lunes, 26 de agosto de 2013

La masacre de Munich

Aquellas horas de septiembre de 1972 marcaron para siempre los Juegos de Munich y la historia del olimpismo. El secuestro y posterior asesinato de once deportistas israelíes a manos de un comando de terroristas palestinos ha sido uno de los episodios más terribles que haya vivido jamás el mundo del deporte. Lo que sigue es el relato de unos hechos que conmocionaron al mundo y que propiciaron una espiral de violencia y dolor que duró años.


La decisión se había tomado en la primavera de 1966: Munich organizaría los Juegos Olímpicos de verano de 1972 tras derrotar con claridad en la votación final a Detroit, Montreal y Madrid. 36 años después de que Berlín fuera sede de unos Juegos instrumentalizados por el régimen nazi, el movimiento olímpico volvía a Alemania. El sábado 26 de agosto tuvo lugar la ceremonia de inauguración en el espectacular estadio olímpico -cubierto en sus dos terceras partes por una cúpula transparente de entramado metálico-, uno de los grandes atractivos de aquellos Juegos y el máximo exponente de la capacidad organizativa de los alemanes. Aquella edición de 1972 iba a batir el récord de participación olímpica: 7.134 deportistas –de ellos, 1.059 mujeres- representando a 121 países.

Los primeros días de competición transcurrieron con normalidad y sin sobresaltos extradeportivos. Fueron días marcados por el vibrante triunfo del finlandés Lasse Viren en los 10.000 metros de atletismo (ganó y batió el récord del mundo, pese a haber quedado descolgado a mitad de carrera por una caída), pero sobre todo por la impresionante exhibición de Mark Spitz, quien conquistaría siete medallas de oro. Precisamente, al día siguiente de que el nadador norteamericano lograra su séptima y última presea, sucedieron los hechos que conmocionaron al mundo entero.

La noche del 4 de septiembre los deportistas israelíes habían disfrutado de una salida por Munich. Fueron al teatro y a dar un paseo por la ciudad antes de regresar a la Villa Olímpica. Unas horas después, hacia las 4:30 de la madrugada, mientras todo el equipo israelita dormía, ocho miembros de la organización terrorista palestina Septiembre negro escalan la verja que rodea la Villa Olímpica. Iban vestidos con chándal -simulando ser deportistas-, y llevaban bolsas de deporte en las que escondieron pistolas y granadas. Luego se supo que, casualidades del destino, fueron ayudados a saltar la verja por componentes del equipo estadounidense, quienes pensaban que eran otros deportistas que, al igual que ellos, querían acceder furtivamente a sus apartamentos tras una noche de juerga.



Asalto a la Villa Olímpica

Inmediatamente se dirigieron hacia el pabellón 31 donde se alojaban -en dos habitaciones del segundo piso- los deportistas y entrenadores de Israel. El primero en percatarse de que algo extraño ocurría fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha libre, quien oyó un ruido tras la puerta de una de las habitaciones. Al observar que alguien armado la abría ligeramente se abalanzó sobre la misma, dando un grito de alerta, mientras intentaba cerrarla forcejeando con los terroristas. Su valerosa acción permitió que nueve de sus compañeros tuvieran tiempo de despertarse y escapar por las ventanas. Gracias a él salvaron la vida. Weinberg murió acribillado, como también murió el halterófilo Yossef Romano, quien plantó cara a uno de los terroristas con un cuchillo de cocina. Los otros nueve integrantes de la delegación israelí fueron tomados como rehenes. Todo ocurrió en unos pocos minutos de locura.

A las cinco de la mañana del día 5 la policía alemana ya estaba apostada en las afueras del edificio de la Villa Olímpica y recibía de primera mano las demandas de los secuestradores, quienes exigían la liberación de 234 palestinos presos en cárceles de Israel así como un avión que les trasladara a algún lugar seguro de Oriente Próximo. Además, impusieron un plazo: si en tres horas no se satisfacían sus demandas, ejecutarían a los rehenes. La respuesta del gobierno de Israel fue inmediata y contundente: no habría negociación.

Poco después se sabría que los ocho secuestradores eran fedayines palestinos de los campos de refugiados del Libano, Siria y Jordania. El jefe del comando era Luttif Afif, destacado miembro de la organización Septiembre Negro, dos de cuyos hermanos, pertenecientes también a este grupo terrorista, se encontraban en prisiones israelíes. Amanecía en Munich y el mundo entero se encontraba ya conmocionado por la noticia del secuestro de estos deportistas. Rápidamente se formó un gabinete de crisis en el gobierno alemán, bajo la dirección del canciller Willy Brandt y el ministro del Interior Hans-Dietrich Genscher, quienes rechazaron el inmediato ofrecimiento por parte de Israel de enviar un grupo de fuerzas especiales de su país.

Los secuestradores ampliaron, de tres a cinco horas, el plazo para ejecutar a los rehenes. Mientras tanto, se intensificaron las negociaciones con las autoridades germanas, quienes ofrecieron una cantidad ilimitada de dinero a cambio de su libertad. Pero aquellos seguían firmes en sus pretensiones: exigían la liberación de los compatriotas encarcelados en Israel. Tras doce horas de tensión y de continuas negociaciones frustradas, empezaron a darse cuenta de que sus peticiones no iban a ser satisfechas. Entonces pidieron dos aviones para volar con los rehenes hacia El Cairo (Egipto), esperando que allí se escucharan sus demandas. Las autoridades alemanas fingieron aceptar el acuerdo con la intención de tenderles una emboscada en el aeropuerto: allí les esperaría un avión que no podría volar y un grupo de francotiradores camuflados. Pero, después se supo, estos francotiradores fueron elegidos de manera precipitada y sin tener la experiencia que la ocasión requería.



El fallido rescate

A las 22:10 de la noche dos helicópteros transportaban a los terroristas y a sus rehenes a una base aérea próxima a Fürstenfeldbruck. Aterrizaron a las 22:30 en el aeródromo, en penumbra, donde un Boeing 727 de Lufthansa les esperaba en la pista de despegue. Tras más de medio hora de extrema tensión, a las 23:03 horas dos terroristas bajan del helicóptero y caminan hacia el avión llevando como escudos humanos a dos de los rehenes. Al verlo vacío, sin tripulación, comprenden que se trata de una trampa, regresando precipitadamente hacia los helicópteros. Entonces, se encendieron todos los focos del aeropuerto y se dio la orden de abrir fuego contra los secuestradores.

De manera sorprendente, los cinco tiradores carecían de rifles de precisión, así como de sistemas de comunicación para coordinar el fuego. Se inició un caótico intercambio de tiros que acabó con la vida de dos de los terroristas y de un policía situado en la torre de control. El piloto de uno de los dos helicópteros logró escapar, pero no así los rehenes que permanecían en el interior de los aparatos, atados, brazos en alto, al techo. Al quedarse sin munición los tiradores, la situación se calmó durante unos minutos; minutos de tensa espera que terminaron en cuanto la policía alemana logró rearmarse. Entonces se volvió a exigir a los secuestradores la rendición. En ese momento –cerca ya de la medianoche- comprendieron que era el fin… y decidieron morir matando.

Uno de los secuestradores saltó del primer helicóptero lanzando una granada a su interior, donde permanecían cuatro deportistas israelíes y el piloto. Todos murieron en el acto. Otro, en el segundo helicóptero, usó su metralleta para acribillar a los cinco rehenes que estaban con él. En el tiroteo posterior, la policía abatió a tres terroristas palestinos y capturó a los otros tres que sobrevivieron. Era el punto y final a veinte horas de terror que dejaban como balance la muerte de once deportistas y entrenadores israelíes, cinco de los ocho secuestradores, un oficial de la Policía alemana y uno de los pilotos de los helicópteros. La tragedia, seguida en todo el mundo a través de la televisión, tendría graves consecuencias futuras.

De manera sorprendente, y a pesar de las numerosas voces que pidieron su suspensión, la competición olímpica siguió su curso casi con normalidad. Tan sólo las pruebas del 5 de septiembre –el día en que todo ocurrió- fueron aplazadas. Además, el destino quiso que los Juegos se reanudaran con las pruebas de halterofilia, entre cuyos participantes deberían haber estado tres de los asesinados.



La venganza de Israel

El Comité Olímpico Internacional (COI), con su presidente, el norteamericano Avery Brundage, al frente, argumentaron que los terroristas no podían condicionar la celebración de los Juegos. Al día siguiente se celebró en el estadio olímpico de Munich un memorial por los fallecidos al que asistieron 80.000 espectadores y 3.000 atletas. Durante su discurso, Brundage elogió la fuerza del movimiento olímpico pero no hizo ninguna referencia a los deportistas asesinados, lo que enojó a los israelíes y a otros muchos espectadores. El ataque fue ampliamente condenado en todo el mundo, con la única excepción de algunos países árabes, que también se negaron a que sus banderas hondearan a media asta en señal de duelo.

Los deportistas israelíes que lograron salvar la vida abandonaron inmediatamente Alemania, fuertemente protegidos por las fuerzas de seguridad. Egipto, Siria y Kuwait también retiraron a sus deportistas en señal de protesta por la masacre desatada por la policía alemana. Pero los ecos de lo acaecido en Munich no se apagaron con el final de los Juegos Olímpicos. Muy al contrario, en los días, semanas y meses posteriores se generó una espiral de violencia de gravísimas consecuencias. Para empezar, tan sólo cuatro días después de la masacre, la fuerza aérea israelí bombardeó las bases de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Siria y Líbano, ataque que fue reprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Además, la primera ministra de Israel, Golda Meir, y el Comité de Defensa Israelí dieron órdenes al servicio secreto de aquel país, el Mossad, de matar dondequiera que se encontrasen a todos los responsables de planificar y organizar el ataque contra sus deportistas. Con esta finalidad, cinco de sus mejores agentes serían enviados a Europa a seguir su pista. “Acuérdese de este día. Lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia judía”, le dice Meir a uno de estos agentes. La orden: no regresar hasta haber cumplido el objetivo. “Deben ser precisos; no dejar víctimas inocentes –se les advierte-. Nuestros enemigos deben pensar que están indefensos y que los podemos alcanzar cuando queramos”. Esta misión sería conocida como “Operación Colera de Dios” y se tradujo, entre octubre de 1972 y junio de 1973, en el asesinato de una decena de destacados dirigentes palestinos.

El 29 de octubre de 1972, en medio de la contundente respuesta de Israel, otro comando de Septiembre Negro había secuestrado un avión de Lufthansa, amenazando con volarlo si no se liberaba a los tres terroristas presos en las cárceles germanas. Las autoridades de este país, aterradas ante otra posible masacre, atendieron sus reivindicaciones. De esta manera, los tres secuestradores supervivientes del ataque de Munich quedaron en libertad.



Operación Cólera de Dios

Tras comprar e intercambiar información con otros servicios de inteligencia europeos, los agentes del Mossad encuentra su primer objetivo: Wael´Aadel Zwaiter, el encargado de reclutar al comando terrorista para el ataque. El 16 de octubre dos hombres le abordan en las calles de Roma y le acribillan de catorce disparos. En diciembre, localizan en Francia a Mahammad Hamshari, representante de la OLP en aquel país. Va permanentemente protegido por cuatro guardaespaldas, por lo que deben idear otra táctica. Interfieren su teléfono y mandan a un agente para “repararlo”; este coloca bajo su escritorio una bomba que se activaría por control remoto. Herido de extrema gravedad en la explosión, moriría pocos días después.

En enero de 1973 tienen conocimiento de que otro de los cabecillas del atentado se aloja en un hotel de Nicosia (Chipre). Seis explosivos colocados bajo su cama, y activados por presión, destrozan su cuerpo. Y también caen en los meses siguientes un responsable de armamento del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP) -tiroteado en las calles de París-, y otros dos destacados representantes de la OLP.

Las cosas se complican en abril cuando localizan en Beirut (Líbano) a otros tres importantes dirigentes de la OLP relacionados con la masacre de Munich; están protegidos por más de 50 fedayines de la FPLP. Pero eso tampoco detiene los agentes del Mossad quienes, ayudados por otros comandos israelíes, asestan un golpe contundente y salvaje, acabando con la vida de sus tres objetivos y, de paso, de cuatro civiles libaneses, tres turistas sirios y uno italiano, además de provocar 29 heridos. A continuación, explotaron el cuartel general del FPLP en la ciudad y un depósito de explosivos del grupo Al Fatah.

El encargado de las operaciones de Septiembre Negro en Europa, Mohammad Boudia, consigue escapar del ataque; dos meses después, un artefacto explosivo colocado bajo su vehículo acaba con su vida. En represalia a todos estos ataques, los palestinos se lanzan igualmente a una campaña de atentados contra intereses israelíes. La espiral de odio, venganza y muerte no deja de crecer por ambos bandos. Tres de los agentes del Mossad fallecen en esos ataques contra líderes palestinos, y el primer grupo de agentes es relevado por un segundo equipo, que cometería un error imperdonable.



Política y deporte

Confundiéndole con el terrorista Ali Hassan Salameh –destacado dirigente de Septiembre Negro-, asesinan en Lillehammer (Noruega) a un ciudadano marroquí que nada tenía que ver con los hechos de Munich. Los cinco agentes responsables de esta acción -entre ellos, dos mujeres-, son detenidos por las autoridades noruegas, juzgados y encarcelados, aunque posteriormente serían repatriados a Israel. En enero de 1979, el Mossad da finalmente con el paradero de Salameh, asesinándole con un coche bomba en Beirut. La planificación de todas estas acciones fue llevada al cine en 2005 por Steven Spielberg en una película, Munich, aplaudida por la crítica y los expertos cinematográficos (obtuvo cinco nominaciones a los Oscars), pero que no gustó ni a israelíes ni a palestinos.

Hay quien piensa que aquella masacre inauguró la era moderna del terrorismo. Lo que está claro es que lo ocurrido aquel día de septiembre en Munich cambió para siempre la idea de la seguridad en unos Juegos Olímpicos y, a la vez, multiplicó el odio entre dos pueblos, con fatales consecuencias. En aquellos años, sólo un hombre consiguió salir indemne de la persecución israelí en busca de venganza: Abu Dauoud, de quien se dice que fue el verdadero cerebro del ataque contra los deportistas. Abu Daoud sobrevivió a un tiroteo en Varsovia, y nada más se supo de él durante años. El 3 de julio de 2010 -38 años después de la acción terrorista- fallecía en el Hospital Al-Andalus de Damasco (Siria) por una insuficiencia renal.

En la actualidad, una placa en el mismo lugar del Parque Olímpico de Munich en el que todo comenzó, conmemora la tragedia. “El equipo del Estado de Israel permaneció en este edificio durante los 20º Juegos Olímpicos de Verano del 21 de agosto al 5 de septiembre de 1972. El 5 de septiembre Moshe Weinberg, Yossef Romano, Ze'ev Friedman, David Berger, Yakov Springer, Eliezer Halfin, Yossef Gutfreund, Kehat Shorr, Mark Slavin, Andre Spitzer y Amitzur Shapira fallecieron de muerte violenta. Honor a su memoria”, reza la inscripción, en alemán y hebreo. Aquella placa recuerda una de las mayores tragedias vividas jamás por el mundo del deporte, un mundo tan a menudo ejemplo de valores admirables. Una vez más, el deporte fue utilizado como arma política. Y las consecuencias, bañadas de sangre, fueron devastadoras.



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miércoles, 21 de agosto de 2013

La misteriosa muerte de Ottavio Bottecchia

En 1924 se convirtió en el primer italiano en ganar el Tour de Francia, y tan sólo tres años después encontraba la muerte de manera trágica. Sobre aquel suceso circularon muy diversas teorías y todavía, a día de hoy, no se conoce la verdad. Una muerte prematura, una causa desconocida, versiones contradictorias, un silencio sospechoso… Esta es la historia del misterioso final de Ottavio Bottecchia.

Terrible destino, terrible final, el de este humilde ciclista, hijo del hambre, que emigró a Francia en busca de gloria y murió en un hospital doce días después de haber sido encontrado tirado, inconsciente, al borde un viñedo, con el cráneo destrozado y varios huesos rotos. Se habló de accidente, de su oposición al régimen de Mussolini, de que un campesino creyó que le estaba robando sus uvas, incluso de un crimen pasional. Ocho décadas después, el misterio de su muerte sigue abierto.

De carácter reservado, introvertido, taciturno, casi podríamos decir que tan misterioso como el final que tuvo, Ottavio Bottecchia fue el primer gran campeón del ciclismo italiano, precursor de ídolos inolvidables como Gino Bartali o Fausto Coppi. Para su desgracia, la situación política que vivía el país transalpino en la década de 1920 –en clara contraposición con sus ideas izquierdistas- le impidió ser profeta en su tierra, logrando casi todos sus triunfos en la vecina Francia.

No pudieron ser más humildes los orígenes de Ottavio Bottecchia, nacido el 1 de agosto de 1894 en San Martino di Colle Umberto, un pequeño pueblo de la región italiana de Friuli, en el seno de una familia de nueve hijos. Criado en la pobreza, tuvo que ponerse a trabajar muy pronto para ganarse el pan, por lo que apenas pudo ir dos años a la escuela. Casi sin saber leer ni escribir, empezó a trabajar de albañil siendo todavía un niño. Aprendió a montar en bicicleta durante la Primera Guerra Mundial, en la que participó en el frente austro-italiano, formando parte de los Bersaglieri, cuerpo de infantería que se desplazaba en bicicleta para transmitir los mensajes al Estado Mayor. Poco antes de finalizar la Guerra fue hecho prisionero, pero escapó.

Medalla de bronce al valor, una vez finalizado el conflicto bélico Bottecchia (ya con 27 años) se dedicó de manera profesional a este deporte, y pronto llegaron los primeros éxitos. En 1922 sus buenas actuaciones le valieron para ser reclamado por el francés Henri Pélissier –la mayor figura ciclista del momento-, quien le pidió que se uniera a su equipo, el Automoto-Hutchinson. Bottecchia aprendió a leer siendo ya un profesional del ciclismo, gracias a las enseñanzas de su amigo y compañero de entrenamiento Alfonso Piccin. Juntos leían las columnas del diario deportivo La Gazzeta dello Sport y folletos antifascistas. Sus ideas le jugarían una mala pasada en su país, donde fue vetado del Giro por su firme oposición al régimen de Mussolini. Por eso, sólo pudo participar en una edición (la de 1923) de la gran carrera italiana.

Tras acabar quinto en el Giro de Italia de aquel año, se presenta sin grandes pretensiones al Tour, formando parte del Automoto, para ayudar a sus compañeros de equipo Henri Pélissier y el belga Lucien Buysse. Sin embargo, en la segunda etapa se hace con el triunfo y con el liderato. Lo perdió en las etapas siguientes, lo volvió a recuperar en los Pirineros, y lo perdió definitivamente en los Alpes en favor de Pélissier, quien se llevaría la general con media hora de ventaja sobre Bottecchia. El italiano fue la gran sensación del Tour, mostrándose como un ciclista completo: buen rodador, buen esprinter, mejor escalador, y con una dureza y resistencia excepcionales, forjadas a sangre y fuego durante su miserable infancia. Era, en definitiva, un adelantado a su época. “Bottecchia me sucederá el próximo año”, dijo entonces Pélissier. Y no falló en su pronóstico el campeón francés.



Primer italiano ganador del Tour

Enjuto, de piel bronceada, con la mirada siempre perdida, nariz aguileña y orejas puntiagudas (Henri Desgrange, el director del Tour de Francia, se refería a él como “mariposa” por este motivo), Bottecchia se presentó en la línea de salida de la Grande Boucle de 1924 con la etiqueta de principal favorito, condición que demostró con creces. Ganó la primera etapa y ya no soltó el jersey de líder en toda la carrera, convirtiéndose en el primer italiano en conquistar el Tour. Ganaría un total de cuatro etapas y ejerció un dominio incontestable sobre todos sus rivales.

Se vio favorecido, además, por la retirada de los combativos hermanos Pélissier (Henri y Francis), en constante disputa con Desgrange. Una sanción a Henri por vestir dos maillots -para combatir el frío- y despojarse en carrera de uno de ellos, propició la marcha de la prueba de los dos hermanos y unas declaraciones incendiarias al periodista Albert Londres que dieron lugar a la gran metáfora del Tour: los forzados de la ruta. “Antes que ser corredores, somos hombres libres”, dijo encolerizado el mayor de los Pélissier.

En la etapa reina de los Pirineos (Bayona-Luchon, 326 kilómetros atravesando todos los colosos pirenaicos), Bottecchia dio una exhibición sublime. Dada su condición de líder, sólo necesitaba controlar a sus rivales (Nicolas Frantz y Lucien Buysse principalmente) pero desde los primeros repechos del primer gran puerto ataca como un poseso. En la cima del Aubisque aventaja a su primer perseguidor en 2 minutos 40 segundos, en el Tourmalet en 10:52, 16 minutos en el Aspin, 18 y medio en el Peyresourde… Llega a la meta de Luchon con una ventaja de 27 minutos y 58 segundos, sentenciando la carrera. “Hay que ver la facilidad que tiene para pedalear, su estilo, la perfección de su impulso. No le he visto incorporarse en su bicicleta ni una sola vez”, declararía admirado Desgrange. También vencería en la siguiente etapa pirenaica (Luchon-Perpignan) y en la etapa final en París.

En 1925 se repite la historia, y de qué manera, en el Tour de Francia. De nuevo Bottecchia vence en la primera y la última etapa; de nuevo logra cuatro triunfos parciales; de nuevo se muestra muy superior a todos sus rivales; de nuevo llega a París con una diferencia abismal respecto a sus perseguidores (54 minutos a Buysse, 56 a su compatriota Bartolomeo Aymo…). Con sus adversarios a una distancia inalcanzable, empezó a escuchar críticas que le tachaban de conservador. Enfurecido, Ottavio las rebatió la última etapa entrando en solitario en el velódromo del Parque de los Príncipes, donde más de 20.000 espectadores se rindieron a su talento y su coraje. Estos triunfos en el Tour le convirtieron en un verdadero ídolo. Pese a ello, no perdía la humildad: “Soy un obrero de la bicicleta”, declararía entonces.

En 1926 no pudo repetir éxitos y se retiró del Tour “llorando como un niño”. En los Pirineos, durante la etapa Bayona-Luchon, se vio obligado a abandonar enfermo, exhausto, destrozado por dentro y por fuera, en medio de un escenario que los allí presentes describieron como “apocalíptico” a causa del frío y la torrencial lluvia. Para continuar con las desgracias, ese mismo invierno perdió a su hermano pequeño, Umberto, atropellado por un coche. Y poco después, el misterio.



Una muerte sin aclarar

El 3 de junio de 1927 un agricultor de Peonis, localidad cercana al pueblo de residencia de nuestro protagonista, encontró un cuerpo agonizando en la cuneta de la carretera; tenía el cráneo roto, al igual que una clavícula y otros huesos. Pronto se confirmó que era Ottavio Bottecchia; le llevaron a un bar y, sobre una mesa, el cura le dio la extremaunción. De allí fue llevado inmediatamente al hospital de Gemona de Friuli, donde falleció 12 días más tarde sin haber llegado a recobrar el conocimiento. Tenía 33 años.

Oficialmente se trató de un accidente sufrido cuando entrenaba. La primera teoría hablaba de que una insolación le hizo caer al suelo, golpeándose la cabeza. Sin embargo, su bicicleta se encontró bastantes metros más allá, apoyada contra un árbol, y no había sido robada ni dañada. Tampoco había marcas de neumáticos que pudieran sugerir que algún coche le hubiera forzado fuera de la carretera o que hubiera perdido el control de su bicicleta.

Se supo que aquella mañana Bottecchia se levantó al alba y pedaleó hasta la casa de su gran amigo Alfonso Piccin para ir a entrenar juntos. Pero Piccin decidió no salir aquel día y Ottavio partió sólo. A partir de aquí, lo que ocurrió es una incógnita. Incógnita y misterio. Algunos sugirieron una pelea, pero no se encontró indicio alguno de ella; otros apuntaron a la participación en los hechos de una cuadrilla de camisas negras, como represalia por las ideas comunistas de Bottecchia y su abierta oposición al régimen de Mussolini. La investigación oficial se cerró dando por buena la teoría del accidente y la familia del ciclista, que recibió una suculenta indemnización por su muerte, tampoco mostró interés en saber más.

Pero en los años siguientes, para añadir aún más confusión a la historia, dos personas se autoinculparon de su muerte. Primero fue un emigrante italiano en Estados Unidos quien, tras ser herido y detenido en una reyerta con navajas en un muelle de Nueva York, acabó declarando haber asesinado a Ottavio y a su hermano Umberto por encargo de un dirigente fascista. Más tarde, dos décadas después del fatal suceso, el campesino propietario de la viña donde se encontró a Bottecchia confesó, en su lecho de muerte, haber asesinado de manera accidental al ciclista: “Vi a un hombre comiendo mis uvas. Le tiré una piedra para asustarle, pero le golpeó. Corrí hacia él y me di cuenta de quien era. Me asusté, le arrastré hasta la orilla del camino y allí lo dejé. Dios me perdone”.

Muchos vieron lagunas en esta explicación: por un lado, junio no es temporada de uvas (no maduran hasta finales de verano); por otro, para romper el cráneo a alguien con una piedra tendría que ser tan grande que le obligaría a estar muy cerca, con lo que parece inverosímil la explicación del agricultor. Bottecchia era un héroe local, y estando tan cerca habría sido fácilmente reconocible. En la investigación policial que se reabrió entonces se concluyó que ambos, campesino y ciclista, se conocían, y que podía tratarse de un crimen pasional. ¿Accidente, robo, motivos políticos, crimen pasional...? Ocho décadas después, las causas de la muerte del peculiar ciclista italiano siguen envueltas –como su personalidad- en un halo de misterio. Casi con toda seguridad seguirán siéndolo por los siglos de los siglos.



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