lunes, 26 de agosto de 2013

La masacre de Munich

Aquellas horas de septiembre de 1972 marcaron para siempre los Juegos de Munich y la historia del olimpismo. El secuestro y posterior asesinato de once deportistas israelíes a manos de un comando de terroristas palestinos ha sido uno de los episodios más terribles que haya vivido jamás el mundo del deporte. Lo que sigue es el relato de unos hechos que conmocionaron al mundo y que propiciaron una espiral de violencia y dolor que duró años.


La decisión se había tomado en la primavera de 1966: Munich organizaría los Juegos Olímpicos de verano de 1972 tras derrotar con claridad en la votación final a Detroit, Montreal y Madrid. 36 años después de que Berlín fuera sede de unos Juegos instrumentalizados por el régimen nazi, el movimiento olímpico volvía a Alemania. El sábado 26 de agosto tuvo lugar la ceremonia de inauguración en el espectacular estadio olímpico -cubierto en sus dos terceras partes por una cúpula transparente de entramado metálico-, uno de los grandes atractivos de aquellos Juegos y el máximo exponente de la capacidad organizativa de los alemanes. Aquella edición de 1972 iba a batir el récord de participación olímpica: 7.134 deportistas –de ellos, 1.059 mujeres- representando a 121 países.

Los primeros días de competición transcurrieron con normalidad y sin sobresaltos extradeportivos. Fueron días marcados por el vibrante triunfo del finlandés Lasse Viren en los 10.000 metros de atletismo (ganó y batió el récord del mundo, pese a haber quedado descolgado a mitad de carrera por una caída), pero sobre todo por la impresionante exhibición de Mark Spitz, quien conquistaría siete medallas de oro. Precisamente, al día siguiente de que el nadador norteamericano lograra su séptima y última presea, sucedieron los hechos que conmocionaron al mundo entero.

La noche del 4 de septiembre los deportistas israelíes habían disfrutado de una salida por Munich. Fueron al teatro y a dar un paseo por la ciudad antes de regresar a la Villa Olímpica. Unas horas después, hacia las 4:30 de la madrugada, mientras todo el equipo israelita dormía, ocho miembros de la organización terrorista palestina Septiembre negro escalan la verja que rodea la Villa Olímpica. Iban vestidos con chándal -simulando ser deportistas-, y llevaban bolsas de deporte en las que escondieron pistolas y granadas. Luego se supo que, casualidades del destino, fueron ayudados a saltar la verja por componentes del equipo estadounidense, quienes pensaban que eran otros deportistas que, al igual que ellos, querían acceder furtivamente a sus apartamentos tras una noche de juerga.



Asalto a la Villa Olímpica

Inmediatamente se dirigieron hacia el pabellón 31 donde se alojaban -en dos habitaciones del segundo piso- los deportistas y entrenadores de Israel. El primero en percatarse de que algo extraño ocurría fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha libre, quien oyó un ruido tras la puerta de una de las habitaciones. Al observar que alguien armado la abría ligeramente se abalanzó sobre la misma, dando un grito de alerta, mientras intentaba cerrarla forcejeando con los terroristas. Su valerosa acción permitió que nueve de sus compañeros tuvieran tiempo de despertarse y escapar por las ventanas. Gracias a él salvaron la vida. Weinberg murió acribillado, como también murió el halterófilo Yossef Romano, quien plantó cara a uno de los terroristas con un cuchillo de cocina. Los otros nueve integrantes de la delegación israelí fueron tomados como rehenes. Todo ocurrió en unos pocos minutos de locura.

A las cinco de la mañana del día 5 la policía alemana ya estaba apostada en las afueras del edificio de la Villa Olímpica y recibía de primera mano las demandas de los secuestradores, quienes exigían la liberación de 234 palestinos presos en cárceles de Israel así como un avión que les trasladara a algún lugar seguro de Oriente Próximo. Además, impusieron un plazo: si en tres horas no se satisfacían sus demandas, ejecutarían a los rehenes. La respuesta del gobierno de Israel fue inmediata y contundente: no habría negociación.

Poco después se sabría que los ocho secuestradores eran fedayines palestinos de los campos de refugiados del Libano, Siria y Jordania. El jefe del comando era Luttif Afif, destacado miembro de la organización Septiembre Negro, dos de cuyos hermanos, pertenecientes también a este grupo terrorista, se encontraban en prisiones israelíes. Amanecía en Munich y el mundo entero se encontraba ya conmocionado por la noticia del secuestro de estos deportistas. Rápidamente se formó un gabinete de crisis en el gobierno alemán, bajo la dirección del canciller Willy Brandt y el ministro del Interior Hans-Dietrich Genscher, quienes rechazaron el inmediato ofrecimiento por parte de Israel de enviar un grupo de fuerzas especiales de su país.

Los secuestradores ampliaron, de tres a cinco horas, el plazo para ejecutar a los rehenes. Mientras tanto, se intensificaron las negociaciones con las autoridades germanas, quienes ofrecieron una cantidad ilimitada de dinero a cambio de su libertad. Pero aquellos seguían firmes en sus pretensiones: exigían la liberación de los compatriotas encarcelados en Israel. Tras doce horas de tensión y de continuas negociaciones frustradas, empezaron a darse cuenta de que sus peticiones no iban a ser satisfechas. Entonces pidieron dos aviones para volar con los rehenes hacia El Cairo (Egipto), esperando que allí se escucharan sus demandas. Las autoridades alemanas fingieron aceptar el acuerdo con la intención de tenderles una emboscada en el aeropuerto: allí les esperaría un avión que no podría volar y un grupo de francotiradores camuflados. Pero, después se supo, estos francotiradores fueron elegidos de manera precipitada y sin tener la experiencia que la ocasión requería.



El fallido rescate

A las 22:10 de la noche dos helicópteros transportaban a los terroristas y a sus rehenes a una base aérea próxima a Fürstenfeldbruck. Aterrizaron a las 22:30 en el aeródromo, en penumbra, donde un Boeing 727 de Lufthansa les esperaba en la pista de despegue. Tras más de medio hora de extrema tensión, a las 23:03 horas dos terroristas bajan del helicóptero y caminan hacia el avión llevando como escudos humanos a dos de los rehenes. Al verlo vacío, sin tripulación, comprenden que se trata de una trampa, regresando precipitadamente hacia los helicópteros. Entonces, se encendieron todos los focos del aeropuerto y se dio la orden de abrir fuego contra los secuestradores.

De manera sorprendente, los cinco tiradores carecían de rifles de precisión, así como de sistemas de comunicación para coordinar el fuego. Se inició un caótico intercambio de tiros que acabó con la vida de dos de los terroristas y de un policía situado en la torre de control. El piloto de uno de los dos helicópteros logró escapar, pero no así los rehenes que permanecían en el interior de los aparatos, atados, brazos en alto, al techo. Al quedarse sin munición los tiradores, la situación se calmó durante unos minutos; minutos de tensa espera que terminaron en cuanto la policía alemana logró rearmarse. Entonces se volvió a exigir a los secuestradores la rendición. En ese momento –cerca ya de la medianoche- comprendieron que era el fin… y decidieron morir matando.

Uno de los secuestradores saltó del primer helicóptero lanzando una granada a su interior, donde permanecían cuatro deportistas israelíes y el piloto. Todos murieron en el acto. Otro, en el segundo helicóptero, usó su metralleta para acribillar a los cinco rehenes que estaban con él. En el tiroteo posterior, la policía abatió a tres terroristas palestinos y capturó a los otros tres que sobrevivieron. Era el punto y final a veinte horas de terror que dejaban como balance la muerte de once deportistas y entrenadores israelíes, cinco de los ocho secuestradores, un oficial de la Policía alemana y uno de los pilotos de los helicópteros. La tragedia, seguida en todo el mundo a través de la televisión, tendría graves consecuencias futuras.

De manera sorprendente, y a pesar de las numerosas voces que pidieron su suspensión, la competición olímpica siguió su curso casi con normalidad. Tan sólo las pruebas del 5 de septiembre –el día en que todo ocurrió- fueron aplazadas. Además, el destino quiso que los Juegos se reanudaran con las pruebas de halterofilia, entre cuyos participantes deberían haber estado tres de los asesinados.



La venganza de Israel

El Comité Olímpico Internacional (COI), con su presidente, el norteamericano Avery Brundage, al frente, argumentaron que los terroristas no podían condicionar la celebración de los Juegos. Al día siguiente se celebró en el estadio olímpico de Munich un memorial por los fallecidos al que asistieron 80.000 espectadores y 3.000 atletas. Durante su discurso, Brundage elogió la fuerza del movimiento olímpico pero no hizo ninguna referencia a los deportistas asesinados, lo que enojó a los israelíes y a otros muchos espectadores. El ataque fue ampliamente condenado en todo el mundo, con la única excepción de algunos países árabes, que también se negaron a que sus banderas hondearan a media asta en señal de duelo.

Los deportistas israelíes que lograron salvar la vida abandonaron inmediatamente Alemania, fuertemente protegidos por las fuerzas de seguridad. Egipto, Siria y Kuwait también retiraron a sus deportistas en señal de protesta por la masacre desatada por la policía alemana. Pero los ecos de lo acaecido en Munich no se apagaron con el final de los Juegos Olímpicos. Muy al contrario, en los días, semanas y meses posteriores se generó una espiral de violencia de gravísimas consecuencias. Para empezar, tan sólo cuatro días después de la masacre, la fuerza aérea israelí bombardeó las bases de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Siria y Líbano, ataque que fue reprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Además, la primera ministra de Israel, Golda Meir, y el Comité de Defensa Israelí dieron órdenes al servicio secreto de aquel país, el Mossad, de matar dondequiera que se encontrasen a todos los responsables de planificar y organizar el ataque contra sus deportistas. Con esta finalidad, cinco de sus mejores agentes serían enviados a Europa a seguir su pista. “Acuérdese de este día. Lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia judía”, le dice Meir a uno de estos agentes. La orden: no regresar hasta haber cumplido el objetivo. “Deben ser precisos; no dejar víctimas inocentes –se les advierte-. Nuestros enemigos deben pensar que están indefensos y que los podemos alcanzar cuando queramos”. Esta misión sería conocida como “Operación Colera de Dios” y se tradujo, entre octubre de 1972 y junio de 1973, en el asesinato de una decena de destacados dirigentes palestinos.

El 29 de octubre de 1972, en medio de la contundente respuesta de Israel, otro comando de Septiembre Negro había secuestrado un avión de Lufthansa, amenazando con volarlo si no se liberaba a los tres terroristas presos en las cárceles germanas. Las autoridades de este país, aterradas ante otra posible masacre, atendieron sus reivindicaciones. De esta manera, los tres secuestradores supervivientes del ataque de Munich quedaron en libertad.



Operación Cólera de Dios

Tras comprar e intercambiar información con otros servicios de inteligencia europeos, los agentes del Mossad encuentra su primer objetivo: Wael´Aadel Zwaiter, el encargado de reclutar al comando terrorista para el ataque. El 16 de octubre dos hombres le abordan en las calles de Roma y le acribillan de catorce disparos. En diciembre, localizan en Francia a Mahammad Hamshari, representante de la OLP en aquel país. Va permanentemente protegido por cuatro guardaespaldas, por lo que deben idear otra táctica. Interfieren su teléfono y mandan a un agente para “repararlo”; este coloca bajo su escritorio una bomba que se activaría por control remoto. Herido de extrema gravedad en la explosión, moriría pocos días después.

En enero de 1973 tienen conocimiento de que otro de los cabecillas del atentado se aloja en un hotel de Nicosia (Chipre). Seis explosivos colocados bajo su cama, y activados por presión, destrozan su cuerpo. Y también caen en los meses siguientes un responsable de armamento del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP) -tiroteado en las calles de París-, y otros dos destacados representantes de la OLP.

Las cosas se complican en abril cuando localizan en Beirut (Líbano) a otros tres importantes dirigentes de la OLP relacionados con la masacre de Munich; están protegidos por más de 50 fedayines de la FPLP. Pero eso tampoco detiene los agentes del Mossad quienes, ayudados por otros comandos israelíes, asestan un golpe contundente y salvaje, acabando con la vida de sus tres objetivos y, de paso, de cuatro civiles libaneses, tres turistas sirios y uno italiano, además de provocar 29 heridos. A continuación, explotaron el cuartel general del FPLP en la ciudad y un depósito de explosivos del grupo Al Fatah.

El encargado de las operaciones de Septiembre Negro en Europa, Mohammad Boudia, consigue escapar del ataque; dos meses después, un artefacto explosivo colocado bajo su vehículo acaba con su vida. En represalia a todos estos ataques, los palestinos se lanzan igualmente a una campaña de atentados contra intereses israelíes. La espiral de odio, venganza y muerte no deja de crecer por ambos bandos. Tres de los agentes del Mossad fallecen en esos ataques contra líderes palestinos, y el primer grupo de agentes es relevado por un segundo equipo, que cometería un error imperdonable.



Política y deporte

Confundiéndole con el terrorista Ali Hassan Salameh –destacado dirigente de Septiembre Negro-, asesinan en Lillehammer (Noruega) a un ciudadano marroquí que nada tenía que ver con los hechos de Munich. Los cinco agentes responsables de esta acción -entre ellos, dos mujeres-, son detenidos por las autoridades noruegas, juzgados y encarcelados, aunque posteriormente serían repatriados a Israel. En enero de 1979, el Mossad da finalmente con el paradero de Salameh, asesinándole con un coche bomba en Beirut. La planificación de todas estas acciones fue llevada al cine en 2005 por Steven Spielberg en una película, Munich, aplaudida por la crítica y los expertos cinematográficos (obtuvo cinco nominaciones a los Oscars), pero que no gustó ni a israelíes ni a palestinos.

Hay quien piensa que aquella masacre inauguró la era moderna del terrorismo. Lo que está claro es que lo ocurrido aquel día de septiembre en Munich cambió para siempre la idea de la seguridad en unos Juegos Olímpicos y, a la vez, multiplicó el odio entre dos pueblos, con fatales consecuencias. En aquellos años, sólo un hombre consiguió salir indemne de la persecución israelí en busca de venganza: Abu Dauoud, de quien se dice que fue el verdadero cerebro del ataque contra los deportistas. Abu Daoud sobrevivió a un tiroteo en Varsovia, y nada más se supo de él durante años. El 3 de julio de 2010 -38 años después de la acción terrorista- fallecía en el Hospital Al-Andalus de Damasco (Siria) por una insuficiencia renal.

En la actualidad, una placa en el mismo lugar del Parque Olímpico de Munich en el que todo comenzó, conmemora la tragedia. “El equipo del Estado de Israel permaneció en este edificio durante los 20º Juegos Olímpicos de Verano del 21 de agosto al 5 de septiembre de 1972. El 5 de septiembre Moshe Weinberg, Yossef Romano, Ze'ev Friedman, David Berger, Yakov Springer, Eliezer Halfin, Yossef Gutfreund, Kehat Shorr, Mark Slavin, Andre Spitzer y Amitzur Shapira fallecieron de muerte violenta. Honor a su memoria”, reza la inscripción, en alemán y hebreo. Aquella placa recuerda una de las mayores tragedias vividas jamás por el mundo del deporte, un mundo tan a menudo ejemplo de valores admirables. Una vez más, el deporte fue utilizado como arma política. Y las consecuencias, bañadas de sangre, fueron devastadoras.



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sábado, 30 de marzo de 2013

Lasse Viren: obsesionado con la gloria olímpica

Lasse Viren fue un atleta peculiar y desconcertante. Uno de los más grandes de la historia de los Juegos (doble campeón olímpico de 5.000 y 10.000 en Munich´72 y Montreal´76), pasaba largos periodos de tiempo -años incluso-, sin lograr un resultado destacado. Podría decirse que sólo le interesaban las citas olímpicas, donde se consagró como uno de los mejores fondistas de todos los tiempos. Introvertido y reservado, despertaba tanta admiración como recelos y suspicacias.

Atleta frío, sobrio y de estilo elegante, Viren ha pasado a la historia como el único capaz de lograr en dos ocasiones el doblete olímpico en 5.000 y 10.000 metros, algo que consiguió en Munich´72 y Montreal´76. Otros grandes campeones, como Hannes Kolehmainen en 1912, Emil Zatopek en 1952, Vladimir Kuts en 1956 o Kenenisa Bekele en 2008, han conseguido este mismo doblete en unos Juegos, pero ninguno de ellos lo ha podido repetir. Después de conocer este dato, sorprende echar un vistazo a su palmarés, en el que “sólo” encontramos estas cuatro medallas de oro olímpicas…. y una medalla de bronce en los Campeonatos de Europa de 1974. Sin duda, un caso excepcional.

Lasse Viren era un chico de campo con raíces fuertemente asentadas en Myrskylä, un pequeño pueblo de Finlandia rodeado de bosques, lagos, extensas praderas y empinadas colinas, donde nació el 22 de julio de 1949, donde creció y donde ha residido toda su vida. De pequeño practicaba esquí de fondo (llegó a ganar varias carreras infantiles), pero pronto se decantó por el atletismo, deporte por el que lo dejó todo. Siendo un adolescente abandonó sus estudios de mecánica para entrenar más, y ya por aquel entonces daba muestras de una fuerza de voluntad y una disciplina inquebrantables. Desde el principio se decantó por las pruebas de fondo, distinguiéndose por sus extraordinarios finales de carrera.

Su primer gran éxito en el mundo del atletismo lo consiguió en 1969, cuando se proclamó campeón Juvenil de Finlandia. Pocos meses después lograba el título absoluto de 5.000 metros, y batía el récord junior de Escandinavia con una marca estratosférica para la categoría (13:55). En sólo un año había mejorado su marca personal en la distancia de 14:59 a los referidos 13:55; de ser un desconocido había pasado a ser la gran esperanza del atletismo finlandés.

Su ascenso a la élite fue meteórico. En 1971 disputa su primer gran campeonato absoluto, acabando 7º en los 5.000 metros del Europeo de Helsinki; sólo un año después, escribiría una de las páginas más brillantes del atletismo olímpico. Apenas 20 días antes de los Juegos de Munich ya maravilló a todos logrando en Estocolmo su primer récord del mundo, en la distancia de las dos millas (8:14.0). Era el primer aviso de lo que estaba a punto de lograr.



Triunfos olímpicos

El 3 de septiembre de 1972, los espectadores que abarrotan el estadio Olímpico de Munich asisten a una de las grandes gestas de la historia del olimpismo. La final de los 10.000 metros transcurría desbocada, a ritmo de récord del mundo, cuando en la vuelta 12, poco antes de su ecuador, Viren y Mohamed Gammoudi tropezaron, perdieron el equilibrio y se fueron al suelo. El tunecino tuvo que abandonar la prueba dolorido; la carrera peligraba para nuestro protagonista… Sin embargo, se levantó con rabia y reanudó la marcha. En una demostración de fuerza, recuperó en poco más de una vuelta los 30 metros que había perdido respecto a los hombres de cabeza, entre los que se encontraba el español Mariano Haro.

En las últimas vueltas, Viren y el belga Emiel Puttemans firman un duelo apasionante, corriendo el último kilómetro en 2:29.2. El finlandés se impuso al sprint, con un tiempo de 27:38.4, que suponía un nuevo récord del mundo. La carrera tuvo un nivel descomunal como demuestra que, además de la plusmarca mundial del vencedor, los tiempos de Puttemans (segundo; 27:39.6), el etíope Mirus Yifter (tercero; 27:41.0), y Mariano Haro (cuarto; 27:48.2), pasaron a ser la segunda, cuarta y sexta mejor marca mundial de la historia.

Una semana más tarde Viren repetiría medalla de oro en la final de los 5.000 metros derrotando a Gammoudi –campeón en México´68- con un tiempo de 13:23.4, nuevo récord olímpico. Así, emulaba medio siglo después a los “finlandeses voladores“ (Kolehmainen, Paavo Nurmi o Ville Ritola), grandes dominadores de las pruebas de fondo en los años 20. Pocas semanas después de los Juegos, establece en Helsinki un nuevo récord mundial en los 5.000 (13:16.4)… y a partir de aquí su nivel baja de manera espectacular.

Pensando casi exclusivamente en los Juegos, se olvidó de sus marcas y su palmarés durante el periodo olímpico, en el que se centró en hacer entrenamientos en altitud (una innovación por aquel entonces) en las montañas de Colombia y Kenia. Entre 1973 y 1976 encadenó una decepción tras otra. En los Campeonatos de Europa de Roma (1974) tan sólo pudo ser 3º en los 5.000 metros y 7º en la prueba del 10.000; además, terminó 5º en la Copa de Europa de Helsinki. Resultados impropios de todo un bicampeón olímpico.



Una personalidad enigmática

Convertido ya en una estrella del atletismo, durante estos cuatro años se le solicitó para participar en numerosas pruebas atléticas, pero la mayoría de las veces rehusó las invitaciones. Frío y calculador estratega sobre la pista, introvertido, reservado y sarcástico en su vida personal, Lasse Viren (1,80 metros; 69 kilos) vivía por y para la cita olímpica, una forma de actuar que, como veremos más adelante, levantó no pocas suspicacias.

Viren llegó en plena forma a los Juegos de Montreal 1976, donde subió el listón y buscó el más difícil todavía: emular el triplete olímpico que lograra Emil Zapotek en 1952: oro en 5.000, 10.000 y maratón. Se quedó muy cerca de la proeza; tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, no pudo repetir triunfo en el maratón… disputado tan sólo 18 horas después de la final de los 5.000. Agotado por el esfuerzo de los días previos sólo puede ser quinto (2h13:11) en una prueba dominada por Waldemar Cierpinski.

En la recta final de su carrera todavía disputó unos terceros Juegos Olímpicos (Moscú 1980), donde ocupó la 5ª plaza en los 10.000 metros. Llevaba arrastrando desde semanas atrás una lesión en el muslo, y llegó a temer seriamente por su presencia en la capital soviética. De hecho, en un principio no lograría su clasificación para la final, pero la lesión del irlandés Treacy en una de las semifinales propició su repesca y poder disputar su tercera final olímpica en los 10.000.

Tras esta competición se retiró del atletismo profesional, aunque siguió corriendo en algunas pruebas populares, “para que algunos puedan disfrutar presumiendo de haberme ganado”, dijo entonces con ironía. Su enorme fama en Finlandia catapultó su carrera política, llegando a ser parlamentario, entre 1999 y 2007, por el conservador Partido de Coalición Nacional.



Luces y sombras

Lasse Viren fue un atleta de extremos, que levantaba tantas pasiones como recelos. En su época de máximo esplendor, su actitud de dejar de competir al más alto nivel entre una cita olímpica y otra levantó no pocas suspicacias, y se extendió la sospecha de que en este periodo -además del entrenamiento en altura- se sometía a un plan de autotransfusiones sanguíneas para aumentar su hematocrito (tasa de glóbulos rojos).

Estas sospechas se multiplicaron tres décadas después cuando en una biografía sobre el atleta (“Lasse Viren, segundos de oro”) su entrenador, Rolf Haikkola, reconoció que llegó a tener el hematocrito por encima del 70%. “Lasse Viren me ganó dopado en Múnich´72”, declararía en 2007 el español Mariano Haro, 4º en los 10.000 metros de aquellos Juegos. Hay que aclarar que esta práctica –conocida en la actualidad como dopaje sanguíneo- no era ilegal en los años 70, y solo fue prohibida a partir de 1985. En cualquier caso, es evidente que esto le ofrecería una cierta ventaja sobre otros atletas que no utilizaban este método.

Viren siempre ha defendido que actuó de acuerdo a la legalidad(“nunca nadie pudo pillarme en falta”, ha dicho), y atribuyó sus éxitos a un muy exigente sistema de preparación, basado en un volumen de entrenamiento descomunal y en el trabajo en altitud, del que fue un pionero. Este trabajo lo llevaba a cabo en el Pirineo francés, en Bogotá y en las altiplanicies de Kenia, donde pasaba largas temporadas. Sus entrenamientos eran llevados con gran secretismo, aunque años después se supo que eran, en volumen e intensidad, diferentes a todo lo conocido hasta entonces. Según contó Haikkola en el citado libro, Viren no dejaba de entrenar ni un solo día, haciendo siempre dos sesiones diarias, y a veces hasta tres.

En un periodo de doce meses llegaba a acumular entre 7.000 y 8.000 kilómetros (unos 20 diarios), en su mayor parte “entrenamientos de resistencia de la mejor calidad”, según Haikkola. "El objetivo de nuestras concentraciones estaba claro: subir el hematocrito hasta el nivel de los atletas criados en altiplanicie. Lasse corrió en Múnich y Montreal con más del 70% de hematocrito. Era muy fuerte, tenía el cuerpo adecuado. Entrenábamos series de 5.000 metros en una pista de 600, con cambios de ritmo de 200, como si fuera una bala a la espalda de Bedford: hasta 273 cambios de ritmo diarios". Tras los Juegos de Montreal, preguntado por el supuesto dopaje sanguíneo, Viren se limitó a responder: “Corro 8.000 kilómetros al año, y eso es suficiente”. Admirado y criticado a partes iguales, nadie podrá negar -más allá de cualquier polémica-, que ha sido uno de los más grandes atletas de fondo de todos los tiempos.


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lunes, 4 de febrero de 2013

Suzanne Lenglen: con ella llegó el escándalo

Fue la primera gran celebridad del tenis femenino, cuyo circuito dominó con autoridad en los años veinte. Pero si por algo destacó la francesa Suzanne Lenglen fue por su arrolladora personalidad, por su atrevida vestimenta en las pistas, o por costumbres inauditas para la época como dar algún traguito de coñac durante los partidos. Siempre rodeada de polémica, La Divina vivió intensamente, se retiró joven y murió de forma prematura. Esta es la historia de una de las más grandes pioneras del deporte femenino.

Entre 1919 y 1926 resultó prácticamente invencible con una raqueta en las manos. En estos años gana seis veces Wimbledon y en otras seis ocasiones el Campeonato de Francia (actual Roland Garros). En total, 81 títulos individuales, 73 de dobles y ocho de dobles mixtos, además de colgarse tres medallas olímpicas (dos de oro) y de firmar una serie histórica de 171 victorias consecutivas. Pero más allá de sus éxitos deportivos y su elegante estilo de juego, se convierte en toda una celebridad por su glamour, su vida privada y unas costumbres revolucionarias para la época. Su influencia fue mucho más allá del mundo del deporte, convirtiéndose en referente para muchas mujeres.

En 1919 pasó por el torneo de Wimbledon como un auténtico ciclón. El público del All England Tennis Club -tradicional y conservador en su mayoría- se mostró entre sorprendido y escandalizado cuando en su primer partido la vio aparecer con una cinta de tul en la cabeza y un vestido que dejaba al descubierto sus antebrazos y pantorrillas. Lo hacía, según explicaba ella misma, por comodidad y estética, pero la sociedad no estaba aún preparada para aquella vestimenta tan “atrevida”. Por entonces, las tenistas llevaban el recato hasta el extremo, jugando con vestidos que cubrían casi todo el cuerpo.

Por si esto fuera poco, tenía la insólita costumbre de tomar un traguito de coñac entre set y set. Su vida privada –trufada de continuos romances y aventuras- terminó por configurar su imagen de femme fatal, convirtiéndola en toda una celebridad y centro de numerosos comentarios. Suzanne Lenglen era un volcán, una personalidad arrolladora que vivió su vida con valentía y revolucionó el tenis femenino y muchas de sus costumbres. Quien lo hubiera dicho cuando, en su infancia, era una niña frágil y enfermiza, permanentemente pálida, que sufría continuas crisis respiratorias a causa del asma.

Nació el 24 de mayo de 1899 en Compiègne, pequeña localidad situada 65 kilómetros al norte de París. Su padre, Charles Lenglen, propietario de una compañía de transportes, pensó que sería bueno que su hija practicara algún deporte para fortalecer su organismo y se decantó por el tenis, al que era aficionado. Como el dinero no era problema para él, ordenó construir una pista de tierra en la finca familiar de Marest-sur Matz, pueblo cercano a Compiègne, donde Suzanne dio sus primeros raquetazos.



De niña enfermiza a gran campeona

Viendo que la pequeña disfrutaba con este deporte, y que no se le daba nada mal, Charles decidió entrenarla personalmente, ideando varios juegos con la raqueta con los que fue aumentando su precisión y mejorando su rapidez y pegada. Uno de ellos consistía en extender pañuelos en diferentes zonas de la pista, que debía alcanzar con las pelotas de tenis. Perfeccionista hasta el límite, Suzanne no dejaba de progresar, tanto que su padre decide apuntarla al Tenis Club de Niza, donde pronto destaca como una figura en ciernes de este deporte.

Con tan sólo 15 años alcanza la final del Campeonato de Francia (antecesor del Abierto de Francia, más conocido como Roland Garros) y gana el Clay Copurt Championship, una especie de Campeonato del Mundo de Tierra Batida. Era un talento precoz, y aquellos resultados le auparon a lo más alto del tenis internacional. Sin embargo, el comienzo de la Primera Guerra Mundial provoca la suspensión de las grandes competiciones y su prometedora carrera queda paralizada. Suzanne sigue entrenando y espera tiempos mejores.

Sería tras la finalización de la contienda bélica cuando comienza su leyenda. El primer torneo del calendario era Wimbledon´1919, donde se presentó pese a no haber jugado antes torneo alguno en hierba. Daba igual; su estreno en la superficie fue un éxito, llegando a una final en la que se vería las caras con la siete veces ganadora Dorothea Douglass Chambers. En un partido legendario (resuelto por 9-7 en el tercer set), y bajo la atenta mirada de los reyes Jorge V y Mary, la joven tenista francesa derrotó a la veterana campeona, causando sensación por la velocidad, precisión y elegancia de su juego… y por su atrevida vestimenta, glamour y desempeño fuera de las pistas.

Aquel torneo le catapultó a la condición de gran estrella del deporte, la primera que tuvo el tenis femenino. En las pistas, fluía como una mariposa, haciendo buenos sus estudios de ballet para moverse ligera, rápida y elegante. Según los cronistas de la época, parecía jugar flotando. A este éxito le siguieron otros en el Campeonato de Francia, los Juegos Olímpicos de Amberes´1920, de nuevo Wimbledon… No paró de ganar durante ocho años, y la prensa francesa le puso el sobrenombre de La Divina por el interés que generaba fuera de las pistas. Se convirtió en un ídolo nacional e incluso llegó a tener una línea de zapatillas con su nombre.



El primer revés de La Divina

Suzanne Lenglen llevó al tenis femenino a otra dimensión. Antes de su irrupción, los partidos entre mujeres tenían muy poco interés para el público, pero con La Divina esto cambió. Llenó las gradas de un público deseoso de admirar su juego y glamour, y gracias a ella se vivió el inaudito fenómeno de espectadores haciendo largas colas para conseguir entradas.

Pero en una carrera deportiva llena de éxitos también suele haber espacio para los sinsabores y fracasos. En 1921, siendo ya una celebridad, sufre su primer revés considerable. Con el objeto de conseguir fondos para la reconstrucción de diversas regiones de Francia devastadas durante la Primera Guerra Mundial, acepta viajar a Estados Unidos para jugar algunos partidos de exhibición contra la norteamericana Molla Bjurstedt-Mallory, una de las mejores tenistas del momento. Lo hace en contra de la opinión de su padre, quien considera que debe quedarse en Francia descansando, y evitar el largo y pesado viaje. Finalmente, todo acabó torciéndose.

Suzanne enfermó durante el viaje, y una vez en Nueva York se enteró de que la organización del Abierto de Estados Unidos había anunciado su participación en dicho torneo. Aunque en un principio se negó a jugar por sus problemas físicos, la presión pública fue tan grande que acabó aceptando. Por entonces no había cabezas de serie, y quiso la casualidad que le tocara jugar el primer partido contra Bjurstedt-Mallory, vigente campeona y una de las favoritas.

Debilitada físicamente, perdió el primer set por 6-2 y en el segundo, ahogada entre toses y viéndose incapaz de continuar, se retiró llorando sin consuelo. Fue abucheada por el público y la prensa norteamericana la criticó con dureza, presentándola como una deportista caprichosa y consentida. Y la cosa empeoró cuando, bajo prescripción médica, canceló todos sus partidos de exhibición. Hundida y entre un mar de críticas, abandona los Estados Unidos para retornar a su hogar. Tardaría unos meses en recuperarse físicamente y en volver a ser invencible tanto en la tierra de París como sobre la hierba de Londres. Y así un año tras otro.



Una amarga despedida

Pero aún tendría que vivir otro extraño y penoso episodio, que afectaría de nuevo a su reputación y forzaría su retirada como jugadora amateur. Ocurrió en 1926. Aquel año, Suzanne gana de forma contundente el Abierto de Francia antes de presentarse en Wimbledon, donde parecía lanzada hacia su séptimo título. Sin embargo, por un despiste nunca del todo aclarado (se dijo que le informaron mal de la hora de inicio), se presentó una hora tarde a uno de sus primeros partidos, con la Reina Mary esperándola en el palco, ansiosa por verla jugar. Cuando fue consciente de su error, la tenista francesa se desmayó. Estaba eliminada del torneo y además le llovieron las críticas, ya que aquel retraso fue visto como un insulto a la monarquía británica.

Tras este incidente, Suzanne se convierte en tenista profesional con la idea de ganar más dinero, aunque eso le impidiera competir en los principales torneos del circuito, como Wimbledon o el Abierto de Francia. En 1927 realizó una larga gira por los Estados Unidos –jugando innumerables encuentros de exhibición- por la que se embolsó 75.000 dólares. Exhausta tras los continuos viajes y partidos, decide regresar a casa y tomarse un periodo de descanso. Pero aquellos excesos habían castigado aún más su delicada salud. Entonces, toma la decisión de retirarse de la competición y abrir una escuela de tenis en París, que pronto resultó ser un éxito.

Durante una década, la mujer de la que tanto se había hablado y escrito vivió en el más absoluto de los anonimatos, dedicada a su escuela y a escribir libros sobre este deporte. Casi nada se supo de ella hasta que a principios de 1938 los periódicos anunciaron que se le había diagnosticado una leucemia, consecuencia de la cual quedó ciega pocos meses después. Suzanne Lenglen tuvo un final dramático y fulminante, sin haber cumplido siquiera los 40. El 4 de julio de aquel año, fallecía esta mujer libre, todo un carácter, una pionera que contribuyó como pocas a impulsar el deporte femenino. En su honor, la pista número 2 del Estadio de Roland Garros lleva su nombre, y cada año se disputa una competición llamada Copa Suzanne Lenglen para mujeres de más de 35 años. Era incomparable. Era La Divina.


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sábado, 8 de diciembre de 2012

Hugo Koblet: el ciclista con encanto

Vivió rápido, murió joven y dejó un bonito cadáver. Apuesto y elegante, todo un caballero, el suizo Hugo Koblet era pura clase sobre la bicicleta, un genio que dejó su talento a cuentagotas. Ganó un Giro y un Tour, y dos años después se arrastraba por las carreteras debido a una enfermedad venérea que debilitó su organismo. Con sólo 39 años murió victima de un misterioso accidente de circulación al empotrar su coche contra un árbol. Esta es la curiosa historia del dandy que quiso ser ciclista.


Por las calles de Agen, ya en la recta de llegada, repitió su ritual de la victoria. Saca una esponja húmeda y un peine del bolsillo, se lava la cara, se peina con esmero y cruza la meta brazos en alto. Impecable, como siempre. Entonces frena la bicicleta, coge un cronómetro, lo pone en marcha y se sienta a esperar al pelotón. Llegaría, con todos los favoritos de aquel Tour de Francia, dos minutos y 25 segundos después. Una vez más, el ritual del peine y la esponja de Hugo Koblet, el gentleman de descomunal potencia sobre la bicicleta. Pero esta victoria no fue una más de las muchas –setenta- que consiguiera en sus trece temporadas como profesional. Acababa de consumar su obra maestra; una de las más bellas gestas de la historia del ciclismo. La victoria de la locura sobre la razón; la victoria del orgullo sobre el miedo. LA VICTORIA, con mayúsculas.

Y en ese momento de éxtasis no se olvidó de sacar el peine y acicalarse. Esa es la imagen. La imagen que resume toda una vida de grandes éxitos y sonados reveses. La imagen que retrata, como ninguna otra, el carácter de un hombre tan genial como complejo. Un volcán siempre a punto de estallar… Y estalló, de una manera sorprendente, el domingo 15 de julio de 1951. Y estalló en una etapa en apariencia de transición (Brive-Agen, 177 km), sin grandes dificultades montañosas, y que tuvo una curiosa intrahistoria que no se conocería hasta años después.

El día anterior Koblet había pasado uno de los peores ratos de su vida durante los 216 kilómetros de que constaba la 10ª etapa de aquel Tour. Un gran forúnculo en su trasero le provocaba terribles dolores, haciendo que casi no pudiera sentarse en el sillín. Por la tarde, en el hotel, su director, Alex Burtin, llamaba con el mayor secretismo posible a dos médicos de la ciudad para que vieran a su pupilo. No querían que trascendiera la noticia.

El ciclista esperaba encerrado en su habitación, nervioso y muy dolorido. El diagnóstico del primer médico fue contundente: “Hay que sajar el forúnculo”. Aquella operación significaría el abandono del Tour, así que Burtin rechazó esta opción. El segundo galeno repitió el diagnóstico, pero ante la insistencia y desesperación de los suizos les ofreció un remedio para aliviar el dolor: supositorios de cocaína. Por aquel entonces no existían controles antidoping, así que Koblet y Burtin le tomaron la palabra.



“Hasta la meta, claro”

Al día siguiente le dije a Hugo que intentara pasar la etapa lo más tranquilo posible”, recordaría su director años después. Pero el genial ciclista hizo todo lo contrario. Apenas se llevaban 37 kilómetros de etapa cuando, en una pequeña cota, saltó del pelotón con rabia y una velocidad endiablada. Con él se fue el francés Louis Deprez, a quien dejaría fundido pocos kilómetros después. En el grupo, los grandes favoritos ni se inmutaron. Faltaban 140 kilómetros a meta, prácticamente llanos, y aquel ataque les pareció una extravagancia, una locura sin posibilidad alguna de prosperar. Así lo pensó también Alex Burtin.

En cuanto los jueces me dejaron paso, aceleré el coche para buscarle y echarle la bronca por semejante estupidez –explicaría-. Pero me quedé perplejo. Hugo rodaba concentrado, a tope, con un pedaleo redondo y perfecto, tirando de los talones, con los codos doblados y pegados al cuerpo, la cabeza metida en el manillar. Era un espectáculo fantástico. Durante algunos kilómetros conduje el coche varios metros detrás de él, admirado, sin acercarme por temor a romper la magia de aquella escena. Por fin, después de un rato, me puse a su altura y le hablé por la ventanilla. “Hugo, ¿qué haces?”. Me respondió sin girar la cabeza: “No lo sé”. “¿Hasta donde piensas seguir a esta velocidad?”. Entonces me miró, con media sonrisa: “Hasta la meta, claro”.

Poco tardó Koblet, desatado, en alcanzar los tres minutos de ventaja, y entonces los grandes favoritos de aquel Tour (Coppi, Bartali, Bobet, Robic, Magni, Germiniani, Ockers…) empezaron a inquietarse... aunque sólo un poco. Sólo lo suficiente para mandar a sus mejores gregarios a ponerse al frente del pelotón y acelerar el ritmo. Por muy fuerte que rodara el suizo, parecía imposible que un solo hombre pudiera con la sucesión de relevos, perfectamente sincronizados, de los potentes equipos de Italia, Francia y Bélgica [por aquel entonces se corría por escuadras nacionales].

Pero pasaban los kilómetros, y la ventaja no bajaba de aquellos tres minutos. Con un pedaleo potente y redondo, mantenía a raya a todo un grupo de grandes rodadores. Entonces, en una imagen insólita en el Tour de Francia, los jefes de fila en pleno llegaron a un acuerdo para pasar al frente del pelotón y tirar ellos mismos para anular la fuga de Koblet. Ahora sí, era la lucha de un hombre contra una jauría de líderes tirando a muerte, y aquel seguía saliendo victorioso. Fueron 140 kilómetros de agónica persecución, a 38,95 km/h; tres horas y media de lucha sin un momento de respiro. Hasta la meta, claro. La esponja húmeda, el peine, los brazos en alto…



Le pédaleur de charme

Finalmente, dos minutos y 25 segundos para la historia. “Una pequeña ventaja tras un esfuerzo descomunal”, diría Marcel Bidot, director del equipo francés. Aunque no se vistió de amarillo, había dado un golpe de mano al Tour. Tres días más tarde, en la jornada reina de los Pirineos, con paso por el Tourmalet, Aspin y Peyresourde, se fuga junto a Fausto Coppi llegando los dos destacados a meta. Koblet gana la etapa y, esta vez sí, se enfunda un maillot de líder que ya no soltaría. Tanto en las montañas de los Alpes como en la última crono no dejó de aumentar su ventaja, logrando otras dos victorias de etapa. “Gana las carreras como quiere –reconocería entonces Raphael Germiniani, segundo clasificado de la general-. Si Hugo continúa así, venderé mi bici”. En París, aventajó en veintidós minutos a Germiniani, y en veinticuatro al también francés Lazaridès, tercero. Bartali quedaba a 29 minutos, Ockers a 33, Magni a 39, y Coppi a cerca de 47. Había pasado un ciclón.

Hijo de un humilde panadero, Hugo Koblet había nacido el 21 de marzo de 1925 en Zurich, en el seno de una familia de estrecheces económicas. Empezó como profesional del ciclismo en 1946, en pruebas de persecución, especialidad de la que fue ocho veces campeón nacional y dos veces subcampeón mundial. En 1950 se convierte en el primer ciclista no italiano en ganar el Giro de Italia y también se impone en la Vuelta a Suiza. Al año siguiente, conquista el Tour de Francia y derrota a Fausto Coppi en el Gran Premio de las Naciones, prueba contrarreloj considerada por entonces como un Campeonato Mundial. En estos años su fama se dispara, y no sólo por motivos deportivos. Apuesto y educado, siempre preocupado por su aspecto (incluso en los momentos más agónicos de las carreras), fue un ídolo para una generación de jóvenes suizos y causaba furor entre sus innumerables fans. Le apodaban “Le pédaleur de charme”, el ciclista con encanto.

En aquellos inicios de los años 50, Suiza vivía su particular época dorada con la rivalidad de la temible doble K (Kübler-Koblet), ganadores respectivamente de los Tours de 1950 y 1951. Durante dos años, estos dos amigos dominaron el ciclismo mundial. Ambos vivían en Zurich y ganaron un Tour… pero ahí acababan las similitudes porque Ferdi Kübler, el Caballo, y Hugo Koblet, el dandy, eran absolutamente contrapuestos. El primero, desgarbado y de prominente nariz aguileña, locuaz, era todo agallas, una fuerza desatada sobre una bicicleta que movía a golpe de riñones. Sus ataques, precedidos de un grito inhumano, causaban temor en el pelotón Por su parte, nuestro protagonista, el galán de ondulados cabellos rubios y ojos verdes, era reservado y elegante; talento en estado puro.

Koblet era la viva imagen del ciclista completo: potente rodador y notable esprinter, subía bien y descendía aún mejor. Y todo ello sin aparente esfuerzo. Su estilo armonioso sobre la bicicleta -con un pedalear suave y redondo, “como el del mejor reloj suizo”- supuso una revolución para un deporte de guerreros de rostros demacrados, de gente de coraje y agallas más que finos estilistas. En este sentido, su figura fue un soplo de aire fresco y modernidad para el ciclismo. Y fuera de la carrera era un caballero, un tipo comedido y respetuoso que responde a los periodistas con suma educación, buscando siempre las palabras justas para expresarse.



Una estrella que se apaga

Pero Koblet no pudo, o no quiso, resistirse a los encantos que la vida le puso a su alcance. Coches de lujo, mansiones, viajes de ensueño, fiestas y espectaculares mujeres pasaron a formar parte de su día a día. Siempre a toda velocidad, al igual que corría sobre la bicicleta. Este estilo de vida, en exceso desordenado para un deportista, acabaría afectando a su carrera. A finales de 1951 se fue de vacaciones a México, y tras su vuelta nada volvería a ser igual para él. Había contraído una enfermedad venérea que debilitaba su cuerpo y le impedía rendir como hasta entonces había hecho. La estrella del bello Koblet –que brillaba con una intensidad cegadora- empezó a apagarse lentamente.

Su enorme clase todavía le daría para ser segundo del Giro de Italia en dos ocasiones (1953 y 1954) y para obtener alguna victoria de etapa de cierto nivel (en la Vuelta a Suiza, Tour de Romandia. Giro de Italia o Vuelta a España). Pero sus piernas no respondían como antaño, y ya nunca se asemejaría a aquel campeón que asombrara a todos en los dos primeros años de la década de los 50. Tan rápido como llegó a la élite, se desmoronó su imagen de ciclista casi invencible. Pasó a ser uno del montón, y a quedarse en cualquier repecho. Una etapa de la Vuelta a España de 1956 fue su última victoria sobre una bicicleta.

Sus últimos años como profesional fueron especialmente duros. Aún tenía cierto nombre y caché, e intentó aferrarse al ciclismo como la única manera de seguir ganando dinero para mantener su alto ritmo de vida. Entonces disputaba sobre todo carreras en pista, pero su nivel ya era ínfimo. Se retiró en 1958 y montó negocios en Suiza y Venezuela; todos fracasaron y en pocos años dilapidó su fortuna. Adquirió múltiples deudas y tuvo que ver como muchos de sus supuestos amigos le daban la espalda. Además, las broncas con su mujer, la modelo Sonja Bühl, con quien se había casado en 1953, eran constantes.

Por eso, cuando el 6 de noviembre de 1964 estrellaba su Alfa Romeo blanco contra un árbol, a orillas del lago Zurich, muchos dudaron de lo accidental de aquel suceso. “Murió a cien por hora, igual que había vivido”, afirmó el francés Louison Bobet, su rival en tantas carreras. Al igual que ocurriera antes con el actor James Dean, aquel accidente y su pronta desaparición agrandaron la leyenda del pédaleur de charme. Hugo Koblet, el ciclista con encanto, el gentleman que maravilló a los aficionados al ciclismo, vivió rápido, murió joven y dejó un bonito cadáver. Todo un caballero; todo un artista.



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viernes, 16 de noviembre de 2012

El ángel que voló sobre el infierno

De niño vivió en una pequeña cabaña en un ambiente gélido, alimentándose a base de verduras y pescado seco, y siendo un adolescente tuvo que trabajar repartiendo mercancía para ganarse la vida. Así empezó a forjar una resistencia y espíritu inquebrantable que le llevarían a ser un mito del atletismo. Paavo Nurmi fue un adelantado a su tiempo en materia de entrenamiento y el máximo representante de una generación de atletas finlandeses que marcó época. Logró doce medallas olímpicas -nueve de oro- en la década de los 20, y siempre será recordado por aquel día en que, sobre el infierno de las calles de París, voló como un ángel.

Paavo Nurmi, el atleta insaciable, es uno de los grandes mitos del deporte olímpico; no en vano, acumula la friolera de doce medallas (nueve de oro) en los tres Juegos en los que participó (Amberes 1920, París 1924 y Ámsterdam 1928). De carácter frío y reservado, su forma de correr era impactante: seguro, implacable, sin aparentes síntomas de fatiga... Durante años fue un atleta casi invencible.

Fue en la capital francesa, en los Juegos Olímpicos de 1924, donde el finlandés volador asombrara al mundo entero logrando cinco medallas de oro en siete días. El 10 de julio, en el estadio de Colombes, firmó una de las grandes hazañas de la historia del atletismo, al vencer –en un margen de tiempo de apenas una hora- en las finales de 1.500 y 5.000 metros, con sendos récords olímpicos.

Pocos días después lograría otra victoria épica en la prueba de campo a través. Las condiciones climatológicos eran infernales (45ºC), lo que hizo que muchos atletas empezaran a desplomarse, abatidos por el calor y el agotamiento. Sin embargo, estas condiciones no afectaron a Nurmi, quien entró al estadio olímpico con paso firme y decidido. Tras él, el panorama era desolador: casi dos minutos después llegaba, completamente destrozado, su compatriota Ville Ritola; uno de los corredores llegó al estadio tan aturdido que se volvió en dirección contraria chocando contra un muro de hormigón; el español Andía Aguilar sufrió un golpe de calor y tuvo que ser trasladado al hospital… Sobre el infierno de aquel circuito, Nurmi voló como un ángel en una de sus victorias más recordadas.

Paavo Nurmi traspasa los límites de lo humano”, tituló entonces un periódico francés ante tamaña colección de medallas. “Todo reside en la mente –declararía poco después el campeón finlandés-. Los músculos no son más que piezas de un engranaje. Todo lo que soy es gracias a mi cabeza”. Destacaba por su gran resistencia, física y mental, y por su regularidad. Siempre le obsesionó llevar un ritmo constante durante toda la carrera hasta el punto de -en una época en la que no se recogían las marcas de cada vuelta- correr siempre con un reloj en su mano izquierda para controlar los tiempos que iba realizando. En este sentido fue un pionero, un adelantado a su tiempo.


Verduras y pescado seco
Su forma de ser (serio, reservado, distante…), le depararía numerosas críticas entre rivales, periodistas y fotógrafos de la época. Después de cada carrera, cumplía siempre con el mismo ritual. Mientras el público seguía aclamándole, sin corresponder a las felicitaciones de sus adversarios y sin mostrar la más mínima expresión de alegría o tristeza, se descalzaba, recogía su ropa y sus zapatillas y accedía a posar durante unos breves segundos para los fotógrafos. Después, se iba al vestuario sin que su rostro expresara el más mínimo sentimiento. Sin embargo, era admirado por los aficionados de todo el mundo por su forma de correr, y venerado en su país natal como no lo ha sido ningún otro atleta.

Paavo Nurmi nació el 13 de junio de 1897 en el pueblo pesquero de Turku, al suroeste de Finlandia, en el seno de una familia humilde. Su infancia transcurrió en una pequeña cabaña, donde se vio obligado a llevar una dieta basada en verduras y pescado seco, lo que unido a los fríos inviernos de la zona fue clave para dotarle de una resistencia extraordinaria. Desde muy joven tuvo que trabajar para ganarse la vida; tenía que repartir mercancías con una carretilla, subiendo la calle que llevaba a la estación de ferrocarril de Turku. Este ejercicio diario le ayudaría a desarrollar su potencia muscular.

Comenzó su actividad atlética siendo un adolescente, en las filas del club local Turun Toverit, aunque fue durante el periodo que estuvo cumpliendo el servicio militar (1919-20) cuando pudo entrenar con mayor intensidad. En 1920 se produce su explosión como atleta. Comenzó batiendo el récord nacional de los 3.000 metros, y poco después se clasificó para los Juegos Olímpicos de Amberes al correr los 5.000 metros en 15:00.5 y los 1.500 en 4:05.5 -grandes tiempos para la época-, en días consecutivos. En Amberes logró dos medallas de oro (10.000 metros y cross) y una de plata (5.000 metros), confirmando que era ya una de los grandes atletas mundiales de fondo.

Tras analizar su derrota antes el francés Joseph Guillemot en la final de los 5.000 metros, Nurmi llega a la conclusión de que la causa había sido una incorrecta elección del ritmo. A partir de entonces, lograr un ritmo de carrera más uniforme –con la inseparable ayuda de su cronómetro- pasó a ser una obsesión para él. Aunque prefería entrenar en entornos naturales, cuando se preparaba en la pista hacía distancias de entre 200 y 600 metros, por lo que se le puede considerar un precursor del entrenamiento fraccionado. Poco a poco, este trabajo fue dando sus frutos. En 1921 batiría en Estocolmo el record mundial de los 10.000 metros (30:40.2). Fue el primero de una larga serie que culminaría diez años después con su vigésima plusmarca mundial.


De dos en dos
1924 fue, sin duda, el año más espectacular de su carrera como atleta. Firma –entre otras hazañas- dos históricos dobletes en sendas jornadas. El 19 de junio, en Helsinki, y como parte de su preparación para los inminentes Juegos Olímpicos de París, batió los récords del mundo de 1.500 (3:52.6) y 5.000 metros (14:28.2) con tan solo una hora de descanso entre una carrera y otra.

Apenas 20 días después, en el estadio de Colombes (París) se enfrentaba a otro doble reto de considerables dimensiones. Conquista la medalla de oro olímpica en los 1.500 metros, “sans coup ferir” (“sin el menor esfuerzo”), como diría entonces un periodista francés. Tan sólo 42 minutos después tomaba la salida en la final del 5.000, en la que se enfrentaba a los únicos atletas que entonces podían hacerle sombra: Ville Ritola y el sueco Edwin Wide. Éste se descolgó a mitad de carrera, pero su compatriota -su gran rival a lo largo de toda su carrera deportiva- resistió bravamente hasta la última recta, donde Nurmi impuso su poderoso final. ¡Dos medallas de oro en apenas una hora con sendos récords olímpicos! El público jaleaba eufórico su forma de correr.

No acabó ahí su impresionante cosecha de oros en París, ya que además vence en 3.000 metros por equipos y en las pruebas de campo a través individual y por equipos. Incluso, según se cuenta, no le permitieron disputar la carrera de los 10.000 metros (que ganó Ritola), porque sus entrenadores pensaban que participaba en demasiadas pruebas, aunque también se postulaba como claro favorito a ese oro.

En aquella época su voracidad competitiva era impresionante. En 1925 viaja a los Estados Unidos con numerosas ofertas para competir. Al llegar, le advierten que los europeos nunca habían triunfado en las pistas de madera de aquel país. Poco le importó el aviso; insaciable y contundente como siempre, disputa 55 carreras en cinco meses con un balance de 53 victorias. Nurmi era todo un ídolo de masas que movilizaba en cada carrera a miles de personas deseosas de verle correr.


Los problemas del profesionalismo
En los años siguientes, el campeón finlandés se toma las cosas con más calma, dosificando su presencia en las competiciones, aunque no por ello mengua su impresionante porcentaje de victorias. Entre 1926 y 1931 sólo pierde cuatro carreras importantes, entre ellas las finales olímpicas de 3.000 y 5.000 metros en Ámsterdam 1928; en ambas logró el segundo puesto y la medalla de plata. Tras esa cita olímpica se convirtió en el deportista más laureado en los Juegos (nueve medallas de oro y tres de plata), distinción que mantendría durante más de tres décadas, hasta que la gimnasta rusa Larissa Latynina acumulara 18 medallas olímpicas entre 1956 y 1964. Después les superaría el nadador Michael Phelps.

Los años le empiezan a pesar a Nurmi, quien poco a poco nota que su cuerpo ya no responde como antaño. Sin embargo, en 1930 todavía es capaz de establecer dos nuevas plusmarcas mundiales (6 millas y 20 km), y otra más en 1931 (la de las 2 millas), que sería su último gran récord. Su deseo era poner el broche de oro a su carrera con una victoria en el maratón olímpico de Los Ángeles´ 1932. Sin embargo, unos días antes del inicio de los Juegos, el Comité Olímpico Internacional (COI) le prohíbe participar, acusándole de profesionalismo por el dinero cobrado en la gira que hizo por los Estados Unidos ¡siete años antes! Aquello supuso prácticamente el final de su carrera como atleta. Años después, el COI reconoció su error y le exculpó; como desagravio, fue recompensado siendo el último portador de la antorcha olímpica en Helsinki´1952.

Paavo Nurmi falleció el 2 de noviembre de 1973, y fue despedido en su país como el ídolo que siempre fue. Todavía en la actualidad, una estatua encargada por el Gobierno finlandés en 1924 y situada frente al Estadio Olímpico de Helsinki, recuerda la figura de uno de los más grandes atletas de todos los tiempos, el único capaz de lograr cinco medallas de oro en unos mismo Juegos Olímpicos. El finlandés volador siempre será un grande.


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miércoles, 19 de septiembre de 2012

El futbolista que desafió al nazismo

Considerado el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos, Matthias Sindelar lideró la potente selección de su país en la década de los 30. Conocido como el Mozart del fútbol por su genialidad con el balón en los pies, pasaría a la leyenda por hacer frente a uno de los mayores tiranos de la historia, Adolf Hitler. Vivió para el fútbol y cayó en desgracia por su resistencia al totalitario régimen nazi. Siete décadas después de su muerte las causas de la misma siguen siendo un misterio, dando pábulo a todo tipo de teorías. Su historia representa como pocas la dignidad llevada al mundo del deporte.

En la década de los 30 no había en el fútbol europeo una selección como la de Austria, conocida como el Wunderteam, el equipo maravilla. Practicaba un juego de toque y fantasía que maravilló al planeta fútbol a base de espectáculo y resultados de escándalo, como un 8-1 sobre Suiza, un 8-2 a Hungría, un 0-5 a Escocia en Glasgow, o sendas goleadas a la selección alemana (5-0 en Viena y 0-6 en Berlín). También lo hicieron una tarde de 1932 en Standford Bridge, cuando a punto estuvieron de lograr lo que nunca nadie antes había logrado: ganar a Inglaterra en su campo. Pese a perder 4-3, los periódicos ingleses reconocieron la superioridad austriaca y se rindieron a su fútbol de vanguardia.

Y entre todos los jugadores de este formidable conjunto destacaba su capitán y estrella, Matthias Sindelar, el Mozart del fútbol, un delantero centro atípico. Alto, delgado, de rostro afilado y mirada triste, era un peligro constante para los rivales, y no sólo por sus numerosos goles sino también por su control del balón, rapidez, habilidad extrema para driblar, por sus extraordinarios pases… Tenía genio en los pies. Además, fue precursor de un estilo de delanteros todoterreno que podían retrasarse al centro del campo sin perder efectividad, como luego lo serían el húngaro Hidegkuti o Alfredo Di Stéfano. Sindelar era una estrella mayúscula en aquella época y el gran fenómeno del fútbol europeo de los años 30.

Nacido el 10 de febrero de 1903 en la región de Moravia, hijo de una humilde familia católica, empezó a jugar al fútbol en el barrio vienés de Favoriten, de mayoría judía, al que se habían trasladado al encontrar su padre trabajo como fundidor y herrero. Pasó su infancia pegado a un balón de fútbol y fue en las calles de este barrio obrero donde desarrolló su enorme talento. Allí le empezarían a conocer con el apodo de El Hombre de papel por su aparente fragilidad y habilidad para pasar entre los defensores rivales “flotando como si fuera una hoja de papel”. A los 15 años ficha por el Hertha Viena antes de llegar al Austria de Viena, el equipo de la clase media judía, al que guiaría a la conquista de cinco Copas y una Liga austriaca. Era el mejor y el más popular jugador del país; todo el mundo le adoraba, incluso los aficionados rivales.

Pero aquel “equipo maravilla” que él lideraba nunca tuvo la suerte que su talento merecía. No disputaron el Mundial de 1930 –el primero de la Historia- porque sus dirigentes no quisieron desplazarse a la lejana Uruguay, y cuatro años después, en Italia´1934, tuvieron que conformarse con un polémico cuatro puesto. Tras eliminar a selecciones favoritas como Francia o Hungría, se toparon en semifinales con la anfitriona. Mussolini no podía permitir la derrota de Italia en un torneo preparado a la medida de sus intereses políticos, y el partido resultaría un auténtico atropello: además de permitir el juego violento italiano, el árbitro anuló dos goles legales a Sindelar. En los últimos minutos, Guaita marcó el gol del triunfo de la selección azzurra, que certificaba el adiós del mejor equipo del Campeonato. Dos años después, Austria lograría la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Berlín.



Fútbol y política

En 1938 el Wunderteam ya no tendría opción de disputar el Mundial de Francia; de repente, la política se cruzó en su camino. Formaron una maravillosa generación de futbolistas sin fortuna. Su cuenta de grandes títulos se quedó a cero. Pero además, la historia de aquella selección austriaca refleja como pocas la sinrazón de los totalitarismos, y es la viva constatación de que política y deporte nunca han sido buenos compañeros de aventuras. Y Matthias Sindelar, y su trágica historia repleta de dignidad, son el mejor ejemplo de ello. Él sufrió como ningún otro futbolista las consecuencias de la manipulación que el fascismo hizo del deporte.

El 12 de marzo de 1938 las tropas de Hitler entran en Viena sin resistencia alguna y Alemania se anexiona Austria. El régimen nazi requisó instituciones y edificios estatales, despojó al país de sus colecciones de arte... A todos los efectos consideraban que había una sola Alemania y eso significaba, además, que no cabían dos selecciones de fútbol. Así, aquella anexión les ofrecía la posibilidad de formar un potente conjunto fichando a la fuerza a las estrellas del equipo austriaco, muy superior por calidad a la física y robusta selección alemana. La Copa del Mundo de 1938 sería una magnífica oportunidad para presentar al mundo a una Alemania unida y victoriosa con los talentos incorporados.

El 3 de abril de ese año, antes de concretarse aquella peculiar “anexión futbolística”, se juega en el viejo estadio Prater de Viena el último partido en el que se iban a enfrentar ambas selecciones, presidido por numerosas autoridades nazis. Se esperaba que fuera un encuentro amable, sin confrontación, algo así como un partido de bienvenida y fraternidad entre dos selecciones que históricamente habían vivido una gran rivalidad, pero que desde el momento en que el árbitro pitara el final formarían un solo equipo. “Ganar un partido es más importante para la gente que capturar una ciudad”, solía decir el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels. Aquel encuentro era el mejor ejemplo de sus intenciones, y hay quien sostiene que aconsejaron a los austriacos dejarse perder para contentar a los mandatarios alemanes.



Humillación nazi

Pero nada más lejos de la realidad. Heridos en su orgullo, llenos de coraje, queriendo demostrar en su último encuentro como nación independiente la superioridad que todo el mundo conocía, el Wunderteam salió a por todas, aplastando a los alemanes con su juego creativo. Austria ganó con claridad por 2-0; Sindelar marcó el primer gol y fue, una vez más, la estrella del partido. Cuando su compañero Karl Sesta marcó el segundo, ambos lo celebraron bailando frente a la tribuna de las humilladas autoridades nazis. Aquella imagen le elevó a la categoría de mito, y le convirtió de paso en un personaje molesto para el régimen. Mientras gran parte de la sociedad austriaca había aceptado de buen grado la anexión alemana, aquel partido mostró un claro ambiente anti-nazi por parte de muchos de los aficionados que llenaban el Prater.

Hitler –sabedor de la importancia propagandística del deporte- soñaba con formar un equipo potente que borrara la humillación sufrida en los Juegos Olímpicos de Berlín´1936, y se frotaba las manos pensando que su nueva estrella sería el legendario hombre de papel. Pero Matthias Sindelar no era de la misma opinión. Rechazaba la anexión de su país y la política de sólo arios que amenazaba con expulsar a los judíos. Era un hombre rebelde que tenía principios y se negaba a admitir los atropellos de aquel régimen. No quería vestir la camiseta alemana y mucho menos hacer el saludo nazi antes de los partidos.

Bien es cierto que ya tenía 35 años, pero aún se encontraba en un momento álgido de su carrera. Asumiendo las consecuencias, decidió que aquel había sido su último partido, así que simuló lesiones y evadió, como buenamente pudo, cualquier intento del combinado alemán de contar con sus servicios. Pese a las intimidaciones y amenazas del Ministerio de Deportes del Tercer Reich, nunca jugaría con Alemania. Curiosamente, el fútbol –tantas veces utilizado por los nazis para fortalecer su imagen- se convertía entonces en vehículo de expresión de la resistencia, y Matthias Sindelar en símbolo de la contestación popular al régimen.

Varios hechos hablan a las claras de sus ideales y principios éticos. Con la irrupción del nazismo en Austria, se promulgó una ley que obligaba a los propietarios judíos a abandonar sus locales, lo que les forzaba a venderlos con rapidez. Esta obligación generó que los usureros pudieran comprar a muy bajo precio, lo que provocó grandes injusticias. Sindelar compró una cafetería a un hombre judío –de nombre Leopold Driell- y le pagó por ella 20.000 marcos, toda una fortuna en aquella época y más de lo que nadie había pagado por un local de este tipo. El jugador quiso ser generoso y se negó en rotundo a aprovecharse de la desesperación de Driell. Al tiempo, cuando el presidente del Austria de Viena fue expulsado de su cargo por ser judío, Sindelar le siguió considerando públicamente como un amigo.



Los últimos días de un hombre digno

Actos como estos le costaron el rechazo y la sospecha de los mandatarios nazis. Fue reportado desfavorablemente en los informes de la Gestapo y catalogado como “amistoso hacia los judíos” y “reacio a acudir a manifestaciones del Partido”. Nunca más viviría tranquilo, siendo vigilado y perseguido por la policía. Algunas versiones de la época cuentan que pasó meses recluido en su departamento del centro de Viena debido a las presiones del régimen nazi y que incluso intentó escapar a Suiza sin éxito. Mientras tanto, la “nueva y potente” selección alemana, reforzada con jugadores austriacos, fracasaba en el Mundial de 1938, siendo eliminada en primera ronda.

A partir de aquí, y debido a la actitud rebelde de Sindelar y a las sospechas que levantaba entre las autoridades, los últimos meses de su vida están envueltos en un halo de misterio, a medio camino entre las certezas y la leyenda. Las certezas nos conducen a la muerte del futbolista el 23 de enero de 1939 en su vivienda. Se sabe que unos días antes se había declarado a su novia, Camila Castagnola, una chica italiana de origen judío. Tras una noche de alcohol y pasión, un amigo suyo fue a buscarle pero nadie contestó cuando llamó a la puerta de su departamento.

Extrañado, abrió a la fuerza encontrándose en la cama el cuerpo desnudo y sin vida de Sindelar. A su lado, agonizante, estaba su novia, quien moriría poco después. La causa oficial de ambas muertes fue la inhalación accidental de monóxido de carbono, versión que corroboraron varios vecinos asegurando haber tenido problemas con la calefacción del edificio desde unos días antes. Sindelar era un héroe para los austriacos y a su funeral acudieron 40.000 aficionados.

El caso tardó seis meses en cerrarse por orden gubernativa, y oficialmente se consideró una muerte accidental. Sin embargo, ya se habían disparado todo tipo de teorías. Algunos atribuyeron su muerte a la Gestapo que, según esta versión, habría saboteado el conducto de gas de su vivienda para matarle lentamente; otros especularon con un posible suicidio de la pareja, desesperados ante las presiones del régimen nazi. La verdad nunca se supo y ya nunca se sabrá. Pero sea cual fuera la causa de su muerte, lo que no morirá nunca es su leyenda. Matthias Sindelar, El Hombre de papel, el Mozart del fútbol, fue un extraordinario futbolista (el mejor que jamás haya dado Austria) y un hombre de principios y enorme dignidad que nunca se resignó a ver pisoteados sus derechos. Ese fue su mejor gol.



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sábado, 14 de julio de 2012

El Tour de Vicente Blanco "El Cojo"

En plena disputa del Tour de Francia queremos recordar la fascinante historia de Vicente Blanco “El Cojo”, el primer gran héroe español en la más importante carrera ciclista por etapas. La vida le había castigado brutalmente, con dos graves accidentes que le destrozaron los pies, pero pocos años después, en 1910, se presentaba en la línea de salida de la Grande Boucle tras protagonizar una extraordinaria aventura.



Hijo de marinero, Vicente Blanco Echevarría (Deusto, 1884) trabajó desde los 13 años en un barco, primero como pinche de cocina y más tarde como palero en la sala de máquinas. Allí, paleando carbón y aguantando condiciones extremas de calor, se forjó un físico duro y una alta resistencia al sufrimiento. Cuando desembarcaba en los puertos extranjeros quedaba deslumbrado viendo las primeras bicicletas, y siempre que le resultaba posible alquilaba una para dar un paseo. Así se fueron construyendo sus sueños de convertirse en un campeón del ciclismo.

Buscando un futuro más próspero dejó el mar para empezar a trabajar en la industria metalúrgica. Pero allí, más que la prosperidad encontró la desgracia en forma de dos graves accidentes. Con apenas 20 años, trabajando para “La Basconia”, una barra de metal incandescente le atravesó el pie izquierdo, destrozándoselo casi por completo. Dos años después, desempeñándose en los astilleros Euskalduna, los engranajes de una máquina le atraparon el pie derecho, sufriendo la amputación de sus cinco dedos.

Con los dos pies prácticamente inútiles -como dos muñones-, Vicente Blanco “El Cojo”, dejó la metalurgia y comenzó a trabajar en la ría de Bilbao como botero, cruzando gente de una orilla a otra. Así conseguiría ahorrar el dinero para comprarse su primera bicicleta, una máquina vieja, pesada y llena de óxido, que él mismo desmontó pieza a pieza y restauró con esmero. Aquella bici destartalada carecía de neumáticos y, sin medios para comprar unos nuevos, colocó para tal función unas gruesas cuerdas de amarrar barcos que tenían el mismo grosor.

Y es que, pese a todos los reveses sufridos en la vida, y poseedor de una admirable capacidad de sacrificio, nunca cejó en su empeño de ser ciclista. Más bien al contrario, encima de la bicicleta encontraba mayor facilidad para desplazarse que andando con sus destrozados pies, así que empezó a entrenar a diario. También practicó natación, remo y hasta disputó con éxito alguna carrera pedestre, pese a su notable cojera. Nada le parecía suficiente obstáculo. Sin duda, era de Bilbao.




Primeros triunfos

Sería en 1907 cuando solicitó a la Federación Atlética Vizcaína (FAV) federarse para participar en pruebas regionales. En principio le miraron con compasión pensando que ese hombre desgarbado y cojo, con aquella ruina de bicicleta, nada podría hacer en el duro mundo del ciclismo. Sin embargo, lleno de osadía y desparpajo, les convenció para que le dieran una oportunidad en las siguientes carreras que se habrían de disputar en Bilbao. En ellas, destacó sobremanera, tanto por su gran resistencia física como por el apetito voraz que mostraba en las comidas post carrera.

Vicente Blanco era un personaje peculiar y de aquella época nos llegan numerosas anécdotas que dan fe de ello. Como el día que quiso participar en calzoncillos en una de sus primeras carreras por las calles de Bilbao y a punto estuvo de acaba en la cárcel por escándalo público. Vio que todos sus compañeros vestían equipaciones ciclistas que dejaban sus piernas y brazos al descubierto mientras él iba con pantalones largos, y no se le ocurrió mejor idea que desprenderse de éstos para intentar imitarles.

Sus victorias en carreras locales y regionales hicieron que la FAV le nombrara su representante para el Campeonato de España de 1908, que se celebraría en Gijón, y en el que -compitiendo ya con una bicicleta en condiciones- derrotaría a las figuras nacionales de la época. De esta carrera se cuentan dos anécdotas que dejan a las claras su peculiar carácter, a medio camino entre la picardía y la ingenuidad. Días antes le dijeron que si comía mucha carne estaría más fuerte en la carrera, así que ingirió tantas chuletas que durante el viaje a Gijón –que hizo en bicicleta- creyó morir por las fuertes diarreas que tuvo. Pese a ello, ganó la prueba echando mano, eso sí, de la picaresca.

La carrera se disputaba sobre un recorrido de 100kilómetros, y a mitad del mismo los participantes debían firmar en un control de paso. Cuatro ciclistas llegaron destacados a este punto; Blanco se apresuró a ser el primero en estampar su firma y volvió a arrancar a toda prisa. Cuando el siguiente corredor fue a firmar se dio cuenta de que la punta del lápiz estaba rota. No había otra cosa con lo que escribir, así que tuvieron que esperar a que el juez del control sacara punta al lápiz con una navaja. Con esta artimaña, Blanco ganó un tiempo precioso que ya no le podrían recuperar, pese a llegar con muy pocos metros de ventaja sobre el segundo clasificado. Tras cruzar la meta, caería desfallecido por el esfuerzo y las secuelas de sus problemas estomacales por el atracón de carne. Además del título de Campeón de España, se llevó quinientas pesetas, en lo que fue su primer gran premio en metálico.



Rumbo a París

Torpe para andar, El Cojo volaba sobre su bicicleta, consagrándose como el mejor ciclista español del momento. Al año siguiente volvería a repetir triunfo en el Campeonato de España disputado en Valencia, bajo la lluvia y un piso infernal, aventajando en más de media hora al segundo clasificado. Tras este éxito espectacular y otros resultados de mérito, el presidente de la Federación Vizcaína, Manuel Aranaz, le animó a probar suerte en la edición de 1910 del Tour de Francia, la carrera que naciera como una aventura en 1903, y que en tan sólo siete ediciones se había consagrado como la más dura y prestigiosa de las batallas ciclistas. Nunca antes un español (o al menos así se creía entonces) había tomado parte en ella. Y allí estaría él, en busca de aventura, fama, y de los suculentos premios en metálico que se repartían.

Aquel año Henri Desgrange, creador y organizador del Tour, tenía una diabólica sorpresa para los corredores: por primera vez se subirían los grandes puertos pirenaicos (Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque), cimas que con los años llegarían a ser míticas, en un trazado auténticamente infernal. Una cuarta parte de los inscritos se retiró al conocer el recorrido, pero no lo haría nuestro protagonista, valiente hasta la temeridad. Nada le echaría para atrás, ni siquiera la falta de medios económicos que le impedían pagarse un billete en tren hasta París.

Así que allí tenemos a Vicente Blanco cogiendo algo de comida, unas monedas y la carta de presentación que su amigo y valedor Manuel Aranaz había redactado para entregar a Desgrange, antes de emprender rumbo a la capital francesa; 1.100 kilómetros que recorrería ¡en bicicleta! Aquí empezó realmente su Tour de Francia. Tras cinco días de viaje a golpe de pedal, por carreteras descarnadas, polvorientas y plagadas de baches y piedras, llegó a París el día previo al inicio de la carrera, con la bicicleta destrozada, extenuado y enfermo por el esfuerzo.

Allí contactó con un español llamado Joaquín Rubio, quien trabajaba como mecánico en la empresa de bicicletas Alcyon. Éste le proporcionó una máquina algo más ligera (de “tan sólo” 15 kg de peso) y le ayudó a formalizar su inscripción en la sede del periódico L´Auto. Llevaría el dorsal 55 dentro de la categoría de los corredores “isolés”, popularmente conocidos como los desheredados, ya que competían sin el apoyo de un equipo profesional. Salían solos, a la aventura, y tenían que buscarse la vida para comer, alojarse, reparar la bicicleta o solucionar cualquier contratiempo que les surgiera.





Una aventura efímera

Al día siguiente, el 3 de julio, tomó la salida junto a otros 109 ciclistas con la intención de completar las 15 etapas y 4.734 kilómetros de que constaba aquella edición del Tour de Francia. Entre aquellos ciclistas estaban algunos de los más prestigiosos del continente (Octave Lapize, François Faber, Gustave Garrigou…), y también José María Javierre, protagonista de un encendido debate sobre si se le debe considerar el primer español en participar en el Tour. Javierre nació en Jaca, pero con tan sólo cuatro años de edad emigró con su familia a Francia, convirtiéndose en Joseph Habierre. Allí se formó como ciclista, se sentía francés y como tal se inscribió en los Tours de 1909 y 1910… pese a que no consiguió la nacionalidad francesa hasta 1915. Nosotros pasaremos de puntillas sobre este debate y nos seguiremos centrando en la fascinante historia de Vicente Blanco, El Cojo.

Acabó la primera etapa, de 272 kilómetros con final en Roubaix y numerosos tramos de pavés, en noveno lugar, pese a haber sufrido varias caídas. Pero su mala alimentación y precaria salud debido al brutal esfuerzo realizado los días previos sólo le dejaron completar dos etapas. Al tercer día, sin aliento, decide abandonar, incapaz de oponer resistencia a los que él llamó “fieras bien alimentadas”. De esta manera terminaba su sueño en la ronda gala, en una edición que resultó especialmente dura. Sólo llegaron a París 41 de los 110 ciclistas que fueron de la partida, y para la historia ya ha quedado el grito de “¡Asesinos!” que Octave Lapize dedicó a los organizadores al coronar el puerto del Aubisque, en aquella etapa infernal que inauguró los colosos pirenaicos.

La vuelta desde Francia la hizo en tren y fue recibido en la estación de Abando como un auténtico héroe. Era una celebridad. Tras aquella aventura fallida, Blanco siguió disputando carreras y vueltas por etapas hasta que decide dejar la bicicleta en 1916. Casado y con dos hijos, cuando se retiró del ciclismo se dedicó al transporte de mercancías y después se metió en diversos negocios que acabaron resultando ruinosos, dejándole en una difícil situación económica. A partir de aquí, poco más se supo de su vida, sólo que enfermó de próstata y murió a los 73 años.

En su entierro alguien recordó lo que el diestro Cocherito de Bilbao decía de él cuando le presentaba a sus amistades: “Aquí tienen al hombre que en su cuerpo reúne más cicatrices que todos los toreros de España juntos”. De esta manera terminaba la vida de este deportista humilde y esforzado, un auténtico aventurero, un hombre sin suerte pero lleno de tesón. Puro coraje. El primer gran héroe español en el Tour de Francia, protagonista de una auténtica gesta de leyenda.





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sábado, 23 de junio de 2012

Micah True (Caballo Blanco): ¡Libre para correr!

Correr en libertad fue su vida, y corriendo encontró la muerte el pasado mes de marzo en las montañas del desierto de Sonora, en la frontera entre Arizona y Nuevo México. Micah True, conocido como Caballo Blanco, era un espíritu libre y una leyenda del ultrafondo. El libro Nacido para correr, de Christopher McDougall, narró su relación con los indios rarámuris (o tarahumaras, como se hacen llamar) y de paso catapultó a la fama a este “indio gringo” que hizo de la carrera un modo de vida.



"No soy más que un indio gringo, amigo, corriendo humildemente con los rarámuris" (Micah True)

El pasado 27 de marzo, Micah True salió a correr por el Desierto de Sonora, también llamado Desierto de Gila a causa del río del mismo nombre que le atraviesa, una zona de cañones y mesetas a caballo entre los estados de Arizona y Nuevo México. Vestía, como de costumbre, camiseta, pantalón corto y sandalias, y no le faltaba la botella de agua sin la que nunca salía. Avisó que iba a correr unos 20 kilómetros, una minucia para él, acostumbrado a rodajes interminables, pero pasaron las horas y no regresó al refugio en el que se alojaba.

Se inició entonces su búsqueda en la que se llegó a batir una superficie de 1.000 km2 del gran desierto, tarea en la que no se escatimaron esfuerzos: medio centenar de personas, perros, vehículos todoterreno y hasta aviones. Incluso participaron en la búsqueda algunos de los mejores corredores de ultrafondo del mundo como Scott Jurek o Kyle Skaggs, y el escritor Chris McDougall, autor de Nacidos para correr, libro que recoge sus peripecias vitales y su relación con los indios tarahumaras, y que le dio fama mundial. Su cuerpo fue encontrado cuatro días después, ya sin vida, con las piernas dentro de un arroyo y su inseparable botella al lado, “sin signos de haber sufrido ningún traumatismo”, según manifestaría el sheriff local. Las causas de la muerte no han trascendido, pero todo apuntaba a un colapso cardiaco. Sólo, en libertad y corriendo. Un hombre de principios, un espíritu libre, Caballo Blanco murió tal y como eligió vivir.

Michael Randall Hickman -que este era su verdadero nombre- había nacido en 1954 en Boulder (Colorado). Hijo de un sargento de Artillería del Cuerpo de Marines, vivió durante su infancia en diversas bases del ejército norteamericano. En su época universitaria (estudió “Historia americana y religiones orientales”) empezó a practicar boxeo para ganar algo de dinero con el que pagarse los estudios. No le fue mal en este deporte y acabó boxeando de manera profesional con cierto éxito, entre 1974 y 1982, con el nombre de Mike “True” Hickman. El apodo de True se lo puso en homenaje a su viejo perro… y ya quedaría con él para siempre. Y el posterior Micah estaría inspirado en el espíritu “valiente e intrépido” del profeta del Antiguo Testamento del mismo nombre.




Nacido para correr

Pero su verdadera pasión era correr. Una pasión que le había inculcado un curioso ermitaño de Maui, una de las islas de Hawaii, donde residió algún tiempo. Correr largo y correr sólo, por la montaña, por cualquier sendero o camino por el que se pudiera sentir libre. Durante 20 años, Micah True siguió el mismo ritual: cada verano trabajaba duro haciendo mudanzas en su Boulder natal para ganar el dinero suficiente con el que vivir el resto del año allí donde podía hacer lo que más le gustaba: en las remotas montañas de México, corriendo y disfrutando de la libertad, haciendo entrenamientos interminables que sumaban con frecuencia más de 280 kilómetros semanales. “Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue –reconocería a Chris McDougall en una de sus conversaciones-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero este es un terreno salvaje. Así que tuve que esperar un poco”.

Así, conoció a los indios tarahumaras (considerados los corredores más resistentes del mundo), por los que pronto sintió verdadera fascinación, y entre los que vivió adaptándose a sus costumbres. Los tarahumara son un pueblo muy tranquilo y humilde, pobladores de las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua (México), y poseedores de una resistencia descomunal que les permite correr cientos de kilómetros seguidos. Están genéticamente adaptados a las carreras de fondo, y para ellos es su estilo de vida. De ellos, True aprendió todo lo que necesitaba saber para terminar de forjar su talento para las largas distancias: su técnica de carrera, sus alimentos y bebidas llenos de energía… y su curioso calzado, ya que corren calzando tan sólo huaraches, unas finas sandalias de cuero que ellos mismos se fabrican de manera artesanal. Con ellas, superó las molestias que arrastraba desde hacía años en los tendones del tobillo, y nunca más se lesionaría.

Después de unos años en las barrancas conviviendo con los tarahumaras, Caballo Blanco se había hecho más fuerte, estaba más sano, y corría más rápido que nunca en su vida: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”, reconocería a McDougall. Pero, sobre todo, aprendió numerosas lecciones de vida para manejarse en un territorio tan hostil, tierra de sequías y cañones casi inaccesibles. En él, Micah True encontró su tierra prometida, y una hermosa forma de vivir que adquiría todo su sentido a través de la carrera de larga distancia, actividad con la que exploraba los límites de su resistencia: “Siempre estoy perdiéndome y teniendo que escalar, con una botella de agua entre los dientes y águilas volando por encima de mi cabeza. Es algo hermoso”.


Cooper Canyon Ultra Maratón

Micah True es el personaje central del libro Born to Run (Nacidos para correr) de Christopher McDougall, escritor norteamericano que también se sintió fascinado por lo que eran capaces de hacer los tarahumaras. Colaborador de The New York Times, viajó hasta México para conocer a este pueblo y a su mejor embajador, el norteamericano que se hacía llamar Caballo Blanco. De lo que allí vio y vivió, y de sus charlas con True, salió todo un bombazo editorial que ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo, y que disparó la fama y notoriedad de Caballo Blanco, quien se convertiría en un icono entre los corredores de larga distancia por su activismo y capacidad de superación. Amaba correr, y transmitía esa pasión a todos.

Fue el fundador y alma de una de las carreras de ultrafondo más famosas que jamás hayan existido: la Cooper Canyon Ultra Maratón (el ultramaratón de las Barrancas de Cobre), prueba anual que tiene su comienzo y final en la Plaza del pueblo de Urique, en Chihuahua, y en la que participan sobre todo indios rarámuris. La carrera consta de 50 millas (unos 80 kilómetros) a través de desfiladeros y caminos pedregosos. Para Caballo Blanco, aquella prueba era mucho más que una simple competición deportiva: “Mientras algunos están en guerra en muchas partes del norte de México y del mundo, nosotros nos reunimos en lo más profundo del cañón para compartir con los nativos, comer, reír, bailar, correr y traer la paz”.

Y mucho más que la paz, puesto que con esta carrera pretendía llevar algo de prosperidad al pueblo tarahumara. Por eso, además de dinero para los primeros clasificados, en la Cooper Canyon Ultra Maratón se reparten toneladas de alimento y semillas de maíz entre los nativos que completan el recorrido. La primera edición de esta prueba se celebró en 2003, y la última tuvo lugar el pasado 23 de marzo, tan sólo cuatro días antes de que a Caballo Blanco le alcanzara la muerte en el desierto de Sonora. Sólo, en libertad y corriendo. Tal y como siempre fue feliz. En una ocasión dejó escrito: “Si se me va a recordar por algo, me gustaría que fuera por mi autenticidad. No más. ¡Libre para correr!” Así sea.

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