lunes, 24 de mayo de 2010

El dios de los pies descalzos

La imagen de sus pies desnudos, golpeando una y otra vez el asfalto de la capital italiana, reposa para la eternidad en el archivo de los momentos inolvidables de la historia del deporte. El etíope Abebe Bikila saltó a la fama en los Juegos Olímpicos de Roma 1960 al vencer en la prueba de maratón… corriendo descalzo. En este artículo repasamos la historia -gloriosa y dramática a partes iguales- del considerado por muchos mejor maratoniano de todos los tiempos.


La prueba del maratón cerraba el programa atlético de los Juegos Olímpicos de Roma 1960. Se había programado de noche para evitar las altas temperaturas del tórrido verano romano. En la línea de salida los favoritos eran el ruso Popov y el marroquí Rhadi Ben Abdeselem, mientras que la gran sensación era un desconocido atleta etíope, de nombre Abebe Bikila, que se presentó en la línea de salida con los pies desnudos ante la extrañeza general. En su país había corrido un par de maratones con buenos resultados, pero el resto del mundo apenas tenía noticias de él.

La carrera pasaba por todos los lugares emblemáticos de la capital italiana y miles de antorchas, encendidas en la oscuridad de la noche, le otorgaban un ambiente mágico. Hasta el kilómetro 30 domina la prueba el marroquí, quien mandaba en un reducido grupo de atletas. De repente, Bikila se coloca al frente del grupo imprimiendo un ritmo fuerte que sólo Rhadi pudo seguir. En los últimos kilómetros forzó aún más la marcha dejando atrás a su rival, para entrar triunfante por el Arco de Constantino, al pie del Coliseo, en un tiempo de 2h15:16, que suponía un nuevo récord mundial y rebajaba en ocho minutos el antiguo récord olímpico de Emil Zatopek.

Mucho se ha hablado sobre el motivo que llevó a Bikila a disputar descalzo aquella carrera. La realidad es que no se encontraba cómodo con ninguna de las zapatillas que le había suministrado el patrocinador del equipo, por lo que decidió correr descalzo, algo que hacía en ocasiones en sus entrenamientos. “Quería que el mundo supiera que mi país ha ganado siempre con determinación y heroísmo”, declararía después, añadiendo más épica al asunto.

La imagen de sus pies desnudos, golpeando una y otra vez el asfalto de la capital italiana, reposa en el archivo de los momentos inolvidables de la historia del atletismo. Su triunfo –por sorprendente y por la forma como se produjo- supuso todo un acontecimiento. Nunca antes un deportista africano se había proclamado campeón olímpico… nunca antes un desconocido había irrumpido con semejante fuerza en el panorama del atletismo… nunca antes nadie se había atrevido a correr descalzo una prueba de semejante envergadura. De repente, Bikila pasó a ser un héroe en su país, el orgullo de la África negra y toda una figura del deporte mundial.

Su victoria estuvo además cargada de un simbolismo que trascendía lo puramente deportivo. Quiso la casualidad, o el destino, que la línea de meta de aquella carrera estuviera situada justo debajo del Arco de Constantino, desde el cual habían partido 25 años antes las tropas de Mussolini para conquistar Etiopía en la Segunda Guerra Ítalo Abisinia. Y también quiso la casualidad, o quizá fuera el destino, que su ataque que rompió definitivamente la carrera se produjera al paso por el Obelisco de Axum, monumento etíope expoliado por las tropas italianas en aquella guerra.



Del ejército a la élite
Nacido el 7 de agosto de 1932 en Jato (localidad situada al sur de Etiopía), en el seno de una humilde familia campesina, Abebe Bikila dedicó su infancia y adolescencia a estudiar y ayudar a su padre, que era pastor, en las labores del campo. No empezó a correr en serio hasta que con 17 años se alistó en el ejercito etíope, ingresando poco después en el Cuerpo de la Guardia Imperial del Palacio Real de Addis Abeba. En el ejército empezó a destacar como atleta y allí conocería a una persona que resultó fundamental en su vida, el entrenador sueco Onni Niskanen (contratado por el gobierno de Etiopía para entrenar a sus atletas), quien supo ver y pulir el diamante en bruto que tenía entre sus manos convirtiéndole en el mejor maratoniano del momento.

El enjuto atleta (1,76 m, 57 kg) se dio a conocer en su país en 1956, con 24 años, cuando participó en los campeonatos nacionales de las Fuerzas Armadas, donde logró derrotar en los 5.000 metros al por entonces gran héroe nacional, Wame Biratu, dominador de todas las distancias del fondo etíope. Durante años ambos atletas mantendrían una sana rivalidad (eran grandes amigos), que casi siempre se decantaba del lado del veterano Biratu. Con una sola plaza en juego, Bikila derrotó a su amigo en la carrera que decidía quien correría el maratón en los Juegos Olímpicos de Roma. Cuenta la leyenda que ambos atletas pactaron la victoria de Abebe, ya que Biratu tenía plaza asegurada en los 10.000 metros. Sea como fuere, Bikila –todo un desconocido fuera de su país- se plantó en Roma, donde su coraje y fortaleza le consagraron a los más alto.

Aquella victoria le valió su ascenso a sargento en el ejército etíope y un anillo de diamantes. Sin embargo, en un país revuelto dominado por el absolutista Negus Haile Selassie, el último emperador etíope, se vio envuelto en un turbio asunto que a punto estuvo de costarle la vida. Como integrante de la Guardia Imperial, fue involucrado en un fallido intento de golpe de Estado en el que no tuvo parte activa. Junto con los otros conjurados, fue condenado a morir ahorcado, aunque el emperador le amnistío (era un héroe nacional) y reincorporó a filas, suerte que no corrieron el resto de los implicados.



Gloria y drama
Regresa a la alta competición en los Juegos de Tokio´1964 donde se consagraría definitivamente como una estrella olímpica. Bikila había seguido una preparación exhaustiva y minuciosa, pero la mala suerte se cruzó en su camino y a falta de cinco semanas para la prueba tuvo que ser operado de apendicitis. Así, sin apenas entrenamiento tras la convalecencia, se presentó en Tokio donde, esta vez calzando ya unas zapatillas, volvía a ganar el maratón olímpico con un tiempo espectacular (2h12:11), que rebajaba en más de tres minutos su propio récord mundial y que suponía correr a 19,152 km/h. De nuevo, y no sería la última vez en su vida, el dramatismo y la gesta caminaban de la mano en su trayectoria. Bikila se convertía así en el primer atleta en ganar dos medallas de oro en dicha prueba, hazaña sólo igualada después por el alemán Waldemar Cierpinski.

Todavía tomó parte en unos terceros Juegos Olímpicos (México´1968) pero, lejos ya de su mejor forma y con dolores en su pierna derecha, se tuvo que retirar en el kilómetro 17. Fue la última gran competición en la que participó antes de que la tragedia se cruzara en su camino. Un año después, sufría un grave accidente de coche cerca de Addis Abeba que le dejó paralizadas las extremidades inferiores, y que le condenó a vivir para siempre en una silla de ruedas. Aquel accidente ponía punto final a una trayectoria atlética impecable, que se tradujo en 15 maratones disputados, de los cuales acabó 13, ganando 12 de ellos.

El 25 de octubre de 1973, con 41 años de edad, una hemorragia cerebral acabó con la vida del “dios de los pies descalzos”, el precursor de los grandes campeones etíopes de la actualidad (Gebresselassie, Bekele, Dibaba, Tulu, Yifter…) Su recuerdo quedará imborrable en la memoria de todos los aficionados al atletismo y de sus conciudadanos, que en su honor pusieron su nombre al estadio nacional de Addis Abeba.


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jueves, 29 de abril de 2010

La lista de Gino

Dos Tours de Francia, tres Giros de Italia, más de un centenar de victorias, decenas de montañas conquistadas a golpe de pedal… Gino Bartali (1914-2000) fue uno de los más grandes ciclistas del siglo XX. Pero la biografía del bravo corredor toscano dio un vuelco radical tres años después de muerto, al salir a la luz su faceta más heroica. Era un ídolo nacional, un mito, y aprovechó esa fama en la Italia fascista de principios de los 40 para salvar la vida de cientos de judíos.


Gino el piadoso, Gino el hombre de hierro, Gino el fraile volador… Son sólo algunos de los apodos con que se conocía al ciclista toscano, profundamente religioso y de una descomunal fortaleza física y mental. Ganó el Giro de Italia en 1936, 1937 y 1946; en 1938 se impuso, aún estando enfermo, en el Tour de Francia, carrera que ganó de nuevo en 1948, cuando ya era conocido como Gino el abuelo. Nunca se conformaba con ser segundo y no había puerto de montaña que se le resistiera. El parón de más de un lustro en todas las competiciones deportivas por la Segunda Guerra Mundial impidió que su palmarés fuera mucho más amplio. Pese a ello, cerró sus 19 años de profesional con 124 victorias en todo tipo de carreras.

Pero el gran Gino, San Gino, escondía un secreto, secreto con el que se fue a la tumba el 5 de mayo de 2000 y que fue descubierto tres años después de manera casual, como se descubren las cosas importantes de la vida. Quiso el destino que en ese año 2003 Piero y Simona, los hijos de Giorgi Nissin, un contable hebreo de Pisa, encontraran el diario de su padre en el que narraba, con todo lujo de datos y detalles, el riguroso plan de salvación de judíos que ideó y dirigió en la Italia fascista de principios de los 40, en una especie de versión italiana de La lista de Schindler. Y en aquel diario aparecía de manera inequívoca el nombre de Gino Bartali, quien jugó un papel fundamental en toda esta historia.

¿Quién mejor que un ciclista de su fama, todo un mito nacional, un campeón orgullo de su país, para convertirse en el portador de documentos comprometedores y pasaportes falsos? Bartali, quien se había introducido en la red clandestina de Nissim, de profundas raíces católicas, recorría las carreteras de media Italia realizando sus entrenamientos a la vez que llevaba escondidos en su bicicleta, ocultos bajo el asiento o en el interior de los tubos de su Legnano roja y verde, tan sensibles documentos, gracias a los cuales cientos de judíos italianos perseguidos (se calcula que unos 800) pudieron “cambiar de identidad” y librar la muerte.


Pedaladas solidarias
En estas largas travesías en bicicleta que -mitad entrenamiento, mitad misión humanitaria- realizó entre 1942 y 1944, el campeón italiano llevaba su nombre visiblemente escrito en el maillot para que los oficiales fascistas no tuvieran la tentación de registrarle o arrestarle. Fue detenido en varias ocasiones en los puestos de control rutinarios, pero casi siempre lograba convencerles de que no había nada de extraño en pasearse en bicicleta por aquellas carreteras en plena Guerra Mundial. “Tengo que entrenarme para mantener la forma y poder defender a mi país en las competiciones futuras”, les decía. En un principio, su popularidad le otorgó un alto grado de indulgencia, y con frecuencia la conversación derivaba amigablemente hacia cuestiones ciclistas.

En una ocasión, sin embargo, fue conducido a Villa Trieste, como se conocía al acuartelamiento fascista de Florencia, donde acostumbraban a realizarse duros interrogatorios y torturas. Su actitud en esas largas cabalgadas sobre la bicicleta y su conocida cercanía a ciertos grupos católicos habían despertado las sospechas de los camisas negras. “Nadie puede impedirme montar en bicicleta”, les dijo Bartali, quien prosiguió algunos meses más con su labor de correo clandestino. Siempre dijo sentirse obligado a cumplir con el precepto cristiano de ayudar al prójimo, aunque tuviera que arriesgar su vida en el empeño.

La red clandestina y salvadora de Giorgio Nissim funcionaba gracias a la cooperación del arzobispo de Génova, de diversas órdenes de religiosos y monjas, y de la Acción Católica, entre cuyos miembros más comprometidos se encontraba, desde 1935, el campeón italiano. La salvación de estos cientos de judíos perseguidos se produjo por la solidaridad de empresarios, religiosos y miembros de la resistencia, pero no hubiese sido posible sin la labor de postino, sin las pedaladas solidarias, del gran Gino, San Gino.




Bartali el piadoso
Nacido el 18 de julio de 1914 en Ponte a Ema, localidad cercana a Florencia, el joven Gino llegó al mundo del ciclismo de forma casual. Mientras estudiaba el Bachillerato, su padre le convenció para que trabajase después de las clases en las oficinas de un vecino, Óscar Casamonti, dueño de un comercio de bicicletas. Como pago por su trabajo le regaló una bicicleta y le convenció para que empezara a participar en pruebas ciclistas, en las que pronto destacó gracias a sus extraordinarias condiciones físicas.

Educado de manera muy religiosa, siempre se comportó con una admirable bondad, que ejercía de forma discreta. Así, defendió a Giovanni Valetti, campeón del Giro en 1938 y 1939 y declarado comunista, de una agresión por parte de fascistas, e incluso ayudó a sacarlo de la cárcel, donde fue enviado por sus ideas. Siempre dormía con una imagen de la Virgen en la cabecera de su cama y construyó una capilla en su honor. Educado, amable y solícito con todos, en una ocasión contestó así a un periodista que le preguntaba el porqué de su comportamiento: “Así se acordarán de mí y, cuando esté solo en mi tumba, con todo el tiempo para descansar, vendrán a darme conversación para que no me aburra”.

Bartali aprovechaba cualquier ocasión para dejar constancia de su fe. En 1937, con sólo 23 años, debutó en el Tour de Francia después de haber conquistado ya dos Giros de Italia. Tras una espectacular victoria en Grenoble, con exhibición incluida en la subida al Galibier, se enfundó el maillot de líder. Pero al día siguiente, en una dura etapa de montaña, se cae por un barranco y acaba en un río, llegando a la meta con más de 15 minutos de retraso. Esa caída le obligaría a abandonar, pero lejos de mostrarse contrariado por el accidente, da gracias a Dios: “Estaba conmigo. Sin él, mi caída pudo haber sido más grave”.


Coppi-Bartali: un duelo de leyenda
En 1940 irrumpe con fuerza en el panorama ciclista mundial un joven Fausto Coppi, quien gana su primer Giro corriendo en el mismo equipo que el consagrado Bartali. Entonces se inicia una rivalidad única que divide a la afición italiana. El veterano contra el joven; el ciclista inteligente y calculador contra toda una furia desatada sobre la bicicleta; el devoto de Dios votante de la Democracia Cristiana contra el ateo e izquierdista; el hombre tranquilo de vida intachable contra el irreverente de vida disoluta, según los cánones de la conservadora sociedad italiana de entonces. En definitiva, Gino contra Fausto, Bartali contra Coppi, un duelo de antagonistas sin igual en la historia del deporte. Ambos compitieron durante una década por las mismas carreras, las mejores del mundo; protagonizaron duelos épicos en las más empinadas montañas; fueron rivales encarnizados en la carretera y, sin embargo, amigos fuera de ella.

Bartali siguió compitiendo hasta finales de 1953. En esa temporada, con 39 años, aún fue capaz de ganar por quinta vez la Vuelta a la Toscana y la Vuelta a Reggio-Emilia. Pero el 15 de noviembre de ese año, en un trayecto entre Milán y Como, estuvo a punto de perder la vida al ser arrollado por un coche mientras montaba en bicicleta. El accidente le produjo graves heridas en una rodilla y supuso su adiós al ciclismo profesional. Se retiró con la única amargura de no haber ganado nunca un Campeonato del Mundo.

Falleció el 5 de mayo de 2000 en su domicilio de Ponte a Ema, a consecuencia de un infarto. Gino el piadoso, Gino el hombre de hierro, Gino el fraile volador, San Gino, el hombre que salvó la vida a golpe de pedal a cientos de judíos, quiso ser enterrado, no con el maillot amarillo del Tour ni con la maglia rosa del Giro, sino con el mantello de terciario carmelitano. Esa fue su mejor carrera; ese fue su mejor triunfo.


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lunes, 12 de abril de 2010

El crimen de Moacyr Barbosa

“En Brasil, la mayor pena que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y sigo encarcelado; la gente todavía dice que soy el culpable”. Moacyr Barbosa, el buen portero carioca, quedó marcado por los siglos de los siglos por aquel partido, conocido como el Maracanazo, una sorpresa mayúscula, uno de los mayores shocks colectivos que recuerda el mundo del fútbol. Su historia muestra, como pocas, la grandeza y miseria de este deporte, en el que la pasión y la locura conviven peligrosamente.


200.000 palomas esperaban ser lanzadas al aire para celebrar el triunfo, y se habían encargado cientos de miles de globos, pañuelos, corbatas y otros muchos souvenirs con la inscripción “Campeaos do mundo” y los nombres de los jugadores cariocas. El 16 de julio de 1950 todo estaba preparado para la gran fiesta; aquel día se disputaba el último partido de un torneo que debía coronar a Brasil, el gran favorito, el único favorito, como campeón de la Copa del Mundo.

Jugaban en casa, en el colosal Maracaná, el mayor estadio del mundo, repleto de 203.000 hinchas, tenían el mejor equipo –con una delantera letal que aunaba técnica y pegada, formada por Zizinho, Chico, Jair y el máximo goleador del campeonato, Ademir-, habían desarrollado un fútbol de ensueño en los encuentros previos… y además les bastaba con un empate ante Uruguay. Y es que este partido no era propiamente la final, sino el último y decisivo de una liguilla de cuatro equipos, en la que Brasil ya había cosechado dos contundentes victorias (7-1 ante Suecia y 6-1 ante la España de Zarra, Gainza, Molowny y Ramallets), por una apurada victoria (3-2 ante los suecos) y un empate (2-2 ante los nuestros) de los charrúas.

Antes del partido, el ambiente era de contenida euforia; nadie en su sano juicio osaba dudar del éxito brasileño. ¿Cómo podían hacer otra cosa que no fuese ganar? Tenían de su lado la fuerza de la razón, la fuerza de la pasión, y el apoyo de todo un país volcado con su equipo. El inflamado discurso del Gobernador del Estado de Río, minutos antes del partido, no deja lugar a dudas sobre el estado de ánimo que se vivía entonces: “Vosotros brasileños, a los que considero vencedores del torneo… vosotros jugadores, que en unas horas seréis aclamados como campeones por millones de compatriotas… vosotros que sois tan superiores a cualquier otro competidor… vosotros a quienes ya saludo como conquistadores”.


Maracaná enmudece
Brasil domina con suficiencia el primer tiempo (Jair estrella un balón en el poste, y el portero uruguayo, Máspoli, realiza numerosas paradas de mérito) y se adelanta en el marcador por medio de Friaça nada más iniciarse el segundo (minuto 47). Todo parece decidido, pero los sorprendentes goles del fino interior zurdo Pepe Schiaffino (minuto 65) y de Alcide Ghiggia (minuto 83) cambian el curso de la historia. “Sólo tres personas han conseguido silenciar Maracaná: El Papa, Frank Sinatra y yo”, dijo décadas después el bigotudo y rapidísimo extremo uruguayo.

El final del partido se vivió como un funeral colectivo. Jules Rimet, presidente de la FIFA, tuvo que entregar la Copa al capitán uruguayo, Obdulio Varela, a escondidas. No hubo himno nacional en homenaje al país ganador, no hubo discursos ni guardia de honor… El país quedó instalado en un impresionante estado de shock, depresión y vergüenza; 50 millones de brasileños lloraron la derrota, hubo infartos e incluso algún suicidio. "En todas partes tienen su irremediable catástrofe nacional, algo así como un Hiroshima. Nuestra catástrofe, nuestro Hiroshima, fue la derrota ante Uruguay en 1950", diría años después el escritor brasileño Nelson Rodrigues. Pronto, algunos hinchas empezaron a apuntar su rabia contra los miembros del equipo nacional. El entrenador, Flavio Costa, tuvo que abandonar Maracaná 24 horas más tarde disfrazado de mujer. Pero el principal culpable tenía nombre propio: Moacyr Barbosa.

Las 200.000 palomas que estaban preparadas no surcaron el aire en libertad –al menos aquel día- y cientos de miles de souvenirs acabaron en la basura, como a la basura se fue la vida de nuestro protagonista, maldito a partir de entonces, estigmatizado para siempre por aquella derrota. Su crimen: dudar si atajar o despejar en la jugada del segundo gol uruguayo. Así relataría el propio Barbosa, años después, la jugada por la que fue condenado de por vida: “Fue un disparo disfrazado de centro. Creía que Ghiggia iba a centrar, como en el primer gol. Tuve que volver. El balón subió y bajó. Llegué a tocarla, creía que la había desviado a córner. Cuando escuché el silencio del estadio, me armé de coraje y miré para atrás. Ahí estaba la pelota”.


El hombre que hizo llorar a todo Brasil
Nacido el 27 de marzo de 1927 en Campinas de Sao Paulo, Moacyr Barbosa comenzó su carrera profesional con apenas 15 años en las filas del Ypiranga de Sao Paulo. En 1945, considerado ya una gran promesa, fue contratado por el poderoso Vasco de Gama, conjunto que le catapulta a la portería de la selección carioca tan sólo un año después. Seguro, elástico y dotado de un excelente sentido de la colocación, pronto se consolida como el mejor portero brasileño del momento, e incluso se habla de él como de uno de los mejores cancerberos de la historia del fútbol de su país. Con Vasco de Gama conquista el Campeonato carioca en 1945, 47, 49 y 50, y su actuación resulta providencial (detiene un penalti al delantero de River Plate, Labruna) para hacerse también con la Copa Sudamericana de clubes en 1948. Sin embargo, aquella actuación –o mejor dicho, aquella desafortunada jugada- marcó para siempre su vida y su carrera deportiva.

Señalado perpetuamente, despreciado, las puertas de la selección brasileña se le cerraron definitivamente aquel día. Cualquier otro se hubiese hundido en la más absoluta de las miserias pero Barbosa, dotado de una gran personalidad, se empeñó en seguir demostrando que era uno de los mejores porteros de la época. Continuó jugando a buen nivel en Vasco de Gama hasta que en 1953, en un encuentro contra Botafogo, recibió una violenta entrada del delantero rival Zezinho. El resultado: fractura de la tibia y el peroné, y seis meses sin poder pisar un campo de juego. Fue el principio del fin de su carrera al más alto nivel.

Todavía jugaría algunos años más en otros equipos menores como Santa Cruz de Recife, Bonsucesso y Campo Grande, conjunto en el que se retiraría tras más de quince años de profesional. Paradojas del destino, una vez retirado de la práctica del fútbol trabajó como empleado de mantenimiento en el estadio de Maracaná, el mismo en el que vivió su caída a los infiernos. Años después, cuando decidieron cambiar las ya vetustas porterías, Barbosa pidió quedarse con aquella en la que encajó el fatídico gol. Quemó las maderas, pero no pudo hacer desaparecer con la misma facilidad el desprecio de la gente. “Fue una tarde de los años 80, en un mercado. Me llamó la atención una señora que me señalaba con el dedo, mientras le decía en voz alta a su chiquito: “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil” –recordaría años después-. Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba aquel gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.

En los últimos años de su vida, aún habría de vivir otro episodio de rechazo y humillación pública. En 1993 la selección brasileña se encontraba concentrada en vísperas de un partido de clasificación para el Mundial de Estados Unidos. Mario Zagallo, entonces ayudante de Carlos Alberto Parreira, le impidió entrar en la concentración para que saludara a los jugadores por miedo a que gafara al equipo. “Fue un gran portero, debería ser recordado por sus grandes momentos con la selección, no por aquella final”, comentó el cancerbero brasileño Dida durante el Mundial de Alemania 2006. "Barbosa no falló. Tiré casi sin ángulo y él pensó que iba a dar el pase atrás, como hice en el primer gol con Schiaffino. Por eso dejó un espacio", recordaba en 2006 un anciano Ghiggia. Moacyr Barbosa, el ágil y seguro portero carioca, el hombre marcado de por vida por un crimen que no cometió, falleció en Sao Paulo el 7 de abril de 2000 a la edad de 73 años.


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martes, 30 de marzo de 2010

Roger Bannister: la milla milagro

El 6 de mayo de 1954 caía una de las barreras más míticas del atletismo: los cuatro minutos en la milla (1.609 metros), la prueba clásica del medio fondo. El protagonista de la hazaña fue un joven estudiante de medicina, Roger Bannister.


El día resultó ser ventoso, lo que no era precisamente una buena noticia para Bannister, quien horas después tenía una cita con la historia en el viejo estadio Iffley Road de Oxford. Como era costumbre, pasó la mañana haciendo sus prácticas en el hospital de Saint Mary; después, cogió el tren desde Londres hasta Oxford para disputar un encuentro atlético en el que participarían una amplia nómina de atletas británicos (Chris Chataway, Chris Brasher, Alan Gordon, George Dole..). Viajó sólo, en segunda clase, algo impensable hoy en día para una estrella del deporte.

Bannister iba a atacar una de las grandes fronteras del atletismo (“el muro”, lo llamaban algunos): los cuatro minutos en la milla, la prueba por excelencia del medio fondo. Hoy en día puede parecer un objetivo menor a la vista de los 3:43.13 que tiene El Guerrouj como mejor marca mundial, pero entonces era un reto enorme que mantuvo durante años a los mejores atletas y entrenadores en busca de la forma de conseguirlo. “La milla en cuatro minutos se había convertido en una especie de Everest. Era un desafío al espíritu humano, un obstáculo que parecía mofarse de todos cuantos intentaban vencerlo, un llamamiento punzante contra el que el hombre luchaba en vano”, escribiría años después el propio Bannister en su autobiografía First Four Minutes (Los primeros cuatro minutos).

No extraña, por tanto, la enorme expectación generada cuando se supo que el mejor mediofondista británico iba a intentar semejante gesta. Bajo la supervisión del preparador austriaco Franz Stampfl, llevaba meses entrenándose para rebajar esta marca. Bannister entrenaba solo, cinco días a la semana y apenas una hora diaria, para no perjudicar sus estudios. Con vistas a este reto, y para rentabilizar al máximo su escaso tiempo, buscaba la calidad del entrenamiento –haciendo continuas series- antes que la cantidad.

En Oxford almuerza con un matrimonio amigo y las hijas de éstos. Llueve y el viento sopla con fuerza, lo que sin duda complicaría todavía más su desafío... pero estaba decidido a intentarlo. Sabía que tenía el récord en sus piernas y que no tendría muchas más oportunidades porque ya había tomado la decisión de abandonar la práctica del atletismo a finales de año para realizar el doctorado en Neurología. Sabía además que el australiano John Landy estaba logrando marcas cada vez más cercanas a los 4 minutos, y que con la progresión que llevaba pronto podría superar la mítica barrera. “Así que ahora o nunca”, debió pensar Bannister.



Cae el muro
En una época muy alejada del actual profesionalismo, la pista elegida también distaba mucho de los escenarios sobre los que se logran hoy en día las grandes marcas. La pista de Iffley Road era de ceniza y apenas una modesta tribuna de madera se levantaba junto a la recta principal. Pero la expectación era tan grande que unos 3.000 espectadores se agolparon alrededor de la misma para presenciar la prueba, que fue retransmitida por la cadena de radio de la BBC, con el antiguo campeón olímpico de los 100 metros Harold Abrahams como comentarista. Apenas media hora antes del inicio de la carrera la velocidad del viento descendía hasta los dos metros por segundo, y dejaba de llover.

Todos los participantes en esa carrera llevaron dorsales de dos cifras que empezaban por 4 (en alusión a los cuatro minutos que se pretendían rebajar); Bannister llevaba el 41. Para ayudarle a conseguir su objetivo contaría con la colaboración de Brasher y Chataway, quienes le harían de liebres. Los dos atletas londinenses llevaron la carrera a un ritmo vivo, pero Bannister parecía inquieto, deseoso aún de una mayor rapidez. A falta de 400 metros para el final el tiempo era bueno (3:00.07) pero no lo suficiente para lograr la marca deseada. Tendría que cubrir la última vuelta en menos de un minuto. Fueron 400 metros agónicos, en dura lucha contra el viento y la fatiga, que se reflejaba en su rostro crispado, la boca abierta, los ojos cerrados... En la tribuna y alrededores del viejo estadio el público animaba con entusiasmo. Cuando Bannister rompió la cinta de llegada el crono marcó… ¡3:59.4!, lo que suponía rebajar en dos segundos el anterior récord mundial (4:01.4), en poder del sueco Gunder Hägg desde 1945. La noticia llegó incluso a paralizar la actividad del parlamento inglés.

El joven estudiante de medicina había conseguido derrotar al “muro”; había logrado lo que durante medio siglo se le había resistido a los grandes especialistas del medio fondo. Por eso, algunos bautizaron aquella carrera como "la milla milagro" (miracle mile). Resulta curioso, sin embargo, que uno de los récords más famosos de la historia del atletismo fuera, a su vez, uno de los más efímeros. El 21 de junio, sólo 46 días después, el australiano John Landy le arrebataba la plusmarca, al correr la distancia en Turku (Finlandia) en 3:58.0.

Pero eso poco importaba ya. En 1953 Edmund Hillary conquistaba por primera vez la cima del Everest. Después, otros muchos alpinistas seguirían sus pasos, pero la gesta de Hillary continuará imborrable por los siglos de los siglos... Él fue el primero en conseguirlo. De igual manera, aquel 6 de mayo de 1954 Bannister conquistaba su particular Everest y –pese a lo efímero de su récord- nunca ya nadie le quitará su lugar privilegiado en el recuerdo de los aficionados al atletismo. Aquel día, en definitiva, conquistó la eternidad.





Una carrera fugaz

Roger Gilbert Bannister nació el 23 de marzo de 1929 en Harrow (Londres). Hijo de una familia adinerada, se educó en algunas de las mejores escuelas de Inglaterra. Cursó estudios de medicina en la Universidad de Oxford, estudios que compaginaba con el atletismo, deporte que practicaba desde su juventud y en el que pronto empezó a destacar. Desde sus inicios Bannister -alto (1,87 metros), flaco (70 kilos), rubio, de rostro afilado, pómulos muy marcados y exquisitos modales- se especializó en las pruebas de medio fondo. En 1950, con sólo 21 años, logró la medalla de bronce en los 800 metros de los Campeonatos de Europa de Bruselas, y dos años después participó en los Juegos Olímpicos de Helsinki, donde rozó la medalla en los 1.500 metros (finalizó 4º con un tiempo de 3:46.0). Pero no fue hasta el ya rememorado 6 de mayo de 1954 cuando alcanzó la gloria. Al récord de Bannister le siguió, un mes y medio después, el del australiano John Landy. Eran los dos mejores atletas del medio fondo mundial, y la expectación era máxima por ver un enfrentamiento entre ambos. El duelo no tardó mucho en llegar; el 7 de agosto de ese mismo año, en Vancouver, competían juntos por primera vez en su vida, con motivo de los Juegos de la Commonwealth. Bannister impuso su poderosos final para acabar ganando con un tiempo de 3:58.8, por los 3:59.6 de Landy.

Esta carrera fue un gran acontecimiento seguido ampliamente por los medios de comunicación de todo el mundo, y los británicos lo celebraron con orgullo como un gran éxito nacional. Pocas semanas después, conquistaba la medalla de oro de los 1.500 metros en los Campeonatos de Europa disputados en Berna con 3:43.8. Pero la vida deportiva de Bannister fue incomprensiblemente corta. A finales de 1954, con tan sólo 25 años de edad, decide retirarse del atletismo para centrarse en la medicina, actividad en la que llegaría a ser un prestigioso neurólogo. Una vez retirado recibió numerosos honores: fue el primero en ser elegido “deportista del año” por la revista americana Sports Illustrated (en 1954); fue el primer Presidente del Consejo Inglés de Deportes; la reina de Inglaterra le nombró Sir (caballero) en 1975 por sus hazañas deportivas... La pronta retirada, en la cúspide de su carrera, agrandó la fascinación hacia su figura. De hecho, su historia ha sido llevada en dos ocasiones a la pequeña pantalla: en una miniserie de 1988 titulada The Four Minutes Mile, protagonizada por Michael York, y en el telefilm producido en 2005 Four Minutes, con Jamie Machlachlan dando vida a Roger Bannister y Christopher Plummer como su entrenador.

Desde que Bannister rompiera la barrera de los cuatro minutos, otros trece atletas han poseído el récord de la milla: John Landy, Derek Ibbotson, Herb Elliot, Meter Snell, Michel Jazy, Jim Ryun, Filbert Bayi, John Walter, Sebastián Coe, Steve Ovett, Steve Cram, Nourredine Morcelli e Hicham El Guerrouj. De todos ellos, sólo tres han impresionado a Sir Roger: el australiano Elliot, el norteamericano Ryun y el marroquí El Guerruj. "Elliott tenía un gran margen de superioridad sobre sus contemporáneos, a diferencia de otras épocas; El Guerruj tiene ahora el récord y es extraordinariamente bueno, especialmente construido para esta prueba; Ryun corrió en 3:52 sobre las pistas antiguas y se puede asegurar que valía 3:48, una marca que en la actualidad equivaldría a 3:43 ó 3:44", explicaba en 2004, con motivo del 50 aniversario de su gesta: la milla milagro.


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