jueves, 28 de abril de 2011

El gigante de las piernas de alambre

Con sus 231 centímetros de estatura ha sido, junto al rumano George Muresan, el jugador más alto de la historia de la NBA. Extremadamente delgado (apenas pesaba 90 kilos), las piernas de Manute Bol parecían finos alambres a punto de quebrarse. Tras sufrir mil y un avatares en pos del sueño americano, logró hacerse un hueco en la mejor liga de baloncesto del mundo. Consiguió fama, dinero y el cariño de todos, especialmente en su Sudán natal, país por el que luchó hasta los últimos días de su intensa y sorprendente vida. Pero el destino no fue benévolo con él, y murió joven, enfermo y arruinado.


A mediados de los años 80 la fotografía de un peculiar jugador de baloncesto dio la vuelta al mundo. Era la imagen de un chico de color con la camiseta número 10 de la modesta Universidad de Bridgeport (Connecticut). Tenía cara de niño y era largo, muy largo, de cuerpo infinito, como no se había visto antes. En la imagen -la primera que podéis ver debajo de estas líneas- el chico, de nombre Manute Bol, originario de una tribu de Sudán, levanta sus brazos para, sin despegar los pies del suelo, llegar prácticamente a la altura del aro. Tras él, uno de los árbitros del encuentro da la auténtica perspectiva de su descomunal envergadura. Pero lo que más sorprendió fueron sus brazos y sus piernas, auténticos palillos, y lo escuálido de su cuerpo. La fotografía mostraba a un “fideo andante” sobre una cancha. Estábamos, posiblemente, ante la fisionomía más singular de la historia del baloncesto; parecía mentira que ese cuerpo pudiera jugar contra auténticas moles sin romperse en mil pedazos.

Meses después, el joven Manute aterrizaba por fin, tras un sinfín de avatares, en la mejor liga de baloncesto del mundo. Era el primer africano que lo conseguía. Su llegada a la NBA despertó el lógico interés de lo insólito. En octubre de 1985, en una de sus primeras comparecencias públicas, decenas de periodistas le asediaban y acribillaban a preguntas: “¿Le asusta el reto de enfrentarse a los mejores jugadores del mundo?”. “No me asusta nada –respondió con timidez-. Recuerdo que cuando era más joven tuve que cazar un león con mis propias manos”.

Estas declaraciones agrandaron su leyenda, y contribuyeron a aumentar la fascinación hacia su figura y su historia personal, la de un joven llegado de un mundo lejano y salvaje que triunfa en el país de las oportunidades. Años después, el propio Manute Bol matizaría y pondría en su verdadera dimensión aquel episodio. Según su narración posterior, cuando tenía 15 años, en una de sus jornadas a campo abierto con el ganado, una de las vacas fue devorada por un león, algo que le atemorizó; por eso, los días siguientes llevaría consigo una lanza. Una de esas mañanas, encontró al león durmiendo bajo unos arbustos; sigilosamente, se acercó y le arrojó la lanza con todas sus fuerzas, acabando con la vida de la bestia. El gigante sudanés reconocería que de no haber estado dormido el fiero animal, no se hubiera atrevido a enfrentarse a él.


Vida tribal y primeras canastas
Manute Bol nació en Turalei, aldea situada al sur de Sudán, oficialmente el 16 de octubre de 1962, aunque su verdadera fecha de nacimiento siempre fue un misterio ya que carecían de registro civil. Pertenecía a la tribu de los Dinka, la más alta del país; de hecho, se cuenta que su abuelo, Malouk Bol Chol, uno de los jefes tribales, medía 2,39 metros. Los dinkas, la etnia mayoritaria en el sur, era un pueblo muy primitivo en sus costumbres, un pueblo que carecía de leyes escritas, convertía a sus jefes en los únicos depositarios de la autoridad, y permitía la poligamia. Así, Bol Chol tenía cuarenta esposas, más de ochenta hijos y centenares de nietos, uno de los cuales, nuestro protagonista, heredaría su rasgo más distintivo: una estatura fuera de lo normal.

Manute creció en un entorno salvaje, en plena armonía con la naturaleza. La vida del pueblo dependía sobre todo del ganado vacuno, del trigo y de los cereales y él, como la mayoría de los jóvenes dinkas, se encargaba del cuidado de las vacas que les daban la leche y la carne con la que subsistían. Entre las costumbres de la tribu no se encontraba la de ir a la escuela, de ahí que nunca pisara un aula en Sudán. A punto de alcanzar la edad adulta su estatura rondaba ya los 2,31 metros; una altura tan descomunal que pronto llamaría la atención fuera de la burbuja de su aldea. Y entonces conocería un deporte que acabaría cambiando su vida.

Fue en 1979 cuando oyó hablar por primera vez del baloncesto. Uno de sus tíos, policía y residente en Wau, la ciudad más grande del sur del país, trató de convencerle de que viajara hasta allí para que probara con el equipo local, que participaba en la liga nacional. A Manute le sonó a broma lo de aquel juego y no viajó. Pero su destino ya estaba escrito y el baloncesto aparecía en él… y volvió a llamar a su puerta tan sólo unos meses después. Esta vez fue un primo suyo –uno de los tantísimos que tenía-, de nombre Joseph Victor Bol Bol, hombre de mundo, piloto de las líneas aéreas sudanesas y con contactos en varios clubes del país, quien le intentó convencer con argumentos más “poderosos”: le habló de los Estados Unidos, de dinero, de una posible vida como profesional... Esta vez sí, accedió y viajaron a Wau donde vio por primera vez en su vida un balón, una canasta y una cancha de aquel extraño deporte que llamaban baloncesto.

No fueron fáciles sus inicios en el mundo de la canasta. Uno de sus primeros días de entrenamiento, Victor Bol le pidió a su primo que machara el balón en la canasta. Al intentarlo, se partió los dientes contra el aro. No conocía ni los más elementales fundamentos de este deporte, pero tenía lo más importante, lo único que no se puede entrenar: la altura. Pese a aquel incidente, siguió entrenando hasta que Victor y otro primo suyo, Nyoul Makwag Bol, base de la selección de Sudán, le facilitaron los trámites para que pudiera jugar en el mismo equipo que éste, el Catholic Club de Jartum. Pese a sus evidentes lagunas técnicas, su enorme envergadura resultó de gran ayuda para conquistar el flojo campeonato sudanés. Seis meses después de empezar a practicar este deporte, ya estaba en el equipo nacional.


Una visita providencial
A partir de aquí, un cúmulo de circunstancias y casualidades se dieron para que, en poco más de un año, Manute saliera de un país que se encontraba al borde de una cruenta guerra civil. Y en toda esta historia jugó un papel fundamental Don Feeley, joven técnico norteamericano de Fairleigh Dickinson, una pequeña universidad de New Jersey. Como parte de un programa de intercambio, Feeley viajó hasta Sudán en el verano de 1982 para dirigir durante unos meses a la selección nacional de aquel país. Aunque en un principio se mostró reacio al viaje, le terminaron convenciendo de que aquella aventura podría enriquecer su currículo como entrenador, a la vez que podría servirle para descubrir algún jugador interesante para su universidad.

Tras varias semanas en su aldea natal, Manute emprendió el largo viaje (más de tres días en tren) que le llevaría a Jartum, la capital del país, donde tendrían lugar los entrenamientos de la selección. Lo hizo con la motivación especial de saber que los dirigiría un entrenador americano. Los entrenamientos tenían lugar en una de las pocas pistas de cemento que había en Sudán, en lo alto de una colina, bajo un sol de justicia. Como cada día, cuando Feeley llegaba un grupo de jugadores se encontraba lanzando a canasta. Pero aquel día, observó algo diferente, una escena que le dejó absolutamente perplejo.

Sin levantar los pies del suelo, sin ayuda de ningún banco o escalera, tan solo alzando sus interminables brazos, Manute estaba enganchando al aro una de las redes. Cuando le explicaron quien era, cambió por completo sus planes de entrenamiento para prestar especial atención a aquel gigante de piernas de alambre, al que le faltaban varios dientes y cuyos dedos de los pies estaban retorcidos y deformados por no haber podido calzar nunca unas zapatillas de su talla. Pronto trabarían una buena relación y Feeley pudo comprobar su carácter sencillo y afable.

En las semanas siguientes, el joven técnico comprobó también el potencial de otros dos jugadores altos de Sudán: Deng Nihal, amigo de Manute en el Catholic, y Akila Shokai. Ambos había recibido una buena educación en Jartum, y se manejaban bien en inglés, por lo que hacían las labores de intérprete entre los jugadores y Feeley. Gracias a éste, Shokai acabaría recibiendo una beca para jugar en Fairleigh Dickinson, donde permanecería varios años. Pero el diamante en bruto era Bol, de quien el entrenador quedó maravillado por su capacidad de intimidación y sus rápidos progresos, y a quien intentaría convencer para que viajara a Estados Unidos en busca de un futuro como jugador profesional.


Una elección fallida
En los meses posteriores, por discrepancias con la dirección del centro, Feeley fue despedido de la Universidad, pero siguió con su empeño de llevar a Manute a Estados Unidos, convencido de tener una futura estrella a la que tan solo había que pulir. Además, pensó, le serviría de “salvoconducto” para conseguir un nuevo trabajo. Creyó ver la oportunidad cuando Kevin Mackey, nuevo entrenador de la Universidad de Cleveland State y conocido suyo, se mostró interesado en su propuesta: recibiría el cargo de asistente a cambio de llevarle al equipo a dos jugadores de los que le hablaba maravillas, Deng Nihal y a quien consideraba el secreto mejor guardado del mundo del baloncesto. Mackey accedió. Quería ver a los jugadores cuanto antes, así que Feeley tramitó lo más rápido que pudo los billetes desde Jartum para Manute y Nihal. El 23 de mayo de 1983, ambos gigantes aterrizaban en el aeropuerto Logan de Boston, sin un centavo y totalmente al amparo de su mentor.

Pero las cosas no trascurrieron según lo acordado. Mackey estaba interesado en Bol, pero se echó para atrás en su idea de ofrecerle el cargo de asistente a Feeley quien, sintiéndose engañado, cambió de estrategia y empezó a buscar otro destino para el sudanés. Cinco días antes del draft de 1983, llama a su buen amigo Jim Lynam, nuevo técnico de los San Diego Clippers. “Tengo para ti una sorpresa Jim, una auténtica sorpresa”, le dijo. Según le iba dando detalles, el interés de Lynam, incrédulo en un principio, iba aumentando. Parecía sumamente arriesgado apostar en el draft por un completo desconocido al que nunca había visto jugar, pero ¡qué diablos!, necesitaba algo diferente para cambiar la dinámica perdedora de los Clippers. Además, no perderían mucho eligiéndole en alguna de sus últimas rondas. “Está bien Don -le contestó-. No hables de él con nadie más; voy a elegirle”. Y así fue. Llegó la noche del draft, y en la quinta ronda, con el número 97, San Diego escogió a Manute Bol, de Sudán; 2,31 metros de altura; 81 kilos de peso. Un murmullo, mezcla de sorpresa y desconcierto, estalló en la sala. Nadie sabía nada de este jugador de estatura y peso inverosímiles.

Días después, Lynam viajaba hasta Cleveland para conocer por fin “el secreto mejor guardado del mundo del baloncesto”. El gigante africano se encontraba entrenando en el gimnasio junto a Deng Nihal –su inseparable amigo y traductor- y un grupo de novatos que luchaban por hacerse un hueco en la NBA. Al verle, se quedó profundamente impresionado; era todavía más alto de lo que había imaginado. Enseguida comprobó que, efectivamente, le quedaba muchísimo por aprender, pero a la vez se dio cuenta de su increíble poder de intimidación, algo que jamás había visto antes. Tras observarle durante varios días, se fue más que satisfecho: sin duda, Manute era el gran robo de aquel draft.

Pero poco les duraría la alegría, ya que la NBA se apresuró a declarar nula aquella exótica elección, alegando que era menor de 21 años y no se había declarado elegible en el plazo establecido por la liga. Todo se complicó cuando la Liga solicitó su pasaporte y este indicaba que Manute tenía 19 años y medía ¡1,58 metros! El jugador explicó que los oficiales sudaneses le habían medido sentado, pero la NBA, no viendo claro el asunto, resolvió anular dicha elección. Así, Lynam se quedó sin su diamante en bruto, y Feeley sin su empleo como asistente de los Clippers.

Frustrado su traspaso a la NBA, Don Feeley intentó, de nuevo con la ayuda de Mackey, enrolar a Manute en Cleveland State. Pero de nuevo se encontraron con un gran obstáculo que acabaría siendo insalvable: sin educación de ningún tipo, sin saber leer ni escribir, y sin conocimientos de inglés, parecía más que difícil que pudiera acceder a la Universidad. Por más que Mackey intentó que se hiciera una excepción con él, no fue posible. El director del centro lamentó no poder hacer nada y dio el asunto por zanjado.


Y por fin, baloncesto
Fuera de la NBA y de la NCAA, decidieron que pasaría un año entero entrenando, estudiando y aprendiendo el idioma, por lo que fue enviado a la Case Western Reserve, una academia especial para inmigrantes. Fueron meses difíciles para Manute, quien sintiendo la soledad de estar en un país extraño y sin dominar el idioma, no dejaba de plantearse si estaba haciendo lo correcto. Había venido a los Estados Unidos a jugar al baloncesto y, por diversos motivos, no lo podía hacer. Llegó a pensar en dejarlo todo y volver a su aldea natal donde, con arreglo a las leyes del pueblo dinka, debería asumir la responsabilidad del cuidado de su familia. Sólo su inseparable amigo Nihal le pudo convencer de no tirar por la borda un prometedor futuro. Entretanto, seguía entrenando y le buscaron un representante que guiara su carrera profesional, Frank Catapano. Él se haría cargo de los gastos que generaba su estancia en los el país norteamericano.

Así, pasaron los meses y en el horizonte se avistaba una nueva temporada. Se iniciaron gestiones para enrolar a Manute en otra pequeña universidad -Bridgeport, en Washington-, cuyo equipo de baloncesto militaba en la segunda categoría de la NCAA, y donde por fin Feeley había encontrado un cargo de asistente a las órdenes de Bruce Webster, quien también quedó impresionado por la envergadura del sudanés y encantado de poder contar con un jugador tan inusual. Durante los primeros cinco días, Manute se alojó en el domicilio de Webster, durmiendo en dos camas contiguas puestas en forma de T. Como hiciera Mackey en Cleveland, el entrenador de Bridgeport pidió a la dirección del centro una beca especial para que Bol pudiera ingresar como alumno. Aunque su nivel académico todavía era muy precario (apenas sabía leer y escribir), ya se defendía en inglés y se había acostumbrado a la vida y las costumbres norteamericanas. Además, el director de Bridgeport comprendió la importancia que para el centro podría tener su presencia en el equipo de baloncesto, así que no hubo ningún problema en concederle una beca diseñada especialmente para él.

Entonces la historia personal de Manute saltó a los medios de comunicación, conociéndose todos los detalles de su vida en África, su complicada llegada a los Estados Unidos, los avatares de su año en blanco, la dramática situación de su país… De repente, dejó de ser un desconocido y se generó un enorme interés en torno a su figura y a sus posibilidades como futuro jugador de la NBA. Su vida cambió de la noche a la mañana: le implantaron prótesis en la boca, le hicieron una cama a medida, pusieron en regla todos sus papeles… A partir de entonces sólo debería preocuparse de jugar al baloncesto.

Con capacidad para 1.800 espectadores, el pabellón Harvey Hubbell se quedaba pequeño cada vez que la Universidad de Bridgeport jugaba como local. Manute era la gran atracción de un equipo que pronto concitó un interés mediático propio de las mejores universidades del país. En su debut ante Stonehill anotó 20 puntos, cogió 20 rebotes y puso 6 tapones. Su presencia causaba estragos entre los ataques rivales, obligados a modificar sus tiros una y otra vez, y también en defensa sufrían para defender tantos centímetros. Allá donde viajaba el equipo de Bridgeport se levantaba una enorme expectación; todos querían ver al gigante de las piernas de alambre. En Quinninpac organizaron una fiesta en su honor que llamaron Manute Bol Party Fans; después, el homenajeado anotó 22 puntos y puso 15 tapones a los jugadores del equipo local. El equipo entrenado por Webster acabó la temporada con un brillante record de 26-5, aunque perderían en la final regional ante Sacred Heart. Aquella temporada, Bol firmaría unos espectaculares promedios de 22,5 puntos, 13,5 rebotes y cerca de 6 tapones por encuentro.


Ahora sí, cerca de las estrellas
Viendo los progresos que estaba realizando y cómo su físico le permitía dominar la zona en aquella categoría de la NCAA, decidió que había llegado el momento de dar el salto a la NBA. Quería hacerse profesional y empezar a ganar dinero para ayudar a su gente. Como paso previo, en la primavera de 1985, decidieron que jugara en la recién creada USBL (United Stated Basketball League), una liga profesional menor formada por tan solo siete equipos que tenía como objetivo foguear a jugadores que pudieran ser de interés para la NBA. Frank Catapano acordó que Manute formaría parte de los Rhode Island Gulls, equipo que debía jugar ocho partidos antes del draf. Estos partidos cumplirían un doble objetivo: proporcionarle sus primeros ingresos como profesional y, sobre todo, servir como escaparate para las franquicias NBA de cara al draft que se avecinaba. Bol recibiría 25.000 dólares por esas semanas de competición, siendo el jugador mejor pagado de toda la liga.

En los Gulls coincidiría con jugadores que luego serían conocidos como John Hot Rod Williams o un “enano” procedente de North Carolina State, de tan sólo 1,69 metros, llamado Spud Webb, junto al que protagonizaba un brutal contraste de alturas. En su estreno con el equipo de Rhode Islands, Bol puso 16 tapones y cuajó una gran actuación defensiva. Finalizaría su experiencia en la USBL con un impresionante promedio de 13 tapones por encuentro. Pese a las lagunas técnicas que aún tenía su juego, el interés por este monstruo defensivo fue aumentando entre varias franquicias de la NBA, y reputados entrenadores y directores deportivos acudían a verle en directo. “Es el mejor taponador de la historia, mejor incluso que Bill Russell”, dijo de él Don Nelson, entonces entrenador jefe de los Milwaukee Bucks. También había quien recelaba de sus posibilidades debido a su físico escuálido –apenas 86 kilos entonces para 231 centímetros-, y quien directamente descartó su fichaje por considerarlo más una atracción de feria que un jugador aprovechable para la NBA.

Uno de los más impresionados por sus actuaciones resultó ser Bob Ferry, director deportivo de los Washington Bullets, quien ya contaba con referencias directas del jugador por parte de un viejo conocido suyo, Bruce Webster, el entrenador de Manute en Bridgeport. “Hazme caso y vete a verlo. Es una máquina de taponar”, le dijo. Efectivamente, le hizo caso y quedó perplejo con lo que vio. Pese a que el entrenador jefe de los Bullets, Gen Shue, no estaba nada convencido de las posibilidades del gigante africano, Ferry insistió con Manute. Era su apuesta para el draft y Washington utilizó su elección de segunda ronda (número 31) en el sudanés. Y esta vez sí, todo estaba en regla. Firmó un contrato de tres años por el que empezaría cobrando 130.000 dólares el primero de ellos. Por fin, había cumplido su sueño de ingresar en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Desde el principio, los Bullets pusieron todo su empeño en sacar lo mejor de su nuevo jugador. Le asignaron un entrenador asistente para que puliera su técnica, un asistente personal que le ayudara en todos los quehaceres diarios, y le pusieron un duro plan de entrenamiento físico y alimenticio que tenía como objetivo añadir kilos y músculo a su cuerpo. Cuando el 9 de octubre debutó en un partido amistoso contra los Celtics, Bol ya había ganado cinco kilos de peso. Los jugadores de Boston, que no le conocían, hicieron una apuesta: se llevaría 600 dólares quien consiguiera machacar por encima de aquel gigante. Nadie lo logró y Manute colocó nueve tapones en 26 minutos de juego. McHale, Parish, Bill Walton, Larry Bird… nadie se libró de los largos brazos del sudanés. A partir de aquel día, ya no olvidarían su nombre.


Una máquina de taponar
Cuando Manute debutó oficialmente en la NBA, el 25 de octubre de 1985, se convirtió con sus 2,31 metros en el jugador más alto de la historia de la competición. Años después, le igualaría el rumano George Muresan. Muy limitado en ataque, desde el principio tuvo un gran impacto defensivo, y prácticamente no había balón al que no llegaran sus kilométricos brazos. Muchas de sus mejores actuaciones las firmaría en su primer año como profesional: 15 tapones ante Atlanta, el día de su debut; 12 ante Cleveland poco después; 18 puntos, 9 rebotes y 12 tapones antes Milwaukee el día de su estreno como titular por la lesión de Jeff Ruland (jugó 48 minutos con prórroga incluida)... En su primera temporada, hizo historia al pulverizar el récord de “gorros” para un rookie con 397, a una media de 4,97 por encuentro. Además, ese primer año promedió 3,7 puntos y 5,9 rebotes en 26 minutos.

Manute Bol todavía mantiene el récord de tapones en un solo cuarto (8, algo que hizo en dos ocasiones), en una mitad (11, compartido con Elmore Smith y George Johnson), y la segunda marca de la historia en un partido (15, por los 17 que colocó Elmore Smith). Además, es el segundo de la historia en promedio de tapones por partido (3,34, sólo superado por los 3,50 de Mark Eaton), y el mejor promedio por minuto jugado (0,176). En un partido ante los Orlando Magic hizo algo nunca visto antes: poner cuatro “gorros” en la misma jugada... en apenas diez segundos.

Su carrera en la NBA se prolongaría durante diez temporadas, en las que jugó, además de en el equipo de la capital, en Golden State Warriors, Philadelphia 76ers y Miami Heat. De manera paralela a su andadura baloncestística, muy pronto se convirtió en todo un “personaje” dentro de la NBA, gracias también a su personalidad alegre y extrovertida. Era un jugador novedoso, diferente, exótico, el centro de atención allá donde iba, y fue protagonista de numerosas situaciones curiosas. En la temporada 1987-88 protagonizó una fotografía más propia de un circo ambulante que de un equipo de baloncesto al coincidir en los Bullets con Tyrone Bogues, base de tan solo 1,59 metros. 72 centímetros separaban al jugador más alto y al más bajo de la historia de la competición, conformando una estampa impactante (podéis ver la imagen más abajo) que dio la vuelta al mundo y que la NBA se encargó de explotar convenientemente.

En junio de 1988 abandona la disciplina de los Washington Bullets para fichar por Golden State Warriors. Entonces se produce un cambio sorprendente en su juego, una especie de Expediente X que provoca la sorpresa de casi todos. El jugador más alto del mundo, el baloncestista de rudimentarios fundamentos, se transformó de repente en un triplista más o menos fiable. Recurre al lanzamiento de tres puntos como un arma más de su juego, aunque sus porcentajes nunca fueron muy brillantes. Después de lanzar tres triples en las tres temporadas que pasó en Washington –sin anotar ninguno-, en su primera temporada en los Warriors encestó 20 triples de 91 intentos. Su estilo era extraño y poco ortodoxo (echaba los brazos muy hacia atrás para sacar el balón a la altura de la cabeza, casi desde su hombro derecho), pero consiguió perfeccionarlo algo en las siguientes temporadas hasta firmar un 32% jugando para Philadelphia 76ers en 1992-93.


Volcado con Sudán
Entre 1985 y 1993 firma sus mejores años en la NBA pero a partir de esa temporada su nivel deportivo empieza a descender, afectado por un problema crónico de artritis en sus rodillas. Sus achaques se convirtieron en constantes y ya no podía mantener la exigencia física de la competición. En 1995 los Milwaukee Bucks le cortan sin haber llegado a debutar. En sus últimos años en la liga promedia poco más de 2 puntos y 3 rebotes por encuentro, y su estadística de tapones se resintió a la vez que su físico. Tras dejar la NBA, jugó en 1996 en Uganda, en los Sadolin Power, equipo al que ayudó a ganar la liga. Un último año en Quatar fue el preludio de su retirada definitiva.

Mientras estuvo en la NBA disfrutó de jugosos contratos con sus equipos (en sus diez años de profesional cobró en salarios más de siete millones de dólares) y con patrocinadores de la talla de Coca-Cola, Nike, Kodak o Toyota. Pero el ahorro no era su fuerte y en poco tiempo perdió todo el dinero ganado en sus años como profesional del baloncesto. A ello influyó su falta de visión para las finanzas (fracasó en varios negocios), una extensa familia a la que nunca dudó en ayudar, y su apoyo económico a los más desfavorecidos en la guerra civil que vivió su país en los años 90.

En nombre de la religión, el sur de Sudán fue masacrado por el gobierno fundamentalista del norte. Dos millones de civiles fueron asesinados y cuatro millones se vieron desplazados de sus hogares. Manute, desde la distancia, asumió como una de sus responsabilidades ayudar a sus compatriotas. “En 1991 veía las noticias sobre Sudán en televisión, y el gobierno estaba matando a mi gente –contaría en los últimos años de su vida-. Me dije que debía hacer algo, así que decidí convertirme en un guerrero. Sentía que había hecho mucho dinero y era el momento de entregarle algo a mi gente”. Buena parte de sus ganancias fueron destinadas a la reconstrucción de su aldea natal, Turalei, arrasada por la guerra, a la edificación de un hospital y a programas contra el hambre. Además, apoyó económicamente a los rebeldes, e hizo campaña por todo el mundo para recaudar dinero, comida y medicinas para los campos de refugiados. Miles de personas, especialmente niños, salvaron la vida gracias a su ayuda y sus gestiones. Hasta el final de sus días, pese a lo precario de su salud y de su situación económica, luchó por mejorar las condiciones de vida de su gente. Para ellos, Manute siempre será un dios.

El sudanés Loul Deng es en la actualidad una de las estrella de los Chicago Bulls, uno de los mejores equipos de la NBA. Pero por aquel entonces - mediados de los 90- era tan sólo un niño que se estaba iniciando en el deporte del baloncesto: “Al hablar de Manute, en Sudán pensamos inmediatamente en todo lo que hizo por ayudar a la gente; sólo después pensamos en sus éxitos deportivos. Hizo cosas que no necesitaba hacer, pero no iba a ser feliz si no ayudaba a su gente”. Deng siempre ha reconocido que su exitosa carrera en la NBA tiene mucho que ver con la ayuda de Bol; fue luz, guía y ejemplo para él: “Si Manute no hubiera entregado tanto amor a su gente y no hubiese ayudado a los demás, quizá hoy yo no estaría aquí”.


Arruinado y enfermo
Con apenas 35 años, y recién retirado como profesional, Manute Bol se encontraba en la ruina. Además, su mujer le abandonó y se fue a vivir a Nueva Jersey con sus cuatro hijos. Tuvo que vender sus casas de Egipto y Jartum, y la de los Estados Unidos le fue embargada, pero ni aún así consiguió solucionar sus problemas económicos. Durante años, estuvo viviendo en una casa alquilada en los suburbios de Jartum, con dos esposas, un hijo y 14 parientes. No tenía trabajo, y mientras su salud se lo permitió ejerció como jefe de los Dinka, organizando bodas, mediando en conflictos entre miembros de la tribu y aconsejando a los más jóvenes. Y de vez en cuando, cuando surgía la ocasión, participaba en algún evento deportivo-benéfico-publicitario para obtener algunos ingresos con los que seguir ayudando a su pueblo. Mientras tanto, seguía sufriendo por la artritis, que le afectaba seriamente a las muñecas y rodillas.

En julio de 2004 su estado de salud se complicaría por un grave accidente de tráfico sufrido en West Hartford (Connecticut, Estados Unidos), que le provocó numerosas fracturas de las que se recuperó en el país norteamericano. Antiguos compañeros de equipo organizarían un partido benéfico en su nombre. Durante su recuperación, llegaría el final de la guerra civil en Sudán.

Después, el Síndrome de Stevens Johnson -una rara enfermedad degenerativa de la piel, que también afecta a las mucosas y a algunos órganos internos- fue acabando poco a poco con su vida. Manute Bol, el gigante de las piernas de alambre, el jugador de físico inverosímil que triunfó en la NBA, fallecería el 19 de junio de 2010, a los 47 años de edad, en un hospital de Charlottesville (Virginia del Norte, Estados Unidos), a causa de una grave enfermedad renal. Procedente de tierras lejanas, dejó una imborrable huella de humanidad en el mundo del deporte. Su corazón era tan grande como él. Y siempre será, por los siglos de los siglos, el jefe de la tribu.


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martes, 22 de marzo de 2011

Tramposos a la carrera

Si buscamos en un diccionario la palabra trampa encontramos, entre otras, estas dos acepciones: “Contravención disimulada a una ley, convenio o regla, o manera de eludirla, con miras al provecho propio”; “Infracción maliciosa de las reglas de un juego o de una competición”. Desde sus primeros tiempos como deporte, el atletismo no ha estado exento de trampas y engaños de todo tipo. Aquí repasamos algunas de las más curiosas.

1. El primer tramposo de la historia del atletismo
Spiridon Belokas fue uno de los 18 valientes que tomaron parte en el maratón de los primeros Juegos Olímpicos de la era Moderna, disputados en Atenas (1896). La carrera tuvo numerosas alternativas e incidencias, fruto de un esfuerzo al que muchos de estos hombres no estaban acostumbrados. En el kilómetro 16 lideraban la prueba tres de los cuatro atletas foráneos (el australiano Flack, el francés Lermusiaux, y el norteamericano Blake), pero los tres desfallecieron por no saber regular sus fuerzas. Fue el local Spiridon Louis quien entró primero en el estadio para cruzar la línea de meta, como vencedor, entre los vítores de los espectadores. Tras él llegaron otros dos atletas griegos (Charilaos Vasilakpos y Spiridon Belokas), aunque éste último fue descalificado tras comprobarse que había recorrido parte del trayecto en un carruaje. A pocos kilómetros de la meta, el único extranjero que continuaba en carrera, el húngaro Kellner, vio como el joven atleta heleno le pasaba descaradamente subido a un carro, por lo que al llegar a la meta denunció el caso ante los jueces. Según cronistas de la época, los compañeros de equipo de Belokas se arrancaron el escudo nacional de su camiseta indignados, y el propio rey Jorge regaló a Kellner su reloj de oro, como desagravio. De esta manera, Spiridon Belokas ha pasado a la historia como el primer tramposo del olimpismo moderno.

2. Descalificado en la carrera más loca
En el maratón de los Juegos Olímpicos de San Luis de 1904, el estadounidense Fred Lorz llegó al estadio en primera posición, fue aclamado como un héroe e incluso se fotografió con Alice Roosevelt, la hija del presidente de los Estados Unidos. Pero pronto se descubrió que entre los kilómetros 15 y 30 había hecho el recorrido subido a un coche. Lorz -en la imagen inferior- se justificó diciendo que no lo tenía premeditado, que se había retirado en el kilómetro 15 con fuertes calambres, y que pidió a un espectador que le acercara al estadio en su coche. Pero el vehículo se averió a 10 kilómetros de la meta, así que, ya recuperado de sus problemas físicos, decidió terminar la prueba corriendo y fingir que era el campeón. Fue descalificado a perpetuidad, pero luego se le perdonó y ganó el Maratón de Boston del año siguiente. Aquella carrera resultó ser una de las más locas de la historia del atletismo, con altísimas temperaturas y un solo punto de avituallamiento de agua; un participante (el cubano Félix Carvajal) que se presentó a la línea de salida con zapatos de calle, pantalones largos, camisa de manga larga y boina; dos africanos (los primeros atletas de color en participar en unos Juegos) perseguidos por unos perros rabiosos; y un ganador (el norteamericano Thomas Hicks) cuya victoria casi le cuesta la vida. A Hicks –payaso de profesión- le acompañaban varios amigos a bordo de un coche, y cuando le vieron flaquear le dieron pastillas de sulfato de estricnina (un estimulante) y varias claras de huevo. Luego, le dieron más estricnina, coñac y le “refrescaron” con agua del radiador. Llegó a meta tambaleándose y una vez rebasada ésta se desplomó, al borde del coma. “Es más difícil ganar una carrera así que ser presidente de Estados Unidos”, dijo después de recuperarse.

3. Dora se llamaba Hermann
En 1936 la alemana Dora Ratjen tuvo la oportunidad de participar en la prueba de salto de altura femenino de los Juegos Olímpicos de Berlín gracias a la prohibición del régimen nazi a su mejor saltadora, de origen judío; Ratjen acabó en cuarta posición. Sus innegables rasgos masculinos generaron no pocas polémicas y protestas de las rivales, ante las que respondía que padecía una especie de hermafroditismo. Dos años después, logró batir el record del mundo de salto de altura durante los Campeonatos de Europa de Viena. Finalmente, el misterio fue desvelado en los años 50 cuando dos admiradores descubrieron que llevaba peluca en una estación de trenes de Alemania. Fue sometido a exámenes médicos, que confirmaron que tenía genitales masculinos. Entonces se confirmó el engaño: la buena de Dora era realmente un hombre, llamado Hermann Ratjen, por lo que fue desposeído de sus títulos y marcas. En 1957, terminó admitiendo que era un hombre, y alegó que fue obligado a recurrir a este engaño: "Yo siempre he sido hombre, pero el régimen nazi, obsesionado con ganar una medalla, me obligó a competir como mujer", dijo entonces.

4. Una tramposa profesional
Rosie Ruiz, estadounidense de origen cubano, ganó el maratón de Boston en 1980. Recibió los laureles y la medalla, se hizo las fotos con el ganador masculino, el mítico Bill Rodgers, y respondió a las entrevistas… pero algo no cuadraba. Si sorprendente fue su triunfo (era una desconocida en el atletismo), más aún lo era su extraordinario tiempo: 2 horas 31 minutos y 56 segundos, tercera mejor marca mundial de todos los tiempos y ¡25 minutos menos que lo que había tardado el año anterior en completar el maratón de Nueva York! Además, las otras atletas no recordaban haber corrido con ella y no aparecía en las fotos y vídeos tomadas durante la prueba. Fue descalificada al comprobarse la trampa: no había tomado la salida junto al resto de corredores, saliendo de entre el público a mitad de carrera para completar tan sólo la parte final. Poco después, el director del maratón de Nueva York manifestó su firme creencia de que Ruiz tampoco había completado la totalidad del recorrido en el maratón de la Gran Manzana de 1979. Pero su “historial” como tramposa no termina ahí, llegando a alcanzar tintes delictivos: unos años más tarde fue detenida en Nueva York acusada de falsificación y robo, y pasó una semana en la cárcel. Un año después, fue encarcelada de nuevo en Miami por vender cocaína a agentes encubiertos.

5. La (falsa) carrera más rápida de la historia
En 1987 Ben Johnson batía el record del mundo de los 100 metros lisos en los Campeonatos del Mundo de Roma. Un año después, su duelo con Carl Lewis en los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 centraba la atención de todo el mundo. La final superó todas las expectativas y, en una carrera espectacular -denominada entonces la “carrera del siglo”- Big Ben se impuso con contundencia logrando un nuevo record del mundo (9,79). Pero tres días después Johnson fue despojado de la medalla de oro y del record al dar positivo en el control antidopaje por el esteroide Stanozolol. Posteriormente, el canadiense admitió haberse dopado desde 1981 y la IAAF le quitó todos los récords y medallas conseguidos desde 1984. “He tomado pastillas de todos los colores”, admitió ante el juez. En 1993 dio positivo de nuevo en una carrera en Montreal, y fue suspendido de por vida.

6. ¿Con bigote o sin bigote?
El argelino Abbes Tehami, antiguo campeón de 1.500 metros de su país, se impuso en el maratón de Bruselas de 1991. Pero el posterior análisis de las fotos revelaba algo extraño: Tehami tenía bigote en la salida y llegó a la meta sin él… ¿cómo era eso posible? Posteriormente se supo la verdad: quien había tomado la salida con su dorsal no era él, sino su entrenador, Bensalem Hamiani, quien habría corrido unos siete kilómetros antes de pasarle el dorsal. Pese a cierto parecido entre ambos, el engaño salió a la luz por el bigote que lucía Hamiani y del que carecía el tramposo vencedor.

7. El cambiazo fallido de Katrin Krabbe
Katrin Krabbe se convirtió a principios de los 90 en la reina europea de la velocidad. Campeona del mundo de los 100 y 200 metros en 1991, pronto se consagró como el símbolo atlético de la Alemania unificada, algo a lo que también contribuyó su belleza y simpatía. Sin embargo, pronto cayó en desgracia al dar positivo por clembuterol (sustancia que aumenta el volumen muscular) en un control de orina realizado en 1992 en Sudáfrica. Junto a ella fueron “cazadas” otras atletas germanas como Grit Breuer y Silke Möller. Después se supo que Krabbe intentó cambiar su muestra de orina por otra que llevaba escondida en la vagina, dentro de un pequeño depósito del tamaño y la forma de un tampón, en un engaño al que muy posiblemente no fuera la primera vez que recurría. Pero al estar muy vigilada durante el control (ya sospechaban de ella), no pudo dar el “cambiazo”.

8. A la Universidad vía maratón
Pero ningún caso de fraude masivo en carreras populares como el que aconteció el pasado 2 de enero de 2010 en el Maratón de Xiamén (China). Horas después de finalizar la prueba, 30 de los 100 primeros llegados fueron descalificados acusados de haber recurrido a diversas argucias ilegales: muchos de ellos utilizaron un coche o la bicicleta para completar parte de su recorrido, otros utilizaron “atajos” para recorrer una distancia menor a la estipulada, y otros pagaron a atletas de mucho más nivel para que, portando su chip, establecieran por ellos estos buenos resultados. Las autoridades deportivas de la provincia de Fujian comprobaron dichos engaños tras revisar distintas filmaciones de la carrera. Según comunicaron, el tiempo medio que habían empleado los 30 atletas descalificados fue de 2 horas y 34 minutos, un crono realmente bueno para un atleta popular. Los “tramposos” no eran ni siquiera atletas habituales, sino estudiantes que se estaban jugando con su puesto en el maratón puntos extras para el examen de ingreso a la Universidad o para conseguir becas universitarias.

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lunes, 28 de febrero de 2011

Cuatro minutos que lo cambiaron todo

En febrero de 2006, un chico de 18 años se convertía en protagonista en los principales telediarios de Estados Unidos. Si decimos que fue noticia por anotar 20 puntos en un partido de baloncesto escolar, se podría pensar que estamos ante una historia de lo más común. Y sin embargo, el nombre de Jason McElwain dio la vuelta al mundo por protagonizar una de las más hermosas historias de superación que jamás ha conocido el mundo del deporte.



Jason McElwain (J-Mac para sus compañeros) no comenzó a hablar hasta los 5 años, y aún en la actualidad, siendo todo un hombre, su expresión oral es limitada, no regula el volumen de su voz, no interpreta el lenguaje corporal… J-Mac es autista. Nacido el 1 de octubre de 1987, hijo de Dave y Debbie, vivió desde pequeñito con sus padres en Rochester, un suburbio de Nueva York. A muy temprana edad, le diagnosticaron autismo y fue enviado a clases de educación especial. Eso no le impidió desarrollar su pasión por el baloncesto, deporte que descubrió de la mano de su hermano mayor, Josh. Se apuntó para jugar en el equipo de su colegio, la Greece Athena High School, una modesta escuela secundaria de Rochester, pero no le aceptaron. Y es que a su autismo unía otro importante obstáculo: su escasa estatura (1,65 m.) para un deporte de gigantes.

Pero su pasión por el baloncesto era tan grande que, tras ser rechazado como jugador, se ofreció para ser el delegado de los Trojans, nombre con el que se conoce al equipo de su escuela. Así, durante tres años, siempre entusiasta y servicial, fue el apoyo perfecto para el entrenador y sus compañeros: llevaba las estadísticas y las fichas del equipo, tenía las toallas y las bebidas siempre preparadas, ayudaba a los jugadores en las sesiones de tiro… Era uno más del equipo, pero no jugaba… hasta aquel día.

Cuatro minutos
El 15 de febrero de 2006, J-Mac -un chico especial, un jugador diferente- acaparó todo el protagonismo que no había tenido durante años. Aquel día, Greece Athena se enfrentaba a la escuela de Spencerport en el que era el último partido de la temporada regular. Las cosas marchaban viento en popa para los Trojans, que habían logrado una ventaja superior a la veintena de puntos. Entonces, con el partido ya decidido, el entrenador Jim Johnson quiso recompensar su tesón y dedicación de años dejándole jugar unos instantes. Con el número 52 en su camiseta y una cinta en el pelo, su aparición en la cancha fue celebrada con enorme júbilo por el público que asistía al partido, en su mayoría conocidos de este chico de infinita bondad que siempre compensó sus limitaciones con una tremenda fuerza de voluntad y ganas de mejorar.

Saltó a la cancha, entusiasmado, a falta de cuatro minutos. Su primer lanzamiento -un triple- no tocó ni el aro, y también falló su segundo tiro, cercano a canasta. En la siguiente posesión de su equipo, recibió el balón y se jugó otro triple desde siete metros, que esta vez sí entró. A partir de ahí, hizo lo que nadie jamás había hecho antes: anotó, sin fallo, otros cinco triples más y una canasta de dos puntos. En total: 20 puntos en tres minutos, tiempo en el que batió todos los récords de puntuación de la historia. En los últimos instantes del partido, los compañeros le buscaban una y otra vez, conscientes de la gesta que estaba protagonizando. Y J-Mac, tocado por una varita mágica, absolutamente encendido, no paraba de lanzar…y de anotar. El público que llenaba las gradas y sus compañeros –incrédulos- celebraban alborozados, dando saltos de alegría, cada una de sus canastas.

El resultado final (79-43 para Greece Athena) no fue más que una anécdota. En cuanto sonó la señal del final del partido, los espectadores invadieron la cancha y corrieron a abrazar a J-Mac quien, profundamente emocionado, fue alzado a hombros. El chico tímido y callado que sufría para relacionarse con su entorno era el héroe del momento. En los días posteriores, las imágenes de su gesta darían la vuelta al mundo. Y su historia llenaría de esperanza miles de hogares en los que viven niños con problemas.






Avalancha mediática

Aquel día, Jason había pedido a su abuela que acudiera al pabellón, ya que sabía que podría salir a jugar si el marcador era holgado. Y también estaba presenciando el encuentro Andy McCormack, el logopeda que durante sus años de escuela secundaria le había ayudado con su trastorno. Fue McCormack quien, el día después, llamó a John Kucko, director de deportes de la cadena WROC 8 TV de Rochester, y le pidió que viera la cinta de lo acontecido la noche previa en el pequeño pabellón de la escuela Greece Athena. Reacio en un principio, Kucko reconocería más tarde que fue la insistencia de McCormack lo que le llevó a echar un vistazo a la cinta. En cuanto lo hizo, supo que debían emitirlo en el telediario de la tarde. En unos días, las imágenes de la gesta de McElwain se estaban emitiendo en todas las cadenas de ámbito nacional y en otras muchas de todo el mundo.

En su Rochester natal, Jason se convirtió en una celebridad. Pero su fama fue mucho más allá, y el 4 de marzo fue recibido por el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, quien se detuvo en un aeropuerto, camino a Canandaigua, para conocer y charlar un rato con el joven que había despertado el interés de todos. “Nuestro país quedó cautivado por su increíble historia en una cancha de baloncesto –dijo Bush-. Es la historia de la voluntad del entrenador Johnson por dar una oportunidad a una persona. Es la historia del amor profundo de Dave y de Debbie por su hijo. Y es la historia de un joven que encuentra su lugar en una cancha de baloncesto y que, a su vez, toca el corazón de los ciudadanos de este país”. Bush admitió también haber llorado al ver por televisión las imágenes de la hazaña de McElwain, “tal como lo hicieron otras muchas personas”.

En los días siguientes protagonizó una avalancha de entrevistas en los programas de televisión de mayor audiencia (The Oprah Winfrey Show, Larry King Live o Good Morning America), homenajes de todo tipo, audiencias con famosos deportistas como Magic Johnson, con personalidades públicas... Además, recibió el premio que la ESPN concede al mejor momento deportivo del año y compusieron una canción en su honor.


Derribar el muro de Berlín

Tras su ascenso a la fama, Jason escribió, con la ayuda de un escritor profesional, un libro titulado “El juego de mi vida”, en el que se repasaba su vida y la gesta de aquel día. En 2009 protagonizó un anuncio para Gatorade como parte de la campaña publicitaria de esta marca de bebidas deportivas, y sus padres alcanzaron un acuerdo con la productora Columbia Pictures para que llevara su historia a la gran pantalla, aunque desde entonces el proyecto está en punto muerto.

En la actualidad, McElwain compatibiliza sus estudios con un trabajo a media jornada en un mercado de alimentos en su Greece natal, donde sigue siendo una celebridad. Mientras tanto, siempre que puede, viaja por todo el país para ayudar a recaudar fondos para la investigación del autismo, y aún hoy en día sigue concediendo alguna que otra entrevista para rememorar el partido en el que anotó 20 puntos en tres minutos. Pese a aquella gesta, Jason no volvió a jugar al baloncesto con continuidad, aunque reconoce que en ocasiones va a hacer algunos tiros a canasta.

En 2006, en aquellos días de locura mediática para nuestro protagonista, en medio de la vorágine, fue su madre Debbie quien mejor entendió y puso en contexto donde residía el verdadero valor de su hazaña: “Yo veo el autismo como el muro de Berlín y Jason lo ha roto –dijo entonces-. Por primera vez en su vida se ha sentido orgulloso de sí mismo y eso no tiene precio”. Y todo ocurrió en cuatro minutos. Cuatro minutos que lo cambiaron todo.

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lunes, 20 de septiembre de 2010

El superatleta destronado

Fue el primer gran atleta del siglo XX, una fuerza de la naturaleza, el deportista completo que destacaba en todas las modalidades. Tras asombrar al mundo en los Juegos de Estocolmo 1912, venciendo en las dos pruebas combinadas (pentatlón y decatlón), fue acusado de profesionalismo y despojado de sus medallas olímpicas. Esta es la peculiar historia del indio piel roja Jim Thorpe.


Jacobus Franciscus “Jim” Thorpe, nacido el 28 de mayo de 1888 en una reserva india en el estado de Oklahoma, ha sido uno de los deportistas más completos de la historia, ya que además de dominar casi todas las modalidades atléticas jugaba a muy alto nivel al béisbol, baloncesto, lacrosse y fútbol americano. A pesar de que éste último era su deporte favorito, y por el que se dio a conocer en su país natal, fue el atletismo el que le dio la fama mundial.

Nativo de la tribu Sac and Fox, descendiente por vía materna de Black Hawk (Halcón Negro), el mítico gran jefe de dicha tribu, recibió el nombre tribal de Wa Tho Huk (Sendero brillante), debido a que los rayos del sol iluminaban intensamente el sendero que conducía a la cabaña donde nació. El pequeño Jim pronto destacó por sus excepcionales facultades físicas. Pasó los primeros años de su vida trabajando con su padre, corriendo, cazando y pescando como un hijo de la naturaleza, lo que probablemente fue el mejor “entrenamiento” para un atleta tan completo como llegó a ser.

Los primeros pasos de su carrera deportiva los dio en el internado del Indian Collage de Carlisle, en el estado de Pennsylvania, una institución dedicada a la enseñanza de niños indios en la que ingresó con 16 años. La muerte de su padre le lleva a abandonar la escuela, pasando a trabajar durante un par de años en una granja. Sin embargo, el joven Jim añoraba el ambiente de la escuela y la intensa practica deportiva que allí desarrollaba (fútbol americano, béisbol, atletismo, baloncesto, lacrosse…), por lo que en 1907 decide regresar a Carslile.

Dotado de un gran talento natural para el deporte y de un impresionante físico, que aunaba fuerza, agilidad, rapidez y resistencia (1,83 metros y 80 kilos de adulto), su primer interés se dirigió al fútbol americano, hasta que un día su capacidad atlética llamó la atención del prestigioso entrenador Pop Warner, quien le tomó bajo su protección y le llevó a ser una deportista completo.


El atleta más completo
En los siguientes años la progresión deportiva de Jim fue fulgurante. Era ya un líder, y conducidos por él los “indios” de Carlisle alcanzan una gran notoriedad en todo el país, llegando a conquistar el título nacional de fútbol americano. Es elegido en dos ocasiones para el All-American, una selección nacional de los mejores futbolistas amateurs de cada temporada. "Nadie puede pararlo", decía de él Pop Warner.

En la primavera de 1912, entre otros logros atléticos, consigue tres primeros puestos, dos segundos y un tercero en el campeonato de atletismo universitario contra la campeona Universidad de Pennsylvania. Con 24 años, consagrado ya como uno de los grandes deportistas del momento, los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 debían ser el test definitivo de su capacidad atlética. Y superaría la prueba con nota.

En esos Juegos se introducen por primera vez las pruebas combinadas de pentatlón (salto de longitud, lanzamiento de jabalina, 200 metros, lanzamiento de disco y 1.500 metros) y decatlón (con las mismas disciplinas que en la actualidad, aunque entonces se disputaba en tres jornadas). En ambas, Thorpe vence con aplastante superioridad. En el pentatlón triunfa en cuatro de las cinco pruebas; en el decatlón, en cuatro de las diez, estableciendo un nuevo récord olímpico y mundial. Sus 8.412 puntos, que corresponderían a 7.232 según la tabla de puntuación actual, es una marca espectacular para la época y tardaría 16 años en ser batida. Además, participaría en la final de salto de altura -en la que quedó cuarto con una marca de 1,87-, y en la de salto de longitud (séptimo con 6,89). “Permítame, señor, que le felicite. Es usted el más maravilloso atleta que han visto los siglos”, le dijo el rey Gustavo V de Suecia.

Tras los Juegos de Estocolmo regresa a su país como un auténtico héroe, protagonizando incluso la tradicional parada en coche descubierto por Broadway, reservada para personajes y acontecimientos muy señalados. Remata otra magnífica temporada futbolística, siendo elegido por tercera vez All-American, y en enero de 1913 se casa con su novia Iva Millar. Todo son éxitos, la vida le sonríe… pero el destino le tiene reservado, una vez más, una mala jugada.


Acusación de profesionalismo
Meses después, un periodista publica que en los veranos de 1909 y 1910 había cobrado un sueldo de unos 70 dólares mensuales de un modesto equipo de las ligas americanas de béisbol. En aquella época, la condición de amateur comportaba una absoluta prohibición de cualquier forma de compensación económica, por lo que era normal que al finalizar la temporada de atletismo muchos universitarios se inscribieran con nombres falsos para jugar unos meses en las ligas profesionales y ganar algún dinero. Jim también lo hizo pero no ocultó su identidad, creyendo que no contravenía ninguna regla. Aquella ingenuidad le costaría caro.

Tras investigar el caso, la Amateur Athletic Union (AAU) de Estados Unidos le privó de su condición de deportista aficionado, y el Comité Olímpico Internacional (COI) decidió despojarle de sus medallas, a la vez que su nombre y sus récords desaparecían de todas las clasificaciones oficiales. Los atletas que habían quedado en segunda posición en ambas pruebas (el noruego Ferdinan Bie y el sueco Hugo Wislander) se negaron a recibir las medallas de oro que tuvo que devolver Thorpe como un gesto de admiración hacia él. Las preseas permanecieron durante décadas en el Museo Olímpico de Lausana.

Amargado tras aquella descalificación olímpica que siempre consideró injusta, Jim Thorpe –designado por la prensa norteamericana como el mejor deportista nacional del primer cuarto de siglo- probó suerte en otros deportes, jugando con éxito en los míticos Giants de Nueva York de la liga fútbol americano. Posteriormente, fichó por otros equipos de fútbol americano y de béisbol hasta su retirada en 1928. Si durante cerca de una década cosecha éxitos deportivos y suculentos contratos económicos, sus últimos años como deportista profesional están marcados por una sucesión de fracasos motivados por sus numerosos problemas personales.

Jim Thorpe no tuvo una vida personal fácil, marcada en numerosas ocasiones por la tragedia y la adversidad. Cuando sólo tenía ocho años su hermano gemelo falleció a causa de una meningitis, se quedó huérfano de padre y madre antes de cumplir los 18, su primer hijo (tuvo ocho) murió en una epidemia de gripe, se divorció en dos ocasiones… Todo un catálogo de adversidades a las que además hay que añadir que fue víctima de discriminación racial debido a sus raíces indias, discriminación de la que era plenamente consciente y contra la que siempre se rebeló.


Una vida llena de adversidades
La muerte de su primer hijo le sume en una profunda depresión. Ya de por sí serio y reservado, se le agria todavía más el carácter y empieza a beber compulsivamente. Las desavenencias con su esposa pasan a ser frecuentes, lo que desemboca en su divorcio, y empieza a descuidar los entrenamientos con el lógico bajón en su rendimiento deportivo.

Los Giants rescinden su contrato, y a partir de aquí inicia una etapa de continuos cambios de equipos, e incluso épocas en las que tiene serias dificultades para encontrar un equipo en el que seguir jugando, llegando a pasar calamidades. Tras retirarse –arruinado y en plena crisis por la Gran Depresión- acaba realizando todo tipo de trabajos para sostener a su familia: trabaja en la construcción, como cargador en los muelles, portero de club nocturno, guardia de seguridad, e incluso hace de extra de cine en varias películas, caracterizado sobre todo de Gran Jefe indio. Sin embargo, su situación personal no mejora; los empleos no le duran mucho y gran parte de lo que gana se lo gasta en las tabernas.

Sumido durante años en el olvido, en 1950 es hospitalizado, de caridad, para ser tratado de un cáncer de boca. Un año después, una película vino a recuperar y engrandecer su figura. Dirigida por Michael Curtiz y con Burt Lancaster dando vida al atleta, Jim Thorpe: All American (1951) narra su trayectoria vital y deportiva, y todos los obstáculos que tuvo que superar para convertirse en una leyenda del deporte. Una de las escenas más emotivas recoge un episodio ocurrido en 1932, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. El antaño ídolo de masas deambula por las inmediaciones del estadio olímpico sin dinero para pagarse la entrada, cuando es reconocido por unos espectadores que le llevan hasta la tribuna de honor, donde es aclamado por el público que abarrota el Coliseo.

Jim Thorpe falleció el 28 de marzo de 1953 rodeado de sus siete hijos y su tercera esposa, enfermo de cáncer, pobre y alcoholizado, sin haber visto restituido su “honor olímpico", algo que no ocurriría hasta 1982. Siete décadas después de su gesta, el entonces presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, hacía entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron retiradas. Jim Thorpe, el piel roja que asombrara al mundo en 1912, “el más maravilloso atleta que han visto los siglos”, recuperaba así, oficialmente, el reconocimiento de unos títulos olímpicos que nunca debió perder.

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domingo, 15 de agosto de 2010

Simply the Best

Durante una década maravilló al mundo con su fútbol de genio. Después, hastiado de la dinámica del profesionalismo, decidió retirarse, jugar para equipos amateurs y disfrutar al límite de los placeres de la vida. El alcohol ahogó el mayor talento futbolístico surgido jamás en las islas británicas. Rebelde, talentoso, auténtico, golfo… Así era George; simply the Best.


Toda una vida resumida en sus frases. Porque hasta para eso George Best era un genio. “A lo largo de mi vida gasté mucho dinero en alcohol, mujeres y coches. El resto simplemente lo malgasté”, dijo en una ocasión. Así era él: sincero, despreocupado, extravagante... un vividor. Sin embargo, su talento en un campo de fútbol era inmenso, comparable tan sólo al de los mejores de la historia (Maradona, Pelé, Cruyff...) Las diabluras que hizo con el balón, cosido a sus botas, levantan todavía comentarios de admiración. “George Best fue único”, dijo Sir Alex Ferguson. Su vida también.

Ofreció al mundo seis temporadas mágicas, y después su estrella se apagó ahogada por los excesos. Entre 1964 y 1970 maravilló al planeta fútbol. No había nadie como él; no habrá nadie como él. En esos años ganó dos ligas inglesas (1965 y 1967), una Copa de Europa (1968), el Balón de Oro (1968) y un Balón de Bronce (1970). En esos años marcó 115 goles en 290 partidos y dejó para el recuerdo innumerables muestras de su talento.

Una noche en Lisboa, en 1966, se encargó de destrozar al Benfica de Eusebio (1-5). Al día siguiente la prensa portuguesa, rendida ante semejante exhibición, le puso el apodo que le acompañaría el resto de su vida: “El quinto Beatle”. También inolvidable fue su partido contra la selección de Escocia, en octubre de 1967, tras el cual el público le bautizó como “el mejor” (the best). Y aquella ocasión en que hizo sonrojar al veterano portero Gordon Banks en un Inglaterra-Irlanda, quitándole con picardía el balón cuando iba a sacar de puerta, para marcar con la cabeza (aunque finalmente el gol no valió).

Fue el primer icono pop del fútbol moderno, tan estrella fuera como dentro de los campos de juego. Y entonces, a la vez que menguaba el Best futbolista, iba creciendo el Best personaje, el Best caricatura, el Best de los excesos. Como aquella ocasión en que, según recordaría después el botones de uno de los hoteles más exclusivos de Nueva York, llegó a pedir, una tras otra, decenas de botellas de champán hasta gastar las 20.000 libras que se esparcían por la cama de la lujosa suite en la que se divertía con una ex Miss Universo.



Sus frases célebres
“Es el mejor del mundo”, dijo de él Pelé a finales de los 60. “Si hubiera nacido feo, no habríais oído hablar de Pelé”, manifestó en una ocasión Best. Pero no nació feo, sino atractivo, simpático, juerguista y sensible en exceso a los placeres de la vida. Y terminó por perderse en el camino. Y terminó por perder lo mínimo que necesita un futbolista para jugar entre los mejores.

En aquella época George Best quedaba retratado, sin ningún pudor, por sus frases, tan ingeniosas y ocurrentes como demoledoras y dramáticas. Era pura dinamita con un micrófono delante: “Dicen que me he acostado con siete Miss Universo. Es mentira, sólo han sido tres”… “En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida”… “He dejado de beber, pero sólo cuando duermo”… “Tenía una casa en la costa, pero para llegar a ella había que pasar por un bar. Nunca llegué a ver el mar”… “Cada vez que entro en un sitio, hay 70 personas que quieren invitarme a beber, y yo no sé decir que no”… “Nací con un gran don que a veces tiene un lado destructor. Quería superar a todo el mundo cuando jugaba y de la misma manera quería superar a todo el mundo en mis salidas nocturnas”.

Todas estas frases, y algunas más, describen perfectamente al personaje. Todas ellas retratan al que pudo haber sido, de haber querido, uno de los dos o tres mejores jugadores de la historia. Best ha sido el mayor talento desperdiciado del fútbol mundial. Pero aquellos años de fútbol (sus buenos años) no se han vuelto a ver jamás. Entonces sí, era simply the best.



El primer icono pop del fútbol
George Best nace el 22 de mayo de 1946 en Belfast (Irlanda del Norte) en el seno de una familia de seis hermanos. Desde muy joven dedicó la mayor parte de su tiempo libre a los deportes, en un principio el rugby y después el fútbol. Incluso faltaría a más de una clase para dedicarle más horas a su auténtico hobbie. Su padre no quería que se dedicara a este deporte, pero como buen rebelde que era eso no hizo sino incrementar sus deseos de ser futbolista. Empezó jugando en un equipo de su ciudad, el Cregagh, y muy pronto demostró ser un prodigio con el balón en los pies.

Cuando Best tenía 15 años, Sir Matt Busby, el mítico entrenador del Manchester United, recibió una llamada de uno de sus ojeadores: “Acabo de encontrar un talento”; dos años después, ya estaba jugando en Primera División con los reds. Desde el mismo día de su debut, Busby se dio cuenta de que había caído un genio en sus manos. Aquel día volvió loco a su marcador, Graham Williams, experimentado central del West Bromwich Albion. Meses después volvieron a encontrarse y Williams le dijo: “¿Podrías quedarte quiero un momento para ver tu cara?”. “¿Por qué?”, le preguntó Best. “Porque hasta ahora lo único que había visto era tu culo desaparecer pegado a la banda”.

Coincide en aquel Manchester con grandes jugadores como Bobby Charlton o Dennis Law. Su llegada al equipo supuso una revolución; el joven George Best tenía hambre de fútbol y mostraba una actitud intachable: “Yo podía jugar con las dos piernas, marcaba goles, muchos de ellos con la cabeza. Busby decía de mí que era el mejor en la disputa del balón –recordaría años después-. Trabajaba duro en la cancha, retrocedía a defender si hacía falta. Si perdía la pelota era un insulto personal y la quería recuperar. Sí señor, me fastidiaba mucho que me la quitaran, porque era mi pelota”. Fascina al mundo con un fútbol eléctrico, pleno de velocidad, desborde, habilidad, pegada y descaro. De apariencia frágil, tenía una excelente técnica con ambas piernas, una velocidad endiablada, un regate mágico y una gran visión de juego. Los aficionados de Old Trafford enloquecían con su juego y sus goles. “Si el futbol es un arte, entonces soy un artista”, dijo en una ocasión.


Más dura será la caída
Con los red logra en esos años un buen número de éxitos, pero fue la victoria en la Copa de Europa de 1968 (4-1 al Benfica en la final con un Best en plan estelar), lo que encumbra al chico de Belfast a la condición de gran estrella mediática. Entonces recibía cada semana miles de cartas de sus admiradoras. Pero una vez en la cima del fútbol mundial fue incapaz de asimilar el éxito y, amante en exceso de la vida nocturna, fue adentrándose por un camino de autodestrucción. A ello también contribuyó la salida del equipo ese año de Matt Busby, el veterano entrenador que había guiado con mano firme –como si de un padre se tratara- a aquel grupo de jugadores.

El 7 de febrero de 1970 logra otro hito en su carrera al marcar seis goles en un partido de la liga inglesa en el que el Manchester golea 2-8 al Northampton. Pero ya por entonces llevaba un tiempo coqueteando con el alcohol y las drogas, lo que le condujo a sufrir un drástico descenso en su rendimiento deportivo. Sin haber llegado a los 25, sus mejores años como futbolista ya habían pasado.

George Best estuvo en el Manchester hasta 1974, año en que decide abandonar el fútbol de élite y jugar para equipos menores e incluso amateurs. Jugaría en el Fulham F.C, en tres equipos de la liga norteamericana (una temporada llegó a marcar 15 goles en 24 partidos), y en la liga escocesa e irlandesa, siempre en equipos de segunda fila. Aunque había perdido completamente la forma física aún ofrecía, de vez en cuando, algunos destellos de su magia. Como el impresionante tanto que marcó jugando para los San José Earthquakes en 1981, y que fue considerado el mejor gol marcado jamás en la NASL (la ya desaparecida North American Soccer League).

A finales de 1982 ficha por el A.F.Bornemouth, equipo de la Tercera División inglesa, donde jugaría hasta finalizar la temporada. Entonces, con 37 años, decide retirarse del fútbol. Aún tendría un último reencuentro con el deporte que le dio la fama. Fue en noviembre de 2004, estando ya muy enfermo, cuando acepta el cargo de entrenador de las categorías inferiores del Portsmouth. Fue un cargo más simbólico que efectivo, pero de esta manera cumplió su deseo de volver a estar unido, al final de sus días, al mundo del fútbol.



Una vida a toda velocidad
El alcohol, las mujeres hermosas y la velocidad fueron una constante en su vida. Siendo joven y un triunfador todo parecía ir bien. En cuanto se alejó de la élite del deporte, su vida se convirtió en un infierno, con un intento de suicidio incluido. Pese al éxito que tuvo con las mujeres, su vida sentimental fue un gran fracaso: dos veces se casó y dos veces se divorció, recibiendo de sus esposas duras acusaciones: “Cuando está borracho George es el más deplorable, burro e ignorante pedazo de mierda que he visto”, dijo una de ellas. En 1984 fue condenado a tres meses de prisión por conducir ebrio y agredir al policía que le detuvo. Pasó las Navidades de aquel año entre rejas. Veinte años después se repitió la escena y le retiraron el carnet de conducir durante 20 meses.

En septiembre de 1990 protagonizó otro desagradable incidente en un show televisivo de la BBC. Best apareció con evidentes signos de embriaguez y le espetó en directo al presentador: “Terry, I like screwing” (“Terry, me gusta follar”). Posteriormente pidió disculpas y confesó que había sido uno de los peores episodios derivados de su alcoholismo. Los últimos años de su vida fueron un calvario de hospitales y operaciones. En 2000 estuvo al borde de la muerte por los serios daños que sufría su hígado; un año después fue hospitalizado por una neumonía; en 2002 se le practicó un trasplante de hígado, y el 25 de noviembre de 2005 fallecía, sin haber cumplido los 60, como consecuencia de una hemorragia interna.

Pocos días antes de fallecer, Best pidió al diario News of the World que publicara una foto suya postrado en la cama mostrando su delicado estado, acompañado del siguiente mensaje: “No muera como yo”. De este modo quiso advertir a todo el mundo de los devastadores efectos del alcoholismo. Pese a todo, al final de sus días dijo sentirse orgulloso de algunas de las cosas que había logrado: “Pelé ha dicho de mí que yo era el mejor futbolista del mundo. Ese es el mejor homenaje a mi vida”.


Vídeo homenaje a George Best


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sábado, 24 de julio de 2010

El primer héroe olímpico

Spiridon Louis, un humilde y semidesconocido atleta griego, fue la gran estrella de los primeros Juegos de la era moderna. Su victoria en el maratón olímpico de 1896, rememorando la gesta del soldado Filípides, salvó el orgullo heleno, le convirtió en un héroe nacional y cambió para siempre su vida.


Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad fueron prohibidos por el emperador Teodosio I en el año 394 d.C. por considerarlos un rito pagano. Quince siglos después, Pierre Fredi, el Barón de Coubertin, se propuso rescatar los valores pedagógicos y pacificadores del deporte en la antigua Grecia, lo que le llevó –no sin dificultades- a instaurar los Juegos Olímpicos modernos, que vivirían su primera edición en Atenas en 1896.

De manera paralela, el lingüista e historiador francés Michel Bréal propuso la creación de una carrera de resistencia que llevara el nombre de la legendaria batalla de Maratón (año 490 a.C.) Con ella, se conmemoraría el esfuerzo del soldado Filípides quien, según la leyenda, recorrió los 40 kilómetros que separan esta población de Atenas para anunciar la victoria de los atenienses sobre los persas, cayendo muerto poco después de llegar. En Europa ya se habían celebrado carreras de larga distancia, pero nadie había unido el nombre de Maratón a estas pruebas. Bréal, amigo personal del Barón de Coubertin, le sugiere incluirla en los primeros Juegos, ofreciéndose para entregar una copa de plata al ganador, en memoria de la gesta de Filípides. Desde ese momento, el maratón pasaría a ser considerada la prueba atlética más importante de la competición.

Los resultados no estaban siendo buenos para los atletas griegos en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, ya que no habían conseguido hasta el momento ninguna victoria. Los estadounidenses dominaban las pruebas atléticas, con nueve triunfos en las once competiciones disputadas hasta entonces. Heridos en su orgullo, la última oportunidad se encontraba en el maratón, que iba a recorrer los 40 kilómetros que separaban las ciudades de Maratón y Atenas.

La lógica señalaba que había muchas probabilidades de que un local venciera en esta prueba, ya que 14 de los 18 participantes eran helenos, aunque los cuatro extranjeros eran atletas de prestigio internacional. A las dos de la tarde del caluroso 10 de abril de 1896, tras el discurso inicial del alcalde de Atenas, los 18 valientes se ponían en marcha desde el puente de Maratón. El pistoletazo de salida corrió a cargo del coronel Papadiamantopoulos, mentor de varios soldados griegos, entre ellos nuestro protagonista, Spriridon Louis.


Salvador del orgullo heleno
Las primeras noticias que llegaban a través de los mensajeros, que seguían la carrera en bicicleta o a caballo, no eran nada halagüeñas ya que en el kilómetro 16 lideraban la prueba tres de los cuatro atletas foráneos (el australiano Edwin Flack, el francés Albin Lermusiaux, y el norteamericano Arthur Blake). La última noticia recibida por los 70.000 espectadores que abarrotaban el estadio Panatenaico de Atenas fue que Edwin Flack marchaba solo en cabeza ya en las inmediaciones del estadio, lo que provocó la desilusión generalizada. De repente, para sorpresa y algarabía de los espectadores, empezó a cobrar fuerza el rumor de que un corredor local se había puesto en cabeza de la prueba. Instantes después, el coronel Papadiamantopoulos entraba a caballo en el estadio y confirmaba la noticia: el ganador estaba llegando… y era un atleta heleno.

Spiridon Louis –que no se encontraba entre los favoritos- entraba primero en el estadio para cruzar la línea de meta como vencedor, con un tiempo de 2 horas 58 minutos y 50 segundos, entre los vítores de los espectadores entre los que se encontraba el príncipe heredero Constantino quien, según contarían los cronistas de la época, bajó de la grada para acompañarle en su trote durante los últimos metros. Tras la carrera, el ganador hizo célebre su frase en honor a Filípides: "Alegraos ciudadanos; hemos vencido". Con su sorprendente victoria salvaba el orgullo heleno y pasaba a ser todo un héroe nacional. La vida de Spiridon Louis cambiaría por completo a partir de entonces.

Posteriormente se supo que los tres atletas foráneos que marchaban en cabeza de carrera habían desfallecido por no haber sabido regular sus fuerzas; salieron demasiado rápido y pagaron la temeridad. Lermusiaux llegó en cabeza y en solitario a la mitad de la carrera, pero poco después empezó a tambalearse exhausto sin poder continuar la marcha. En este estado lamentable fue sobrepasado por Flack, quien había realizado un enorme esfuerzo por alcanzarle. Cerca ya del triunfo, a sólo cuatro kilómetros de la meta, también empezó a dar tumbos y delirando agredió a un espectador que pretendía socorrerle. Finalmente, en segundo y tercer lugar entraron otros dos atletas griegos (Charilaos Vasilakpos y Spiridon Belokas), aunque éste último fue descalificado tras admitir haber recorrido parte del trayecto en un carruaje, pasando el tercer puesto final al húngaro Gyula Kellner, el único foráneo que terminó la prueba. Sólo nueve atletas finalizaron aquella histórica carrera.


Corta trayectoria atlética
Nacido el 12 de enero de 1873 en la aldea de Maroussi, cercana a Atenas, en el seno de una familia muy humilde, Spiridon Louis se tuvo que poner a trabajar desde muy joven, aunque no se puede precisar a ciencia cierta si era pastor, cartero o vendedor de agua (en aquella época la ciudad de Atenas no contaba con un sistema de agua potable), ya que las versiones sobre su profesión son muy dispares. Su preparación como deportista había sido limitada, pese a lo cual mostraba unas facultades innatas para la carrera. Fue seleccionado para participar en la primera edición de los Juegos Olímpicos por el coronel Papadiamantopoulos, su superior durante el servicio militar, conocedor de sus cualidades atléticas tras haberle visto destacar en las marchas militares. Louis se preparaba por medio de la oración y, según comentarios de la época, pasó la noche previa al maratón olímpico de rodillas a la luz de los cirios ofreciéndose a los iconos y comiendo higos secos.

Tras coronarse en los Juegos de 1896 como un héroe nacional, y a pesar de no volver a competir en ninguna otra carrera de importancia, se vio colmado de todo tipo de atenciones y regalos, y hasta diversas tiendas, peluquerías y restaurantes le ofrecieron sus servicios gratuitos durante años. También recibió una finca del gobierno griego, así como un caballo y una carreta para poder llevar agua a su pueblo. Después de haber provocado el delirio en su país y un interés inusitado en el resto del mundo, son escasísimas las noticias sobre sus andanzas a partir de ese momento.

El reconocimiento del movimiento olímpico le llegó 40 años después, al ser nombrado Presidente de Honor de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde fue tratado con todo tipo de atenciones. Cuatro años más tarde, el 26 de Marzo de 1940, fallecía a los 67 años de edad. Pero su mito se ha mantenido, e incluso agrandado, con el paso del tiempo, sobre todo en Grecia. La mejor prueba de que su país natal no le olvida es que cuando Atenas volvió a albergar una edición olímpica en 2004 se bautizó al nuevo estadio olímpico con el nombre de Spiridon Louis, el primer héroe de los Juegos Olímpicos modernos, el ganador del primer maratón importante de la historia, el griego que venció en esta prueba 2.400 años después de que Atenas derrotara al ejército persa en las llanuras del mismo nombre.

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