europa de Helsinki. Resultados impropios de todo un bicampeón olímpico.



Una personalidad enigmática

Convertido ya en una estrella del atletismo, durante estos cuatro años se le solicitó para participar en numerosas pruebas atléticas, pero la mayoría de las veces rehusó las invitaciones. Frío y calculador estratega sobre la pista, introvertido, reservado y sarcástico en su vida personal, Lasse Viren (1,80 metros; 69 kilos) vivía por y para la cita olímpica, una forma de actuar que, como veremos más adelante, levantó no pocas suspicacias.

Viren llegó en plena forma a los Juegos de Montreal 1976, donde subió el listón y buscó el más difícil todavía: emular el triplete olímpico que lograra Emil Zapotek en 1952: oro en 5.000, 10.000 y maratón. Se quedó muy cerca de la proeza; tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, no pudo repetir triunfo en el maratón… disputado tan sólo 18 horas después de la final de los 5.000. Agotado por el esfuerzo de los días previos sólo puede ser quinto (2h13:11) en una prueba dominada por Waldemar Cierpinski.

En la recta final de su carrera todavía disputó unos terceros Juegos Olímpicos (Moscú 1980), donde ocupó la 5ª plaza en los 10.000 metros. Llevaba arrastrando desde semanas atrás una lesión en el muslo, y llegó a temer seriamente por su presencia en la capital soviética. De hecho, en un principio no lograría su clasificación para la final, pero la lesión del irlandés Treacy en una de las semifinales propició su repesca y poder disputar su tercera final olímpica en los 10.000.

Tras esta competición se retiró del atletismo profesional, aunque siguió corriendo en algunas pruebas populares, “para que algunos puedan disfrutar presumiendo de haberme ganado”, dijo entonces con ironía. Su enorme fama en Finlandia catapultó su carrera política, llegando a ser parlamentario, entre 1999 y 2007, por el conservador Partido de Coalición Nacional.



Luces y sombras

Lasse Viren fue un atleta de extremos, que levantaba tantas pasiones como recelos. En su época de máximo esplendor, su actitud de dejar de competir al más alto nivel entre una cita olímpica y otra levantó no pocas suspicacias, y se extendió la sospecha de que en este periodo -además del entrenamiento en altura- se sometía a un plan de autotransfusiones sanguíneas para aumentar su hematocrito (tasa de glóbulos rojos).

Estas sospechas se multiplicaron tres décadas después cuando en una biografía sobre el atleta (“Lasse Viren, segundos de oro”) su entrenador, Rolf Haikkola, reconoció que llegó a tener el hematocrito por encima del 70%. “Lasse Viren me ganó dopado en Múnich´72”, declararía en 2007 el español Mariano Haro, 4º en los 10.000 metros de aquellos Juegos. Hay que aclarar que esta práctica –conocida en la actualidad como dopaje sanguíneo- no era ilegal en los años 70, y solo fue prohibida a partir de 1985. En cualquier caso, es evidente que esto le ofrecería una cierta ventaja sobre otros atletas que no utilizaban este método.

Viren siempre ha defendido que actuó de acuerdo a la legalidad(“nunca nadie pudo pillarme en falta”, ha dicho), y atribuyó sus éxitos a un muy exigente sistema de preparación, basado en un volumen de entrenamiento descomunal y en el trabajo en altitud, del que fue un pionero. Este trabajo lo llevaba a cabo en el Pirineo francés, en Bogotá y en las altiplanicies de Kenia, donde pasaba largas temporadas. Sus entrenamientos eran llevados con gran secretismo, aunque años después se supo que eran, en volumen e intensidad, diferentes a todo lo conocido hasta entonces. Según contó Haikkola en el citado libro, Viren no dejaba de entrenar ni un solo día, haciendo siempre dos sesiones diarias, y a veces hasta tres.

En un periodo de doce meses llegaba a acumular entre 7.000 y 8.000 kilómetros (unos 20 diarios), en su mayor parte “entrenamientos de resistencia de la mejor calidad”, según Haikkola. "El objetivo de nuestras concentraciones estaba claro: subir el hematocrito hasta el nivel de los atletas criados en altiplanicie. Lasse corrió en Múnich y Montreal con más del 70% de hematocrito. Era muy fuerte, tenía el cuerpo adecuado. Entrenábamos series de 5.000 metros en una pista de 600, con cambios de ritmo de 200, como si fuera una bala a la espalda de Bedford: hasta 273 cambios de ritmo diarios". Tras los Juegos de Montreal, preguntado por el supuesto dopaje sanguíneo, Viren se limitó a responder: “Corro 8.000 kilómetros al año, y eso es suficiente”. Admirado y criticado a partes iguales, nadie podrá negar -más allá de cualquier polémica-, que ha sido uno de los más grandes atletas de fondo de todos los tiempos.


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lunes, 4 de febrero de 2013

Suzanne Lenglen: con ella llegó el escándalo

Fue la primera gran celebridad del tenis femenino, cuyo circuito dominó con autoridad en los años veinte. Pero si por algo destacó la francesa Suzanne Lenglen fue por su arrolladora personalidad, por su atrevida vestimenta en las pistas, o por costumbres inauditas para la época como dar algún traguito de coñac durante los partidos. Siempre rodeada de polémica, La Divina vivió intensamente, se retiró joven y murió de forma prematura. Esta es la historia de una de las más grandes pioneras del deporte femenino.

Entre 1919 y 1926 resultó prácticamente invencible con una raqueta en las manos. En estos años gana seis veces Wimbledon y en otras seis ocasiones el Campeonato de Francia (actual Roland Garros). En total, 81 títulos individuales, 73 de dobles y ocho de dobles mixtos, además de colgarse tres medallas olímpicas (dos de oro) y de firmar una serie histórica de 171 victorias consecutivas. Pero más allá de sus éxitos deportivos y su elegante estilo de juego, se convierte en toda una celebridad por su glamour, su vida privada y unas costumbres revolucionarias para la época. Su influencia fue mucho más allá del mundo del deporte, convirtiéndose en referente para muchas mujeres.

En 1919 pasó por el torneo de Wimbledon como un auténtico ciclón. El público del All England Tennis Club -tradicional y conservador en su mayoría- se mostró entre sorprendido y escandalizado cuando en su primer partido la vio aparecer con una cinta de tul en la cabeza y un vestido que dejaba al descubierto sus antebrazos y pantorrillas. Lo hacía, según explicaba ella misma, por comodidad y estética, pero la sociedad no estaba aún preparada para aquella vestimenta tan “atrevida”. Por entonces, las tenistas llevaban el recato hasta el extremo, jugando con vestidos que cubrían casi todo el cuerpo.

Por si esto fuera poco, tenía la insólita costumbre de tomar un traguito de coñac entre set y set. Su vida privada –trufada de continuos romances y aventuras- terminó por configurar su imagen de femme fatal, convirtiéndola en toda una celebridad y centro de numerosos comentarios. Suzanne Lenglen era un volcán, una personalidad arrolladora que vivió su vida con valentía y revolucionó el tenis femenino y muchas de sus costumbres. Quien lo hubiera dicho cuando, en su infancia, era una niña frágil y enfermiza, permanentemente pálida, que sufría continuas crisis respiratorias a causa del asma.

Nació el 24 de mayo de 1899 en Compiègne, pequeña localidad situada 65 kilómetros al norte de París. Su padre, Charles Lenglen, propietario de una compañía de transportes, pensó que sería bueno que su hija practicara algún deporte para fortalecer su organismo y se decantó por el tenis, al que era aficionado. Como el dinero no era problema para él, ordenó construir una pista de tierra en la finca familiar de Marest-sur Matz, pueblo cercano a Compiègne, donde Suzanne dio sus primeros raquetazos.



De niña enfermiza a gran campeona

Viendo que la pequeña disfrutaba con este deporte, y que no se le daba nada mal, Charles decidió entrenarla personalmente, ideando varios juegos con la raqueta con los que fue aumentando su precisión y mejorando su rapidez y pegada. Uno de ellos consistía en extender pañuelos en diferentes zonas de la pista, que debía alcanzar con las pelotas de tenis. Perfeccionista hasta el límite, Suzanne no dejaba de progresar, tanto que su padre decide apuntarla al Tenis Club de Niza, donde pronto destaca como una figura en ciernes de este deporte.

Con tan sólo 15 años alcanza la final del Campeonato de Francia (antecesor del Abierto de Francia, más conocido como Roland Garros) y gana el Clay Copurt Championship, una especie de Campeonato del Mundo de Tierra Batida. Era un talento precoz, y aquellos resultados le auparon a lo más alto del tenis internacional. Sin embargo, el comienzo de la Primera Guerra Mundial provoca la suspensión de las grandes competiciones y su prometedora carrera queda paralizada. Suzanne sigue entrenando y espera tiempos mejores.

Sería tras la finalización de la contienda bélica cuando comienza su leyenda. El primer torneo del calendario era Wimbledon´1919, donde se presentó pese a no haber jugado antes torneo alguno en hierba. Daba igual; su estreno en la superficie fue un éxito, llegando a una final en la que se vería las caras con la siete veces ganadora Dorothea Douglass Chambers. En un partido legendario (resuelto por 9-7 en el tercer set), y bajo la atenta mirada de los reyes Jorge V y Mary, la joven tenista francesa derrotó a la veterana campeona, causando sensación por la velocidad, precisión y elegancia de su juego… y por su atrevida vestimenta, glamour y desempeño fuera de las pistas.

Aquel torneo le catapultó a la condición de gran estrella del deporte, la primera que tuvo el tenis femenino. En las pistas, fluía como una mariposa, haciendo buenos sus estudios de ballet para moverse ligera, rápida y elegante. Según los cronistas de la época, parecía jugar flotando. A este éxito le siguieron otros en el Campeonato de Francia, los Juegos Olímpicos de Amberes´1920, de nuevo Wimbledon… No paró de ganar durante ocho años, y la prensa francesa le puso el sobrenombre de La Divina por el interés que generaba fuera de las pistas. Se convirtió en un ídolo nacional e incluso llegó a tener una línea de zapatillas con su nombre.



El primer revés de La Divina

Suzanne Lenglen llevó al tenis femenino a otra dimensión. Antes de su irrupción, los partidos entre mujeres tenían muy poco interés para el público, pero con La Divina esto cambió. Llenó las gradas de un público deseoso de admirar su juego y glamour, y gracias a ella se vivió el inaudito fenómeno de espectadores haciendo largas colas para conseguir entradas.

Pero en una carrera deportiva llena de éxitos también suele haber espacio para los sinsabores y fracasos. En 1921, siendo ya una celebridad, sufre su primer revés considerable. Con el objeto de conseguir fondos para la reconstrucción de diversas regiones de Francia devastadas durante la Primera Guerra Mundial, acepta viajar a Estados Unidos para jugar algunos partidos de exhibición contra la norteamericana Molla Bjurstedt-Mallory, una de las mejores tenistas del momento. Lo hace en contra de la opinión de su padre, quien considera que debe quedarse en Francia descansando, y evitar el largo y pesado viaje. Finalmente, todo acabó torciéndose.

Suzanne enfermó durante el viaje, y una vez en Nueva York se enteró de que la organización del Abierto de Estados Unidos había anunciado su participación en dicho torneo. Aunque en un principio se negó a jugar por sus problemas físicos, la presión pública fue tan grande que acabó aceptando. Por entonces no había cabezas de serie, y quiso la casualidad que le tocara jugar el primer partido contra Bjurstedt-Mallory, vigente campeona y una de las favoritas.

Debilitada físicamente, perdió el primer set por 6-2 y en el segundo, ahogada entre toses y viéndose incapaz de continuar, se retiró llorando sin consuelo. Fue abucheada por el público y la prensa norteamericana la criticó con dureza, presentándola como una deportista caprichosa y consentida. Y la cosa empeoró cuando, bajo prescripción médica, canceló todos sus partidos de exhibición. Hundida y entre un mar de críticas, abandona los Estados Unidos para retornar a su hogar. Tardaría unos meses en recuperarse físicamente y en volver a ser invencible tanto en la tierra de París como sobre la hierba de Londres. Y así un año tras otro.



Una amarga despedida

Pero aún tendría que vivir otro extraño y penoso episodio, que afectaría de nuevo a su reputación y forzaría su retirada como jugadora amateur. Ocurrió en 1926. Aquel año, Suzanne gana de forma contundente el Abierto de Francia antes de presentarse en Wimbledon, donde parecía lanzada hacia su séptimo título. Sin embargo, por un despiste nunca del todo aclarado (se dijo que le informaron mal de la hora de inicio), se presentó una hora tarde a uno de sus primeros partidos, con la Reina Mary esperándola en el palco, ansiosa por verla jugar. Cuando fue consciente de su error, la tenista francesa se desmayó. Estaba eliminada del torneo y además le llovieron las críticas, ya que aquel retraso fue visto como un insulto a la monarquía británica.

Tras este incidente, Suzanne se convierte en tenista profesional con la idea de ganar más dinero, aunque eso le impidiera competir en los principales torneos del circuito, como Wimbledon o el Abierto de Francia. En 1927 realizó una larga gira por los Estados Unidos –jugando innumerables encuentros de exhibición- por la que se embolsó 75.000 dólares. Exhausta tras los continuos viajes y partidos, decide regresar a casa y tomarse un periodo de descanso. Pero aquellos excesos habían castigado aún más su delicada salud. Entonces, toma la decisión de retirarse de la competición y abrir una escuela de tenis en París, que pronto resultó ser un éxito.

Durante una década, la mujer de la que tanto se había hablado y escrito vivió en el más absoluto de los anonimatos, dedicada a su escuela y a escribir libros sobre este deporte. Casi nada se supo de ella hasta que a principios de 1938 los periódicos anunciaron que se le había diagnosticado una leucemia, consecuencia de la cual quedó ciega pocos meses después. Suzanne Lenglen tuvo un final dramático y fulminante, sin haber cumplido siquiera los 40. El 4 de julio de aquel año, fallecía esta mujer libre, todo un carácter, una pionera que contribuyó como pocas a impulsar el deporte femenino. En su honor, la pista número 2 del Estadio de Roland Garros lleva su nombre, y cada año se disputa una competición llamada Copa Suzanne Lenglen para mujeres de más de 35 años. Era incomparable. Era La Divina.


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