miércoles, 21 de agosto de 2013

La misteriosa muerte de Ottavio Bottecchia

En 1924 se convirtió en el primer italiano en ganar el Tour de Francia, y tan sólo tres años después encontraba la muerte de manera trágica. Sobre aquel suceso circularon muy diversas teorías y todavía, a día de hoy, no se conoce la verdad. Una muerte prematura, una causa desconocida, versiones contradictorias, un silencio sospechoso… Esta es la historia del misterioso final de Ottavio Bottecchia.

Terrible destino, terrible final, el de este humilde ciclista, hijo del hambre, que emigró a Francia en busca de gloria y murió en un hospital doce días después de haber sido encontrado tirado, inconsciente, al borde un viñedo, con el cráneo destrozado y varios huesos rotos. Se habló de accidente, de su oposición al régimen de Mussolini, de que un campesino creyó que le estaba robando sus uvas, incluso de un crimen pasional. Ocho décadas después, el misterio de su muerte sigue abierto.

De carácter reservado, introvertido, taciturno, casi podríamos decir que tan misterioso como el final que tuvo, Ottavio Bottecchia fue el primer gran campeón del ciclismo italiano, precursor de ídolos inolvidables como Gino Bartali o Fausto Coppi. Para su desgracia, la situación política que vivía el país transalpino en la década de 1920 –en clara contraposición con sus ideas izquierdistas- le impidió ser profeta en su tierra, logrando casi todos sus triunfos en la vecina Francia.

No pudieron ser más humildes los orígenes de Ottavio Bottecchia, nacido el 1 de agosto de 1894 en San Martino di Colle Umberto, un pequeño pueblo de la región italiana de Friuli, en el seno de una familia de nueve hijos. Criado en la pobreza, tuvo que ponerse a trabajar muy pronto para ganarse el pan, por lo que apenas pudo ir dos años a la escuela. Casi sin saber leer ni escribir, empezó a trabajar de albañil siendo todavía un niño. Aprendió a montar en bicicleta durante la Primera Guerra Mundial, en la que participó en el frente austro-italiano, formando parte de los Bersaglieri, cuerpo de infantería que se desplazaba en bicicleta para transmitir los mensajes al Estado Mayor. Poco antes de finalizar la Guerra fue hecho prisionero, pero escapó.

Medalla de bronce al valor, una vez finalizado el conflicto bélico Bottecchia (ya con 27 años) se dedicó de manera profesional a este deporte, y pronto llegaron los primeros éxitos. En 1922 sus buenas actuaciones le valieron para ser reclamado por el francés Henri Pélissier –la mayor figura ciclista del momento-, quien le pidió que se uniera a su equipo, el Automoto-Hutchinson. Bottecchia aprendió a leer siendo ya un profesional del ciclismo, gracias a las enseñanzas de su amigo y compañero de entrenamiento Alfonso Piccin. Juntos leían las columnas del diario deportivo La Gazzeta dello Sport y folletos antifascistas. Sus ideas le jugarían una mala pasada en su país, donde fue vetado del Giro por su firme oposición al régimen de Mussolini. Por eso, sólo pudo participar en una edición (la de 1923) de la gran carrera italiana.

Tras acabar quinto en el Giro de Italia de aquel año, se presenta sin grandes pretensiones al Tour, formando parte del Automoto, para ayudar a sus compañeros de equipo Henri Pélissier y el belga Lucien Buysse. Sin embargo, en la segunda etapa se hace con el triunfo y con el liderato. Lo perdió en las etapas siguientes, lo volvió a recuperar en los Pirineros, y lo perdió definitivamente en los Alpes en favor de Pélissier, quien se llevaría la general con media hora de ventaja sobre Bottecchia. El italiano fue la gran sensación del Tour, mostrándose como un ciclista completo: buen rodador, buen esprinter, mejor escalador, y con una dureza y resistencia excepcionales, forjadas a sangre y fuego durante su miserable infancia. Era, en definitiva, un adelantado a su época. “Bottecchia me sucederá el próximo año”, dijo entonces Pélissier. Y no falló en su pronóstico el campeón francés.



Primer italiano ganador del Tour

Enjuto, de piel bronceada, con la mirada siempre perdida, nariz aguileña y orejas puntiagudas (Henri Desgrange, el director del Tour de Francia, se refería a él como “mariposa” por este motivo), Bottecchia se presentó en la línea de salida de la Grande Boucle de 1924 con la etiqueta de principal favorito, condición que demostró con creces. Ganó la primera etapa y ya no soltó el jersey de líder en toda la carrera, convirtiéndose en el primer italiano en conquistar el Tour. Ganaría un total de cuatro etapas y ejerció un dominio incontestable sobre todos sus rivales.

Se vio favorecido, además, por la retirada de los combativos hermanos Pélissier (Henri y Francis), en constante disputa con Desgrange. Una sanción a Henri por vestir dos maillots -para combatir el frío- y despojarse en carrera de uno de ellos, propició la marcha de la prueba de los dos hermanos y unas declaraciones incendiarias al periodista Albert Londres que dieron lugar a la gran metáfora del Tour: los forzados de la ruta. “Antes que ser corredores, somos hombres libres”, dijo encolerizado el mayor de los Pélissier.

En la etapa reina de los Pirineos (Bayona-Luchon, 326 kilómetros atravesando todos los colosos pirenaicos), Bottecchia dio una exhibición sublime. Dada su condición de líder, sólo necesitaba controlar a sus rivales (Nicolas Frantz y Lucien Buysse principalmente) pero desde los primeros repechos del primer gran puerto ataca como un poseso. En la cima del Aubisque aventaja a su primer perseguidor en 2 minutos 40 segundos, en el Tourmalet en 10:52, 16 minutos en el Aspin, 18 y medio en el Peyresourde… Llega a la meta de Luchon con una ventaja de 27 minutos y 58 segundos, sentenciando la carrera. “Hay que ver la facilidad que tiene para pedalear, su estilo, la perfección de su impulso. No le he visto incorporarse en su bicicleta ni una sola vez”, declararía admirado Desgrange. También vencería en la siguiente etapa pirenaica (Luchon-Perpignan) y en la etapa final en París.

En 1925 se repite la historia, y de qué manera, en el Tour de Francia. De nuevo Bottecchia vence en la primera y la última etapa; de nuevo logra cuatro triunfos parciales; de nuevo se muestra muy superior a todos sus rivales; de nuevo llega a París con una diferencia abismal respecto a sus perseguidores (54 minutos a Buysse, 56 a su compatriota Bartolomeo Aymo…). Con sus adversarios a una distancia inalcanzable, empezó a escuchar críticas que le tachaban de conservador. Enfurecido, Ottavio las rebatió la última etapa entrando en solitario en el velódromo del Parque de los Príncipes, donde más de 20.000 espectadores se rindieron a su talento y su coraje. Estos triunfos en el Tour le convirtieron en un verdadero ídolo. Pese a ello, no perdía la humildad: “Soy un obrero de la bicicleta”, declararía entonces.

En 1926 no pudo repetir éxitos y se retiró del Tour “llorando como un niño”. En los Pirineos, durante la etapa Bayona-Luchon, se vio obligado a abandonar enfermo, exhausto, destrozado por dentro y por fuera, en medio de un escenario que los allí presentes describieron como “apocalíptico” a causa del frío y la torrencial lluvia. Para continuar con las desgracias, ese mismo invierno perdió a su hermano pequeño, Umberto, atropellado por un coche. Y poco después, el misterio.



Una muerte sin aclarar

El 3 de junio de 1927 un agricultor de Peonis, localidad cercana al pueblo de residencia de nuestro protagonista, encontró un cuerpo agonizando en la cuneta de la carretera; tenía el cráneo roto, al igual que una clavícula y otros huesos. Pronto se confirmó que era Ottavio Bottecchia; le llevaron a un bar y, sobre una mesa, el cura le dio la extremaunción. De allí fue llevado inmediatamente al hospital de Gemona de Friuli, donde falleció 12 días más tarde sin haber llegado a recobrar el conocimiento. Tenía 33 años.

Oficialmente se trató de un accidente sufrido cuando entrenaba. La primera teoría hablaba de que una insolación le hizo caer al suelo, golpeándose la cabeza. Sin embargo, su bicicleta se encontró bastantes metros más allá, apoyada contra un árbol, y no había sido robada ni dañada. Tampoco había marcas de neumáticos que pudieran sugerir que algún coche le hubiera forzado fuera de la carretera o que hubiera perdido el control de su bicicleta.

Se supo que aquella mañana Bottecchia se levantó al alba y pedaleó hasta la casa de su gran amigo Alfonso Piccin para ir a entrenar juntos. Pero Piccin decidió no salir aquel día y Ottavio partió sólo. A partir de aquí, lo que ocurrió es una incógnita. Incógnita y misterio. Algunos sugirieron una pelea, pero no se encontró indicio alguno de ella; otros apuntaron a la participación en los hechos de una cuadrilla de camisas negras, como represalia por las ideas comunistas de Bottecchia y su abierta oposición al régimen de Mussolini. La investigación oficial se cerró dando por buena la teoría del accidente y la familia del ciclista, que recibió una suculenta indemnización por su muerte, tampoco mostró interés en saber más.

Pero en los años siguientes, para añadir aún más confusión a la historia, dos personas se autoinculparon de su muerte. Primero fue un emigrante italiano en Estados Unidos quien, tras ser herido y detenido en una reyerta con navajas en un muelle de Nueva York, acabó declarando haber asesinado a Ottavio y a su hermano Umberto por encargo de un dirigente fascista. Más tarde, dos décadas después del fatal suceso, el campesino propietario de la viña donde se encontró a Bottecchia confesó, en su lecho de muerte, haber asesinado de manera accidental al ciclista: “Vi a un hombre comiendo mis uvas. Le tiré una piedra para asustarle, pero le golpeó. Corrí hacia él y me di cuenta de quien era. Me asusté, le arrastré hasta la orilla del camino y allí lo dejé. Dios me perdone”.

Muchos vieron lagunas en esta explicación: por un lado, junio no es temporada de uvas (no maduran hasta finales de verano); por otro, para romper el cráneo a alguien con una piedra tendría que ser tan grande que le obligaría a estar muy cerca, con lo que parece inverosímil la explicación del agricultor. Bottecchia era un héroe local, y estando tan cerca habría sido fácilmente reconocible. En la investigación policial que se reabrió entonces se concluyó que ambos, campesino y ciclista, se conocían, y que podía tratarse de un crimen pasional. ¿Accidente, robo, motivos políticos, crimen pasional...? Ocho décadas después, las causas de la muerte del peculiar ciclista italiano siguen envueltas –como su personalidad- en un halo de misterio. Casi con toda seguridad seguirán siéndolo por los siglos de los siglos.



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