lunes, 12 de abril de 2010

El crimen de Moacyr Barbosa

“En Brasil, la mayor pena que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y sigo encarcelado; la gente todavía dice que soy el culpable”. Moacyr Barbosa, el buen portero carioca, quedó marcado por los siglos de los siglos por aquel partido, conocido como el Maracanazo, una sorpresa mayúscula, uno de los mayores shocks colectivos que recuerda el mundo del fútbol. Su historia muestra, como pocas, la grandeza y miseria de este deporte, en el que la pasión y la locura conviven peligrosamente.


200.000 palomas esperaban ser lanzadas al aire para celebrar el triunfo, y se habían encargado cientos de miles de globos, pañuelos, corbatas y otros muchos souvenirs con la inscripción “Campeaos do mundo” y los nombres de los jugadores cariocas. El 16 de julio de 1950 todo estaba preparado para la gran fiesta; aquel día se disputaba el último partido de un torneo que debía coronar a Brasil, el gran favorito, el único favorito, como campeón de la Copa del Mundo.

Jugaban en casa, en el colosal Maracaná, el mayor estadio del mundo, repleto de 203.000 hinchas, tenían el mejor equipo –con una delantera letal que aunaba técnica y pegada, formada por Zizinho, Chico, Jair y el máximo goleador del campeonato, Ademir-, habían desarrollado un fútbol de ensueño en los encuentros previos… y además les bastaba con un empate ante Uruguay. Y es que este partido no era propiamente la final, sino el último y decisivo de una liguilla de cuatro equipos, en la que Brasil ya había cosechado dos contundentes victorias (7-1 ante Suecia y 6-1 ante la España de Zarra, Gainza, Molowny y Ramallets), por una apurada victoria (3-2 ante los suecos) y un empate (2-2 ante los nuestros) de los charrúas.

Antes del partido, el ambiente era de contenida euforia; nadie en su sano juicio osaba dudar del éxito brasileño. ¿Cómo podían hacer otra cosa que no fuese ganar? Tenían de su lado la fuerza de la razón, la fuerza de la pasión, y el apoyo de todo un país volcado con su equipo. El inflamado discurso del Gobernador del Estado de Río, minutos antes del partido, no deja lugar a dudas sobre el estado de ánimo que se vivía entonces: “Vosotros brasileños, a los que considero vencedores del torneo… vosotros jugadores, que en unas horas seréis aclamados como campeones por millones de compatriotas… vosotros que sois tan superiores a cualquier otro competidor… vosotros a quienes ya saludo como conquistadores”.


Maracaná enmudece
Brasil domina con suficiencia el primer tiempo (Jair estrella un balón en el poste, y el portero uruguayo, Máspoli, realiza numerosas paradas de mérito) y se adelanta en el marcador por medio de Friaça nada más iniciarse el segundo (minuto 47). Todo parece decidido, pero los sorprendentes goles del fino interior zurdo Pepe Schiaffino (minuto 65) y de Alcide Ghiggia (minuto 83) cambian el curso de la historia. “Sólo tres personas han conseguido silenciar Maracaná: El Papa, Frank Sinatra y yo”, dijo décadas después el bigotudo y rapidísimo extremo uruguayo.

El final del partido se vivió como un funeral colectivo. Jules Rimet, presidente de la FIFA, tuvo que entregar la Copa al capitán uruguayo, Obdulio Varela, a escondidas. No hubo himno nacional en homenaje al país ganador, no hubo discursos ni guardia de honor… El país quedó instalado en un impresionante estado de shock, depresión y vergüenza; 50 millones de brasileños lloraron la derrota, hubo infartos e incluso algún suicidio. "En todas partes tienen su irremediable catástrofe nacional, algo así como un Hiroshima. Nuestra catástrofe, nuestro Hiroshima, fue la derrota ante Uruguay en 1950", diría años después el escritor brasileño Nelson Rodrigues. Pronto, algunos hinchas empezaron a apuntar su rabia contra los miembros del equipo nacional. El entrenador, Flavio Costa, tuvo que abandonar Maracaná 24 horas más tarde disfrazado de mujer. Pero el principal culpable tenía nombre propio: Moacyr Barbosa.

Las 200.000 palomas que estaban preparadas no surcaron el aire en libertad –al menos aquel día- y cientos de miles de souvenirs acabaron en la basura, como a la basura se fue la vida de nuestro protagonista, maldito a partir de entonces, estigmatizado para siempre por aquella derrota. Su crimen: dudar si atajar o despejar en la jugada del segundo gol uruguayo. Así relataría el propio Barbosa, años después, la jugada por la que fue condenado de por vida: “Fue un disparo disfrazado de centro. Creía que Ghiggia iba a centrar, como en el primer gol. Tuve que volver. El balón subió y bajó. Llegué a tocarla, creía que la había desviado a córner. Cuando escuché el silencio del estadio, me armé de coraje y miré para atrás. Ahí estaba la pelota”.


El hombre que hizo llorar a todo Brasil
Nacido el 27 de marzo de 1927 en Campinas de Sao Paulo, Moacyr Barbosa comenzó su carrera profesional con apenas 15 años en las filas del Ypiranga de Sao Paulo. En 1945, considerado ya una gran promesa, fue contratado por el poderoso Vasco de Gama, conjunto que le catapulta a la portería de la selección carioca tan sólo un año después. Seguro, elástico y dotado de un excelente sentido de la colocación, pronto se consolida como el mejor portero brasileño del momento, e incluso se habla de él como de uno de los mejores cancerberos de la historia del fútbol de su país. Con Vasco de Gama conquista el Campeonato carioca en 1945, 47, 49 y 50, y su actuación resulta providencial (detiene un penalti al delantero de River Plate, Labruna) para hacerse también con la Copa Sudamericana de clubes en 1948. Sin embargo, aquella actuación –o mejor dicho, aquella desafortunada jugada- marcó para siempre su vida y su carrera deportiva.

Señalado perpetuamente, despreciado, las puertas de la selección brasileña se le cerraron definitivamente aquel día. Cualquier otro se hubiese hundido en la más absoluta de las miserias pero Barbosa, dotado de una gran personalidad, se empeñó en seguir demostrando que era uno de los mejores porteros de la época. Continuó jugando a buen nivel en Vasco de Gama hasta que en 1953, en un encuentro contra Botafogo, recibió una violenta entrada del delantero rival Zezinho. El resultado: fractura de la tibia y el peroné, y seis meses sin poder pisar un campo de juego. Fue el principio del fin de su carrera al más alto nivel.

Todavía jugaría algunos años más en otros equipos menores como Santa Cruz de Recife, Bonsucesso y Campo Grande, conjunto en el que se retiraría tras más de quince años de profesional. Paradojas del destino, una vez retirado de la práctica del fútbol trabajó como empleado de mantenimiento en el estadio de Maracaná, el mismo en el que vivió su caída a los infiernos. Años después, cuando decidieron cambiar las ya vetustas porterías, Barbosa pidió quedarse con aquella en la que encajó el fatídico gol. Quemó las maderas, pero no pudo hacer desaparecer con la misma facilidad el desprecio de la gente. “Fue una tarde de los años 80, en un mercado. Me llamó la atención una señora que me señalaba con el dedo, mientras le decía en voz alta a su chiquito: “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil” –recordaría años después-. Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba aquel gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.

En los últimos años de su vida, aún habría de vivir otro episodio de rechazo y humillación pública. En 1993 la selección brasileña se encontraba concentrada en vísperas de un partido de clasificación para el Mundial de Estados Unidos. Mario Zagallo, entonces ayudante de Carlos Alberto Parreira, le impidió entrar en la concentración para que saludara a los jugadores por miedo a que gafara al equipo. “Fue un gran portero, debería ser recordado por sus grandes momentos con la selección, no por aquella final”, comentó el cancerbero brasileño Dida durante el Mundial de Alemania 2006. "Barbosa no falló. Tiré casi sin ángulo y él pensó que iba a dar el pase atrás, como hice en el primer gol con Schiaffino. Por eso dejó un espacio", recordaba en 2006 un anciano Ghiggia. Moacyr Barbosa, el ágil y seguro portero carioca, el hombre marcado de por vida por un crimen que no cometió, falleció en Sao Paulo el 7 de abril de 2000 a la edad de 73 años.


2 comentarios:

  1. que injusto,pobre hombre,buen portero y buena persona que lo dio todo por su club y su seleccion,descanse en paz

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    1. Lo mas triste es que luego del 7-1 de Alemania sobre Brasil, muchos jugadores de la selección Verdeamarela irán al olvido o serán maldecidos hasta la muerte por la gente a causa de una simple mala suerte o la fuerza superior de un equipo.

      Barbosa debe ser absuelto ante la historia, que deje todo el Brasil de ponerlo como chivo expiatorio y dejar descansarlo en paz de una vez por todas, ya que no fue uno solo el "culpable" de ese Maracanazo, sino todos los "once" compañeros de equipo que no le ayudaron a proteger la portería esa ve a causa de su triunfalismo y descuido.

      Es mas fácil culpar al tercero o al punto debil que responsabilizarse de un error y es hora de que Brasil sobrelleve esto y siga adelante como sucedió luego del mundial del ´50. De los golpes se aprende, y se perfecciona al final si se propone.

      Barbosa, descansa en paz.

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