viernes, 16 de noviembre de 2012

El ángel que voló sobre el infierno

De niño vivió en una pequeña cabaña en un ambiente gélido, alimentándose a base de verduras y pescado seco, y siendo un adolescente tuvo que trabajar repartiendo mercancía para ganarse la vida. Así empezó a forjar una resistencia y espíritu inquebrantable que le llevarían a ser un mito del atletismo. Paavo Nurmi fue un adelantado a su tiempo en materia de entrenamiento y el máximo representante de una generación de atletas finlandeses que marcó época. Logró doce medallas olímpicas -nueve de oro- en la década de los 20, y siempre será recordado por aquel día en que, sobre el infierno de las calles de París, voló como un ángel.

Paavo Nurmi, el atleta insaciable, es uno de los grandes mitos del deporte olímpico; no en vano, acumula la friolera de doce medallas (nueve de oro) en los tres Juegos en los que participó (Amberes 1920, París 1924 y Ámsterdam 1928). De carácter frío y reservado, su forma de correr era impactante: seguro, implacable, sin aparentes síntomas de fatiga... Durante años fue un atleta casi invencible.

Fue en la capital francesa, en los Juegos Olímpicos de 1924, donde el finlandés volador asombrara al mundo entero logrando cinco medallas de oro en siete días. El 10 de julio, en el estadio de Colombes, firmó una de las grandes hazañas de la historia del atletismo, al vencer –en un margen de tiempo de apenas una hora- en las finales de 1.500 y 5.000 metros, con sendos récords olímpicos.

Pocos días después lograría otra victoria épica en la prueba de campo a través. Las condiciones climatológicos eran infernales (45ºC), lo que hizo que muchos atletas empezaran a desplomarse, abatidos por el calor y el agotamiento. Sin embargo, estas condiciones no afectaron a Nurmi, quien entró al estadio olímpico con paso firme y decidido. Tras él, el panorama era desolador: casi dos minutos después llegaba, completamente destrozado, su compatriota Ville Ritola; uno de los corredores llegó al estadio tan aturdido que se volvió en dirección contraria chocando contra un muro de hormigón; el español Andía Aguilar sufrió un golpe de calor y tuvo que ser trasladado al hospital… Sobre el infierno de aquel circuito, Nurmi voló como un ángel en una de sus victorias más recordadas.

Paavo Nurmi traspasa los límites de lo humano”, tituló entonces un periódico francés ante tamaña colección de medallas. “Todo reside en la mente –declararía poco después el campeón finlandés-. Los músculos no son más que piezas de un engranaje. Todo lo que soy es gracias a mi cabeza”. Destacaba por su gran resistencia, física y mental, y por su regularidad. Siempre le obsesionó llevar un ritmo constante durante toda la carrera hasta el punto de -en una época en la que no se recogían las marcas de cada vuelta- correr siempre con un reloj en su mano izquierda para controlar los tiempos que iba realizando. En este sentido fue un pionero, un adelantado a su tiempo.


Verduras y pescado seco
Su forma de ser (serio, reservado, distante…), le depararía numerosas críticas entre rivales, periodistas y fotógrafos de la época. Después de cada carrera, cumplía siempre con el mismo ritual. Mientras el público seguía aclamándole, sin corresponder a las felicitaciones de sus adversarios y sin mostrar la más mínima expresión de alegría o tristeza, se descalzaba, recogía su ropa y sus zapatillas y accedía a posar durante unos breves segundos para los fotógrafos. Después, se iba al vestuario sin que su rostro expresara el más mínimo sentimiento. Sin embargo, era admirado por los aficionados de todo el mundo por su forma de correr, y venerado en su país natal como no lo ha sido ningún otro atleta.

Paavo Nurmi nació el 13 de junio de 1897 en el pueblo pesquero de Turku, al suroeste de Finlandia, en el seno de una familia humilde. Su infancia transcurrió en una pequeña cabaña, donde se vio obligado a llevar una dieta basada en verduras y pescado seco, lo que unido a los fríos inviernos de la zona fue clave para dotarle de una resistencia extraordinaria. Desde muy joven tuvo que trabajar para ganarse la vida; tenía que repartir mercancías con una carretilla, subiendo la calle que llevaba a la estación de ferrocarril de Turku. Este ejercicio diario le ayudaría a desarrollar su potencia muscular.

Comenzó su actividad atlética siendo un adolescente, en las filas del club local Turun Toverit, aunque fue durante el periodo que estuvo cumpliendo el servicio militar (1919-20) cuando pudo entrenar con mayor intensidad. En 1920 se produce su explosión como atleta. Comenzó batiendo el récord nacional de los 3.000 metros, y poco después se clasificó para los Juegos Olímpicos de Amberes al correr los 5.000 metros en 15:00.5 y los 1.500 en 4:05.5 -grandes tiempos para la época-, en días consecutivos. En Amberes logró dos medallas de oro (10.000 metros y cross) y una de plata (5.000 metros), confirmando que era ya una de los grandes atletas mundiales de fondo.

Tras analizar su derrota antes el francés Joseph Guillemot en la final de los 5.000 metros, Nurmi llega a la conclusión de que la causa había sido una incorrecta elección del ritmo. A partir de entonces, lograr un ritmo de carrera más uniforme –con la inseparable ayuda de su cronómetro- pasó a ser una obsesión para él. Aunque prefería entrenar en entornos naturales, cuando se preparaba en la pista hacía distancias de entre 200 y 600 metros, por lo que se le puede considerar un precursor del entrenamiento fraccionado. Poco a poco, este trabajo fue dando sus frutos. En 1921 batiría en Estocolmo el record mundial de los 10.000 metros (30:40.2). Fue el primero de una larga serie que culminaría diez años después con su vigésima plusmarca mundial.


De dos en dos
1924 fue, sin duda, el año más espectacular de su carrera como atleta. Firma –entre otras hazañas- dos históricos dobletes en sendas jornadas. El 19 de junio, en Helsinki, y como parte de su preparación para los inminentes Juegos Olímpicos de París, batió los récords del mundo de 1.500 (3:52.6) y 5.000 metros (14:28.2) con tan solo una hora de descanso entre una carrera y otra.

Apenas 20 días después, en el estadio de Colombes (París) se enfrentaba a otro doble reto de considerables dimensiones. Conquista la medalla de oro olímpica en los 1.500 metros, “sans coup ferir” (“sin el menor esfuerzo”), como diría entonces un periodista francés. Tan sólo 42 minutos después tomaba la salida en la final del 5.000, en la que se enfrentaba a los únicos atletas que entonces podían hacerle sombra: Ville Ritola y el sueco Edwin Wide. Éste se descolgó a mitad de carrera, pero su compatriota -su gran rival a lo largo de toda su carrera deportiva- resistió bravamente hasta la última recta, donde Nurmi impuso su poderoso final. ¡Dos medallas de oro en apenas una hora con sendos récords olímpicos! El público jaleaba eufórico su forma de correr.

No acabó ahí su impresionante cosecha de oros en París, ya que además vence en 3.000 metros por equipos y en las pruebas de campo a través individual y por equipos. Incluso, según se cuenta, no le permitieron disputar la carrera de los 10.000 metros (que ganó Ritola), porque sus entrenadores pensaban que participaba en demasiadas pruebas, aunque también se postulaba como claro favorito a ese oro.

En aquella época su voracidad competitiva era impresionante. En 1925 viaja a los Estados Unidos con numerosas ofertas para competir. Al llegar, le advierten que los europeos nunca habían triunfado en las pistas de madera de aquel país. Poco le importó el aviso; insaciable y contundente como siempre, disputa 55 carreras en cinco meses con un balance de 53 victorias. Nurmi era todo un ídolo de masas que movilizaba en cada carrera a miles de personas deseosas de verle correr.


Los problemas del profesionalismo
En los años siguientes, el campeón finlandés se toma las cosas con más calma, dosificando su presencia en las competiciones, aunque no por ello mengua su impresionante porcentaje de victorias. Entre 1926 y 1931 sólo pierde cuatro carreras importantes, entre ellas las finales olímpicas de 3.000 y 5.000 metros en Ámsterdam 1928; en ambas logró el segundo puesto y la medalla de plata. Tras esa cita olímpica se convirtió en el deportista más laureado en los Juegos (nueve medallas de oro y tres de plata), distinción que mantendría durante más de tres décadas, hasta que la gimnasta rusa Larissa Latynina acumulara 18 medallas olímpicas entre 1956 y 1964. Después les superaría el nadador Michael Phelps.

Los años le empiezan a pesar a Nurmi, quien poco a poco nota que su cuerpo ya no responde como antaño. Sin embargo, en 1930 todavía es capaz de establecer dos nuevas plusmarcas mundiales (6 millas y 20 km), y otra más en 1931 (la de las 2 millas), que sería su último gran récord. Su deseo era poner el broche de oro a su carrera con una victoria en el maratón olímpico de Los Ángeles´ 1932. Sin embargo, unos días antes del inicio de los Juegos, el Comité Olímpico Internacional (COI) le prohíbe participar, acusándole de profesionalismo por el dinero cobrado en la gira que hizo por los Estados Unidos ¡siete años antes! Aquello supuso prácticamente el final de su carrera como atleta. Años después, el COI reconoció su error y le exculpó; como desagravio, fue recompensado siendo el último portador de la antorcha olímpica en Helsinki´1952.

Paavo Nurmi falleció el 2 de noviembre de 1973, y fue despedido en su país como el ídolo que siempre fue. Todavía en la actualidad, una estatua encargada por el Gobierno finlandés en 1924 y situada frente al Estadio Olímpico de Helsinki, recuerda la figura de uno de los más grandes atletas de todos los tiempos, el único capaz de lograr cinco medallas de oro en unos mismo Juegos Olímpicos. El finlandés volador siempre será un grande.


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miércoles, 19 de septiembre de 2012

El futbolista que desafió al nazismo

Considerado el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos, Matthias Sindelar lideró la potente selección de su país en la década de los 30. Conocido como el Mozart del fútbol por su genialidad con el balón en los pies, pasaría a la leyenda por hacer frente a uno de los mayores tiranos de la historia, Adolf Hitler. Vivió para el fútbol y cayó en desgracia por su resistencia al totalitario régimen nazi. Siete décadas después de su muerte las causas de la misma siguen siendo un misterio, dando pábulo a todo tipo de teorías. Su historia representa como pocas la dignidad llevada al mundo del deporte.

En la década de los 30 no había en el fútbol europeo una selección como la de Austria, conocida como el Wunderteam, el equipo maravilla. Practicaba un juego de toque y fantasía que maravilló al planeta fútbol a base de espectáculo y resultados de escándalo, como un 8-1 sobre Suiza, un 8-2 a Hungría, un 0-5 a Escocia en Glasgow, o sendas goleadas a la selección alemana (5-0 en Viena y 0-6 en Berlín). También lo hicieron una tarde de 1932 en Standford Bridge, cuando a punto estuvieron de lograr lo que nunca nadie antes había logrado: ganar a Inglaterra en su campo. Pese a perder 4-3, los periódicos ingleses reconocieron la superioridad austriaca y se rindieron a su fútbol de vanguardia.

Y entre todos los jugadores de este formidable conjunto destacaba su capitán y estrella, Matthias Sindelar, el Mozart del fútbol, un delantero centro atípico. Alto, delgado, de rostro afilado y mirada triste, era un peligro constante para los rivales, y no sólo por sus numerosos goles sino también por su control del balón, rapidez, habilidad extrema para driblar, por sus extraordinarios pases… Tenía genio en los pies. Además, fue precursor de un estilo de delanteros todoterreno que podían retrasarse al centro del campo sin perder efectividad, como luego lo serían el húngaro Hidegkuti o Alfredo Di Stéfano. Sindelar era una estrella mayúscula en aquella época y el gran fenómeno del fútbol europeo de los años 30.

Nacido el 10 de febrero de 1903 en la región de Moravia, hijo de una humilde familia católica, empezó a jugar al fútbol en el barrio vienés de Favoriten, de mayoría judía, al que se habían trasladado al encontrar su padre trabajo como fundidor y herrero. Pasó su infancia pegado a un balón de fútbol y fue en las calles de este barrio obrero donde desarrolló su enorme talento. Allí le empezarían a conocer con el apodo de El Hombre de papel por su aparente fragilidad y habilidad para pasar entre los defensores rivales “flotando como si fuera una hoja de papel”. A los 15 años ficha por el Hertha Viena antes de llegar al Austria de Viena, el equipo de la clase media judía, al que guiaría a la conquista de cinco Copas y una Liga austriaca. Era el mejor y el más popular jugador del país; todo el mundo le adoraba, incluso los aficionados rivales.

Pero aquel “equipo maravilla” que él lideraba nunca tuvo la suerte que su talento merecía. No disputaron el Mundial de 1930 –el primero de la Historia- porque sus dirigentes no quisieron desplazarse a la lejana Uruguay, y cuatro años después, en Italia´1934, tuvieron que conformarse con un polémico cuatro puesto. Tras eliminar a selecciones favoritas como Francia o Hungría, se toparon en semifinales con la anfitriona. Mussolini no podía permitir la derrota de Italia en un torneo preparado a la medida de sus intereses políticos, y el partido resultaría un auténtico atropello: además de permitir el juego violento italiano, el árbitro anuló dos goles legales a Sindelar. En los últimos minutos, Guaita marcó el gol del triunfo de la selección azzurra, que certificaba el adiós del mejor equipo del Campeonato. Dos años después, Austria lograría la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Berlín.



Fútbol y política

En 1938 el Wunderteam ya no tendría opción de disputar el Mundial de Francia; de repente, la política se cruzó en su camino. Formaron una maravillosa generación de futbolistas sin fortuna. Su cuenta de grandes títulos se quedó a cero. Pero además, la historia de aquella selección austriaca refleja como pocas la sinrazón de los totalitarismos, y es la viva constatación de que política y deporte nunca han sido buenos compañeros de aventuras. Y Matthias Sindelar, y su trágica historia repleta de dignidad, son el mejor ejemplo de ello. Él sufrió como ningún otro futbolista las consecuencias de la manipulación que el fascismo hizo del deporte.

El 12 de marzo de 1938 las tropas de Hitler entran en Viena sin resistencia alguna y Alemania se anexiona Austria. El régimen nazi requisó instituciones y edificios estatales, despojó al país de sus colecciones de arte... A todos los efectos consideraban que había una sola Alemania y eso significaba, además, que no cabían dos selecciones de fútbol. Así, aquella anexión les ofrecía la posibilidad de formar un potente conjunto fichando a la fuerza a las estrellas del equipo austriaco, muy superior por calidad a la física y robusta selección alemana. La Copa del Mundo de 1938 sería una magnífica oportunidad para presentar al mundo a una Alemania unida y victoriosa con los talentos incorporados.

El 3 de abril de ese año, antes de concretarse aquella peculiar “anexión futbolística”, se juega en el viejo estadio Prater de Viena el último partido en el que se iban a enfrentar ambas selecciones, presidido por numerosas autoridades nazis. Se esperaba que fuera un encuentro amable, sin confrontación, algo así como un partido de bienvenida y fraternidad entre dos selecciones que históricamente habían vivido una gran rivalidad, pero que desde el momento en que el árbitro pitara el final formarían un solo equipo. “Ganar un partido es más importante para la gente que capturar una ciudad”, solía decir el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels. Aquel encuentro era el mejor ejemplo de sus intenciones, y hay quien sostiene que aconsejaron a los austriacos dejarse perder para contentar a los mandatarios alemanes.



Humillación nazi

Pero nada más lejos de la realidad. Heridos en su orgullo, llenos de coraje, queriendo demostrar en su último encuentro como nación independiente la superioridad que todo el mundo conocía, el Wunderteam salió a por todas, aplastando a los alemanes con su juego creativo. Austria ganó con claridad por 2-0; Sindelar marcó el primer gol y fue, una vez más, la estrella del partido. Cuando su compañero Karl Sesta marcó el segundo, ambos lo celebraron bailando frente a la tribuna de las humilladas autoridades nazis. Aquella imagen le elevó a la categoría de mito, y le convirtió de paso en un personaje molesto para el régimen. Mientras gran parte de la sociedad austriaca había aceptado de buen grado la anexión alemana, aquel partido mostró un claro ambiente anti-nazi por parte de muchos de los aficionados que llenaban el Prater.

Hitler –sabedor de la importancia propagandística del deporte- soñaba con formar un equipo potente que borrara la humillación sufrida en los Juegos Olímpicos de Berlín´1936, y se frotaba las manos pensando que su nueva estrella sería el legendario hombre de papel. Pero Matthias Sindelar no era de la misma opinión. Rechazaba la anexión de su país y la política de sólo arios que amenazaba con expulsar a los judíos. Era un hombre rebelde que tenía principios y se negaba a admitir los atropellos de aquel régimen. No quería vestir la camiseta alemana y mucho menos hacer el saludo nazi antes de los partidos.

Bien es cierto que ya tenía 35 años, pero aún se encontraba en un momento álgido de su carrera. Asumiendo las consecuencias, decidió que aquel había sido su último partido, así que simuló lesiones y evadió, como buenamente pudo, cualquier intento del combinado alemán de contar con sus servicios. Pese a las intimidaciones y amenazas del Ministerio de Deportes del Tercer Reich, nunca jugaría con Alemania. Curiosamente, el fútbol –tantas veces utilizado por los nazis para fortalecer su imagen- se convertía entonces en vehículo de expresión de la resistencia, y Matthias Sindelar en símbolo de la contestación popular al régimen.

Varios hechos hablan a las claras de sus ideales y principios éticos. Con la irrupción del nazismo en Austria, se promulgó una ley que obligaba a los propietarios judíos a abandonar sus locales, lo que les forzaba a venderlos con rapidez. Esta obligación generó que los usureros pudieran comprar a muy bajo precio, lo que provocó grandes injusticias. Sindelar compró una cafetería a un hombre judío –de nombre Leopold Driell- y le pagó por ella 20.000 marcos, toda una fortuna en aquella época y más de lo que nadie había pagado por un local de este tipo. El jugador quiso ser generoso y se negó en rotundo a aprovecharse de la desesperación de Driell. Al tiempo, cuando el presidente del Austria de Viena fue expulsado de su cargo por ser judío, Sindelar le siguió considerando públicamente como un amigo.



Los últimos días de un hombre digno

Actos como estos le costaron el rechazo y la sospecha de los mandatarios nazis. Fue reportado desfavorablemente en los informes de la Gestapo y catalogado como “amistoso hacia los judíos” y “reacio a acudir a manifestaciones del Partido”. Nunca más viviría tranquilo, siendo vigilado y perseguido por la policía. Algunas versiones de la época cuentan que pasó meses recluido en su departamento del centro de Viena debido a las presiones del régimen nazi y que incluso intentó escapar a Suiza sin éxito. Mientras tanto, la “nueva y potente” selección alemana, reforzada con jugadores austriacos, fracasaba en el Mundial de 1938, siendo eliminada en primera ronda.

A partir de aquí, y debido a la actitud rebelde de Sindelar y a las sospechas que levantaba entre las autoridades, los últimos meses de su vida están envueltos en un halo de misterio, a medio camino entre las certezas y la leyenda. Las certezas nos conducen a la muerte del futbolista el 23 de enero de 1939 en su vivienda. Se sabe que unos días antes se había declarado a su novia, Camila Castagnola, una chica italiana de origen judío. Tras una noche de alcohol y pasión, un amigo suyo fue a buscarle pero nadie contestó cuando llamó a la puerta de su departamento.

Extrañado, abrió a la fuerza encontrándose en la cama el cuerpo desnudo y sin vida de Sindelar. A su lado, agonizante, estaba su novia, quien moriría poco después. La causa oficial de ambas muertes fue la inhalación accidental de monóxido de carbono, versión que corroboraron varios vecinos asegurando haber tenido problemas con la calefacción del edificio desde unos días antes. Sindelar era un héroe para los austriacos y a su funeral acudieron 40.000 aficionados.

El caso tardó seis meses en cerrarse por orden gubernativa, y oficialmente se consideró una muerte accidental. Sin embargo, ya se habían disparado todo tipo de teorías. Algunos atribuyeron su muerte a la Gestapo que, según esta versión, habría saboteado el conducto de gas de su vivienda para matarle lentamente; otros especularon con un posible suicidio de la pareja, desesperados ante las presiones del régimen nazi. La verdad nunca se supo y ya nunca se sabrá. Pero sea cual fuera la causa de su muerte, lo que no morirá nunca es su leyenda. Matthias Sindelar, El Hombre de papel, el Mozart del fútbol, fue un extraordinario futbolista (el mejor que jamás haya dado Austria) y un hombre de principios y enorme dignidad que nunca se resignó a ver pisoteados sus derechos. Ese fue su mejor gol.



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sábado, 14 de julio de 2012

El Tour de Vicente Blanco "El Cojo"

En plena disputa del Tour de Francia queremos recordar la fascinante historia de Vicente Blanco “El Cojo”, el primer gran héroe español en la más importante carrera ciclista por etapas. La vida le había castigado brutalmente, con dos graves accidentes que le destrozaron los pies, pero pocos años después, en 1910, se presentaba en la línea de salida de la Grande Boucle tras protagonizar una extraordinaria aventura.



Hijo de marinero, Vicente Blanco Echevarría (Deusto, 1884) trabajó desde los 13 años en un barco, primero como pinche de cocina y más tarde como palero en la sala de máquinas. Allí, paleando carbón y aguantando condiciones extremas de calor, se forjó un físico duro y una alta resistencia al sufrimiento. Cuando desembarcaba en los puertos extranjeros quedaba deslumbrado viendo las primeras bicicletas, y siempre que le resultaba posible alquilaba una para dar un paseo. Así se fueron construyendo sus sueños de convertirse en un campeón del ciclismo.

Buscando un futuro más próspero dejó el mar para empezar a trabajar en la industria metalúrgica. Pero allí, más que la prosperidad encontró la desgracia en forma de dos graves accidentes. Con apenas 20 años, trabajando para “La Basconia”, una barra de metal incandescente le atravesó el pie izquierdo, destrozándoselo casi por completo. Dos años después, desempeñándose en los astilleros Euskalduna, los engranajes de una máquina le atraparon el pie derecho, sufriendo la amputación de sus cinco dedos.

Con los dos pies prácticamente inútiles -como dos muñones-, Vicente Blanco “El Cojo”, dejó la metalurgia y comenzó a trabajar en la ría de Bilbao como botero, cruzando gente de una orilla a otra. Así conseguiría ahorrar el dinero para comprarse su primera bicicleta, una máquina vieja, pesada y llena de óxido, que él mismo desmontó pieza a pieza y restauró con esmero. Aquella bici destartalada carecía de neumáticos y, sin medios para comprar unos nuevos, colocó para tal función unas gruesas cuerdas de amarrar barcos que tenían el mismo grosor.

Y es que, pese a todos los reveses sufridos en la vida, y poseedor de una admirable capacidad de sacrificio, nunca cejó en su empeño de ser ciclista. Más bien al contrario, encima de la bicicleta encontraba mayor facilidad para desplazarse que andando con sus destrozados pies, así que empezó a entrenar a diario. También practicó natación, remo y hasta disputó con éxito alguna carrera pedestre, pese a su notable cojera. Nada le parecía suficiente obstáculo. Sin duda, era de Bilbao.




Primeros triunfos

Sería en 1907 cuando solicitó a la Federación Atlética Vizcaína (FAV) federarse para participar en pruebas regionales. En principio le miraron con compasión pensando que ese hombre desgarbado y cojo, con aquella ruina de bicicleta, nada podría hacer en el duro mundo del ciclismo. Sin embargo, lleno de osadía y desparpajo, les convenció para que le dieran una oportunidad en las siguientes carreras que se habrían de disputar en Bilbao. En ellas, destacó sobremanera, tanto por su gran resistencia física como por el apetito voraz que mostraba en las comidas post carrera.

Vicente Blanco era un personaje peculiar y de aquella época nos llegan numerosas anécdotas que dan fe de ello. Como el día que quiso participar en calzoncillos en una de sus primeras carreras por las calles de Bilbao y a punto estuvo de acaba en la cárcel por escándalo público. Vio que todos sus compañeros vestían equipaciones ciclistas que dejaban sus piernas y brazos al descubierto mientras él iba con pantalones largos, y no se le ocurrió mejor idea que desprenderse de éstos para intentar imitarles.

Sus victorias en carreras locales y regionales hicieron que la FAV le nombrara su representante para el Campeonato de España de 1908, que se celebraría en Gijón, y en el que -compitiendo ya con una bicicleta en condiciones- derrotaría a las figuras nacionales de la época. De esta carrera se cuentan dos anécdotas que dejan a las claras su peculiar carácter, a medio camino entre la picardía y la ingenuidad. Días antes le dijeron que si comía mucha carne estaría más fuerte en la carrera, así que ingirió tantas chuletas que durante el viaje a Gijón –que hizo en bicicleta- creyó morir por las fuertes diarreas que tuvo. Pese a ello, ganó la prueba echando mano, eso sí, de la picaresca.

La carrera se disputaba sobre un recorrido de 100kilómetros, y a mitad del mismo los participantes debían firmar en un control de paso. Cuatro ciclistas llegaron destacados a este punto; Blanco se apresuró a ser el primero en estampar su firma y volvió a arrancar a toda prisa. Cuando el siguiente corredor fue a firmar se dio cuenta de que la punta del lápiz estaba rota. No había otra cosa con lo que escribir, así que tuvieron que esperar a que el juez del control sacara punta al lápiz con una navaja. Con esta artimaña, Blanco ganó un tiempo precioso que ya no le podrían recuperar, pese a llegar con muy pocos metros de ventaja sobre el segundo clasificado. Tras cruzar la meta, caería desfallecido por el esfuerzo y las secuelas de sus problemas estomacales por el atracón de carne. Además del título de Campeón de España, se llevó quinientas pesetas, en lo que fue su primer gran premio en metálico.



Rumbo a París

Torpe para andar, El Cojo volaba sobre su bicicleta, consagrándose como el mejor ciclista español del momento. Al año siguiente volvería a repetir triunfo en el Campeonato de España disputado en Valencia, bajo la lluvia y un piso infernal, aventajando en más de media hora al segundo clasificado. Tras este éxito espectacular y otros resultados de mérito, el presidente de la Federación Vizcaína, Manuel Aranaz, le animó a probar suerte en la edición de 1910 del Tour de Francia, la carrera que naciera como una aventura en 1903, y que en tan sólo siete ediciones se había consagrado como la más dura y prestigiosa de las batallas ciclistas. Nunca antes un español (o al menos así se creía entonces) había tomado parte en ella. Y allí estaría él, en busca de aventura, fama, y de los suculentos premios en metálico que se repartían.

Aquel año Henri Desgrange, creador y organizador del Tour, tenía una diabólica sorpresa para los corredores: por primera vez se subirían los grandes puertos pirenaicos (Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque), cimas que con los años llegarían a ser míticas, en un trazado auténticamente infernal. Una cuarta parte de los inscritos se retiró al conocer el recorrido, pero no lo haría nuestro protagonista, valiente hasta la temeridad. Nada le echaría para atrás, ni siquiera la falta de medios económicos que le impedían pagarse un billete en tren hasta París.

Así que allí tenemos a Vicente Blanco cogiendo algo de comida, unas monedas y la carta de presentación que su amigo y valedor Manuel Aranaz había redactado para entregar a Desgrange, antes de emprender rumbo a la capital francesa; 1.100 kilómetros que recorrería ¡en bicicleta! Aquí empezó realmente su Tour de Francia. Tras cinco días de viaje a golpe de pedal, por carreteras descarnadas, polvorientas y plagadas de baches y piedras, llegó a París el día previo al inicio de la carrera, con la bicicleta destrozada, extenuado y enfermo por el esfuerzo.

Allí contactó con un español llamado Joaquín Rubio, quien trabajaba como mecánico en la empresa de bicicletas Alcyon. Éste le proporcionó una máquina algo más ligera (de “tan sólo” 15 kg de peso) y le ayudó a formalizar su inscripción en la sede del periódico L´Auto. Llevaría el dorsal 55 dentro de la categoría de los corredores “isolés”, popularmente conocidos como los desheredados, ya que competían sin el apoyo de un equipo profesional. Salían solos, a la aventura, y tenían que buscarse la vida para comer, alojarse, reparar la bicicleta o solucionar cualquier contratiempo que les surgiera.





Una aventura efímera

Al día siguiente, el 3 de julio, tomó la salida junto a otros 109 ciclistas con la intención de completar las 15 etapas y 4.734 kilómetros de que constaba aquella edición del Tour de Francia. Entre aquellos ciclistas estaban algunos de los más prestigiosos del continente (Octave Lapize, François Faber, Gustave Garrigou…), y también José María Javierre, protagonista de un encendido debate sobre si se le debe considerar el primer español en participar en el Tour. Javierre nació en Jaca, pero con tan sólo cuatro años de edad emigró con su familia a Francia, convirtiéndose en Joseph Habierre. Allí se formó como ciclista, se sentía francés y como tal se inscribió en los Tours de 1909 y 1910… pese a que no consiguió la nacionalidad francesa hasta 1915. Nosotros pasaremos de puntillas sobre este debate y nos seguiremos centrando en la fascinante historia de Vicente Blanco, El Cojo.

Acabó la primera etapa, de 272 kilómetros con final en Roubaix y numerosos tramos de pavés, en noveno lugar, pese a haber sufrido varias caídas. Pero su mala alimentación y precaria salud debido al brutal esfuerzo realizado los días previos sólo le dejaron completar dos etapas. Al tercer día, sin aliento, decide abandonar, incapaz de oponer resistencia a los que él llamó “fieras bien alimentadas”. De esta manera terminaba su sueño en la ronda gala, en una edición que resultó especialmente dura. Sólo llegaron a París 41 de los 110 ciclistas que fueron de la partida, y para la historia ya ha quedado el grito de “¡Asesinos!” que Octave Lapize dedicó a los organizadores al coronar el puerto del Aubisque, en aquella etapa infernal que inauguró los colosos pirenaicos.

La vuelta desde Francia la hizo en tren y fue recibido en la estación de Abando como un auténtico héroe. Era una celebridad. Tras aquella aventura fallida, Blanco siguió disputando carreras y vueltas por etapas hasta que decide dejar la bicicleta en 1916. Casado y con dos hijos, cuando se retiró del ciclismo se dedicó al transporte de mercancías y después se metió en diversos negocios que acabaron resultando ruinosos, dejándole en una difícil situación económica. A partir de aquí, poco más se supo de su vida, sólo que enfermó de próstata y murió a los 73 años.

En su entierro alguien recordó lo que el diestro Cocherito de Bilbao decía de él cuando le presentaba a sus amistades: “Aquí tienen al hombre que en su cuerpo reúne más cicatrices que todos los toreros de España juntos”. De esta manera terminaba la vida de este deportista humilde y esforzado, un auténtico aventurero, un hombre sin suerte pero lleno de tesón. Puro coraje. El primer gran héroe español en el Tour de Francia, protagonista de una auténtica gesta de leyenda.





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sábado, 23 de junio de 2012

Micah True (Caballo Blanco): ¡Libre para correr!

Correr en libertad fue su vida, y corriendo encontró la muerte el pasado mes de marzo en las montañas del desierto de Sonora, en la frontera entre Arizona y Nuevo México. Micah True, conocido como Caballo Blanco, era un espíritu libre y una leyenda del ultrafondo. El libro Nacido para correr, de Christopher McDougall, narró su relación con los indios rarámuris (o tarahumaras, como se hacen llamar) y de paso catapultó a la fama a este “indio gringo” que hizo de la carrera un modo de vida.



"No soy más que un indio gringo, amigo, corriendo humildemente con los rarámuris" (Micah True)

El pasado 27 de marzo, Micah True salió a correr por el Desierto de Sonora, también llamado Desierto de Gila a causa del río del mismo nombre que le atraviesa, una zona de cañones y mesetas a caballo entre los estados de Arizona y Nuevo México. Vestía, como de costumbre, camiseta, pantalón corto y sandalias, y no le faltaba la botella de agua sin la que nunca salía. Avisó que iba a correr unos 20 kilómetros, una minucia para él, acostumbrado a rodajes interminables, pero pasaron las horas y no regresó al refugio en el que se alojaba.

Se inició entonces su búsqueda en la que se llegó a batir una superficie de 1.000 km2 del gran desierto, tarea en la que no se escatimaron esfuerzos: medio centenar de personas, perros, vehículos todoterreno y hasta aviones. Incluso participaron en la búsqueda algunos de los mejores corredores de ultrafondo del mundo como Scott Jurek o Kyle Skaggs, y el escritor Chris McDougall, autor de Nacidos para correr, libro que recoge sus peripecias vitales y su relación con los indios tarahumaras, y que le dio fama mundial. Su cuerpo fue encontrado cuatro días después, ya sin vida, con las piernas dentro de un arroyo y su inseparable botella al lado, “sin signos de haber sufrido ningún traumatismo”, según manifestaría el sheriff local. Las causas de la muerte no han trascendido, pero todo apuntaba a un colapso cardiaco. Sólo, en libertad y corriendo. Un hombre de principios, un espíritu libre, Caballo Blanco murió tal y como eligió vivir.

Michael Randall Hickman -que este era su verdadero nombre- había nacido en 1954 en Boulder (Colorado). Hijo de un sargento de Artillería del Cuerpo de Marines, vivió durante su infancia en diversas bases del ejército norteamericano. En su época universitaria (estudió “Historia americana y religiones orientales”) empezó a practicar boxeo para ganar algo de dinero con el que pagarse los estudios. No le fue mal en este deporte y acabó boxeando de manera profesional con cierto éxito, entre 1974 y 1982, con el nombre de Mike “True” Hickman. El apodo de True se lo puso en homenaje a su viejo perro… y ya quedaría con él para siempre. Y el posterior Micah estaría inspirado en el espíritu “valiente e intrépido” del profeta del Antiguo Testamento del mismo nombre.




Nacido para correr

Pero su verdadera pasión era correr. Una pasión que le había inculcado un curioso ermitaño de Maui, una de las islas de Hawaii, donde residió algún tiempo. Correr largo y correr sólo, por la montaña, por cualquier sendero o camino por el que se pudiera sentir libre. Durante 20 años, Micah True siguió el mismo ritual: cada verano trabajaba duro haciendo mudanzas en su Boulder natal para ganar el dinero suficiente con el que vivir el resto del año allí donde podía hacer lo que más le gustaba: en las remotas montañas de México, corriendo y disfrutando de la libertad, haciendo entrenamientos interminables que sumaban con frecuencia más de 280 kilómetros semanales. “Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue –reconocería a Chris McDougall en una de sus conversaciones-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero este es un terreno salvaje. Así que tuve que esperar un poco”.

Así, conoció a los indios tarahumaras (considerados los corredores más resistentes del mundo), por los que pronto sintió verdadera fascinación, y entre los que vivió adaptándose a sus costumbres. Los tarahumara son un pueblo muy tranquilo y humilde, pobladores de las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua (México), y poseedores de una resistencia descomunal que les permite correr cientos de kilómetros seguidos. Están genéticamente adaptados a las carreras de fondo, y para ellos es su estilo de vida. De ellos, True aprendió todo lo que necesitaba saber para terminar de forjar su talento para las largas distancias: su técnica de carrera, sus alimentos y bebidas llenos de energía… y su curioso calzado, ya que corren calzando tan sólo huaraches, unas finas sandalias de cuero que ellos mismos se fabrican de manera artesanal. Con ellas, superó las molestias que arrastraba desde hacía años en los tendones del tobillo, y nunca más se lesionaría.

Después de unos años en las barrancas conviviendo con los tarahumaras, Caballo Blanco se había hecho más fuerte, estaba más sano, y corría más rápido que nunca en su vida: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”, reconocería a McDougall. Pero, sobre todo, aprendió numerosas lecciones de vida para manejarse en un territorio tan hostil, tierra de sequías y cañones casi inaccesibles. En él, Micah True encontró su tierra prometida, y una hermosa forma de vivir que adquiría todo su sentido a través de la carrera de larga distancia, actividad con la que exploraba los límites de su resistencia: “Siempre estoy perdiéndome y teniendo que escalar, con una botella de agua entre los dientes y águilas volando por encima de mi cabeza. Es algo hermoso”.


Cooper Canyon Ultra Maratón

Micah True es el personaje central del libro Born to Run (Nacidos para correr) de Christopher McDougall, escritor norteamericano que también se sintió fascinado por lo que eran capaces de hacer los tarahumaras. Colaborador de The New York Times, viajó hasta México para conocer a este pueblo y a su mejor embajador, el norteamericano que se hacía llamar Caballo Blanco. De lo que allí vio y vivió, y de sus charlas con True, salió todo un bombazo editorial que ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo, y que disparó la fama y notoriedad de Caballo Blanco, quien se convertiría en un icono entre los corredores de larga distancia por su activismo y capacidad de superación. Amaba correr, y transmitía esa pasión a todos.

Fue el fundador y alma de una de las carreras de ultrafondo más famosas que jamás hayan existido: la Cooper Canyon Ultra Maratón (el ultramaratón de las Barrancas de Cobre), prueba anual que tiene su comienzo y final en la Plaza del pueblo de Urique, en Chihuahua, y en la que participan sobre todo indios rarámuris. La carrera consta de 50 millas (unos 80 kilómetros) a través de desfiladeros y caminos pedregosos. Para Caballo Blanco, aquella prueba era mucho más que una simple competición deportiva: “Mientras algunos están en guerra en muchas partes del norte de México y del mundo, nosotros nos reunimos en lo más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”.

Y mucho más que la paz, puesto que con esta carrera pretendía llevar algo de prosperidad al pueblo tarahumara. Por eso, además de dinero para los primeros clasificados, en la Cooper Canyon Ultra Maratón se reparten toneladas de alimento y semillas de maíz entre los nativos que completan el recorrido. La primera edición de esta prueba se celebró en 2003, y la última tuvo lugar el pasado 23 de marzo, tan sólo cuatro días antes de que a Caballo Blanco le alcanzara la muerte en el desierto de Sonora. Sólo, en libertad y corriendo. Tal y como siempre fue feliz. En una ocasión dejó escrito: “Si se me va a recordar por algo, me gustaría que fuera por mi autenticidad. No más. ¡Libre para correr!” Así sea.

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domingo, 11 de marzo de 2012

Dorando Pietri: la leyenda del perdedor

El maratón de los Juegos Olímpicos de Londres´1908 pasaría a la historia por ser la carrera en la que se establecieron por primera vez los 42,195 kilómetros como la distancia para esta prueba. Pero también sería recordada por lo que le aconteció a un pequeño atleta italiano, de nombre Dorando Pietri. Su dramática llegada a meta, y posterior descalificación, llegó al corazón de todos los espectadores y le catapultó a la fama. Aquí recordamos su historia.


La ciudad de Londres acogía la cuarta edición de los Juegos Olímpicos modernos, tras las celebradas en Atenas, París y Sant Louis. Hasta entonces, las carreras de maratón se disputaban sobre unos 40 kilómetros, la distancia que separa Maratón de Atenas, trayecto que recorrió el soldado Filípides para anunciar la victoria sobre el ejército persa en el año 490 a.C., según nos cuenta la leyenda sobre el origen de esta prueba. Pero en esta ocasión tendría una distancia algo superior a la habitual, por decisión real. Como no podía ser de otra manera, la carrera finalizaría en el majestuoso Sheperd Bush Stadium, con capacidad para 75.000 espectadores. Pero para que pudiera iniciarse en los jardines del Castillo de Windsor, residencia de los Príncipes de Gales, hubo de establecerse un recorrido de 26 millas y 385 yardas (42,195 kilómetros). En 1.921, por razones nunca suficientemente explicadas, se tomó la decisión de establecer esta distancia como la definitiva para todas las pruebas de maratón.

A las dos y media de la tarde del 24 de julio, se daba la salida oficial a la carrera, que resultaría ser una auténtica locura. El día fue especialmente caluroso en Londres, lo que afectaría sobremanera a los 56 participantes, la mitad de los cuales acabarían retirándose. Mediada la prueba, al paso por Sudbury, marcha en cabeza el piel roja canadiense Tom Longboat, quien pocos kilómetros después empieza a mostrar signos de debilidad. Sus acompañantes intentan reanimarle con una botella de champán, pero debió beber más de la cuenta porque unos minutos después acabaría tendido en el suelo.

Toma el relevo al frente de la carrera el sudafricano Charles Hefferson, quien al paso por el kilómetro 30 aventaja en más de cuatro minutos al segundo clasificado, el italiano Dorando Pietri; algo más atrás, transita el joven norteamericano John Hayes. Pero Hefferson sufre una terrible crisis, mientras el pequeño y fornido atleta italiano (1,59 metros; 60 kilos de peso) avanza con paso firme, dando sensación de una gran frescura. En el kilómetro 38 le alcanza y acelera de nuevo; al paso por el 40, Pietri transita en solitario con una amplísima ventaja, en busca de la victoria.



Una escena dramática

Días después, el propio atleta relataba a un periodista de Corriere della Sera lo que ocurrió a partir de ese instante: “Soy primero. Podía disminuir la marcha, pero a la vez estoy lleno de una furia que me hace correr más deprisa (…) Ahora que el camino está libre delante de mí no sé frenarme. Paso entre dos filas llenas de público que no veo, pero huelo. Miro siempre al frente buscando algo que no veo aún, porque la carretera tiene muchas curvas (…) Ahora veo allá, al fondo, una masa gris que parece un buque con el puente abanderado. Es el estadio. Después no recuerdo nada más”. Efectivamente, ya no podría recordar nada más. A partir del kilómetro 41 Pietri se había quedado absolutamente “vacío” de fuerzas, fruto de la fatiga extrema y la deshidratación.

Sus últimos metros resultan dramáticos. Al entrar al Sheperd Bush Stadium, desorientado y con el rostro desencajado, toma el sentido equivocado de la pista y debe ser redirigido por los jueces. Inconsciente y con pasos erráticos, se tambalea y cae sobre la ceniza de la pista una y otra vez. Cae y se levanta, así hasta cuatro veces, y en cada ocasión debe ser ayudado por varios jueces y un médico. Le ponen en pie, le reaniman, le dan masajes, le orientan a meta… Su última recta en un calvario, pero Pietri se resiste a retirarse. Cae por última vez a cinco metros de la llegada, justo en el momento en que John Hayes está entrando en el estadio olímpico. El público asiste a la escena con el corazón encogido.

Tarda más de nueve minutos en recorrer los últimos 350 metros, y cruza la línea de meta en un tiempo de 2h 54´46”, ayudado y sujetado por un juez, en una de las imágenes más famosas de la historia del olimpismo. Nada más llegar se desploma y permanece un tiempo tendido en el suelo, auxiliado por médicos y organizadores. Se dijo incluso que estuvo en riesgo de fallecer por el brutal sobreesfuerzo. Pocos segundos después llega a meta Hayes, y tras él lo harían Hefferson y otros dos norteamericanos (Frenshaw y Welton). Inmediatamente, la delegación estadounidense presenta una reclamación por la ayuda recibida por Pietri, quien es descalificado. Hayes se convertiría en el ganador oficial de aquel maratón.

Pero curiosamente el pequeño atleta italiano lograría más fama que el vencedor, al protagonizar el acontecimiento más conmovedor de aquellos Juegos. Era el vivo reflejo del esfuerzo máximo sin premio; un héroe sin corona. Aquella gesta inacabada de Dorando Pietri trascendió el ámbito de lo deportivo para convertirse en leyenda; su desgracia había llegado al corazón del público británico. Pasó toda la noche en observación recibiendo atenciones médicas, tal fue el estado de agotamiento en que llegó. Al día siguiente, la reina Alejandra, en el acto de entrega de trofeos a los ganadores, quiso premiar el pundonor de Pietri, entregándole una copa de plata acompañada de sentidas palabras de admiración. Ya se había convertido en una celebridad internacional.



Una popularidad inusitada

Nacido en Mandrio, localidad de Reggio Emilia (Italia), el 16 de octubre de 1885, Pietri pasó su juventud en el pueblo de Carpi (Módena), donde trabajó de ayudante en una fábrica de confección y, posteriormente, en una pastelería. Con 19 años, acude a esta localidad a tomar parte de una carrera Pericle Pagliani, el atleta más famoso de Italia en aquella época. Pietri, convencido por sus amigos, participa vestido con su ropa de trabajo, y a punto está de derrotar a Pagliani. Animado por este inesperado éxito, participa pocos días después en una carrera de 3.000 metros en Bolonia, en la que queda segundo. A partir de entonces, empezaría a entrenar con regularidad.

Su primer éxito internacional llegaría en 1905, al vencer en los 30 kilómetros de París, y meses después gana el maratón de calificación para los Juegos Interolímpicos, con los que se quería conmemorar en Atenas el décimo aniversario de los de 1896. En esa carrera tuvo que abandonar por un problema intestinal cuando iba primero con 5 minutos de ventaja. Pese a ello, ya se había consagrado como el mejor atleta italiano de largas distancias, algo que confirmaría en 1907 venciendo en el Campeonato de Italia de 5.000 y 10.000 metros. Desde entonces, empezaría a preparar a conciencia el maratón de los Juegos Olímpicos de Londres, la carrera que, pese a su desdichado final, le otorgaría popularidad y fortuna.

A partir de ese momento le llovieron ofertas para participar en carreras de exhibición en los Estados Unidos -mitad deporte, mitad espectáculo-, en algunas de las cuales se enfrentaría con John Hayes. Tan popular se hizo que el compositor Irving Berlín compuso un tema titulado Dorando, alusivo a su hazaña, y recibió propuestas de matrimonio de diversas mujeres. Siguió corriendo por todo el mundo hasta 1911, aprovechando su popularidad para recaudar un buen dinero. Un año antes había conseguido su mejor marca personal en un maratón; fue en Buenos Aires, donde marcó un tiempo de 2 horas, 38 minutos y 2 segundos.

A los 26 años y tras haber ganado 200.000 liras (toda una fortuna en aquella época), Dorando Pietri se retira. Monta junto a su hermano un hotel, pero el negocio fue un fracaso. Después, se traslada a San Remo, donde abre un taller mecánico. En una estantería del mismo lucía con orgullo la Copa de plata que le entregó la reina Alejandra y la fotografía que inmortalizaba dicho momento. Aquella derrota fue su mejor triunfo. A los 56 años, el pequeño héroe de los Juegos Olímpicos de Londres se desplomó de nuevo, pero esta vez ya no se levantó. Un paro cardiaco había acabado con su vida.


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viernes, 9 de diciembre de 2011

La increíble transformación de Bob Mathias

De niño enfermizo a superatleta. Y todo en unos pocos años. En el colegio no hacía deporte y necesitaba de constantes cuidados médicos; sin embargo, con 16 años ya destacaba como un versátil atleta escolar, y sin cumplir los 18 acudió a los Juegos de Londres donde conquistó, de manera sorprendente, la medalla de oro en decatlón. Cuatro años después (Helsinki´1952), repetiría título olímpico, confirmándose como uno de los atletas más completos del siglo XX. Pero su vida deparó otras muchas sorpresas: se retiró del deporte profesional con tan solo 22 años, y después fue militar, actor, político… Esta es la historia de la intensa vida de Robert (Bob) Mathias.

6 de agosto de 1948. Pasan unos minutos de las once de la noche -noche cerrada en Londres- cuando los pocos espectadores que aún aguantan en el estadio de Wembley siguen muy atentos las evoluciones de un jovencísimo y semidesconocido atleta norteamericano que está a punto de protagonizar una de las grandes sorpresas de aquellos Juegos Olímpicos. Los faros de una decena de automóviles alumbran a los competidores en la pista. Después de una larga y agotadora competición, endurecida aún más por la incesante lluvia, Bob Mathias, de 17 años, se mantiene al frente de la clasificación en la prueba de decatlón, la más dura de todo el calendario atlético, a falta tan sólo de la última carrera de 1.500 metros.
Con cara de adolescente en un musculado cuerpo de adulto, Mathias (1,86 metros; 80 kilos de peso) no las tiene todas consigo, ya que su ventaja es exigua respecto a sus dos máximos rivales, el francés Ignace Heinrich y su compañero de equipo Floyd Simmons. Todo depende de la última carrera… y el joven prodigio no falla. Acaba tercero en los 1.500 metros para totalizar 7.139 puntos, por 6.974 de Heinrich y 6.950 de Simmons. De esta manera, se convertía en el atleta más joven de la historia en ganar un oro olímpico, y además lo hacía en la modalidad más compleja, aquella que corona al atleta total, al que es capaz de destacar en todas las pruebas (carreras, saltos y lanzamientos) sin flojear en ninguna. “¿Cómo va a celebrar su victoria?”, le preguntó un periodista. “Sin duda alguna, comenzaré por afeitarme”, responde.
“¿De dónde ha salido? –se preguntaban muchos-. ¿Quién es este chico capaz de ganar en unos Juegos Olímpicos la especialidad más dura del programa atlético con apenas 17 años?” Su inexperiencia era tal que había perdido la prueba de lanzamiento de peso (y unos puntos valiosísimos) por desconocer que no podía salir fuera del circuito de lanzamiento. Eso no le impidió imponerse en la general final y salir coronado como el atleta más completo de aquellos Juegos.
Su historia resultaba todavía más sorprendente según se fueron desvelando detalles de su pasado. Y es que Robert Bruce Mathias –que este era su nombre completo- fue un niño delgaducho y débil, necesitado de constantes cuidados médicos y que apenas practicaba deporte en su colegio, donde era trompetista en una pequeña banda de música. Estamos pues ante uno de los más sorprendentes casos de transformación de la historia del deporte al pasar, en unos pocos años, de ser un niño endeble y enfermizo a uno de los atletas más completos del mundo. De aquella época de su vida poco se sabe, tan sólo que con 16 años su cuerpo ya había alcanzado un importante desarrollo físico y era un muy buen jugador de baloncesto. Y como atleta, a esa edad gana los 110 metros vallas y el lanzamiento de disco de los Campeonatos Escolares de su Estado.

Primeros éxitos
Poco después, tras una competición interescolar en la que gana varias pruebas, Virgil Jackson, entrenador de atletismo de su escuela, intenta convencerle de que empiece a entrenarse con él como decatleta… ¡pensando en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952! A partir de ahí, Bob Mathias inicia una progresión inaudita y muy pocas veces vista. Apenas tres meses después de empezar a entrenar con Jackson consiguió plaza para el equipo olímpico estadounidense, y otros tantos meses después conquistaría el oro en los Juegos. Tan sorprendente resulta esto como saber que antes de competir en Londres tan sólo había disputado dos pruebas combinadas en su vida. En la primera, a principios del mes de junio de ese 1948, ya logró unos resultados brillantes; en la segunda, en el campeonato nacional de Estados Unidos, los días 26 y 27 de ese mes, asombra a todos al hacer 7.224 puntos, que le valdrían para ser seleccionado para los Juegos de Londres. Lo que pasó en aquella cita olímpica ya es historia.
Robert Bruce Mathias nació el 17 de noviembre de 1930 en Tulare (California, Estados Unidos), siendo el segundo de los cuatro hijos que tuvieron Charles y Lillian Mathias. Como ya hemos comentado, fue un niño enfermizo y poco deportista. Sin embargo, a los 17 años se graduó en la High School de Tulare, tras haber completado una brillante trayectoria deportiva que le llevó, entre otros éxitos, a ganar el Campeonato Nacional de Decatlón. Meses después, conquistaría la medalla de oro olímpica en la prueba de decatlón. Estos éxitos le valieron para recibir el premio James E. Sullivan, concedido al mejor atleta aficionado de los Estados Unidos. Pero la repercusión de su triunfo en los Juegos fue mucho más allá; de repente, se había convertido en una estrella mundial del atletismo.
Tras aquel éxito olímpico pasó un curso en la Kiski School de Salstburg (Pensilvania), ganando de nuevo el Campeonato Nacional de Decatlón. En 1949 entra en la Universidad de Stanford, donde siguió destacando como un atleta completo, además de jugar durante dos temporadas al fútbol americano. Al año siguiente consigue su primer récord del mundo de decatlón y –por supuesto- gana de nuevo el campeonato nacional. Además, guió a su Universidad a participar en la Rose Bowl.
En 1952 conquista de nuevo la medalla de oro olímpica en la prueba del decatlón en los Juegos de Helsinki, y lo hace de una manera abrumadora, logrando 912 puntos de diferencia (la mayor conseguida en la historia del decatlón en unos Juegos), y de paso un nuevo récord olímpico y mundial en la especialidad. Era sin discusión el atleta más completo del momento, y fue recibido en su país como un héroe. Sin embargo, meses después, de manera sorprendente, decide retirarse de la alta competición. Como un soplo de aire fresco llegó al mundo del atletismo… y fugaz como el viento abandonó las pistas, con tan sólo 22 años, en la cima de su carrera, y sin un motivo aparente. Simplemente, inquieto por naturaleza, se disponía a iniciar una vida llena de nuevas actividades y retos que incluirían, entre otros, la vida militar, la política, el mundo de la interpretación y negocios varios.

Una vida intensa
Al año siguiente de su retirada se gradúa en Stanford y fue reclutado por el equipo de fútbol americano de los Washington Redskins, aunque nunca llegó a jugar en la National Football League. Por entonces, Bob Mathías era toda una celebridad sin haber llegado aún al cuarto de siglo de vida. Hasta tal punto era así, que en 1954 se estrenó una película sobre su vida (The Bob Mathias Story), en la cual intervenía él mismo junto a su esposa Melba, con quien tuvo tres hijas. Ese mismo año entra en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, donde serviría durante un tiempo como oficial.
En los años 50, Bob Mathias intentó potenciar su faceta de actor, participando en varias películas y series de de televisión, y llegando a compartir pantalla con estrellas del momento como John Wayne, Jayne Mansfield o Victor Mature. Además de todo esto, en la segunda mitad de la década empieza a coquetear con el mundo de la política, visitando más de cuarenta países de todo el mundo como embajador de buena voluntad de su país. Metido ya de lleno en la política como miembro del Partido Republicano, sirvió en el Congreso norteamericano entre 1967 y 1975 en representación del estado de California. Y al año siguiente participó en la fallida campaña para la reelección a la Presidencia de los Estados Unidos de Gerard Ford, quien sería derrotado por el demócrata Jimmy Carter.
Entonces se retira de la política, para volver a trabajar en el mundo del deporte. En 1977 es nombrado por el Comité Olímpico de Estados Unidos director de un nuevo centro de entrenamiento en Colorado Spring, y en 1983 se convierte en el director ejecutivo de la National Fitness Foundation. Ya jubilado, le fue diagnosticado un cáncer de garganta, enfermedad contra la que luchó durante años y a causa de la cual fallecería en 2006, a los 76 años de edad. El hombre que asombrara al hombre siendo un adolescente, uno de los atletas más completos del siglo XX, fue enterrado en el cementerio de Tulare, la localidad que le vio nacer y en la que pasó la mayor parte de su vida. La historia de su increíble transformación deportiva será para siempre leyenda.

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lunes, 14 de noviembre de 2011

El gol 1.000 de O´Rei

No es fácil, sin duda, llegar a marcar 1.000 goles como profesional. De hecho, tan sólo hay dos futbolistas que hayan llegado a esta cifra legendaria, y los dos son brasileños. En 2007 lo logró Romario; casi cuatro décadas antes lo conseguía el, según muchos, mejor futbolista de la historia, Edson Arantes do Nascimento, Pelé. Puede parecer una anécdota, pero la consecución de aquel gol milenario paralizó durante días su país natal. Muy pronto, se cumplirán 42 años de uno de los tantos más deseados de la historia del fútbol. Así pasaron las cosas.


Un gol, tan sólo un gol. No significaba un gran título, ni un título menor; apenas valía una victoria como otra cualquiera. Podría haber sido simplemente uno de los muchos tantos que marcó a lo largo de su vida. Y sin embargo, representaba mucho más, como la historia se ha encargado de recordar. Suponía alcanzar un hito nunca antes logrado; suponía llegar a una cifra prodigiosa y casi irrepetible. Simbolizaba, en definitiva, la coronación absoluta del rey del fútbol mundial. O Rei Pelé para siempre. Y todo eso significaba tan sólo un gol.
El 14 de noviembre de 1969, el Santos se enfrenta a domicilio al Botafogo. El equipo peixe gana 0-3 y Pelé marca uno de los goles, el 999 de su carrera. El siguiente partido es en Salvador de Bahía, contra el equipo local, y la expectación que se genera en torno al posible tanto milenario es inmensa. Todo el mundo tiene un deseo: que Pelé consiga su objetivo. En medio de este clima de efervescencia, el portero titular del Bahía, Jurandir, se convierte en centro de atención mediática. “¿Sería para ti un honor recibir el gol 1.000 de Pelé o un momento amargo?”, le pregunta el reportero de una televisión local. “Sería un momento muy amargo”, declara con timidez, con la cabeza gacha, no acostumbrado a ser objeto de tanto interés.
Pelé aterriza en Salvador de Bahía lleno de confianza. 40.000 personas abarrotan el estadio Fonta Nova. En una jugada del partido, el 10 del Santos regatea a varios rivales y a Jurandir; al disparar a puerta, uno de los defensores locales, Nildo, despeja bajo palos evitando el gol. De manera sorprendente, el público empieza a abuchear a su jugador. Querían que aquel acontecimiento histórico sucediera en Bahía. “La jugada que hizo Pelé fue increíble. Regateó a todo el mundo, tocó el balón y salió corriendo, pero llegué yo y lo saqué –recordaría años después Nildo-. Luego Pelé se me acercó y me dijo: tú tienes personalidad”. El gol con el que O´Rei iba a dejar huella en la historia tendría que esperar.
La siguiente oportunidad la tendría el 19 de noviembre, día en el que el Santos se enfrentaba al Vasco da Gama en el majestuoso estadio de Maracaná, abarrotado con más 100.000 espectadores. La maldición parecía continuar: un disparo de Pelé al larguero, varias ocasiones y lanzamientos fallidos… Pero en el minuto 78 del partido, con 1-1 en el marcador, el árbitro Manuel Amaro pita penalti de un defensa del Vasco, Renê, sobre Pelé. Como el propio jugador explicaría años después, pese a haber ganado por aquel entonces dos Mundiales y haber lanzado decenas penaltis a lo largo de su carrera, sintió algo que nunca antes había sentido. Como si de la final de un gran campeonato se tratara, la atención y la presión eran máximas:Yo ya tenía mucha experiencia, pero aquel día, por primera vez, me temblaron las piernas en un campo de fútbol. Tenía miedo de no marcar .


Un momento para la historia
Frente a él, estaba el portero argentino Edgardo Gato Andrada. Le temblaban las piernas, pero se dirigió con decisión a la pelota. Disparó con fuerza al lado izquierdo de Andrada quien, pese a acertar la dirección del lanzamiento, no pudo detenerlo. O´Rei no falló. Y de repente, el delirio. “Pelé, 1.000 goles. Pelé, el mundo a sus pies”, gritaba enloquecido el locutor de la televisión brasileña. Eran las 23:11 horas en Brasil; Edson Arantes do Nascimento se había convertido en el primer futbolista milenario de la historia. Pelé corrió dentro de la portería a recoger la pelota y la besó de manera efusiva. En ese mismo instante, se paró el partido y el campo se llenó de periodistas, fotógrafos e hinchas, que alzaron a hombros a la gran estrella del fútbol mundial.
Tras 20 minutos de parón, se reanudó el encuentro; una vez finalizado (con victoria del Santos por 1-2), se puso una camiseta del equipo local con el número 1.000 y dio una vuelta olímpica al estadio. Minutos después, el Presidente del Vasco de Gama descubrió una placa conmemorativa por el histórico hecho que acababa de suceder. En la actualidad, todavía se puede ver en Maracaná esa placa. “¿Qué pensó tras marcar el penalti?”, le preguntaron los periodistas después del partido. “Pensé en Navidad; pensé en los niños –dijo-. Ahora que todos me están escuchando hago un llamamiento al mundo: ayuden a los niños pobres, ayuden a los desamparados. Esta es mi única petición en esta hora tan especial para mí”.
Fue un día especial para muchos; también para el Gato Andrada, quien entonces pensó que dejaría de ser conocido como un buen portero para ser recordado como el arquero que recibiera el gol milenario de O´Rei. Y algo de razón tendría, como la historia se ha encargado de demostrar. Y también especial fue para el árbitro, Manuel Amaro, quien guardó para el recuerdo el uniforme y la moneda que utilizara aquel día. “Estaba muy cerca de la jugada y pité penalti con total tranquilidad y honestidad - diría años después-. Pero reconozco que estaba deseando pasar a la historia como el árbitro que concedió el gol 1.000 de Pelé”.
Literalmente, Brasil se paralizó aquel 19 de noviembre ante lo que fue uno de los hitos más memorables de la exitosa carrera de Pelé… y no fueron pocos. El mejor futbolista del siglo XX, según la FIFA; el mejor deportista de ese siglo, según el COI; el mejor jugador de la historia para muchos, se retiró después de haber disputado más de 1.300 partidos, marcado 1.284 goles (760 en encuentros oficiales) y ganado tres Mundiales con Brasil (1958, 1962 y 1970). Cifras para la historia, impensables en el fútbol actual. Y la lista de éxitos que cosechó con el Santos –su equipo de toda la vida- es interminable: dos Copas Libertadores; dos Copas Intercontinentales; nueve Campeonatos Paulistas; seis Campeonatos Brasileños de Serie A; una Supercopa de Campeones Intercontinentales; una Recopa Sudamericana… Además, sigue siendo el máximo goleador de la selección de Brasil y del Santos.


La Perla negra
Técnica, potencia, regate, intuición, pegada… La Perla negra, como también se le conocía, era el futbolista total. “Si Pelé no hubiera nacido hombre, hubiera nacido pelota”, escribió en una ocasión el periodista brasileño Armando Nogueira. Decir Pelé es decir fútbol, es decir belleza y plasticidad sobre un terreno de juego. Una bestia de maneras sutiles. Un genio en cualquier caso. “Para mí, el fútbol siempre ha sido una pasión. Es una mezcla de juego, arte y religión”. Profundamente religioso, siempre se ha acordado de Dios a la hora de los agradecimientos.
Nacido el 23 de octubre de 1940 en Tres Coraçoes, en la provincia de Minas Gerais, el fútbol siempre formó parte de su universo particular. Su padre, Joao Ramos do Nascimento, Dondinho, había sido jugador del Fluminense FC y del Atlético Mineiro, aunque una grave lesión de rodilla le obligó a retirarse prematuramente. Siendo un crío, Dondinho le ponía frente a una pared a practicar el toque con el balón; primero con una pierna, después con la otra, y así durante horas. A los siete años entró en equipo llamado Siete de Septiembre, pero el dinero en la familia no alcanzaba para comprarle unas zapatillas, así que jugaba descalzo, “a pie pelado”, como se decía por allí. Por eso, alguien le empezó a llamar Pelé, apodo que en un principio no le gustó. “Pensé que era un insulto, aunque luego descubrí que en hebreo significa milagro”, confesaría años después.
Edson Arantes pasó su infancia dando patadas a un balón, en un equipo tras otro, jugando un partido tras otro. A los 13 años, al llegar a las divisiones inferiores del Barquinho, conocería a una persona fundamental en su carrera deportiva: Waldermar de Brito, ex internacional brasileño y entrenador del primer equipo del club, quien pronto quedaría fascinado por la magia de su fútbol. “Este niño va a ser el mejor jugador del mundo”, les dijo a los directivos del equipo. Además de ayudarle a perfeccionar su juego, De Brito logró convencer a la madre de Pelé de que el chico debía abandonar su empleo en una fábrica de zapatos y dejar su casa para irse a jugar al Santos de Sao Paulo. Era un diamante en bruto.
El mito de O´Rei comenzó a forjarse cuando en el día de su debut en la Primera División brasileña, aun sin haber cumplido los 16 años, le marcó un gol al Corintians erigiéndose en la gran atracción y figura del partido. Ocurrió el 7 de septiembre de 1956. Hasta entonces, Pelé era muy conocido en el entorno paulista, pero no a nivel nacional. En los meses siguientes, su fama se multiplicaría a base de goles y actuaciones brillantes, como la que se marcó en un torneo disputado en Maracaná entre equipos brasileños y europeos (Flamengo, Sao Paulo, Beleneses, Dinamo de Zagreb…). Marcó seis goles en cuatro partidos y encandiló a todos, lo que le valió para ser convocado con la selección absoluta… ¡con tan sólo 16 años! Debutó con la canarinha el 7 julio de 1957 contra Argentina; Brasil perdió 2-1, pero Pelé marcó. Poseedor de un instinto innato para el gol, siempre fue una constante en su fútbol. De hecho, en un partido contra Botafogo, en 1964, llegó a marcar ocho goles en la victoria de Santos por 11-0.


Una vida de fútbol
En el Mundial de Suecia 1958, un jovencísimo Pelé (17 años) se consagra definitivamente pese a acudir lesionado a aquella cita, lo que le hizo perderse los primeros partidos. Pero sus actuaciones en cuartos de final ante Gales (marcando el estupendo gol de la victoria), semifinales ante Francia (5-2; tres goles) y especialmente en la final ante Suecia (5-2; las imágenes de sus dos goles, llenos de técnica y sutileza, ya han pasado a la historia de este deporte) le coronan como el mejor jugador del mundo pese a su edad. Y también inolvidable resultaría la imagen de un jovencísimo Pelé llorando en el hombro del portero Gilmar tras ganar el Mundial, el primero de los tres que lograría.
Y así pasaron los años y los goles, triunfos y títulos de O´Rei. Durante 18 temporadas permaneció fiel a los colores del Santos, club al que llevó a la cumbre del fútbol mundial a base de actuaciones descomunales. Fue prácticamente su único equipo, si exceptuamos su tardía aventura americana en el Cosmos de Nueva York, donde jugó dos temporadas (1975-77). Se había retirado del fútbol en octubre de 1974, con la idea de empezar una nueva vida; sin embargo, problemas económicos derivados de una mala inversión le forzaron a calzarse de nuevo las botas. En la extinta North American Soccer League (NASL), sin la presión de otras ligas más competitivas, dejó las últimas pincelas de su magia y ayudó a su equipo a ganar el título en 1977. A finales del año anterior había marcado el gol 1.250 de su carrera y recibió por tal motivo una bota con incrustaciones de oro.
El 1 de octubre de 1977, a pocos días de cumplir los 37 años, Edson Arantes do Nascimento, Pelé, se despidió definitivamente del fútbol ante 75.000 espectadores en un encuentro entre el Santos y el Cosmos, los dos únicos equipos en los que militó como profesional. Jugó un tiempo con cada uno; marcó para el Cosmos en la primera parte, pero no para el Santos. Ganaron 2-1 los norteamericanos. Era el final de la carrera de uno de los mejores deportistas de la historia, autor de unas cifras prodigiosas: 1.367 partidos jugados y 1.283 goles conseguidos.
Una vez retirado del fútbol, y convertido en todo un mito deportivo y social, Pelé fue actor de televisión e hizo sus pinitos como cantante. Fue nombrado Ciudadano del Mundo por la ONU, embajador de Buena Voluntad de UNICEF, Caballero de Honor del Imperio Británico, embajador de Educación, Ciencia y Cultura de la UNESCO, embajador para la Ecología y Medio Ambiente por la ONU, y ministro de Deportes de Brasil, entre otros muchos nombramientos y distinciones. Pelé lo ha sido todo en el mundo del deporte. Y resulta curioso que entre tantos goles, triunfos, títulos y momentos destacados de su vida, se recuerde sobremanera aquel gol, en apariencia insustancial, que marcara en el estadio de Maracaná el 19 de noviembre de 1969. Pero aquel fue, como ya hemos dicho, mucho más que un gol; fue un símbolo, el que llevaba a otra dimensión al (para muchos) más grande jugador de todos los tiempos. Milenario y eterno. Larga vida a O´Rei del fútbol.

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jueves, 11 de agosto de 2011

13 reglas, una cesta y un balón

Las canastas que valen títulos de Michael Jordan, los 100 puntos de Wilt Chamberlain, cualquiera de las asistencias cargadas de magia de Earving Magic Johnson, la serie de anillos de los Celtics de Auerbach, la voracidad anotadora de Drazen Petrovic… Son sólo unos pocos –muy pocos- de los momentos cumbres en la historia del baloncesto, deporte que nació de manera casual en diciembre de 1891. Y todo comenzó con una cesta de melocotones.


Sr. Stebbins, ¿tiene un par de cajas de madera de unas 18 pulgadas cuadradas?”. Cuando James Naismith le hizo esta petición al conserje de la escuela YMCA, en Springfield, no podía imaginar que se estaba gestando el que llegaría a ser uno de los deportes más practicados y seguidos en todo el mundo. “No, pero tengo un par de cestas de melocotones, si le sirven…" Efectivamente, habría de servirle, no tenía otra cosa. Naismith las clavó al balcón de madera que rodeaba el gimnasio de la escuela, cada una a un extremo de la sala, a una altura de 10 pies del suelo (3'05 metros), medida que ya nunca cambiaría. Luego, se dirigió a su despacho y mecanografió las 13 reglas básicas del juego que había estado ideando en las últimas semanas. Por último, colgó esos dos folios en un tablón del gimnasio, donde estaban a punto de llegar sus alumnos para la clase de Educación Física.

Aquel día tenía clase con los incorregibles, el aula más complicada del centro, un grupo de alumnos veteranos y resabiados difíciles de convencer. Frank Mahan, uno de líderes de aquella clase, fue el primero en aparecer. "¡Vaya! otro juego nuevo", exclamó con desdén al ver las reglas escritas y las cestas colgadas de los balcones. Cuando los 18 incorregibles llegaron al gimnasio, Naismith les pidió que se dividieran en dos equipos de nueve jugadores cada uno; les prometió que sería el último experimento. Eugene Libby y Duncan Patton fueron nombrados capitanes, les explicó las reglas, cogió un balón de fútbol y comenzó el partido. Los alumnos se mostraban desorientados y casi nadie estaba seguro de lo que debía hacer. Las normas dictaban que el jugador que cometiera una segunda falta sería expulsado y no podría jugar hasta que se anotara la siguiente canasta… y había tantas faltas que en ocasiones casi la mitad estaban fuera de la pista.

Pese a ciertas escenas de caos y desorden, los alumnos, con sus camisetas de manga corta y sus largos pantalones grises, disfrutaban con entusiasmo de este nuevo juego que no tenía ni nombre, como también lo hacían los demás estudiantes que abarrotaban el balcón de espectadores para ver aquel original partido. Una infinidad de tiros disparatados se mezclaban con alguna que otra canasta, que era celebrada con júbilo. “One goal”, gritaba Naismith cada vez que se encestaba. Entonces, Pop Stebbins debía subirse a la escalera para recoger la pelota dentro de aquellas cestas de melocotones. El experimento había sido un éxito. Incluso Mahan, escéptico aquella misma mañana, entendió que aquel no era un juego más, y pidió prestadas a su profesor las hojas con las reglas para estudiarlas a fondo.

¿Por qué no llamarlo Naismith ball? –le sugirió- usted es el inventor y así se le recordará siempre”. “No Frank, eso nunca”. “Pues entonces, señor, si tenemos un balón y un cesto… ¿por qué no llamarlo baloncesto?”. Aunque no ha quedado constancia escrita de la fecha, se cree que aquello ocurrió el 21 de diciembre de 1891, el día en que oficialmente nació el baloncesto. Antes de las vacaciones de Navidad de aquel año sólo hubo tiempo para un par de partidos más, pero fueron suficientes para demostrar que la invención de Naismith había triunfado. El 15 de enero de 1892, The Triangle, la revista oficial del YMCA, dio su visto bueno al juego y publicó las reglas y consejos de su creador, lo que provocó que la noticia viajara por todos los centros que la institución tenía repartidos por el mundo.



Entrenamiento bajo techo
Quince meses antes, en septiembre de 1890, James Naismith había comprado un billete de tren que le llevaría a Springfield, Massachussets. Había decidido unirse al proyecto de la escuela YMCA para trabajadores cristianos. La idea era hacer un curso de dos años para crear instructores que luego viajarían por el mundo difundiendo las ideas cristianas y sus conocimientos en temas de administración y educación física, la especialidad de nuestro protagonista. El Dr. Luther Halsey Gulick Jr, titulado en medicina pero un entusiasta del deporte, era el jefe de educación física de la escuela, y pronto quedó impresionado por su iniciativa y conocimientos en la materia. Fue él quien le pidió que inventara un nuevo juego para que los alumnos pudieran ejercitarse bajo techo. La petición del Dr. Gulick no era casual, ya que se había dado cuenta que, debido al intenso frío y la nieve del invierno en Springfield, los estudiantes no realizaban el entrenamiento físico durante estos meses, los que enlazaban la recién finalizada temporada de fútbol con la venidera de beisbol.

Tampoco lo fue la elección del destinatario de su petición. James Naismith, siempre inquieto, había diseñado meses atrás el que sería considerado el primer casco de la historia del fútbol americano. Durante días, reflexionó sobre variantes de deportes existentes, intentando sacar lo mejor y lo peor de cada uno. La premisa fundamental era que se pudiera jugar bajo techo y en espacios reducidos, y tenía claro que el balón debía ser el elemento central del mismo. Además, debía ser fácil de aprender, mostrar un equilibrio entre el ataque y la defensa, que la técnica y la precisión contaran más que la fuerza, y –fundamental- que no fuera agresivo. Para ello, no podía dejar correr a los jugadores con el balón en las manos, ya que esa sería la única forma de evitar el contacto físico.

Dos semanas después de haber recibido el encargo, presentaba a Gulick las líneas maestras de su nueva criatura. Su esencia era simple; se jugaría sólo con las manos y tendría como objetivo meter el balón en una cesta, que estaría a una cierta altura para primar la precisión. Pronto, este juego sería seguido con gran interés en todo Estados Unidos y en otros países gracias a la labor de difusión que llevaban a cabo los instructores de la escuela YMCA. Su práctica se extendió con una rapidez asombrosa, y fue perfeccionándose sobre la marcha, mientras se jugaba, teniendo en cuenta los comentarios y sugerencias de quienes lo practicaban. En 1894 se establece la línea de tiro libre; en 1895, el tablero; en 1897 se reglamentan cinco jugadores por equipo; en 1904 se define el tamaño de la cancha… Sin duda, el baloncesto necesitaba algo más que las 13 reglas que Naismith había colgado en un tablón del gimnasio de Springfield.



Una infancia marcada por la tragedia
Nacido el 6 de noviembre de 1861, James fue el segundo hijo de John Naismith y Margaret Young, pertenecientes ambos a clanes escoceses que habían desembarcado en Canadá tras las guerras napoleónicas. En una granja de Almonte, un pequeño pueblo de Canadá, vendría al mundo nuestro protagonista. Allí, en plena naturaleza, rodeados de grandiosos bosques, en un ambiente de crueles inviernos y cortos veranos, se criarían James y sus dos hermanos, Annie y Robert. Pero la vida nunca fue fácil para los Naismith-Young. En julio de 1870, el cabeza de familia subió en un carro a su mujer y a sus tres hijos y puso rumbo hacia Grand Calumet Island, a orillas del río Ottawa. Atraídos por las oportunidades de trabajo que ofrecía un nuevo aserradero, partieron en busca de una vida mejor; por el contrario, encontraron todo tipo de desgracias y penalidades. Primero recibieron la noticia de la muerte del abuelo Robert; después, un gran incendio convirtió el aserradero en cenizas. Los pocos ahorros que tenían se acabaron cuando una epidemia de tifus atacó las chabolas de Grand Calumet Island. John y Margaret cayeron enfermos y fallecieron unas semanas después.

Poco antes, William Young había ido a recoger a sus tres sobrinos; los niños jamás olvidarían la emotiva despedida de sus padres, ya gravemente enfermos. Margaret falleció el mismo día en que el pequeño James cumplía nueve años. Los tres hermanos se criaron con la abuela materna entre Almonte y Bennie's Corner, curtidos por los golpes de la vida, la estricta educación de su abuela y la dureza del entorno. A James no se le daban bien los estudios, pero destacaba entre el resto de los chicos en cualquier disciplina deportiva en que participara: patinaje sobre hielo, natación, carreras de canoa por los rápidos del Río Indian... Además, pasaba largos ratos en la parte trasera de la tienda del herrero jugando con sus amigos a Duck on the Rock, juego en el que una piedra se ponía encima de una roca grande y se tiraba otra con parábola para derribarla mientras la piedra tirada tenía que quedar encima de la roca. Dos décadas después, Naismith se inspiraría en la idea del tiro parabólico de Duck on the Rock para inventar un juego donde la técnica y la precisión eran más importantes que la fuerza.

A punto de cumplir los 15 años, deja el Instituto para unirse a los leñadores de los bosques de Québec, con quienes pasó cinco años antes de volver para terminar sus estudios, ya con 20. Deseaba contentar a su tío Meter, quien quería que fuera un buen pastor presbiteriano. El director del Instituto de Almonte le facilitó la labor y le dio clases extras; así, pudo terminar en sólo dos años y lograr el acceso a la Universidad. En 1881 ingresa en la Universidad McGill en Montreal, donde de nuevo da muestras de unas sobresalientes cualidades atléticas y de un gran interés por todo tipo de deportes: rugby (modalidad que practicó con éxito durante años), lacrosse, lucha, beisbol… Muchos días entrenaba a las seis de la mañana, incluso con temperaturas bajo cero en invierno. Concluyó sus estudios universitarios con éxito en 1887.

Cuando en el verano de 1889 falleció el veterano profesor de educación física de la Universidad McGill, Frederick Barnjum, el puesto le fue ofrecido a un sorprendido Naismith. Sin duda, se enfrentaba a una misión de gran responsabilidad: reemplazar a uno de los especialistas más carismáticos de todo Canadá. Poco después de iniciar su labor como profesor de educación física terminaría los estudios de teología, aunque para entonces ya tenía claro que su futuro no sería como clérigo. "Me di cuenta que había más maneras de hacer el bien que rezar", escribiría años después. También para entonces había entablado amistad con Daniel Andrew Budge, director de la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA). Después vendría su viaje a Springfield y la invención del baloncesto, el deporte que le daría la fama.



Una vida austera
Pese al éxito del baloncesto, Naismith siguió con su vida austera y cuando decidió abandonar Sprigfield, en 1895, simplemente se llevó algunas traducciones de las reglas del baloncesto que le habían enviado desde distintas partes del mundo. No recibió ningún puesto de prestigio, ningún honor, ni siquiera la tarea de coordinar las numerosas reglas que iban surgiendo, a modo de sugerencias, desde todos los rincones del país. Después de inventar este deporte, pareció dejar que fueran otros (en un primer momento el Dr. Gulick) quienes controlaran su desarrollo; él centraría sus esfuerzos a partir de entonces en el mundo de la medicina.

Un año antes a su marcha, James había conocido a Maude Sherman, como no, en una cancha de baloncesto. Con ella se casaría el 20 de junio de 1894, y con ella y con su hija recién nacida viajaría a Denver en 1895 para matricularse en la Facultad de Medicina de la Escuela Gross; su principal interés se centraba en el campo de las lesiones deportivas. Durante tres años, compaginaría sus estudios con su trabajo como director del YMCA local. En 1898 recibiría su título de medicina con una nota de sobresaliente pero -al igual que ocurrió con la teología- nunca llegaría a ejercer la profesión. Por el contrario, se dedicaría durante décadas al entrenamiento cultural y deportivo, su verdadera pasión. Incluso entrenó durante 14 años al equipo de baloncesto que formó en la Universidad de Kansas, aunque sus resultados como entrenador del deporte que había inventado no pasaron de mediocres.

Inquieto por naturaleza, James Naismith no paró de estudiar y de enseñar durante toda su vida, además de involucrarse en numerosos proyectos sociales. Tuvo cinco hijos con Maude -quien se había quedado sorda a causa del tifus-, y pasados los 50 se alistó en la Guardia Nacional, como capellán, siendo enviado con los militares estadounidenses a luchar contra los rebeldes de Pancho Villa. Durante la Primera Guerra Mundial, fue enviado a Europa con el encargo de organizar pasatiempos para los militares estadounidenses en el frente y de darles conferencias sobre los riesgos del sexo promiscuo. Al finalizar el conflicto bélico regresó a su hogar en Lawrence (Kansas) donde continuó con su trabajo y con su vida, no sin ciertas dificultades económicas.

En 1935, mientras Estados Unidos se recuperaba de la Gran Depresión, un septuagenario Naismith recibió desde el viejo continente una buena noticia: el baloncesto iba a ser deporte olímpico en los Juegos de Berlín. Sin embargo, la alegría no fue completa: no podría asistir debido a sus escasos recursos económicos. Al enterarse Phog Allen, el entrenador que le sucedió en Kansas, puso en marcha una campaña para recaudar fondos para pagarle el viaje a Berlín. Bajo el nombre de "Las Noches de Naismith", se recaudaba un céntimo de dólar de cada entrada de los campeonatos universitarios de aquel año. En julio de 1936, profundamente emocionado, James Naismith realizaba en la capital germana el saque de honor del primer partido olímpico de la historia del baloncesto. Aquel juego que inventara 44 años antes para que sus alumnos pudiesen ejercitarse en los fríos días de invierno, era ya uno de los deportes más practicados y seguidos en todo el mundo. Con esa satisfacción moriría, de un derrame cerebral, tres años después. Su obra, sin embargo, será siempre eterna.

P.D: Los dos folios con las 13 reglas originales del baloncesto que mecanografió James Naismith el 21 de diciembre de 1891 se conservan todavía, y fueron vendidas en subasta recientemente (diciembre de 2010), por 4,3 millones de dólares.



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