miércoles, 7 de julio de 2010

Cien años de Tourmalet

No es la montaña más alta, ni la más larga, ni la de mayor desnivel de las que se ascienden habitualmente en el Tour de Francia… y sin embargo es la más legendaria. En la edición de este año se va a subir en dos ocasiones para conmemorar el centenario de la primera vez que la Grande Boucle transitó por esta cumbre pirenaica. Entonces coronó en primer lugar Octave Lapize quien kilómetros después, destrozado por la dureza de la etapa, gritó a los organizadores: “Sois unos asesinos”. Sus rampas, impregnadas de la mejor épica ciclista, han sido escenario de mil y una historias para recordar.


Vuelta a Francia. La más importante prueba ciclista del mundo. Una carrera de un mes. París-Lyon-Marsella-Toulouse-Burdeos-Nantes-París. 20.000 francos de premio”. El 19 de enero de 1903 el diario L´Auto (antecesor del actual L´Equipe) anunciaba en su primera página el nacimiento de una prueba ciclista, a medio camino entre la competición deportiva y la aventura. La carrera había sido ideada un mes antes por el joven redactor jefe de la sección de ciclismo, Geo Lefévre, con el objetivo de aumentar las escasas ventas del diario. La idea le gustó al director del periódico, Henri Desgrange, y el 1 de julio de aquel año 60 valientes se congregaron a las puertas del café Revéil Matin, en las afueras de París, para tomar parte en la primera edición del Tour de Francia. Todo un desafío, toda una locura.

Tenían por delante 2.428 kilómetros que debían recorrer en seis etapas, y entre una y otra la organización daba varios días de descanso para evitar fallecimientos por la fatiga. El vencedor de aquella primera edición, el albañil y deshollinador francés Maurice Garin, tardó 94 horas y 33 minutos en completar el recorrido, a una media de 25,739 km/h; el último de los 21 supervivientes empleó 65 horas más que Garin. Desde el primer momento, los franceses siguieron con pasión la nueva epopeya, y los sufridos ciclistas adquirieron la categoría de héroes. Las vibrantes crónicas de Lefévre encienden a los lectores y las ventas de L´Auto se disparan aquel mes de julio de 1903, alcanzando los 65.000 ejemplares diarios. Pero Desgrange quería más. “Épica, sacrificio y gloria” era su máxima. Siempre buscando los límites, decidió dar una vuelta de tuerca a su locura introduciendo las primeras dificultades montañosas.

En 1905 el Tour aborda por primera vez la montaña con la ascensión al Ballon de Alsacia, en los Vosgos, 9 kilómetros con una pendiente media del 6%. Coronó la cima destacado René Pottier, el único que soportó toda la subida encima de la bici. Hizo la ascensión a la entonces asombrosa velocidad de 20 km/h, pero tuvo que abandonar al día siguiente roto de dolor por los calambres. Tras aquella primera experiencia montañosa Desgrange, entusiasmado, sentencia: “A partir de ahora, nada es imposible. El Tour debe ser la más grande prueba de divulgación que haya habido jamás”. En 1906 la carrera realiza una breve incursión por los pequeños Alpes. Y en esta búsqueda continua de nuevos desafíos llegamos, cuatro años después, a un momento que cambió para siempre la historia del Tour de Francia, del ciclismo y del deporte. Y todo comenzó con una mentira...


Una mentira que cambió la historia
En enero de 1910 Henri Desgrange se reunió con sus colaboradores para planificar la octava edición de la carrera y buscar nuevos escenarios que aumentasen el interés por la misma. El periodista Alphonse Steinès soltó a bocajarro su propuesta: que la carrera cruzara los Pirineos, por aquel entonces una zona inhóspita, deshabitada, con caminos de tierra en ruinoso estado e incluso con osos campando a sus anchas por las cimas. “Usted está loco”, le espetó el patrón de la carrera. Pero Steinès era un tipo obstinado y, deseoso de añadir una nueva dimensión al Tour, insistió en su loca propuesta.

Desgrange sabía que las escasas incursiones por la montaña habían sido un gran éxito de público, pero a la vez temía que aquellos colosos pirenaicos (Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque) fueran excesivamente duros para los ciclistas. Finalmente accedió con una condición: que su colaborador examinara el recorrido de la futura etapa y comprobara personalmente que aquellas carreteras eran transitables. Meses después, pasado el crudo invierno, Steinès alquiló un coche con chófer y viajó al sur de Francia, a lo que hasta entonces era territorio desconocido y salvaje. El Peyresourde y el Aspin los pudieron atravesar sin problemas, pero el Tourmalet, con su cima todavía cubierta por la nieve en primavera, no iba a resultar tan sencillo; de hecho, los nativos del lugar le intentaron disuadir de su idea.

Testarudo como pocos, Steinès no se amilanó. Ascendieron por aquel camino en pésimas condiciones hasta que, a cuatro kilómetros de la cima, la nieve y el hielo convirtieron la senda en totalmente impracticable. Entonces el chofer, asustado, se negó a continuar. “Dé usted la vuelta y espéreme en Barèges. Yo sigo a pie”, le dijo el intrépido reportero. Con la noche a punto de caer se aventuró, con zapatos de calle y un bastón en la mano, ladera arriba en busca de la cima. En medio de la más absoluta oscuridad, con la nieve cubriéndole las rodillas, andando entre barrancos y con el peligro de los osos al acecho, Steinès consiguió recorrer los cuatro kilómetros que le separaban de la cumbre e iniciar el descenso camino de aquella localidad.

Horas después, en plena madrugada, una batida organizada por el chófer le encontró exhausto, aterido de frío, en las inmediaciones de Barèges. Tras tomar un baño caliente y comer con voracidad, se aprestó a enviar un telegrama a París, a la atención de Henri Desgrange. La mentira, la gran mentira que cambió para siempre la historia del Tour de Francia, del ciclismo y del deporte: “Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”.


Noventa minutos de agonía
El 21 de julio de aquel 1910 el Tour iba a transitar por primera vez por esta montaña, como parte de una etapa infernal (Luchon-Bayona, 326 kilómetros), en la que se habrían de subir, uno tras otro, los cuatro grandes colosos pirenaicos, además de otros tres puertos de menor entidad (Soulor, Tortes y Osquich). A las tres y media de la mañana se da la salida, y al final de la avenida los corredores ya se encuentran con la primera dificultad montañosa. Tras superar el Peyresourde y el Aspin, dos ciclistas franceses se encuentran destacados a los pies del Tourmalet. Sobre un terreno de piedras y tierra, tardarán noventa minutos en ascender sus 17 kilómetros. Para Octave Lapize y Gustave Garrigou son noventa minutos eternos, de agonía y lucha contra lo desconocido.

El primero alterna tramos sobre la bicicleta con otros, los más duros, andando con ella a cuestas; el segundo se coloca de pie sobre los pedales una y otra vez, y se resiste a bajarse pese a que le cuesta mantener el equilibrio. Lapize pasaría a la historia como el primer ciclista que coronó este monstruo de más de 2.000 metros de altitud; Garrigou como el único que realizó toda la ascensión sin poner pie a tierra, lo que le valdría un premio de 100 francos. Son las siete y media de la mañana y aún les quedan 250 kilómetros por delante, con la ascensión al también temible Aubisque. En la cima de este puerto, al borde de la asfixia y con los músculos temblando de dolor, Lapize se baja de la bicicleta y lanzándosela a uno de los organizadores le grita con rabia: “Asesinos, sois unos criminales”.

Tras numerosos desfallecimientos y recuperaciones, el bigotudo Octave Lapize vence en Bayona derrotando en el sprint al italiano Albini. Eran las 17:40 de la tarde; había tardado 14 horas y 10 minutos en completar la etapa. Tras ellos fueron llegando, durante horas, el resto de los corredores, muchos de ellos en un estado tan lamentable que hubo que llevarlos en brazos a los albergues. El posterior día de descanso lo pasó el vencedor en su hotel de Bayona tumbado y metiendo sus destrozados pies en una palangana con sales y vinagre. A su lado, Gustave Garrigou lee en voz alta las inflamadas crónicas sobre la etapa pirenaica de Desgrange, Steinès y Lefévre en L´Auto.

Una semana después, Lapize -1,65 metros y físico robusto- se proclama vencedor del Tour de Francia 1910. Sargento de aviación en la Primera Guerra Mundial, el francés encontró la muerte el 14 de julio de 1917 cuando el avión que pilotaba cayó abatido sobre Verdún. En su cuerpo se encontraron cinco balas alemanas. Una le había atravesado el corazón, el mismo corazón fuerte y poderoso que impulsó a sus piernas a hacer historia sobre las rampas del Tourmalet. Y desde aquella primera ascensión han pasado ya cien años, y este gigante pirenaico se ha convertido en el puerto más frecuentado por el Tour (se ha ascendido en 81 ocasiones), en escenario de hazañas sublimes y descomunales flaquezas, en la montaña más emblemática de esta prueba, pese a no ser la más alta, ni la más larga, ni la más dura.


Forjando una leyenda
El Tourmalet se puede ascender por dos vertientes, hasta llegar a los 2.115 metros de altitud de su cima: por Saint Marie de Campan, la ruta más conocida, donde se encuentra la estación de esquí de La Mongie, y por Barèges, de carretera algo más estrecha. En el primer caso, son 17,2 kilómetros de subida con una pendiente media del 7,4% de desnivel; en el segundo, 19 kilómetros también al 7,4%. Por ambas carreteras, los ciclistas se encuentran rampas con un desnivel superior al 11%.

Y si duro y difícil es el ascenso no menos peligrosa es la bajada, toda una pesadilla para los ciclistas no muy duchos en la técnica del descenso. Bajando esta montaña, en 1969, Eddy Merckx empezó una de las más portentosas exhibiciones que jamás se hayan visto en la historia del ciclismo [17ª etapa: Luchon-Mourenx. Siendo ya líder destacado, y tras una cabalgada en solitario de 140 kilómetros, aventajó en ocho minutos a sus más inmediatos perseguidores: Pingeon, Poulidor, Gimondi…; El Canibal en estado puro]. Bajando esta montaña, en 1991, Miguel Induráin empezó a ganar el primero de sus cinco Tours [13ª etapa: Jaca-Val Louron, 232 kilómetros y cinco puertos. El navarro realiza un descenso vertiginoso del Tourmalet que le deja solo en cabeza de carrera; con el Aspin y Val Louron en el horizonte decide esperar a Claudio Chiappucci, y juntos inician una cabalgada que le daría su primer maillot amarillo]. Tan decisivo en la subida como en la bajada, esta montaña no perdona a los débiles.

Son tantas y tantas las escenas épicas vividas en sus rampas (Ottavio Bottecchia en 1924, Lucyen Buysse con la cima nevada en 1926, Gino Bartali, Fausto Coppi, Jean Robic, Bahamontes, quien lo coronó destacado en cuatro ocasiones, Merckx, Van Impe, Pedro Delgado…) que nos resulta imposible recordarlas todas en este artículo. Sí nos detendremos, sin embargo, en lo ocurrido en el Tour de 1913, un episodio que ilustra a la perfección la dureza de aquel ciclismo heroico. Tras pasar el Tourmalet en segunda posición, el francés Eugene Christophe se percata de que se le ha roto la horquilla de su bicicleta. No quiere abandonar (todos los compañeros de su equipo se habían conjurado para llegar a París) y según el reglamento de la época él mismo debía reparar la máquina, así que no le queda más remedio que cargarla sobre el hombro y descender a pie 14 kilómetros hasta llegar a la herrería de Saint Marie de Campan.

Sin poder recibir ayuda del herrero, Christophe, que es mecánico, se pone a la forja y arregla su bicicleta antes de reemprender la marcha, cuatro horas después de haber coronado el Tourmalet. Había llegado a ser el líder virtual de la carrera y se quedó sin opción alguna; aún así, tras subir en solitario el Aspin y el Peyresourde, entra en meta con el control abierto. Finalmente, terminó séptimo en París. Una placa en aquel edificio de Saint Marie de Campan conmemora su voluntad de hierro.

Esta edición de 2010, para recordar el centenario de su descubrimiento para el ciclismo, la Grande Boucle subirá dos veces al Tourmalet, la segunda de ellas como final de la 17ª etapa. Es el homenaje que ha preparado la organización a una montaña cuyas rampas están impregnadas de la mejor épica y leyenda ciclista, una montaña que cambió para siempre la historia de este deporte y que convirtió al Tour de Francia en una carrera inmortal.


2 comentarios:

  1. Fernando...

    Excelente post, y fenomenal blog. Me gusta. Y el libro de Fernando Martín que recomiendas no lo conocía, así que tendré que buscarlo.
    Como bien dices, el Tourmalet, es un mito del ciclimo. Solo oir su nombre ya asusta, y es que san vivido "batallas" épicas en sus rampas...

    Un abrazo

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  2. Félix, gracias por tus palabras. Yo también tengo que felicitarte por tu blog "Historias de nuestra historia"; lo descubrí hace unos días y me parece interesante y ameno (muy buena la historia del gran robo de Spaggiari)... A partir de ahora no me perderé ninguno de los textos que vayas publicando.

    Un abrazo.

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