sábado, 24 de julio de 2010

El primer héroe olímpico

Spiridon Louis, un humilde y semidesconocido atleta griego, fue la gran estrella de los primeros Juegos de la era moderna. Su victoria en el maratón olímpico de 1896, rememorando la gesta del soldado Filípides, salvó el orgullo heleno, le convirtió en un héroe nacional y cambió para siempre su vida.


Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad fueron prohibidos por el emperador Teodosio I en el año 394 d.C. por considerarlos un rito pagano. Quince siglos después, Pierre Fredi, el Barón de Coubertin, se propuso rescatar los valores pedagógicos y pacificadores del deporte en la antigua Grecia, lo que le llevó –no sin dificultades- a instaurar los Juegos Olímpicos modernos, que vivirían su primera edición en Atenas en 1896.

De manera paralela, el lingüista e historiador francés Michel Bréal propuso la creación de una carrera de resistencia que llevara el nombre de la legendaria batalla de Maratón (año 490 a.C.) Con ella, se conmemoraría el esfuerzo del soldado Filípides quien, según la leyenda, recorrió los 40 kilómetros que separan esta población de Atenas para anunciar la victoria de los atenienses sobre los persas, cayendo muerto poco después de llegar. En Europa ya se habían celebrado carreras de larga distancia, pero nadie había unido el nombre de Maratón a estas pruebas. Bréal, amigo personal del Barón de Coubertin, le sugiere incluirla en los primeros Juegos, ofreciéndose para entregar una copa de plata al ganador, en memoria de la gesta de Filípides. Desde ese momento, el maratón pasaría a ser considerada la prueba atlética más importante de la competición.

Los resultados no estaban siendo buenos para los atletas griegos en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, ya que no habían conseguido hasta el momento ninguna victoria. Los estadounidenses dominaban las pruebas atléticas, con nueve triunfos en las once competiciones disputadas hasta entonces. Heridos en su orgullo, la última oportunidad se encontraba en el maratón, que iba a recorrer los 40 kilómetros que separaban las ciudades de Maratón y Atenas.

La lógica señalaba que había muchas probabilidades de que un local venciera en esta prueba, ya que 14 de los 18 participantes eran helenos, aunque los cuatro extranjeros eran atletas de prestigio internacional. A las dos de la tarde del caluroso 10 de abril de 1896, tras el discurso inicial del alcalde de Atenas, los 18 valientes se ponían en marcha desde el puente de Maratón. El pistoletazo de salida corrió a cargo del coronel Papadiamantopoulos, mentor de varios soldados griegos, entre ellos nuestro protagonista, Spriridon Louis.


Salvador del orgullo heleno
Las primeras noticias que llegaban a través de los mensajeros, que seguían la carrera en bicicleta o a caballo, no eran nada halagüeñas ya que en el kilómetro 16 lideraban la prueba tres de los cuatro atletas foráneos (el australiano Edwin Flack, el francés Albin Lermusiaux, y el norteamericano Arthur Blake). La última noticia recibida por los 70.000 espectadores que abarrotaban el estadio Panatenaico de Atenas fue que Edwin Flack marchaba solo en cabeza ya en las inmediaciones del estadio, lo que provocó la desilusión generalizada. De repente, para sorpresa y algarabía de los espectadores, empezó a cobrar fuerza el rumor de que un corredor local se había puesto en cabeza de la prueba. Instantes después, el coronel Papadiamantopoulos entraba a caballo en el estadio y confirmaba la noticia: el ganador estaba llegando… y era un atleta heleno.

Spiridon Louis –que no se encontraba entre los favoritos- entraba primero en el estadio para cruzar la línea de meta como vencedor, con un tiempo de 2 horas 58 minutos y 50 segundos, entre los vítores de los espectadores entre los que se encontraba el príncipe heredero Constantino quien, según contarían los cronistas de la época, bajó de la grada para acompañarle en su trote durante los últimos metros. Tras la carrera, el ganador hizo célebre su frase en honor a Filípides: "Alegraos ciudadanos; hemos vencido". Con su sorprendente victoria salvaba el orgullo heleno y pasaba a ser todo un héroe nacional. La vida de Spiridon Louis cambiaría por completo a partir de entonces.

Posteriormente se supo que los tres atletas foráneos que marchaban en cabeza de carrera habían desfallecido por no haber sabido regular sus fuerzas; salieron demasiado rápido y pagaron la temeridad. Lermusiaux llegó en cabeza y en solitario a la mitad de la carrera, pero poco después empezó a tambalearse exhausto sin poder continuar la marcha. En este estado lamentable fue sobrepasado por Flack, quien había realizado un enorme esfuerzo por alcanzarle. Cerca ya del triunfo, a sólo cuatro kilómetros de la meta, también empezó a dar tumbos y delirando agredió a un espectador que pretendía socorrerle. Finalmente, en segundo y tercer lugar entraron otros dos atletas griegos (Charilaos Vasilakpos y Spiridon Belokas), aunque éste último fue descalificado tras admitir haber recorrido parte del trayecto en un carruaje, pasando el tercer puesto final al húngaro Gyula Kellner, el único foráneo que terminó la prueba. Sólo nueve atletas finalizaron aquella histórica carrera.


Corta trayectoria atlética
Nacido el 12 de enero de 1873 en la aldea de Maroussi, cercana a Atenas, en el seno de una familia muy humilde, Spiridon Louis se tuvo que poner a trabajar desde muy joven, aunque no se puede precisar a ciencia cierta si era pastor, cartero o vendedor de agua (en aquella época la ciudad de Atenas no contaba con un sistema de agua potable), ya que las versiones sobre su profesión son muy dispares. Su preparación como deportista había sido limitada, pese a lo cual mostraba unas facultades innatas para la carrera. Fue seleccionado para participar en la primera edición de los Juegos Olímpicos por el coronel Papadiamantopoulos, su superior durante el servicio militar, conocedor de sus cualidades atléticas tras haberle visto destacar en las marchas militares. Louis se preparaba por medio de la oración y, según comentarios de la época, pasó la noche previa al maratón olímpico de rodillas a la luz de los cirios ofreciéndose a los iconos y comiendo higos secos.

Tras coronarse en los Juegos de 1896 como un héroe nacional, y a pesar de no volver a competir en ninguna otra carrera de importancia, se vio colmado de todo tipo de atenciones y regalos, y hasta diversas tiendas, peluquerías y restaurantes le ofrecieron sus servicios gratuitos durante años. También recibió una finca del gobierno griego, así como un caballo y una carreta para poder llevar agua a su pueblo. Después de haber provocado el delirio en su país y un interés inusitado en el resto del mundo, son escasísimas las noticias sobre sus andanzas a partir de ese momento.

El reconocimiento del movimiento olímpico le llegó 40 años después, al ser nombrado Presidente de Honor de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde fue tratado con todo tipo de atenciones. Cuatro años más tarde, el 26 de Marzo de 1940, fallecía a los 67 años de edad. Pero su mito se ha mantenido, e incluso agrandado, con el paso del tiempo, sobre todo en Grecia. La mejor prueba de que su país natal no le olvida es que cuando Atenas volvió a albergar una edición olímpica en 2004 se bautizó al nuevo estadio olímpico con el nombre de Spiridon Louis, el primer héroe de los Juegos Olímpicos modernos, el ganador del primer maratón importante de la historia, el griego que venció en esta prueba 2.400 años después de que Atenas derrotara al ejército persa en las llanuras del mismo nombre.

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miércoles, 7 de julio de 2010

Cien años de Tourmalet

No es la montaña más alta, ni la más larga, ni la de mayor desnivel de las que se ascienden habitualmente en el Tour de Francia… y sin embargo es la más legendaria. En la edición de este año se va a subir en dos ocasiones para conmemorar el centenario de la primera vez que la Grande Boucle transitó por esta cumbre pirenaica. Entonces coronó en primer lugar Octave Lapize quien kilómetros después, destrozado por la dureza de la etapa, gritó a los organizadores: “Sois unos asesinos”. Sus rampas, impregnadas de la mejor épica ciclista, han sido escenario de mil y una historias para recordar.


Vuelta a Francia. La más importante prueba ciclista del mundo. Una carrera de un mes. París-Lyon-Marsella-Toulouse-Burdeos-Nantes-París. 20.000 francos de premio”. El 19 de enero de 1903 el diario L´Auto (antecesor del actual L´Equipe) anunciaba en su primera página el nacimiento de una prueba ciclista, a medio camino entre la competición deportiva y la aventura. La carrera había sido ideada un mes antes por el joven redactor jefe de la sección de ciclismo, Geo Lefévre, con el objetivo de aumentar las escasas ventas del diario. La idea le gustó al director del periódico, Henri Desgrange, y el 1 de julio de aquel año 60 valientes se congregaron a las puertas del café Revéil Matin, en las afueras de París, para tomar parte en la primera edición del Tour de Francia. Todo un desafío, toda una locura.

Tenían por delante 2.428 kilómetros que debían recorrer en seis etapas, y entre una y otra la organización daba varios días de descanso para evitar fallecimientos por la fatiga. El vencedor de aquella primera edición, el albañil y deshollinador francés Maurice Garin, tardó 94 horas y 33 minutos en completar el recorrido, a una media de 25,739 km/h; el último de los 21 supervivientes empleó 65 horas más que Garin. Desde el primer momento, los franceses siguieron con pasión la nueva epopeya, y los sufridos ciclistas adquirieron la categoría de héroes. Las vibrantes crónicas de Lefévre encienden a los lectores y las ventas de L´Auto se disparan aquel mes de julio de 1903, alcanzando los 65.000 ejemplares diarios. Pero Desgrange quería más. “Épica, sacrificio y gloria” era su máxima. Siempre buscando los límites, decidió dar una vuelta de tuerca a su locura introduciendo las primeras dificultades montañosas.

En 1905 el Tour aborda por primera vez la montaña con la ascensión al Ballon de Alsacia, en los Vosgos, 9 kilómetros con una pendiente media del 6%. Coronó la cima destacado René Pottier, el único que soportó toda la subida encima de la bici. Hizo la ascensión a la entonces asombrosa velocidad de 20 km/h, pero tuvo que abandonar al día siguiente roto de dolor por los calambres. Tras aquella primera experiencia montañosa Desgrange, entusiasmado, sentencia: “A partir de ahora, nada es imposible. El Tour debe ser la más grande prueba de divulgación que haya habido jamás”. En 1906 la carrera realiza una breve incursión por los pequeños Alpes. Y en esta búsqueda continua de nuevos desafíos llegamos, cuatro años después, a un momento que cambió para siempre la historia del Tour de Francia, del ciclismo y del deporte. Y todo comenzó con una mentira...


Una mentira que cambió la historia
En enero de 1910 Henri Desgrange se reunió con sus colaboradores para planificar la octava edición de la carrera y buscar nuevos escenarios que aumentasen el interés por la misma. El periodista Alphonse Steinès soltó a bocajarro su propuesta: que la carrera cruzara los Pirineos, por aquel entonces una zona inhóspita, deshabitada, con caminos de tierra en ruinoso estado e incluso con osos campando a sus anchas por las cimas. “Usted está loco”, le espetó el patrón de la carrera. Pero Steinès era un tipo obstinado y, deseoso de añadir una nueva dimensión al Tour, insistió en su loca propuesta.

Desgrange sabía que las escasas incursiones por la montaña habían sido un gran éxito de público, pero a la vez temía que aquellos colosos pirenaicos (Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque) fueran excesivamente duros para los ciclistas. Finalmente accedió con una condición: que su colaborador examinara el recorrido de la futura etapa y comprobara personalmente que aquellas carreteras eran transitables. Meses después, pasado el crudo invierno, Steinès alquiló un coche con chófer y viajó al sur de Francia, a lo que hasta entonces era territorio desconocido y salvaje. El Peyresourde y el Aspin los pudieron atravesar sin problemas, pero el Tourmalet, con su cima todavía cubierta por la nieve en primavera, no iba a resultar tan sencillo; de hecho, los nativos del lugar le intentaron disuadir de su idea.

Testarudo como pocos, Steinès no se amilanó. Ascendieron por aquel camino en pésimas condiciones hasta que, a cuatro kilómetros de la cima, la nieve y el hielo convirtieron la senda en totalmente impracticable. Entonces el chofer, asustado, se negó a continuar. “Dé usted la vuelta y espéreme en Barèges. Yo sigo a pie”, le dijo el intrépido reportero. Con la noche a punto de caer se aventuró, con zapatos de calle y un bastón en la mano, ladera arriba en busca de la cima. En medio de la más absoluta oscuridad, con la nieve cubriéndole las rodillas, andando entre barrancos y con el peligro de los osos al acecho, Steinès consiguió recorrer los cuatro kilómetros que le separaban de la cumbre e iniciar el descenso camino de aquella localidad.

Horas después, en plena madrugada, una batida organizada por el chófer le encontró exhausto, aterido de frío, en las inmediaciones de Barèges. Tras tomar un baño caliente y comer con voracidad, se aprestó a enviar un telegrama a París, a la atención de Henri Desgrange. La mentira, la gran mentira que cambió para siempre la historia del Tour de Francia, del ciclismo y del deporte: “Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”.


Noventa minutos de agonía
El 21 de julio de aquel 1910 el Tour iba a transitar por primera vez por esta montaña, como parte de una etapa infernal (Luchon-Bayona, 326 kilómetros), en la que se habrían de subir, uno tras otro, los cuatro grandes colosos pirenaicos, además de otros tres puertos de menor entidad (Soulor, Tortes y Osquich). A las tres y media de la mañana se da la salida, y al final de la avenida los corredores ya se encuentran con la primera dificultad montañosa. Tras superar el Peyresourde y el Aspin, dos ciclistas franceses se encuentran destacados a los pies del Tourmalet. Sobre un terreno de piedras y tierra, tardarán noventa minutos en ascender sus 17 kilómetros. Para Octave Lapize y Gustave Garrigou son noventa minutos eternos, de agonía y lucha contra lo desconocido.

El primero alterna tramos sobre la bicicleta con otros, los más duros, andando con ella a cuestas; el segundo se coloca de pie sobre los pedales una y otra vez, y se resiste a bajarse pese a que le cuesta mantener el equilibrio. Lapize pasaría a la historia como el primer ciclista que coronó este monstruo de más de 2.000 metros de altitud; Garrigou como el único que realizó toda la ascensión sin poner pie a tierra, lo que le valdría un premio de 100 francos. Son las siete y media de la mañana y aún les quedan 250 kilómetros por delante, con la ascensión al también temible Aubisque. En la cima de este puerto, al borde de la asfixia y con los músculos temblando de dolor, Lapize se baja de la bicicleta y lanzándosela a uno de los organizadores le grita con rabia: “Asesinos, sois unos criminales”.

Tras numerosos desfallecimientos y recuperaciones, el bigotudo Octave Lapize vence en Bayona derrotando en el sprint al italiano Albini. Eran las 17:40 de la tarde; había tardado 14 horas y 10 minutos en completar la etapa. Tras ellos fueron llegando, durante horas, el resto de los corredores, muchos de ellos en un estado tan lamentable que hubo que llevarlos en brazos a los albergues. El posterior día de descanso lo pasó el vencedor en su hotel de Bayona tumbado y metiendo sus destrozados pies en una palangana con sales y vinagre. A su lado, Gustave Garrigou lee en voz alta las inflamadas crónicas sobre la etapa pirenaica de Desgrange, Steinès y Lefévre en L´Auto.

Una semana después, Lapize -1,65 metros y físico robusto- se proclama vencedor del Tour de Francia 1910. Sargento de aviación en la Primera Guerra Mundial, el francés encontró la muerte el 14 de julio de 1917 cuando el avión que pilotaba cayó abatido sobre Verdún. En su cuerpo se encontraron cinco balas alemanas. Una le había atravesado el corazón, el mismo corazón fuerte y poderoso que impulsó a sus piernas a hacer historia sobre las rampas del Tourmalet. Y desde aquella primera ascensión han pasado ya cien años, y este gigante pirenaico se ha convertido en el puerto más frecuentado por el Tour (se ha ascendido en 81 ocasiones), en escenario de hazañas sublimes y descomunales flaquezas, en la montaña más emblemática de esta prueba, pese a no ser la más alta, ni la más larga, ni la más dura.


Forjando una leyenda
El Tourmalet se puede ascender por dos vertientes, hasta llegar a los 2.115 metros de altitud de su cima: por Saint Marie de Campan, la ruta más conocida, donde se encuentra la estación de esquí de La Mongie, y por Barèges, de carretera algo más estrecha. En el primer caso, son 17,2 kilómetros de subida con una pendiente media del 7,4% de desnivel; en el segundo, 19 kilómetros también al 7,4%. Por ambas carreteras, los ciclistas se encuentran rampas con un desnivel superior al 11%.

Y si duro y difícil es el ascenso no menos peligrosa es la bajada, toda una pesadilla para los ciclistas no muy duchos en la técnica del descenso. Bajando esta montaña, en 1969, Eddy Merckx empezó una de las más portentosas exhibiciones que jamás se hayan visto en la historia del ciclismo [17ª etapa: Luchon-Mourenx. Siendo ya líder destacado, y tras una cabalgada en solitario de 140 kilómetros, aventajó en ocho minutos a sus más inmediatos perseguidores: Pingeon, Poulidor, Gimondi…; El Canibal en estado puro]. Bajando esta montaña, en 1991, Miguel Induráin empezó a ganar el primero de sus cinco Tours [13ª etapa: Jaca-Val Louron, 232 kilómetros y cinco puertos. El navarro realiza un descenso vertiginoso del Tourmalet que le deja solo en cabeza de carrera; con el Aspin y Val Louron en el horizonte decide esperar a Claudio Chiappucci, y juntos inician una cabalgada que le daría su primer maillot amarillo]. Tan decisivo en la subida como en la bajada, esta montaña no perdona a los débiles.

Son tantas y tantas las escenas épicas vividas en sus rampas (Ottavio Bottecchia en 1924, Lucyen Buysse con la cima nevada en 1926, Gino Bartali, Fausto Coppi, Jean Robic, Bahamontes, quien lo coronó destacado en cuatro ocasiones, Merckx, Van Impe, Pedro Delgado…) que nos resulta imposible recordarlas todas en este artículo. Sí nos detendremos, sin embargo, en lo ocurrido en el Tour de 1913, un episodio que ilustra a la perfección la dureza de aquel ciclismo heroico. Tras pasar el Tourmalet en segunda posición, el francés Eugene Christophe se percata de que se le ha roto la horquilla de su bicicleta. No quiere abandonar (todos los compañeros de su equipo se habían conjurado para llegar a París) y según el reglamento de la época él mismo debía reparar la máquina, así que no le queda más remedio que cargarla sobre el hombro y descender a pie 14 kilómetros hasta llegar a la herrería de Saint Marie de Campan.

Sin poder recibir ayuda del herrero, Christophe, que es mecánico, se pone a la forja y arregla su bicicleta antes de reemprender la marcha, cuatro horas después de haber coronado el Tourmalet. Había llegado a ser el líder virtual de la carrera y se quedó sin opción alguna; aún así, tras subir en solitario el Aspin y el Peyresourde, entra en meta con el control abierto. Finalmente, terminó séptimo en París. Una placa en aquel edificio de Saint Marie de Campan conmemora su voluntad de hierro.

Esta edición de 2010, para recordar el centenario de su descubrimiento para el ciclismo, la Grande Boucle subirá dos veces al Tourmalet, la segunda de ellas como final de la 17ª etapa. Es el homenaje que ha preparado la organización a una montaña cuyas rampas están impregnadas de la mejor épica y leyenda ciclista, una montaña que cambió para siempre la historia de este deporte y que convirtió al Tour de Francia en una carrera inmortal.


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