lunes, 7 de junio de 2010

Raymond Lewis: la leyenda fantasma

Continúa siendo una leyenda entre los más entendidos del baloncesto aunque jamás disputara un solo partido como profesional. Era un anotador compulsivo, un superclase de este deporte, pero su vida acabó siendo una gran tragedia. Esta es la historia de lo que pudo haber sido y no fue, la historia de un talento descomunal malogrado por un carácter extraño, un cúmulo de decisiones equivocadas, incomprensiones y un misterioso boicot deportivo. Es, en definitiva, la cruel historia de Raymond The Phantom Lewis (1952-2001).


Fue objeto de artículos en revistas especializadas como Sport Illustrated, Slam, Bounce o Reverse, y en los más prestigiosos diarios deportivos norteamericanos. Y es que nuestro protagonista llegó a ser considerado uno de los más grandes jugadores de baloncesto que jamás haya existido. “En Los Ángeles es una leyenda. Si dices Raymond a alguien que sepa un poco de baloncesto te responderá inmediatamente Lewis. Si le dices Lewis, te responderá Raymond”, manifestó en 1978 a la revista Sports Illustrated Bob Hopkins, entonces entrenador asistente de los New York Knicks. Raymond Lewis fraguó su leyenda a base de actuaciones descomunales; sin embargo, nunca llegó a jugar en la NBA y murió a los 48 años de edad, sólo, enfermo (con una pierna amputada) y en la más absoluta de las miserias.

“Ha sido, probablemente, el mejor jugador que nunca jugó en la NBA -dijo en una ocasión Donny Daniels, compañero suyo en Verbum Dei y entrenador asistente de UCLA años después-. Era impresionante, un adelantado a su tiempo. Lo que Isaiah Thomas hacía y lo que ahora hacen Iverson o Marbury, ya lo estaba haciendo Lewis en los años 70”. Lorenzo Romar, jugador de los Golden State Warriors durante cuatro años, tuvo que defender a profesionales de la talla de World B. Free, Sidney Moncrief o Isaiah Thomas: “Pero Raymond era más difícil de parar que cualquiera de ellos. Todos los que le han visto coinciden en decir que hubiera sido un gran jugador de la NBA. Es realmente triste que nunca llegara a serlo”.

Quienes le vieron jugar no pueden olvidar su talento. Su manejo de balón era prodigioso (cuentan que era imposible quitárselo de las manos); su gama de tiros, ilimitada; sus lanzamientos a canasta, indefendibles. Además, era muy rápido –algo de lo que se aprovechaba en sus frecuentes cambios de dirección- y de una agilidad felina. Era, sencillamente, una máquina de anotar. “Nunca vi a nadie jugar el uno contra uno como lo hacía él. Nunca vi a nadie que pudiera pararle ni detener sus penetraciones. Fue el mejor jugador de baloncesto que jamás haya visto”, escribiría en 2005 el prestigioso entrenador universitario Jerry Tarkanian en su libro Runnin´ Rebel.

Una máquina de anotar
Nacido el 3 de septiembre de 1952 en Los Ángeles, su infancia quedó marcada por los graves disturbios raciales ocurridos en agosto de 1965 en el deprimido distrito de Watts, en el que malvivía con su familia, y que se saldaron tras seis días de batalla con 34 muertos, casi todos de raza negra. Entonces Raymond era un chiquillo de 12 años que quedó impactado para siempre por tanta violencia desatada, por la crueldad de la policía, por la sangre y los negros cadáveres tirados por las calles… A partir de entonces, su gran objetivo fue salir cuanto antes de la miseria del guetto de Watts. Lewis, un chico introvertido, se refugió más todavía en el baloncesto, deporte para el que mostraba un asombroso talento. Jugaba interminables uno contra uno con su hermano mayor en una improvisada canasta, construida con un neumático de camión colgado con cuerdas a la pared. Como ocurriera con otros grandes jugadores, su afán de superación y su carácter se forjó a base de derrotas contra un hermano de mayor edad. Cuando fue capaz de ganarle por primera vez, supo que ya nadie podría pararle.

Al ingresar en el Instituto, y gracias a sus habilidades con el balón, era ya una celebridad en Watts. “Ningún tío que haya jugado a esto fue tan bueno como Raymond. Cuando le veías con el balón parecía como si él midiera nueve pies y el resto tan sólo dos”, señalaría años después su gran amigo Dwight Slaughter. Entre 1969 y 1971 conduce a Verbum Dei a tres títulos consecutivos de la CIF (Federación Interescolar de California), logrando un récord global de 84-4 y siendo nombrado jugador del año en dos ocasiones. Es la gran estrella de su high school y del baloncesto escolar en la región, por lo que más de 200 universidades, incluidas algunas de las más prestigiosas del país, le ofrecen becas para incorporarle a sus filas. Jerry Tarkanian, entonces entrenador en Long Beach State, fue uno de los que más empeño puso en contar con sus servicios: “Puedes coger a los cinco mejores jugadores defensivos de la NBA que no podrían parar a este chico”, dijo entonces fascinado por su juego. Sin embargo, Lewis rechaza a Tarkanian y se decanta finalmente –parece ser que con algún regalo de por medio, algo ilegal en el baloncesto universitario- por Los Angeles State, también conocida como Cal State o CSLA.

Su llegada al baloncesto universitario supuso toda una revolución. Ya en su primer año pulveriza todo tipo de registros, finalizando la temporada con un promedio anotador de 38,9 puntos por partido y un 60% de acierto en los tiros, algo espectacular para un escolta/alero de 1,85 metros que raramente pisa la pintura. Lideró con 41 puntos (19 de 23 en tiros de campo) la sorprendente victoria de su equipo ante la todopoderosa UCLA, que llevaba 26 victorias consecutivas. Pero el punto más álgido de su hazaña lo protagoniza meses después cuando en dos partidos consecutivos es capaz de anotar 50 puntos contra San Diego State y 73 contra UC Santa Barbara. Aquel día su equipo ganó 103-88 y Lewis firmó números de otra galaxia: 30 de 40 tiros de campo (75%) más 13 tiros libres sin fallo. Hay que recordar que entonces no existían las canastas de 3 puntos.

En su segundo año en CSLA baja un poco sus registros aunque se sigue mostrando como un anotador compulsivo. Finaliza como segundo máximo encestador de la competición promediando 32,9 puntos, a los que añade 4,9 asistencias por partido, y protagoniza uno de los momentos estelares de la temporada al firmar 53 puntos en el triunfo de su equipo ante la todopoderosa Long Beach State de Tarkanian. La NCAA pronto se le quedó pequeña.

Un error tras otro
Desde su época en el instituto, Raymond Lewis sólo tiene en mente llegar a la NBA y empezar a ganar dinero. Por eso, el paso por la Universidad es para él un mero trámite, una necesaria parada en el camino antes de llegar a donde realmente pretende: el baloncesto profesional. Estudiante mediocre y de carácter en ocasiones conflictivo, tenía muy claro que aprovecharía la primera ocasión que le surgiera para dar el salto a la mejor liga del mundo; y la ocasión llegó en el verano de 1973 gracias a la hardship clause. Dos años antes la NBA había instaurado el llamado hardship draft, una excepción al draft tradicional que permitía que jugadores no graduados con dificultades en los estudios pudieran declararse elegibles para ingresar en la liga profesional. Las franquicias NBA recelaban –por su supuesta conflictividad- de los jugadores que engrosaban esta “lista maldita”, pero Lewis estaba tan convencido de sus posibilidades que prefirió apuntarse entonces vía hardship draft antes que intentar agotar su periodo universitario y garantizarse un mejor puesto en la elección.

Philadelphia 76ers venía de una temporada vergonzante, en la que firmarían el peor récord de la historia de la NBA (9-73), y contaban con la primera y la última elección de la primera ronda de aquel draft (puestos 1 y 18). Su primera elección fue Doug Collins, escolta All-American, integrante del equipo olímpico en Munich´72 y estudiante ejemplar, que venía de promediar 29,1 puntos en sus tres temporadas en Illinois State. Sorprendentemente Raymond Lewis, el mayor talento puro de aquel draft del 73, estaba todavía libre cuando le tocó hacer a Philadelphia su segunda elección. Un cierto desconocimiento de su verdadero potencial deportivo y, sobre todo, las dudas que generaba su carácter, hacen que 17 franquicias obvien a Lewis, quien resulta elegido por los Sixers en el puesto 18. Ningún jugador apuntado a la hardship había alcanzado antes una elección tan alta; sin embargo, aquel puesto supone una enorme decepción para él. Herido en su orgullo, juró demostrar a todas aquellas franquicias que se habían equivocado.

Solitario, desconfiado, impulsivo, visceral y con tan sólo 20 años de edad, Raymond Lewis encadenó en los siguientes días una terrible secuencia de errores que marcarían para siempre su vida. No tenía agente (no le gustaba esta figura ni se fiaba de ninguno), así que sin ningún tipo de asesoramiento firmaría lo que creyó ser un contrato garantizado de 450.000 dólares por tres años. Pronto descubrió que no era así y que sólo tenía garantizados 50.000, 55.000 y 60.000 dólares para cada una de sus tres temporadas; el resto eran bonus y cantidades no garantizadas que dependían de condiciones futuras.

Al tiempo, habían comenzado los training-camp de los Sixers y Lewis, literalmente, se salió. Humilla a Doug Collins en los pocos entrenamientos de pretemporada que comparten, llegando a anotar 60 puntos contra él… ¡en la primera mitad de uno de esos partidillos! El entrenador, Gene Shue, tuvo que suspender el partido para que el número 1 del draft no se sintiera más avergonzado por Lewis. Poco después, endosaría 52 puntos a un equipo de jugadores suplentes y rookies de Los Angeles Lakers. Los medios de comunicación de Philadelphia, entusiasmados, se dan cuenta de que su potencial es muy superior al de Collins. “Raymond Lewis podría ser la mejor elección que Philadelphia ha hecho desde Billy Cunningham”, escribiría un periodista local. Y en contra de lo que toda lógica indicaría, en este momento empezaron los problemas para nuestro protagonista, demasiado obsesionado con el dinero y, al mismo tiempo, sin los conocimientos ni la diplomacia necesarios para saber moverse en el complicado mundo de los negocios.

Boicot y listas negras
Habiendo demostrado ser más determinante que Collins, no aceptaba que le ofrecieran un salario muy inferior y, sintiéndose engañado, forzó al máximo para renegociar lo firmado, algo a lo que se negaron los directivos de la franquicia, muy molestos con las exigencias y la actitud desafiante del jugador. Lewis empezó a ausentarse de algunos entrenamientos y fue inmediatamente expulsado del training camp de los Sixers y suspendido de empleo y sueldo para toda aquella temporada 1973-74. Airado, regresa a su casa de Watts, donde se encierra deprimido. Pero la venganza del equipo de Philadelphia no acabaría ahí, ya que ante su “espantada” deciden suspenderle definitivamente por cada uno de los tres años que tenía firmados. En el otoño de 1974, Lewis entrena con los Utah Stars de la liga ABA, equipo que se muestra muy interesado en contar con sus servicios. Sin embargo, los Sixers notifican a los Stars que corrían el riesgo de una demanda si firmaban a un jugador que aún tenía contrato con ellos. Según le dijeron, durante tres años no jugaría con ningún equipo profesional.

En 1975 se produce un cambio de manager general en los Philadelphia 76ers, quienes intentan recuperar a Raymond Lewis para el equipo. Pero el odio hacia la franquicia anidaba ya en el corazón de The Phantom (sobrenombre con el que se le empezó a conocer en esta época), quien ciego de orgullo volvió a rechazar la nueva oferta por considerarla una limosna. Durante estos años Lewis seguiría combatiendo sus frustraciones a través del baloncesto, aunque muy alejado de los focos, el dinero y el glamour de las ligas profesionales. Entonces no hubo parque, escuela de secundaria, universidad de California o Liga de Verano que no fuera testigo de su talento y voracidad anotadora. En aquella época se convirtió en toda una leyenda del playground (baloncesto en la calle).

A partir del verano de 1976, libre ya de su compromiso contractual con los Sixers, estaría a prueba en varios equipos de la NBA, siempre con promedios de anotación espectaculares, por encima incluso de los 50 puntos por partido, y siempre dando muestras de un talento inigualable. Pero, todo un misterio, jamás llegó a firmar por ningún equipo. En algunas ocasiones, ni siquiera llegaba a recibir oferta alguna; en otras, las menos (por ejemplo, los San Diego Clippers en 1978), eran ofertas por la cantidad mínima que marcaba la liga, algo que Raymond consideraba un insulto a su talento. De repente, el teléfono dejó de sonar, las oportunidades dejaron de llegar; simplemente, dejó de existir para todos los equipos de la liga. Pronto comprendió que había sido vetado y que sus oportunidades de ser un profesional del baloncesto se habían esfumado para siempre. Oficialmente nadie lo reconocerá jamás, pero son muchos quienes piensan que el nombre de Raymond Lewis pasó a formar parte de alguna lista negra.

En 1995 el periodista Paul Feinberg escribió para la revista especializada Slam un completo artículo sobre su figura, que volverían a publicar, ampliado, en 2003, poco después de su muerte. En esta reedición Feinberg escribía lo siguiente: “¿Existía realmente esa lista negra? Tengo mis dudas, pero donde no me cabe ni una sola es que en efecto Ray Lewis fue vetado. Fue vetado por todos aquellos tipos con quienes se encontró y no hicieron justicia deportiva a su rendimiento, por todos aquellos entrenadores que le explotaron sabiendo que no le iban a ayudar lo más mínimo, por un equipo que le prohibió renegociar simplemente su contrato cuando el chico apenas contaba 20 años y ninguna formación real. Por todos aquellos que sabiendo que venía de un ghetto remoto actuaron de forma sucia y arrogante con él. Lewis sí tiene parte de responsabilidad en lo que le pasó, pero no toda”.

Leyenda del playground
Pese a todo, The Phantom siguió jugando porque el baloncesto era su vida. De esta época se cuentan innumerables hazañas suyas: que en 1981 promedió 54 puntos por partido en la muy respetada Los Angeles Summer Pro League, liga de verano en la que participaban numerosos jugadores de la NBA; que en 1983 anotó 81 puntos en uno de estos enfrentamientos; que en un solo día llegó a disputar 30 partidos callejeros de uno contra uno en Los Ángeles, algunos contra jugadores NBA, ganándolos todos… Incluso años después Michael Cooper -el gran especialista defensivo de los Lakers del showtime- reconocería en una entrevista que Lewis llegó a anotar contra él 56 puntos… en tan sólo tres cuartos de partido en una liga de verano.

Todos estos datos no hicieron más que agrandar su leyenda. La leyenda de un hombre que nunca supo encauzar su carrera profesional por el buen camino y que, poco después, iniciaría su particular caída a los infiernos, acelerada por el alcohol y las drogas. Raymond Lewis malvivió durante años, sin dinero y sin trabajo, en la humilde casa de Watts en la que se había criado. A finales del año 2000 contrae una grave infección en su pierna derecha y los médicos le advierten que para salvarla es necesario amputar, algo a lo que en principio se niega. Lo único que le mantenía vivo era el baloncesto, y sin una pierna no podría seguir jugando. Tanto se resiste que para cuando se deja intervenir ya es demasiado tarde; falleció el 11 de febrero de 2001 a consecuencia de aquella infección.

Con un poco de suerte, con un poco de cabeza, la historia de The Phantom hubiese sido bien diferente. Una disputa contractual y un cúmulo de decisiones equivocadas impidió a los amantes del baloncesto verle jugar en la mejor liga profesional del mundo. Sin embargo, el recuerdo del más grande tirador que haya salido de las calles de Los Ángeles continua vivo. Quienes alguna vez le vieron desplegar toda su magia sobre una cancha de baloncesto jamás podrán olvidarlo.


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