miércoles, 19 de septiembre de 2012

El futbolista que desafió al nazismo

Considerado el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos, Matthias Sindelar lideró la potente selección de su país en la década de los 30. Conocido como el Mozart del fútbol por su genialidad con el balón en los pies, pasaría a la leyenda por hacer frente a uno de los mayores tiranos de la historia, Adolf Hitler. Vivió para el fútbol y cayó en desgracia por su resistencia al totalitario régimen nazi. Siete décadas después de su muerte las causas de la misma siguen siendo un misterio, dando pábulo a todo tipo de teorías. Su historia representa como pocas la dignidad llevada al mundo del deporte.

En la década de los 30 no había en el fútbol europeo una selección como la de Austria, conocida como el Wunderteam, el equipo maravilla. Practicaba un juego de toque y fantasía que maravilló al planeta fútbol a base de espectáculo y resultados de escándalo, como un 8-1 sobre Suiza, un 8-2 a Hungría, un 0-5 a Escocia en Glasgow, o sendas goleadas a la selección alemana (5-0 en Viena y 0-6 en Berlín). También lo hicieron una tarde de 1932 en Standford Bridge, cuando a punto estuvieron de lograr lo que nunca nadie antes había logrado: ganar a Inglaterra en su campo. Pese a perder 4-3, los periódicos ingleses reconocieron la superioridad austriaca y se rindieron a su fútbol de vanguardia.

Y entre todos los jugadores de este formidable conjunto destacaba su capitán y estrella, Matthias Sindelar, el Mozart del fútbol, un delantero centro atípico. Alto, delgado, de rostro afilado y mirada triste, era un peligro constante para los rivales, y no sólo por sus numerosos goles sino también por su control del balón, rapidez, habilidad extrema para driblar, por sus extraordinarios pases… Tenía genio en los pies. Además, fue precursor de un estilo de delanteros todoterreno que podían retrasarse al centro del campo sin perder efectividad, como luego lo serían el húngaro Hidegkuti o Alfredo Di Stéfano. Sindelar era una estrella mayúscula en aquella época y el gran fenómeno del fútbol europeo de los años 30.

Nacido el 10 de febrero de 1903 en la región de Moravia, hijo de una humilde familia católica, empezó a jugar al fútbol en el barrio vienés de Favoriten, de mayoría judía, al que se habían trasladado al encontrar su padre trabajo como fundidor y herrero. Pasó su infancia pegado a un balón de fútbol y fue en las calles de este barrio obrero donde desarrolló su enorme talento. Allí le empezarían a conocer con el apodo de El Hombre de papel por su aparente fragilidad y habilidad para pasar entre los defensores rivales “flotando como si fuera una hoja de papel”. A los 15 años ficha por el Hertha Viena antes de llegar al Austria de Viena, el equipo de la clase media judía, al que guiaría a la conquista de cinco Copas y una Liga austriaca. Era el mejor y el más popular jugador del país; todo el mundo le adoraba, incluso los aficionados rivales.

Pero aquel “equipo maravilla” que él lideraba nunca tuvo la suerte que su talento merecía. No disputaron el Mundial de 1930 –el primero de la Historia- porque sus dirigentes no quisieron desplazarse a la lejana Uruguay, y cuatro años después, en Italia´1934, tuvieron que conformarse con un polémico cuatro puesto. Tras eliminar a selecciones favoritas como Francia o Hungría, se toparon en semifinales con la anfitriona. Mussolini no podía permitir la derrota de Italia en un torneo preparado a la medida de sus intereses políticos, y el partido resultaría un auténtico atropello: además de permitir el juego violento italiano, el árbitro anuló dos goles legales a Sindelar. En los últimos minutos, Guaita marcó el gol del triunfo de la selección azzurra, que certificaba el adiós del mejor equipo del Campeonato. Dos años después, Austria lograría la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Berlín.



Fútbol y política

En 1938 el Wunderteam ya no tendría opción de disputar el Mundial de Francia; de repente, la política se cruzó en su camino. Formaron una maravillosa generación de futbolistas sin fortuna. Su cuenta de grandes títulos se quedó a cero. Pero además, la historia de aquella selección austriaca refleja como pocas la sinrazón de los totalitarismos, y es la viva constatación de que política y deporte nunca han sido buenos compañeros de aventuras. Y Matthias Sindelar, y su trágica historia repleta de dignidad, son el mejor ejemplo de ello. Él sufrió como ningún otro futbolista las consecuencias de la manipulación que el fascismo hizo del deporte.

El 12 de marzo de 1938 las tropas de Hitler entran en Viena sin resistencia alguna y Alemania se anexiona Austria. El régimen nazi requisó instituciones y edificios estatales, despojó al país de sus colecciones de arte... A todos los efectos consideraban que había una sola Alemania y eso significaba, además, que no cabían dos selecciones de fútbol. Así, aquella anexión les ofrecía la posibilidad de formar un potente conjunto fichando a la fuerza a las estrellas del equipo austriaco, muy superior por calidad a la física y robusta selección alemana. La Copa del Mundo de 1938 sería una magnífica oportunidad para presentar al mundo a una Alemania unida y victoriosa con los talentos incorporados.

El 3 de abril de ese año, antes de concretarse aquella peculiar “anexión futbolística”, se juega en el viejo estadio Prater de Viena el último partido en el que se iban a enfrentar ambas selecciones, presidido por numerosas autoridades nazis. Se esperaba que fuera un encuentro amable, sin confrontación, algo así como un partido de bienvenida y fraternidad entre dos selecciones que históricamente habían vivido una gran rivalidad, pero que desde el momento en que el árbitro pitara el final formarían un solo equipo. “Ganar un partido es más importante para la gente que capturar una ciudad”, solía decir el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels. Aquel encuentro era el mejor ejemplo de sus intenciones, y hay quien sostiene que aconsejaron a los austriacos dejarse perder para contentar a los mandatarios alemanes.



Humillación nazi

Pero nada más lejos de la realidad. Heridos en su orgullo, llenos de coraje, queriendo demostrar en su último encuentro como nación independiente la superioridad que todo el mundo conocía, el Wunderteam salió a por todas, aplastando a los alemanes con su juego creativo. Austria ganó con claridad por 2-0; Sindelar marcó el primer gol y fue, una vez más, la estrella del partido. Cuando su compañero Karl Sesta marcó el segundo, ambos lo celebraron bailando frente a la tribuna de las humilladas autoridades nazis. Aquella imagen le elevó a la categoría de mito, y le convirtió de paso en un personaje molesto para el régimen. Mientras gran parte de la sociedad austriaca había aceptado de buen grado la anexión alemana, aquel partido mostró un claro ambiente anti-nazi por parte de muchos de los aficionados que llenaban el Prater.

Hitler –sabedor de la importancia propagandística del deporte- soñaba con formar un equipo potente que borrara la humillación sufrida en los Juegos Olímpicos de Berlín´1936, y se frotaba las manos pensando que su nueva estrella sería el legendario hombre de papel. Pero Matthias Sindelar no era de la misma opinión. Rechazaba la anexión de su país y la política de sólo arios que amenazaba con expulsar a los judíos. Era un hombre rebelde que tenía principios y se negaba a admitir los atropellos de aquel régimen. No quería vestir la camiseta alemana y mucho menos hacer el saludo nazi antes de los partidos.

Bien es cierto que ya tenía 35 años, pero aún se encontraba en un momento álgido de su carrera. Asumiendo las consecuencias, decidió que aquel había sido su último partido, así que simuló lesiones y evadió, como buenamente pudo, cualquier intento del combinado alemán de contar con sus servicios. Pese a las intimidaciones y amenazas del Ministerio de Deportes del Tercer Reich, nunca jugaría con Alemania. Curiosamente, el fútbol –tantas veces utilizado por los nazis para fortalecer su imagen- se convertía entonces en vehículo de expresión de la resistencia, y Matthias Sindelar en símbolo de la contestación popular al régimen.

Varios hechos hablan a las claras de sus ideales y principios éticos. Con la irrupción del nazismo en Austria, se promulgó una ley que obligaba a los propietarios judíos a abandonar sus locales, lo que les forzaba a venderlos con rapidez. Esta obligación generó que los usureros pudieran comprar a muy bajo precio, lo que provocó grandes injusticias. Sindelar compró una cafetería a un hombre judío –de nombre Leopold Driell- y le pagó por ella 20.000 marcos, toda una fortuna en aquella época y más de lo que nadie había pagado por un local de este tipo. El jugador quiso ser generoso y se negó en rotundo a aprovecharse de la desesperación de Driell. Al tiempo, cuando el presidente del Austria de Viena fue expulsado de su cargo por ser judío, Sindelar le siguió considerando públicamente como un amigo.



Los últimos días de un hombre digno

Actos como estos le costaron el rechazo y la sospecha de los mandatarios nazis. Fue reportado desfavorablemente en los informes de la Gestapo y catalogado como “amistoso hacia los judíos” y “reacio a acudir a manifestaciones del Partido”. Nunca más viviría tranquilo, siendo vigilado y perseguido por la policía. Algunas versiones de la época cuentan que pasó meses recluido en su departamento del centro de Viena debido a las presiones del régimen nazi y que incluso intentó escapar a Suiza sin éxito. Mientras tanto, la “nueva y potente” selección alemana, reforzada con jugadores austriacos, fracasaba en el Mundial de 1938, siendo eliminada en primera ronda.

A partir de aquí, y debido a la actitud rebelde de Sindelar y a las sospechas que levantaba entre las autoridades, los últimos meses de su vida están envueltos en un halo de misterio, a medio camino entre las certezas y la leyenda. Las certezas nos conducen a la muerte del futbolista el 23 de enero de 1939 en su vivienda. Se sabe que unos días antes se había declarado a su novia, Camila Castagnola, una chica italiana de origen judío. Tras una noche de alcohol y pasión, un amigo suyo fue a buscarle pero nadie contestó cuando llamó a la puerta de su departamento.

Extrañado, abrió a la fuerza encontrándose en la cama el cuerpo desnudo y sin vida de Sindelar. A su lado, agonizante, estaba su novia, quien moriría poco después. La causa oficial de ambas muertes fue la inhalación accidental de monóxido de carbono, versión que corroboraron varios vecinos asegurando haber tenido problemas con la calefacción del edificio desde unos días antes. Sindelar era un héroe para los austriacos y a su funeral acudieron 40.000 aficionados.

El caso tardó seis meses en cerrarse por orden gubernativa, y oficialmente se consideró una muerte accidental. Sin embargo, ya se habían disparado todo tipo de teorías. Algunos atribuyeron su muerte a la Gestapo que, según esta versión, habría saboteado el conducto de gas de su vivienda para matarle lentamente; otros especularon con un posible suicidio de la pareja, desesperados ante las presiones del régimen nazi. La verdad nunca se supo y ya nunca se sabrá. Pero sea cual fuera la causa de su muerte, lo que no morirá nunca es su leyenda. Matthias Sindelar, El Hombre de papel, el Mozart del fútbol, fue un extraordinario futbolista (el mejor que jamás haya dado Austria) y un hombre de principios y enorme dignidad que nunca se resignó a ver pisoteados sus derechos. Ese fue su mejor gol.



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